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¿Por qué las humanidades no nos han protegido ante lo inhumano?

George Steiner nos recuerda que ni la lectura, ni la música ni el arte han podido impedir la barbarie | Imagen: Riefenstahl, en 'Caminos hacia la fuerza y la belleza'

La belleza será convulsiva o no será, nos dice André Breton al final de Nadja.

Pero qué ocurre cuando la belleza sirve, en realidad, para todo lo contrario, cuando no nos desplaza, no nos conmueve, cuando no crea más estremecimiento que el de la autoafirmación. La belleza de lo igual puede ser siniestra, lo sabemos. La belleza de un nosotros trinchera, de un nosotros muro, es la belleza que clasifica, excluye, clausura y, si puede, extingue la diferencia.

Hay un humanismo, un tipo de conocimiento, que hace algo parecido. Sirve como decoración, como excusa, para que la falta de empatía —y la más absoluta indiferencia hacia el dolor ajeno— sea emplatada como un refinado menú cultural.

Eso es lo que sostiene el crítico George Steiner —fallecido recientemente en Cambridge— ante el periodista Antoine Spire, en La barbarie de la ignorancia, una conversación que tuvo lugar en Radio France Culture a principios de 1997, y que ahora ha recuperado, en forma de libro, la editorial Alfabeto.

“¿Por qué las humanidades, en el sentido más amplio del término, y por qué razón las ciencias no nos han proporcionado ninguna protección ante lo inhumano?”, se pregunta Steiner, quien, además, reconoce que es una cuestión con la que ha batallado durante todos sus libros, y durante su larga trayectoria como docente universitario. “Ni la gran lectura, ni la música ni el arte han podido impedir la barbarie total”, señala. Pero el autor de obras tan importantes como Errata o Nostalgia del absoluto añade que, además, la cultura y la creación no sólo no han significado un refugio, sino que muchas veces han servido como “ornamento” de esa barbarie. “Han ofrecido con frecuencia un decorado, una floritura, un precioso marco para el horror”, lamenta.

Los ejemplos son múltiples, pero el nazismo es el máximo exponente. Su gusto por la música —en los campos se mezclaba Debussy con los gritos de quienes esperaban la muerte en la cámara de gas—, por la arquitectura, el cine y la filosofía no hicieron más que legitimar, a ojos de muchos ciudadanos, lo que ellos mismos reivindicaban como una sociedad más elevada. Más digna de dominar el mundo.

Leni Riefenstahl, una de las figuras más controvertidas del cine, supo plasmar como pocos el simbolismo del paisaje, y los arquetipos que nos conectan con lo sublime del cuerpo humano (utilizando de manera brillante la cámara lenta) en filmes como La luz azulOlympia. Pronto su capacidad para crear escenas memorables —en especial en El triunfo de la voluntad— se convertiría en la mejor propaganda para el Tercer Reich.

¿Alguien puede negar, sin dejar de horrorizarse por el mensaje que transmitía al mundo, la delicada y apoteósica belleza, al mismo tiempo, de las imágenes creadas por Riefenstahl?

“Las únicas respuestas interesantes son aquellas que destruyen las preguntas”, dice Susan Sontag. La verdad es que Steiner no tiene la respuesta a esa interrogación que le ha acompañado durante toda su vida.

La conversación con Spire va mutando poco a poco. Entre los dos dibujan un repaso amable por su vida (“El recuerdo es también una interrogación constante”, afirma Steiner), desde su vínculo con la Viena cosmopolita de la que tanto le hablaban sus padres, a su infancia en París, o a sus estudios en Estados Unidos, hasta que el diálogo se torna tenso, difícil. El periodista no se amedrenta  ante una de las personas más sabias con las que seguramente se ha cruzado. Y le pregunta sobre cómo puede admirar tanto a alguien como Heidegger, un pensador que perteneció al partido nazi, y que nunca pidió perdón por su afiliación.

