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¿Por qué deberíamos ser valientes si podemos tener coraje?

Leone Ginzburg no le pide a su mujer, en la última carta que le escribe antes de morir torturado, que sea fuerte o que no sienta miedo, sino que sea “coraggiosa” | Foto: Deutsche Fotothek‎ (Helene Weigel en 'Madre Coraje', 1967)

Roma, prisión de Regina Coeli. Principios de febrero, 1944. Leone Ginzburg escribe a su mujer, Natalia. Ya ha anochecido, y trata de acabar el texto casi a oscuras. Es importante, lo intuye, que le diga todo lo que le tiene que decir. Cuando ella reciba la carta, él ya habrá muerto, víctima de las torturas a las que ha sido sometido por la policía alemana que lo ha encarcelado.

Tiene treinta y cuatro años.

Leone Ginzburg, de familia judía, es profesor de lenguas eslavas en la Universidad de Turín. En 1933 funda, junto a Giulio Einaudi y Cesare Pavese, la editorial Einaudi, pero el año siguiente ya es expulsado de la facultad por oponerse a Benito Mussolini. No jurará nunca lealtad al régimen fascista. En 1935 llega la primera detención por ser uno de los dirigentes de la organización internacional Justicia y Libertad.

En 1938 se casa con Natalia Ginzburg, con quien tendrá tres hijos. Pero el fascismo le acecha. En 1940 deciden castigar a la familia con un exilio interior, en el municipio de Pizzoli, en los Abruzos. Aparentemente, durante los tres años que pasan allí, no pueden mantener contacto alguno con sus amigos de Turín, muchos de ellos intelectuales igualmente comprometidos con la democracia. Ella, con el seudónimo de Alessandra Tornimparte, escribe su primera novela, que titula Camino a la ciudad. Él, funda en la clandestinidad el Partido de Acción, encargándose de la edición de su diario, Italia Libera.

Pero en 1943 todo se precipita. Los aliados invaden la isla de Sicilia, Mussolini es arrestado, y Leone Ginzburg se desplaza a Roma. La familia logra reunirse con él, abandonando Pizzoli en un camión alemán y alegando que son prisioneros de guerra. El 1 de noviembre están todos juntos. El 20 de noviembre la policía alemana captura a Leone. Durante los más de dos meses que lo tienen encarcelado, le golpean día tras día. No verá nunca más a los niños ni a Natalia, pero él, pese a su deteriorado estado de salud, insiste en escribirle.

Leone escribe a Natalia Ginzburg, incluso, cuando ya no queda luz. En las tinieblas de una sórdida enfermería. Toda la carta —la última carta— parece un ensayo sobre la relación entre el miedo, el valor y la ternura.

“Natalia querida, amor mío”, comienza. Después de decirle que desea que no sea el último texto, le pide que, si le deportan, no lo busque. “Haces mucha falta a los niños, sobre todo a la pequeña”, insiste. Podemos imaginar a Ginzburg malherido y, sin embargo, sostiene que una de las cosas que más le afligen es “la facilidad con que la gente de mi alrededor —y alguna vez él mismo, admite— pierde la noción de los problemas generales ante el peligro personal”. Le sugiere a su mujer que “sea útil” a los demás. Que no deje de escribir, de crear.

¿Qué significa ese “ser útil”? ¿Es mejor ser mártir o ser útil? ¿Cuándo el sacrificio es un gesto de dignidad, y cuándo un acto inútil?

Aunque reconoce que tal vez ella recibirá esos consejos como algo simple e “irritante”, en cambio, afirma Leone Ginzburg, son “el mejor fruto de mi ternura y de mi sentido de la responsabilidad”.

El término «responsabilidad» tiene su origen en la palabra «responsable» que, a su vez, procede del latín respōnsum, que significa «responder» en el sentido de «comprometerse a algo». Todo compromiso es una conversación. Es una respuesta a algo o alguien. No nos comprometemos solos. Incluso cuando el compromiso es con nosotros mismos, ahí estamos inaugurando una suerte de diálogo. Con el otro que también somos.

La carta continúa, pero ahora tiene que escribir a tientas. La lámpara ya no ilumina suficientemente. “Te seguiré escribiendo a oscuras, sin releer lo que escribo. Con todo el lío que tengo entre manos, me viene la comparación con Tommaseo cuando se queda ciego. Yo, por suerte, seré ciego sólo hasta mañana”, afirma, sin ser consciente —o no del todo— que en pocas horas su oscuridad será total, definitiva.

