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¿Qué esconde el permanente culto a la novedad?

Hay un estetización del descubrimiento que impide el diálogo con el pasado y la capacidad para proyectar un futuro que no nazca con fecha de caducidad | Foto: Pexels

Anuncio, luego existo.

Hemos canjeado la máxima cartesiana, que defiende la duda como principal método filosófico, por una cultura de la proclamación constante, continuada. Anunciamos un nuevo modelo de teléfono móvil, una aplicación infalible, un reloj, un proyecto personal, un programa informático, una generación de escritores, una almohada revolucionaria, o el hallazgo largamente soñado que, más allá del impacto inicial, en realidad no anuncia gran cosa.

Pronto todo eso caducará. La obsolescencia programada es el verdadero invento. Funciona mejor que ningún otro.

Impacto, luego existo.

Imaginemos un cuadrilátero de boxeo. Es nuestra realidad. Hay que conseguir el mayor número de impactos en el menor tiempo posible. Podemos concentrarnos en la coreografía que realizaremos, en el juego de piernas, en el uso de los tiempos. Pero hemos preferido centrarnos en las trompadas que propiciaremos a la actualidad como si fuera un saco de patatas con el que entrenar nuestro gancho, nuestro crochet. Nuestro jab. Un puñetazo de abajo hacia arriba, en busca del mentón del adversario. Un golpe lateral con trayectoria paralela. Un trastazo cruzado. Uno. Dos. Hemos logrado impactar en toda la cara. El rostro ha comenzado a desdibujarse.

¿Cómo puedes permitirte no estar al día con todo lo que acaba de llegar? ¿No sientes ni un poco de ansiedad? ¿No has notado, ya, las magulladuras de todos esos impactos que han venido a cambiarte la vida?

Dice Soren Kierkegaard que “la repetición y el recuerdo son el mismo movimiento, pero en sentidos opuestos”. El danés explica que aquello que se recuerda se repite retrocediendo, mientras que la repetición propiamente dicha se recuerda avanzando. Por eso, insiste, la repetición puede provocarnos felicidad, mientras que el recuerdo suele hacernos sentir desgraciados.

Kierkegaard no se refiere, por supuesto, a la mera repetición. Una repetición desprovista de la capacidad para crear variaciones, pequeñas alteraciones que actualizan el fenómeno repetido, acabaría generando simplemente ruido. Pero esa leve desviación cuando repetimos algo que ya hemos contado, que hemos experimentado, es lo que hace que, al mismo tiempo, reconozcamos un pasado y lo actualicemos en el presente. Ya no hay la condena a la nostalgia. No es algo que quedó encarcelado atrás. Es algo que viene con toda la fuerza desde un lugar que podemos identificar para conocerlo de nuevo. Para re-conocerlo.

Es lo que hacemos con los chistes. Cada vez que contamos uno, y somos capaces de alterarlo mínimamente (es un asunto de precisión, debemos modificarlo lo mínimo posible para que sea el de siempre y uno distinto, simultáneamente), la risa aparece como si fuese la primera vez que hubiésemos narrado esa divertida anécdota. Es lo que sentimos cuando alguien interpreta una partitura que hemos escuchado en multitud de ocasiones. El teatro es el mejor ejemplo de todos. Cada función es la misma función, y otra radicalmente distinta.

Repetir el mundo —con esas sutiles alteraciones— es interpretar la realidad como si fuera una partitura. Una partitura que nos ofrece un mapa para que podamos perdernos sin miedo a seguir avanzando. No únicamente recordamos, en este preciso instante, lo que un día dijimos o hicimos, sino que además dejamos la puerta abierta para que podamos seguir repitiendo la misma cosa, transformada, casi de una manera imperceptible, mañana. El año que viene. De aquí una década.

Un verano es el inicio de muchos veranos. Cada vez que algo se acaba está comenzando de nuevo. De otra manera, sí. Pero con la posibilidad del eterno retorno. No hay nada tan imprevisible, dicen, como el pasado.

