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¿Por qué a los humanos les gustan los aplausos?

Durante las semanas de confinamiento muchos ciudadanos de países culturalmente muy diferentes ovacionaron desde sus balcones a los trabajadores sanitarios | Foto: Pixabay

Lizzie Benson, la protagonista de la novela Clima, de Jenny Offill, combina su trabajo como bibliotecaria en Brooklyn con las tareas como ayudante de su antigua profesora, que se ha convertido en un auténtico fenómeno viral gracias a los podcast sobre el cambio climático que realiza. Los oyentes —muchos, fanáticos de diversa índole— le envían todo tipo de preguntas al correo electrónico que Lizzie tiene que gestionar. Una de las preguntas que un día le llegan es la misma que abre este artículo, «¿Por qué  a los humanos les gustan los aplausos?».

Lo primero que sorprende de la pregunta es su propia articulación. Quien la formula, se excluye. Son los otros —«los humanos»— quienes experimentan esa extraña necesidad, ese placentero palmotear como muestra de entusiasmo o celebración. La ex profesora de Lizzie se toma su tiempo para contestar. Le dice que sospecha —todo son suposiciones— que se debe a que tenemos una desventaja con respecto a los demás animales. Carecemos de garras —dice—, y de colmillos afilados. Es por ese motivo —argumenta— que, como especie, tuvimos que evolucionar en un medio en el que vivíamos como nómadas, y en el que estábamos expuestos continuamente a los elementos  de la naturaleza. Tuvimos que unirnos en grupos para protegernos mejor —sostiene Sylvia, que es como se llama la mujer— y, al mismo tiempo, encendíamos hogueras y nos contábamos historias para ahuyentar el miedo de las noches oscuras.

«Los aplausos pueden ser una forma de lograr que nuestras frágiles manos suenen como un trueno», escribe la autora del exitoso podcast que aparece en la novela.

Lo cierto es que durante el confinamiento más duro hemos visto cómo los ciudadanos, desde sus balcones, han recurrido a ese simulacro del trueno compartido, a ese ritual, repetido una y otra vez a las ocho de la tarde, que buscaba construir una hoguera con los vecinos, y decirnos, sin saber si era real o parte del artefacto ceremonial, que todo iba a salir bien. El contador de muertos aumentaba, la invisibilidad del coronavirus lo hacía aún más aterrador, y nosotros salíamos a mirarnos a la cara, aunque fuera a metros de distancia, para animarnos unos a otros. Todo acabará exitosamente, y así será porque en los hospitales y en la residencias hay un grupo de valientes que se están dejando la piel para cuidar a los enfermos.

Todo empezó en Wuhan, la ciudad china donde, en realidad, se originó la pandemia. Su confinamiento, retransmitido en directo, nos parecía una serie de televisión exótica e imposible de reproducir aquí. Los vecinos, también desde sus ventanas, gritaban jiāyóu, algo así como «echa aceite», una expresión que significa «mantén la lucha».

Resistir, mantener la lucha, ganar al enemigo. Los paralelismos con el lenguaje bélico se extendieron por todo el planeta, y durante la cuarentena se escucharon aplausos en Italia o Francia, hasta que llegaron a España, donde se convocó el primero el sábado 14 de marzo, a las diez de la noche. Era demasiado tarde, y se instauró entonces a la hora que empezaba a oscurecer. La hoguera se encendía a las ocho en punto, y todos debíamos estar preparados para convertir nuestras manos en truenos que sortearan la incertidumbre. El 26 de marzo el Congreso de los Diputados se unió a la ovación colectiva para agradecer el ingente esfuerzo de los sanitarios. Los ciudadanos, desde sus casas, también daban las gracias al personal de limpieza, y a los trabajadores de los supermercados. Las medidas se fueron relajando, cada vez salían menos personas al balcón, o lo hacían con menos intensidad, y finalmente se decidió dar por terminado el rito con un último aplauso colectivo, el 17 de mayo, en un acto que buscaba otorgar un «final digno» a esa liturgia que entre todos habíamos creado.

Llegó el verano, todos nos tranquilizamos un poco, y el virus aprovechó la ocasión para preparar una segunda y una tercera ola. Mientras, la ciencia desafiaba a la temporalidad misma del ensayo y el error, y sacaba al mercado vacunas que anunciaban ser el principio del fin de la pandemia. Pero los retrasos en su distribución han sido tan sorprendentes como inexcusables. Algunos representantes públicos —los mismos que aplaudían desde sus tribunas— aseguran que no hay suficientes enfermeros y enfermeras en España. Sin explicar que, además de no ser verdad, durante la última década hemos enviado a cientos de recién graduados a trabajar a Reino Unido y Francia.