Steiner se muestra incómodo. Incluso, altivo. El periodista está haciendo bien su trabajo, le pone delante de sus ojos una paradoja irresoluble. Una más. “El problema son las alianzas sumamente inquietantes entre la más alta filosofía y el despotismo”, logra contestar. Y le habla de la relación entre Platón y el tirano Dionisio de Siracusa. Y de cómo Sartre, según sus propias palabras, “se pasó la vida contando una mentira tras otra sobre las tiranías”. Y, como tantas veces, encuentra una salida —aunque sea en falso— a la cuestión que le plantea Spire, y lo hace citando a un tercero. Es Hans Gadamer, sucesor y discípulo del autor de Ser y tiempo, quien intenta cerrar el dilema afirmando que “Martin Heidegger era el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”.

No es la primera vez que el crítico cultural trata esta cuestión. En un libro que también acaba de salir en castellano, Un lector, publicado por Siruela, y que supone una magnífica selección de los mejores artículos de George Steiner, el ensayista aborda el tema.  En El silencio de Heidegger, primero contextualiza cómo el pensador alemán acaba afiliándose al partido nazi —imprescindible para ser rector— y cómo, poco después de renunciar al cargo, abandona las siglas. Parece que Steiner lo esté justificando: “Se dejó atrapar por el hipnotismo de la promesa nacionalsocialista. Lo consideró la única esperanza de un país hundido en el desastre económico”, y además subraya que el nazismo al que Heidegger se unió “no había desenmascarado todavía su intrínseca barbarie”.

Acto seguido, en ese texto que podemos leer en Un lector, Steiner sí que se muestra contundente. “Lo que resulta intolerable es el silencio total que guardó, a partir de 1945, sobre el hitlerismo y el Holocausto”, sostiene. Y añade: “No decir nada equivale a hacerse cómplice. Porque, en efecto, nos hacemos cómplices de todo aquello que nos deja indiferentes”.

¿De qué somos cómplices aquí y ahora? ¿Qué nos dice ese viejo silencio sobre nuestros silencios actuales? ¿O es que como ese silencio se refiere a un periodo especialmente atroz —seguramente incomparable a nada contemporáneo— no podemos extraer ninguna aprendizaje de él? ¿De verdad ya no hay barbarie, por muy diferente que sea, en un mundo plagado de campos de refugiados y de gente muriendo en los cajeros automáticos?

Nos trasladamos, así, de esa idea naíf que reza que “cualquier tiempo pasado fue mejor” a, inmediatamente después, prohibirnos a nosotros mismos poner en diálogo la actualidad con la Historia, aislando el presente, como si fuera una temporalidad inocua, esterilizada, libre de todo trauma y de toda herida. Que algo no sea comparable —un silencio concreto, una indiferencia generalizada— no anula las posibilidades de la dialéctica. Al contrario. Refuerza las tensiones del vínculo que acabamos de dibujar.

George Steiner —que sabe perfectamente que no tiene una respuesta clara y precisa cuando le vuelve a preguntar Spire por el silencio de Heidegger— acude, entonces, al escritor Arthur Koestler, quien estaba convencido de que existen dos partes en el cerebro: una ética y racional, y una, aún más grande, bestial y territorial, llena de instintos asesinos. El propio Steiner dice que hay sustitutos en la actualidad para no dejarse llevar por esa pulsión más despiadada, y pone el ejemplo del fútbol, “la única religión planetaria” de la que participa, añade, el vándalo (el hooligan), que sería “un comando maravilloso si mañana hubiera una guerra”.

“Exactamente con las mismas cualidades de agresión, de brutalidad, de astucia y de invención estratégica”, insiste el crítico.

Lo cierto es que el fútbol ha ido evolucionando cada vez más, y ya es difícil negar el carácter profundamente cultural que ocupa en nuestras sociedades. Mientras aún sigue habiendo un tertulianismo tribal y guerrillero —cómo negarlo—, la coreografía que supone un deporte profundamente estético ha dado lugar a grandes páginas periodísticas y literarias. Incluso la danza ha dialogado perfectamente con la otra danza que es el fútbol. “Lo que aprendí con mayor seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”, dijo Albert Camus.