El impacto y el asombro son dos criaturas distintas. No nacen del mismo lugar. El im-pacto es un golpe con penetración (etimológicamente, que se clava en el interior, y que proviene de afuera hacia adentro) mientras que el asombro es una perplejidad  que sigue la dirección opuesta, que logra sacarnos de adentro hacia afuera. Reconocemos, aún perplejos, que esa figura que nos acompaña —al lado, atrás o enfrente— no es más que nuestra propia sombra, y por eso nos asombramos. El impacto produce hematomas. El asombro dilata la mirada.

Entonces, ¿a qué responde esa obsesión en proclamar el mundo como un mercadeo de novedades? ¿Para qué nos sirve anunciar, segundo a segundo, que algo inédito, insólito o desconocido está a punto de llegar para deslumbrarnos definitivamente?

Tal vez esa manía nuestra se parezca a la del aventurero —europeo, blanco— que viajaba a un país lejano para descubrir una extraña especie de primates o un tubérculo supuestamente milagroso. Los animales y las raíces ya estaban allí antes de que nadie los anunciara en el telepronter de su universo autocomplaciente. ¿Por qué hemos aceptado, así, sin más, hacer de la prensa o la academia un bazar lleno de neones?

Comunicar el mundo como si fuese una feria o un zoológico nos obliga a disfrazarnos de exploradores. Con el gorro y el cazamariposas incluidos. Queremos capturar la complejidad del mundo, sus vínculos y sus redes de significado, como si fuera un mar que nadie ha sondeado antes.

La cita de Kierkegaard —extraída de La repetición— abre el ensayo  Yo ya he estado aquí, un libro de Jordi Balló y Xavier Pérez que analiza cómo la ficción recurre a la serialidad. Y es que la ficción —sea desde la literatura, el cine o la televisión— no aspira únicamente a la constitución de objetos únicos. La repetición también puede ser una forma de transgresión. La podemos alterar a través de la ironía o la hipérbole, de la caricatura o del homenaje. ¿Qué es, sino, el Quijote? ¿No es una relectura, desde una mirada crítica y lúcida, de las novelas de caballerías? ¿Qué es, sino, la serie protagonizada por el doctor House? ¿No es un guiño a quienes, de una manera directa o indirecta, hemos crecido con los relatos de Sherlock Holmes?

La repetición, nos dirán Balló y Pérez, puede invocar la pulsión vitalista de los rituales, y enfrenta al ser humano a la llegada regeneradora de un volver a empezar. Y además es así porque, en esa grácil mudanza que incorporamos, contamos con la complicidad del receptor. Estamos construyendo, pues, una enciclopedia compartida.

En esa suerte de “bricolaje” —es como le llamará Claude Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje,  a un tipo de invención que no finge nacer de la nada— mantenemos el cordón umbilical con lo anterior, pero lo hacemos intensificando el deseo de futuro. No se trata de una forma de nostalgia inmovilista, o de un anclaje pétreo.

No hay renuncia a la invención en ese tipo de repetición. Es la misma repetición del juglar que, pueblo a pueblo, va expandiendo su capacidad narradora a partir de una oralidad que todos reconocen y que, sin embargo, aún puede sorprenderles. ¿Dónde estará el giro en ese cuento que he escuchado millones de veces? ¿En qué frase exacta el actor va a subrayar la esencia de esa obra de la que llevo siendo espectador hace tantos años? ¿Cómo va a resolver el caso ese detective que es igual, y diferente, a todos los detectives?

Mientras el juglar recita la misma historia de siempre —actualizando una trama, haciendo al protagonista más alto o más bajo que la última vez, jugando con las muchas posibilidades del arquetipo—, desde el otro lado de la plaza alguien gritará que tiene algo que jamás habíamos visto o probado. Cuando nos acerquemos, veremos que es un crecepelos. Tiene otra forma, es verdad. Pero es un crecepelos. Nos asegurará que es algo revolucionario. Entonces sabremos quién le está poniendo precio a la revolución. Y por qué hemos de protegernos como si nos estuvieran apuntando directamente al mentón. Quieren impactarnos. Y están a punto de conseguirlo.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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