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¿Qué es lo que huele mal en el periodismo?

Josep Casals defiende en 'Crónica crítica' que la prensa suele aunar lo tópico y lo impactante, fenómenos que, aunque parecen opuestos, coinciden en buscar un éxito fácil | Imagen: 'El gran carnaval', con Kirk Douglas

“Un siglo más de periodismo y todas las palabras hederán”. Con esta sentencia de Nietzsche, escrita en 1882, arranca Crónica crítica, el nuevo libro del pensador Josep Casals, un ensayo en el que, además de hablar del papel de la prensa, reflexiona sobre la universidad, la burocracia, la política o la nación.

Casals, de una lúcida trayectoria ensayística —autor de libros como Afinidades vienesas o Constelación de pasaje, entre otros—, considera que, en los medios de comunicación, “el tono rutinario de la burocracia encuentra compensación con el sensacionalismo” mientras, nos dice, “lo putrefacto se envuelve en formas asépticas”. No está nada mal para comenzar una crónica sobre cómo han evolucionado los periódicos desde la provocadora aseveración que Nietzsche realizó hace ya más de cien años.

Pero, realmente, ¿qué es lo que huele mal en el periodismo?

Josep Casals desarrolla su crítica —a veces, lacerante—, observando el culto a lo nuevo que las noticias representan en sí mismas, y cómo ello, finalmente, ofrece como resultado un lenguaje estereotipado, gastado, muerto. Las palabras han sido violentadas hasta tal punto que han perdido su capacidad para narrar la complejidad del mundo al que se refieren. La receta, según un artículo que el autor ya había publicado años atrás, se basa en aunar lo tópico y lo impactante, “cosas que se diría opuestas pero que coinciden en buscar un éxito fácil”. El baremo, insiste, es el aplauso. Parece que la actual dependencia de la viralidad de los artículos, del secuestro de una lógica siniestra de la doxa, de estar a favor o en contra, del me gusta o no me gusta, no ha hecho más que darle la razón.

Si la crítica de Casals duele a algunos es porque es certera.

“El periodismo aparece como un engranaje que engulle cuanto acontece… De ahí emana su hedor: no solo de la cháchara, también del vaciamiento de las formas de inteligibilidad que podrían oponérsele”, sostiene.

Ojalá sólo fuera un tema de mal olor. Al menos estaríamos transmitiendo una atmósfera, estaríamos provocando una sensación de asco o de repugnancia. El verdadero peligro al que se enfrenta el periodismo es la indiferencia. La indiferencia de sus lectores.

Y sin embargo.

Y sin embargo, cuando Gabriel García Márquez afirma que el periodismo es “el mejor oficio del mundo”, no está haciendo una defensa gremial, no está intentando proteger su forma de subsistencia. Lo que hace Gabo es reconocer las múltiples herramientas que le ha ofrecido el periodismo para convertirse en uno de los mejores narradores del siglo XX. El periodismo puede informar, pero también tiene la obligación de narrar. Y narrar quiere decir, indefectiblemente, tomar decisiones siendo consciente del lenguaje.

Narrar quiere decir enfocar, crear expectativas, frustrarlas, poner en relación lo que denota con lo que connota, combinar la voz del personaje —por muy real que sea la persona, todos somos personajes en este teatro del mundo— con la descripción de un espacio, y de un arco temporal. De una historia de vida que merece ser contada y leída.

Dice Leila Guerriero, en ese magnífico libro de artículos y ensayos que es Zona de obras, que, para ser periodista, hay que tener curiosidad, impulsos, y combinar la fe del pescador (y su paciencia, advierte) con el ascetismo de quien se olvida de sí mismo. ¿Para qué? Para ponerse al servicio de la historia de otro. Para, según nos dice la autora argentina, “vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha”.

Acudiendo a Karl Kraus —quien, aunque renegó del folletín, fue un gran escritor de periódicos, llegando a fundar la revista La Antorcha—, Josep Casals nos recuerda que, al presentar el periodismo como patología, lo que hace el alemán es alertarnos sobre un modo muy particular de relación con las palabras y las personas. Lo importante, subraya, no es el vínculo, sino el beneficio que puedo obtener de ese vínculo. Y es verdad que el periodismo está obsesionado con el éxito desde hace mucho tiempo. No es una cuestión simplemente de sostenibilidad económica. Se exhibe la audiencia —o el tráfico, hoy en día— como si fuera un trofeo de caza. Pero el animal capturado, en realidad, es el propio periodista, quien se ve obligado, por el círculo vicioso que él mismo ha creado, a seguir alimentando a la bestia.

Impacto, estruendo, repetición. Pirotecnia que no suele dejar cicatriz ni huella.

Y sin embargo.

Y sin embargo, sin que deje de ser cierto lo que denuncia Josep Casals, su ensayo aparece en un momento en que un determinado periodismo —y, por lo tanto, una determinada comunidad de lectores— está reclamando protagonismo en las librerías. Cada vez hay más sellos especializados en periodismo —Libros del K.O. es solo un ejemplo—, pero es que además dos proyectos periodísticos concretos —la publicación de la obra completa de Chaves Nogales, y la edición en castellano de las mejores entrevistas de Paris Review— se han convertido en auténticos fenómenos editoriales.

