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¿Podemos tener celos del pasado?

El director Kim Ki-duk, recientemente fallecido, nos muestra en 'Time' los peligros tanto de querer volver a la vieja normalidad como de comenzar absolutamente de cero

Kim Ki-duk ha sido uno de los cineastas más sorprendentes de las últimas décadas. El surcoreano, sin formación técnica, y después de ganarse la vida como suboficial del ejército y como acólito en un templo budista, comienza su carrera en la gran pantalla a los 33 años. Algunas de las imágenes de filmes como La isla, Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, Hierro 3, El arco o Aliento quedarán impregnadas en la memoria de quienes nos interesó desde el principio su narrativa excesiva, siempre capaz de transmitir la perplejidad y el dolor que habitaban sus personajes.

Después de conocerse su muerte, a causa de complicaciones derivadas de la Covid-19, he intentado ver algunos de los títulos que tenía pendientes. Time, estrenada en 2006 en Festival Internacional de Karlovy Vary, es su filme número trece. No es su mejor película, pero, sin embargo, muchas de las tensiones por las que se pregunta están encarnadas allí. Sus protagonistas nos alertan, sin moralinas, del peligro de querer volver a un pasado idealizado o, por el contrario, de intentar construir una normalidad desde la tabula rasa, como si el presente y el futuro no estuvieran en permanente diálogo con lo que un día fuimos o hicimos. O con lo que un día creíamos que representábamos.

Una mujer decide cambiar de rostro porque considera que su pareja se ha cansado de ver siempre la misma cara, el mismo cuerpo. Después de dos años de relación, quiere recuperar el deseo que un día el hombre sentía a todas horas por ella. Acude a la cirugía plástica, desaparece durante seis meses —hasta que cicatrizan las marcas causadas por la operación—, y su fisonomía se transforma en irreconocible, incluso para su novio, que no ha logrado olvidarla.

En un juego de doble fantasmagórico, logra seducir de nuevo al hombre, quien, pese a aprender a amar de nuevo, no puede olvidar a su anterior compañera. Visitan un parque lleno de esculturas, se hacen las mismas fotos que se hicieron antes de la transformación. El extrañamiento activa los recovecos de la curiosidad por el cuerpo ajeno, pero él siente una nostalgia difícil de explicar.

Ella, convertida en una suerte de doppelgänger, le escribe una carta de amor con la identidad anterior, mientras se relaciona con él con su nuevo físico. Los celos que sentía antes por las mujeres con las que él flirteaba, ahora se convierten en celos por ella misma. Por la que fue en un pasado no muy lejano, alguien que ya nunca podrá volver a ser.

¿Podemos tener celos del pasado? Kim Ki-duk nos muestra que sí. No únicamente cuando idealizamos nuestra vida anterior, también cuando proyectamos hacia ese periodo difuminado la incapacidad para proyectar, en el presente, la pulsión de vida que ha quedado secuestrada en la patología del tiempo. El surcoreano parece estar pintando —la pintura fue su gran pasión desde siempre—a Heráclito, y aquello que apuntaba el griego: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.

No es casualidad que el protagonista masculino se dedique a la fotografía, en un intento vano de capturar el tiempo a través de las imágenes. Cuando conoce a alguien, intenta buscar en su apartamento retratos de cuando era niña, rastros de un pasado identificable. No encontrarlos le parece extraño, pero de alguna manera le produce un cierto alivio. Buscamos a personas sin pasado. Lo hacemos como si eso fuera posible.

“Toda efigie verdadera tiene su sombra que la dobla”, nos dice Artaud, en El teatro y su doble. ¿Cómo podemos desear, con la libertad que nos reclama el deseo, renunciando, a la vez, al asombro que generan las sombras?

Es el mismo Artaud quien nos recuerda que la crueldad, además del sentido sangriento que se le suele atribuir—en una lectura demasiado literal y occidentalizada, según el actor—,  también es un “apetito de vida ciego y capaz de pasar por encima de todo, visible en los gestos,  en los actos y en el aspecto trascendente de la acción”. El francés se refiere al teatro, pero Kim Ki-duk traduce eso en su cine, un cine plástico y cruel, llevando al límite a sus personajes, situándolos en la verdad del abismo, en la centralidad que todo margen representa.

Ella se quita la máscara, o se la coloca para hacer evidente lo que hasta ahora parecía invisible. Fotocopia una viejo retrato de ella, de antes de la operación, y se lo coloca, con unas gomas, para presentarse así ante su pareja. Pronto él entenderá lo que ha pasado, y se venga —¿es venganza o admiración por lo radical del gesto?— con un ejercicio idéntico. Entonces vuelven a buscarse sin buscarse en cuerpos ajenos, en las paradas del metro, en el museo al aire libre, en la misma cafetería que un día fue río, escenario, relato.

Nada ha cambiado, por eso todo es tan diferente. ¿Cómo diferenciar la nostalgia de la melancolía? ¿Cómo mirarse frente al espejo para descubrir al otro que somos, al que no nos atrevemos a mirar por si alguien ve en nuestro reflejo su propia anormalidad? ¿Qué mueca del pasado encontraremos —rígida, congelada— cuando sea el momento de bajarnos la mascarilla que ahora nos camufla?

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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