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¿Qué hacemos con la tentación del fracaso?

La injuria y la vergüenza también conforman nuestro posicionamiento en el mundo, a veces como necesarias armas defensivas, a veces como máscaras para ocultar la tensión entre origen, personaje y destino | Imagen: 'Mr. Arkadin', Janus Film

Tal vez es uno de los mejores títulos posibles. El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro decidió llamar a sus diarios —que recogen sus anotaciones entre 1950 y 1978— así, La tentación del fracaso. Y lo hizo, según sus propias palabras, porque en ellos descubrió la constante interrogación sobre si lo que estaba escribiendo tenía algún valor y, aún más, si lo que intentaba decirse a sí mismo es que le tenía miedo a la obra acabada. “Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas”, subraya.

Hoy en día la psicología —que quiere ponerle nombre a todo, a cualquier precio— nos habla del “síndrome del impostor”, una suerte de trastorno en el cual las personas que tienen cierto éxito no son capaces de asimilar el reconocimiento a su trabajo. Lo interesante del fenómeno —más allá de si realmente es una patología o no— es que no está exactamente relacionado con la falta de confianza o la baja autoestima. Se trata de otra cosa. Algunos consideran que se debe a un perfeccionismo excesivo que impide, a aquellos que lo padecen, disfrutar de sus logros.

No es extraño que, según afirman los que han estudiado el síndrome, que la mayor parte de personas que lo experimentan sean mujeres. Pero no es, como afirman, una cuestión de ser fanáticos o no del control. Se trata de ocupar un espacio que desde pequeños nos han dicho que no estaba destinado a nosotros. Por eso, además de las mujeres (o doblemente por ello), lo experimentan aquellos que han crecido en un entorno social o económico que de ningún modo preveía que podían acabar dirigiendo una película, siendo una artista que expone en grandes museos y galerías, o convirtiéndose en una cantante de prestigio internacional.

Por supuesto, la conciencia de clase y de género se expresa de muchas maneras distintas. Hay quien hace de eso una batalla para el resto de su vida —en toda circunstancia, en todo momento—, y ese posicionamiento le permite presentarse al mundo con una fuerza extraordinaria. Con una legitimidad que parece inquebrantable. Incluso cuando lo convierte en una bandera o en un eslogan vaciado de significado de tanto repetirlo, más que en un compromiso real, sostenido en el tiempo, capaz de afrontar las contradicciones a las que todos estaremos sometidos en algún momento.

Y hay quien lo esconde como puede hasta que le estalla en la cara. Un buen ejemplo es el del filósofo Didier Eribon, quien, en el libro Regreso a Reims, explica cómo oculta sus orígenes obreros para convertirse en un pensador alabado por la intelectualidad del momento. La muerte de su padre le pone ante el espejo. ¿Cómo ha ido instalándose en él ese desarraigo? ¿Cómo un militante de izquierdas, y sociólogo especialista en la desigualdad social y los mecanismos de dominación, ha sentido vergüenza por su propia familia y por el lugar en el que creció? ¿Quién es él para juzgar, desde la condescendencia, a los miles de trabajadores que intentan como pueden mantener su trabajo en la fábrica y llegar a final de mes?

Eribon, además, ha de lidiar con su condición de homosexual en un entorno claramente hostil. “Toda la cultura que me rodeaba me gritaba ‘puto’, cuando no era ‘marica’, ‘mariposón’, ‘loca’ y otros vocablos repugnantes cuya simple evocación reaviva en mí el recuerdo, siempre presente, del miedo que me inspiraban, la herida que me infligían, el sentimiento de vergüenza que grabaron en mi espíritu. Soy un producto de la injuria. Un hijo de la vergüenza”, escribe.

Un día, cuando aún era un niño, su padre llega borracho a casa. Eribon, casi de una manera intuitiva, para intentar borrar esa atmósfera irrespirable de racismo, homofobia y precariedad, le lanza todas las botellas que encuentra cerca. De esa experiencia, sin duda traumática, nace una voluntad “paciente y obstinada” de contradecir el porvenir que le estaba prometido pero, al mismo tiempo, la huella de su origen social, grabada para siempre en su mente. Una cicatriz, asegura, que ninguna transformación ulterior de su ser, ningún aprendizaje cultural, ninguna cáscara, ningún subterfugio logró borrar. Incluso cuando fue él quien lo intentó con todas sus fuerzas.