El periodismo, el buen periodismo, siempre encuentra la rendija por donde colarse.

“La sociedad digital ha difuminado las jerarquías de valor pero no las jerarquías de poder”, sostiene Casals. Y vuelve a dar en el clavo. Es posible que desde ahí nazca el peor de los olores. Pero entonces el gran problema no es del periodismo, sino de cómo algunos lo han utilizado como trampolín, como escalera mágica en su ascenso social o político. Los casos son innumerables y vienen de lejos. Y algunos, resultan verdaderamente sangrientos. Desde cómo Mussolini utilizó el articulismo para llegar al poder e imponer el fascismo, pasando por la propaganda de las facciones más extremas de los hutus, que supieron usar la radio como una catapulta de odio justo antes del genocidio de Ruanda. Pero las democracias liberales tampoco están a salvo de ese uso pernicioso del periodismo. Seguramente no podríamos entender cómo el Reino Unido ha llegado a declarar el Brexit sin leer, antes, algunos de los artículos —efectivamente, fétidos— de Boris Johnson, quien incluso fue despedido del The Times por inventarse una cita. Lo que vino después como corresponsal de The Daily Telegraph en Bruselas ya es historia.

No, no es nuevo ese hedor. Muchos periodistas —que luego engordarán las filas de los partidos políticos de una manera bochornosamente previsible para todos— se presentan, orgullosos, como el auténtico “cuarto poder”. Pero la expresión, utilizada por primera vez por Balzac en 1840, nace como una crítica (“la Prensa es un cuarto poder dentro del Estado; ataca a todos y nadie la ataca. Critica sin razón ni certeza. Es hora de discutir a estos hombres mediocres que ocupan un lugar importante en su época”), jamás como un elogio.

El periodismo es un contrapoder. Un contrapoder, precisamente, contra los relatos dados, impuestos, contra la literalidad de quien pretende encajar el mundo en una casilla prefabricada, en una descripción fría y estéril. El periodismo, cuando de verdad despliega todas sus herramientas, es compromiso y pasión. Es rigor y literatura, al mismo tiempo. El periodismo nunca puede ser un “cuarto poder”. La puerta abierta al sueldo público, al cargo de confianza, debería buscarse en otra parte.

El periodismo no necesita la falsa objetividad. Necesita personas honestas. Que se equivoquen. Claro que sí. Pero que lo hagan al no acertar en la perspectiva o el criterio utilizados, no por apostar, casi sin maquillarse, por un caballo que luego no resulta el ganador.

El periodismo está en crisis. Pero siempre lo ha estado. Incluso cuando había dinero. La fragilidad es su naturaleza.

En Crónica crítica, Josep Casals, citando a Nietzsche de nuevo, escribe que “el hecho es siempre estúpido”. En eso se equivoca. El hecho puede constituir la forma que encuentra el periodista para simbolizar, y compartir con sus lectores, algo mucho más profundo —una herida individual o colectiva, un tabú, la expresión de lo inefable, o el anhelo de una generación a la que llamamos perdida— y que, de otra manera, sería intraducible desde la abstracción de la que tanto padece la filosofía.

“Las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una persona, todo lo que hace falta saber… Ahí reside, quizás, parte de la clave del periodismo narrativo: hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos”, escribe Leila Guerriero.

Eso es lo que lleva años estudiando Albert Chillón, y que ha sabido plasmar tan bien en el libro La palabra facticia. En el prólogo de 2014 (existe una versión anterior, de 1999, con prólogo de Vázquez Montalbán), Jordi Llovet también nos recuerda a Nietzsche, y en especial aquello de que “no hay hechos, solo interpretaciones”. Pero, por eso mismo, no podemos asumir que la noticia  “está ahí, inmediatamente”, sino que es una apariencia, “una escasa parte de la verdad y del hecho mismo”. Y recorrer esa distancia entre hechos, interpretación y escritura es lo que hace el periodismo, ir escarbando —muchas veces sin mapa ni brújula— entre el signo, el significado y el sentido.

En periodismo, pues, una anécdota, un hecho, es capaz de iluminar mucho más allá de lo que vemos. Si persistimos en la búsqueda de ese instante de vida, de esa frase que es una grieta —que parece no corresponder a quien la pronuncia—, el texto se aleja de la fragancia, del efluvio, para convertirse en balbuceo. En un lenguaje que, fracase o no, intenta en cada artículo escaparse de los códigos de su propio confinamiento. Y confinados hace tiempo que lo estamos todos. Me temo que no únicamente los periodistas.

Ante la burocratización de la vida, aún es posible el compromiso —el del periodismo y también el del pensamiento— para abrir espacios a la imaginación. E imaginar no es inventar, es crear imágenes que nos permitan poner palabras a un mundo que tantas veces nos deja sin palabras.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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