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¿Por qué no somos un poco más inmorales?

La ficción, el arte y el juego son territorios donde no operan, con la misma fórmula de la aprobación o la desaprobación, los juicios éticos | Foto: 'Lolita', de Kubrick

Dice Begoña Román, miembro del grupo de investigación filosófico Aporia, que, mientras la moral nos obliga a una acción determinada (“debo hacer equis”), la ética nos invita a una reflexión (“¿Por qué debo hacerlo?”). La moral  responde a una tradición, formada por hábitos y costumbres que suelen heredarse. La ética también nos habla de valores pero, sin embargo, desde una posición argumentativa desde la cual podamos resignificar, si es necesario, conceptos como libertad, responsabilidad o solidaridad. La ética, pues, forma nuestro carácter, la manera de ser y estar en el mundo. Una manera que, sin caer en las trampas de la homogeneización, tiene voluntad de universalización.

¿Qué relación tienen, entonces, la moral y la ética con la creación?

Pau Luque ha sido reconocido con el Premio Anagrama de Ensayo por Las cosas como son, y otras fantasías, un libro en el que analiza, sobre todo a partir de las obras de Nick Cave, Nabokov e Iris Murdoch, la relación entre moral, imaginación y arte narrativo.

Luque, que es investigador en Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de México, nos advierte de que “el universo de lo moral no se agota en la aprobación o desaprobación de la obra de arte”. No podemos acercarnos a una novela, o a una canción, desde la toga de juez, imitando la fórmula del veredicto judicial, y dictaminando la culpabilidad o la inocencia de la propuesta estética, o incluso de su autor. ¿Quiere decir eso, como tantas veces se ha dicho, que la moral no opera en la creación, que sus parámetros no son útiles para la ficción?

Pau Luque escapa de ese mantra, y ensancha el problema con lucidez. Para el ensayista, “una obra de arte narrativa puede ser moralista sin ser doctrinaria”. El escritor catalán nos invita a no temer la complejidad e, incluso, a “abrazar sentimientos contradictorios haciendo que imaginemos los puntos de vista de personajes siniestros”.

No se trata de estar a favor o en contra de Lolita, como en la polémicas pueriles que se han fomentado desde algunas tribunas, y que han abandonado el análisis para imitar los gestos del tertulianismo más tronado. Se trata de volver a leer en libertad, que quiere decir desde un lugar que no es el mismo que ocupamos cuando vamos a poner una denuncia a la policía, o cuando vamos a pedir cita al médico de cabecera. Pero Luque insiste —y ahí radica su originalidad— que ello no supone la suspensión del juicio moral (“que puede acarrear la indiferencia”). “No hay moral sin desorden moral”, apunta.

El ruido mediático que ha acompañado a Lolita en los últimos años, como tantas otras cosas, ha sido un problema de lectura, una incapacidad para distinguir el artefacto de ficción (magistral) de Nabokov de su recepción. Sólo hay que ver cómo han ido evolucionando las portadas de la novela, desde que se publicara por primera vez en 1955. Hay algunos diseños que son abominables. Prácticamente presentan al personaje femenino como una prostituta. Muchos otros, insisten en presentar a la niña como una mujer adulta, irresistible, y capaz de seducir a cualquier ser vivo que se le ponga por delante. Es cierto que la adaptación cinematográfica de Kubrick —que pese a que es una buena película, no habla de lo mismo de lo que habla la novela— ha ayudado a fijar una imagen errónea del personaje. Para empezar, la niña de doce años (de la que solo sabemos lo que nos dice Humbert Humbert, que es el narrador protagonista y, por lo tanto, un manipulador de manual) se encarna en una actriz de casi diecisiete. Ya no es una nínfula torpe —como la ve el pedófilo—, sino una adolescente que está descubriendo (aunque sea aún de manera muy frágil) que la sensualidad es un arma que puede llegar a dominar si se lo propone. El propio Nabokov escribió un guion de cuatrocientas páginas para Kubrick, pero pronto fue consciente de que la criatura que veríamos en la gran pantalla poco o nada tendría que ver con la que él había imaginado. ¿Eso hace más o menos moral a Kubrick o Nabokov?