El caso de Julio Ramón Ribeyro es muy distinto. Nace y crece en una familia limeña de clase media pero que en generaciones anteriores había pertenecido a la oligarquía peruana, especialmente conservadora. Tras estudiar en la Pontificia Universidad Católica de su país, viaja a Europa, primero a España y después a París, con breves estancias en otros países, donde intenta protagonizar el mito de la vida bohemia. Su búsqueda es la de un estilo que lo singularice de un modo que pueda diluir la identidad que se le presupone. En 1957, cuando tan sólo ha publicado su primer libro de relatos, Los gallinazos sin plumas, se pregunta si su carrera de escritor ya habrá terminado. Es una pregunta sincera, la escribe en su diario íntimo, personal.

“No es tanto la falta de tiempo, de ideas, ni de entusiasmo. Es una crisis de otro orden”, intenta explicarse a sí mismo. “Si alguna vez escribo un libro importante —anota—, lo compondré con los fragmentos de mis estilos y de todas mis imposibilidades literarias”.

Vemos, pues, dos viajes opuestos que, paradójicamente, se tocan más de lo que parece. La impostura —primero como disfraz, pero luego como culpa—, y, por otro lado, el fracaso como una tentación permanente.

¿Por qué deberíamos conformarnos con una identidad, clausurada en una obra o en un discurso, si tenemos a nuestra disposición muchas otras por descubrir?

El fracaso es un fallo del sistema. Y la creación, sea a través del boicot o la deriva, no deja de buscar eso, poner en crisis la funcionalidad del mecanismo. La gran máquina nos recuerda que el lenguaje tiene que seguir informando, tiene que conectar al emisor y al receptor como si fueran los dos extremos de una misma cadena de montaje. El creador y el pensador, sin embargo, se empeñan en comunicar lo incomunicable, en obstruir esas líneas rectas que aparentemente conectan destino, origen, y personaje.

Orson Welles explica, en una entrevista con André Bazin, que entiende el carácter de un personaje como algo que se define en la acción y en la decisión. Y es que en inglés, el “character” no significa solo cómo uno está hecho, sino también lo que uno decide ser. Aún así, en el filme Mr. Arkadin, de 1955, se nos narra la fábula de la rana y el escorpión. El escorpión quiere cruzar el río, y le pide a la rana que lo lleve. Ésta, por supuesto, le contesta que no puede hacerlo. Si lo hace, le picará. El escorpión logra convencerla con un argumento de una lógica irrefutable. Si le pica, él también morirá ahogado. Cuando ya están en medio de la travesía, la rana siente un intensa punzada. Le pregunta al escorpión por qué le ha atacado, dónde está la lógica de ese acto absurdo. “No he podido evitarlo. Es mi carácter”, le contesta.

“Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, dirá Samuel Beckett en Rumbo a peor. Sus palabras no tienen nada que ver con el mensaje motivacional en el que los emprendedores han convertido la famosa cita. El texto nos habla del cuerpo —no hay sensación de fracaso o de impostura sin un cuerpo que los encarne—, de un sitio para el cuerpo, para que pueda entrar y salir, para que pueda irse y regresar. “No se vuelve. Sólo se está. Dentro. Dentro aún”, nos dice el dramaturgo en las primeras páginas. No hay determinismo. Hay determinación.

Lo que hace Beckett es preguntarse si aún podemos rechazar lo que se nos ofrece porque, tal vez, eso no es lo que realmente se nos da. Toda ofrenda impone un sacrificio. Un sacrificio que no es únicamente un sobreesfuerzo, que no es únicamente una autoflagelación. Es la entrega de un cuerpo. Y eso lo hemos olvidado porque somos una sociedad que se ha empeñado en borrar cualquier atisbo de liturgia. El ritual permanece, pese a todo. En el aplauso que algún día recibiremos convivirán la reconciliación y la sospecha, la recompensa y la duda, y el agradecimiento y el desasosiego por no saber si estamos ante un homenaje o ante una expiación. Mantener viva esa tensión, de una manera tan obstinada como incierta, es la que nos permite seguir siendo auténticos impostores, celebración sin rastro de triunfo.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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