Sin embargo, cuando se produce la espectacularización del fútbol, algo se activa de esa tensión entre el tótem y el tabú que tan bien describió Freud en la creación de toda comunidad, de toda cultura, donde siempre han de haber elementos de adoración y elementos de superstición.

La culturización no ha salvado al fútbol, todo lo contrario.

Lo hemos visto recientemente con la muerte de Maradona, cuando, sin negar que el jugador argentino ha dado algunas de las imágenes más icónicas del siglo XX, parecía imperdonable intentar matizar una biografía que ha sido, como mínimo, errática. Lo estamos viendo ahora mismo, cuando Leo Messi, uno de los deportistas que más belleza ha generado en un terreno de juego, puede estafar a Hacienda más de cuatro millones de euros, y, tras negociar con la fiscalía, librarse de la cárcel a la que había sido condenado.

Nadie se atreverá a llamarle delincuente, aunque él mismo haya reconocido los hechos. Incluso, ahora que se ha publicado la cantidad —inhumana— que gana cada año, los periodistas han puesto exclusivamente el foco en quién ha filtrado la información, no en si es otra indignidad del capitalismo más salvaje que, cuando más recursos faltan para la sanidad pública, una persona se permita el lujo de, tras ser condenado por fraude fiscal, exigir que nadie conozca sus ingresos brutos.

Todo eso pasa en España mientras un cantante de rap, Pablo Hasel, sí ingresará en la cárcel por el contenido de una canción, y por decir qué siente —aunque sea de una manera estúpida e insensible— en las redes sociales. La comparación es sangrante. Y poca gente parece realmente escandalizada ante lo que es un claro atentado contra la libertad de expresión, un derecho fundamental que, si prescindimos de él, vuelve a encerrarnos en la más oscura de las cavernas.

Cualquier símil puede parecer una forma de traición. El fútbol no es una guerra. Tal vez, únicamente, la mudanza de algunos de sus símbolos. Tampoco estamos ante una instrumentalización de la belleza tan cruel y sanguinaria como la de otros contextos históricos. Pero el efecto de desmovilización del sentido crítico funciona, también, en democracia. Si estamos de acuerdo en no renunciar a la estética —más allá de la catadura moral del genio que la ejecuta—, ¿por qué deberíamos desertar de una pregunta ética que nos incomode y nos obligue a discernir?

Si la belleza con la que nos deleitamos—sea a través del arte, el teatro o la cinética— se convierte en un analgésico, en una manera de confinarnos más aún en la indiferencia, y no en una forma de perplejidad y convulsión, olvidaremos que el decorado es lo primero que cae cuando cae el telón. Después del desahucio, entonces sí, vemos el clavo desnudo que sostiene una fantasmagoría. La mancha de lo que un día fue el cuadro de un paisaje compartido.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

3 Comentarios

  1. Es podria parlar de la condició humana i veure que la béstia més dolenta de la terra som els humans. Per la codícia dels humans el món va desapareixent. El canvi climátic s’ha de fer front entre tots però hi han els corbs dels diners que no hi estan d’acord. Treieu conclusions.

    Pau Mestres i Parés

  2. També és una pregunta que m’he fet Durant molts anys i penso que en el fons hem fet una parella totalment incorrecta i que ens a portat a molta confusió: cultura (quan més «elevada» més elitista millor i qualitat humana.
    No, son conjunts que poden tenir en algún moment alguna concomitància però que l’un no presurosa l’altre ni de bon tros. Per a mol a deixat de ser una pregunta amb sentit últim.

  3. Sento que hi hagi alguns errors a l’hora de la publicació. Hi ha un corrector en alguna part que ha fet una mica la guitza.

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