Lo que una novela, o un filme, nos permite es ensanchar nuestro universo moral, ver desde el punto de vista de personas —incluso, monstruosas, como Humbert Humbert— que en nuestro día a día condenaríamos de inmediato, pero que, tras el pacto de ficción, acompañamos para entender un poco mejor este mundo ambiguo, imperfecto, defectuoso, y tantas veces cruel. Si entender las razones no es dar la razón, mirar desde una perspectiva determinada no es secuestrar nuestra mirada, sino ampliarla al máximo para sortear eso que llamamos “cámara de eco”, y que consiste en leer únicamente aquello que ya pensamos, aquello que creemos decente y loable.

Ser testigos de múltiples puntos de vista —incluso de aquellos que nos generan repulsión— puede convocarnos, durante el tiempo de lectura o visionado, a un mundo al que podemos considerar inmoral. Hay que atreverse a sentir el abismo. El artista está provocando, deliberadamente, esa tormenta en nosotros. Participar de esa aparente inmoralidad (representada, autónoma, situada en un tiempo y un espacio determinados) es, en sí mismo, un posicionamiento ético. Aquí se sitúa la paradoja irresoluble. Si no caemos en la didáctica, o en la apología, la obra de ficción no nos dirá nunca “qué debemos hacer”. Sin embargo, ampliar el foco, sentir el dolor, el delirio o la humillación, sí puede convocarnos, después —siempre bastante después—, a una pregunta ética. ¿Es éste, el que muestro en mi día a día, realmente mi carácter? ¿Entre todas las posibilidades, he escogido, en mi vida de hechos y decisiones, la opción más digna y honesta para mí y los demás?

¿Es la ficción, entonces, una huida de lo real? ¿Es la manera que tenemos para escapar de un mundo políticamente correcto que no nos deja transgredir lo más mínimo las reglas de lo moral?

Tampoco es eso, exactamente. Y es que situar la ficción fuera de lo real es darle un estatuto que no le pertenece. “Lo contrario de la realidad es la alucinación, no la imaginación”, escribe Pau Luque. La imaginación es una de las dimensiones de la realidad, como lo es la ironía. Hay mundo más allá de nuestra mirada sobre el mundo. Hay mundo más allá de nuestra descripción del mundo.

La alucinación llega, precisamente, cuando no se ha entendido que estamos ante una propuesta narrativa, ante un juego de lenguaje (si hablamos en términos de Wittgenstein) que sólo tiene pleno sentido en el contexto para el que ha sido creado. Hay múltiples casos fácilmente reconocibles. Los niños que se ponían una capa roja y se tiraban por la ventana después de ver Superman. Los jóvenes apretando el gatillo después de leer El guardián entre el centeno. Los chavales que salían a la calle armados con una catana tras participar en un juego de rol. Los yihadistas que atropellan a personas inocentes tras confundir la alegoría que han leído en el Corán con un sanguinario manual de instrucciones. Los espectadores que, tras ver a Joaquin Phoenix encarnando a Joker, se ponen a disparar a la salida del cine.

La humanidad está en peligro cuando olvida el sentido del juego. La literalidad cada vez mata a más personas en el mundo.

Johan Huizinga ya nos avisaba en Homo ludens, en 1938, de la importancia del juego en el desarrollo de los humanos.  Sin una actitud lúdica, no hay cultura posible. Sólo podemos quebrantar las reglas del juego si las conocemos de antemano.

La propuesta de Luque va en esa dirección. “Preferir lectores más simples, lectores que solo respondan a la verdad factual, es preferir ciudadanos más dóciles y débiles ante las tropelías del poder”. También podríamos censurar lecturas que nos hieran, canciones que atenten contra el honor, películas que pongan en cuestión nuestros valores más sagrados. Y también podríamos ser esclavos de la propaganda. Es más fácil, y parece más barato. Hasta que los bisontes circulen, bandera en mano, por todos los capitolios de la palabra.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

1 Comentario

  1. Excelente.

    Recién leído el libro que reseñas, considero que has hecho una síntesis, lúcida, bien escrita y fácil de leer.

    Encuentro más valores y muchos matices en el libro, pero se escaparían de las mil palabras, y de las mil quinientas.

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