Lo que sigue es aún más sorprendente. El joven antifascista no habla de sus carceleros, no se lamenta del trato recibido, que sabemos que fue absolutamente inhumano. Lo que hace es reflexionar sobre su propio miedo. El enemigo más peligroso con el que se está enfrentando, asegura, es su miedo. “Cuando nos reencontraremos, yo ya me habré liberado del miedo y estas zonas opacas habrán dejado de existir en nuestra vida”, le promete.

“Da recuerdos y sé agradecida con todas aquellas personas que son buenas y cariñosas contigo… No sufras mucho por mí. Imagínate que soy un prisionero de guerra; que hay muchos, sobre todo en esta guerra; y que la mayoría volverán. Esperamos ser el mayor número, ¿verdad, Natalia?”, añade el reo.

Tiene que despedirse. Y lo ha de hacer ya, inmediatamente. Ni puede repasar lo que escribe, ni le queda tiempo. “Ti bacio ancora e ancora e ancora”. La besa aún, todavía, aún. Pero necesita decirle algo más. Parece una frase hecha, es muy breve y es muy importante. Son dos palabras. Las últimas dos palabras. “Sii coraggiosa”, le dice Leone a Natalia Ginzburg.

¿Por qué le pide que tenga “coraje”, y no que sea “valorosa”? ¿Qué tipo de valentía es el coraje? ¿Qué nos muestra, aún, ese matiz, a veces tan escondido en las carcasa de las palabra?

“Valiente” (valentis) es quien se muestra fuerte ante los demás, es quien no tiene miedo. Son valientes los soldados, los héroes, aquellos que no aceptan compartir su vulnerabilidad. Pero Leone Ginzburg —que no es un soldado, que no quiere serlo— sí tiene miedo. Ha tenido miedo muchas veces en su vida. Ha escrito precisamente sobre ello en la misma carta, justo antes de animar a su mujer a que se comporte con coraje. Y el coraje es algo diferente. Es tener valor, sí, pero un valor que viene, como su propia raíz indica, del cor en latín, del corazón.

Tiene coraje quien sabe «poner el corazón por delante». Pero las palabras —lo hemos visto muchas veces— también pueden erosionarse por la inercia, el interés propio o el instinto de supervivencia. No deja de ser curioso que Bertolt Brecht utilizara el término «coraje» para definir a uno de sus personajes más conocidos. Mutter Courage und ihre Kinder (Madre Coraje y sus hijos) fue escrita en 1939, pocos años antes de la muerte de Ginzburg. Aunque se estrenó en Zúrich en 1941, el dramaturgo la revisó en 1949 para dirigirla en el Berliner Ensemble.

Aunque la expresión «madre coraje» ha impregnado el imaginario popular para designar a aquellas mujeres capaces de darlo todo por sus hijos, lo cierto es que el personaje creado por Brecht encarna todo lo contrario al amor desinteresado. Anna Fierling es una vendedora ambulante que no se compromete con nada ni con nadie, y que es capaz de aprovecharse del dolor causado por la guerra. Finalmente, aunque logra sacar beneficio de las situaciones más traumáticas, acabará perdiendo a sus tres hijos.

El coraje, en su caso, se ha convertido en codicia. Parece como si Leone Ginzburg, en esa carta íntima, nos advirtiera a todos —también a la protagonista de la obra de teatro de Brecht—  sobre la importancia del agradecimiento, de mirar más allá de uno mismo y de sus necesidades más urgentes.

«Me llamo Coraje porque tuve miedo de arruinarme, sargento, atravesé el fuego de artillería de Riga con cincuenta panes en el carro», dice al principio de la obra el personaje creado por Brecht. Perderá el honor, pero no le importa. «La corrupción es nuestra única esperanza», llega a afirmar, mientras admite que la guerra es «una bonita fuente de ingresos».

Tal vez, recordando la carta que deja como legado Ginzburg, podríamos empezar a reconocer en voz alta que a veces sentimos miedo. Pero que estamos dispuestos, con la fragilidad de quien no pertenece a ningún ejército, a afrontarlo con coraje. Un coraje que, en contra de cómo lo utiliza la protagonista de Brecht, dé sentido a la “responsabilidad” a la que alude Leone Ginzburg. Responsabilidad y ternura que le ayudaron, incluso en los momentos más difíciles, a no perder la noción de los problemas generales ante el peligro personal. El desafío es radical. Todavía. Aún. Ancora.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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