A los humanos les gustan los aplausos porque son una forma de celebración, de recordar que aún estamos vivos, de que todos somos interdependientes, de que el talento existe, de que el esfuerzo —a veces— genera belleza y entusiasmo. Aplaudimos a los deportistas, a los cantantes, y a los actores cuando han tenido un día especialmente brillante. Pero el aplauso, que también es ruido, traca, pirotecnia, igualmente genera espejismos, fantasmagorías. ¿O no es el like, el me gusta o no me gusta, una forma de aplaudir la puesta en escena de las redes sociales? ¿O no es el aplauso, en demasiadas ocasiones, la verificación de que estamos viéndolo todo y siendo vistos por todos?

Sí, todos necesitamos de vez en cuando un golpecito en la espalda. Cuando el golpe se repite, suele aumentar la virulencia. Y el gesto aparentemente amistoso suele acabar con una dislocación del hombro. No hay nada más peligroso que un elogio continuado y acrítico.

La Zaranda, uno de las compañías más singulares del teatro español, no suele salir a saludar cuando acaba la función. Los vítores del público, por muy apasionados que sean —y lo he presenciado tanto en Girona como en Buenos Aires—, no son suficiente excusa para que los actores salgan a recibir la ovación por parte de unos espectadores que se han emocionado con lo que han visto en escena. Parece como si los intérpretes nos estuvieran pidiendo que nos hiciéramos cargo de nuestra emoción, de nuestro silencio, de la conexión que hemos tenido, durante poco más de una hora, con lo inefable, con el misterio de lo intraducible en la lógica de la causa y el efecto.

También se puede estar frente a la hoguera preguntándonos por todo lo que nos dice el silencio.

Recuerdo que un amigo, que vive en el bloque de pisos de enfrente, me escribió un wasap —hacía meses que no lo hacía— para preguntarme por qué no habíamos salido a aplaudir aquella tarde. Lo que podría significar una señal de preocupación afectuosa, en realidad, tenía toda la pinta de ser una demanda de fidelidad al barrio, a la calle donde vivimos. El primer aplauso de gratitud —que fue emocionante para todos— se había convertido en un grito de guerra, en una oración religiosa, en un salmo que daba medallas de pertinencia.

No salir a aplaudir era el primer paso para el anatema, para la excomunión.

En Nosedive, el primer episodio de la tercera temporada de la serie Black Mirror, la gente comparte sus actividades diarias y clasifica sus interacciones con el resto de las personas a través de una aplicación en la que puedes puntuar al otro con hasta cinco estrellas. El ranking es público, y ello obliga a todo el mundo a participar de una competición para ser los más valorados. Para ser, tecnológicamente, los más aplaudidos. La protagonista del capítulo, Lacie Pound, tiene una media muy alta —ello le permitirá acceder, incluso, a una vivienda de lujo— y, gracias a esa posición, una amiga la invita a ser la dama de honor en su boda. Una serie de desencuentros —con su hermano, con un transeúnte, y con trabajador del aeropuerto— provoca que su valoración pública caiga en picado. Llegará a la boda de su amiga en una posición deshonrosa, tanto que ya no es ni bienvenida. Finalmente, tras ser detenida, en una celda, cuando ya le ha sido extraído el sistema de calificación que tenía implantado en sus retinas, se siente libre. No necesita el aplauso de nadie. Cada like era la corroboración —ahora lo sabe— de que vivía en un panóptico formado por elogios, felicitaciones y alabanzas.

Tal vez todo tenga que ver con el miedo, como leemos en la novela de Jenny Offill. Aplaudimos para ignorar la fragilidad de nuestras manos. Pero aún podríamos decir más: aplaudimos para no reconocer que no todo —que no siempre— está en nuestras manos. ¿Y si dejamos trabajar a los profesionales, sin coronas de laureles ni collares hawaianos, con los recursos suficientes, y sin anunciar ya el fin del espectáculo? Que el telón esté bajado no significa que esto haya terminado.  Posiblemente, pronto celebraremos que lo peor ha pasado. Sin embargo, todo nos invita a que sea «una celebración sin rastro de triunfo», como escribía María Zambrano.

Podemos empezar a imaginar, pues, una celebración así. Sin tantos aplausos, pero sin ninguna de las genuflexiones. Contándonos historias alrededor del fuego, como en los tiempos inmemoriales. Hasta que el «no cantes victoria» deje de ser una frase hecha.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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