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¿Quién dibuja nuestro mapa de vida?

El acontecimiento se diferencia de la esencia y del hecho porque es lo que, a la vez y paradójicamente, contiene y modifica una biografía | Foto: Pexels

«Será un verdadero acontecimiento». Cuando alguien te dice eso, cuando alguien te asegura que al evento al que te ha invitado será un acontecimiento, te está prometiendo que será inolvidable. Pero, ¿quién puede mandar sobre nuestro olvido y nuestra memoria? ¿Quién dibuja nuestro mapa de vida como si pudiera modificarse con un rudimentario tiralíneas?

Guilles Deleuze, en La lógica del sentido, nos dice que invertir el platonismo requiere destituir las esencias para sustituirlas por los acontecimientos como fuentes de singularidades. «Una doble lucha tiene por objeto impedir cualquier confusión dogmática del acontecimiento con la esencia, pero también cualquier confusión empirista del acontecimiento con el accidente», nos advierte el filósofo.

El acontecimiento, pues, no es algo innato, no es una esencia, pero tampoco es un mero accidente, un simple hecho. Somos nosotros los que, en todo caso, hacemos transmutar el hecho en acontecimiento. Pensemos en nuestra biografía. Si alguien nos pidiera que en pocas palabras resumiéramos nuestra vida, íntima o compartida, rápidamente nombraríamos seis o siete hitos que nos han constituido como personas y, a la vez, que han modificado nuestro carácter o nuestra mirada sobre el mundo. El nacimiento de un hijo. La muerte de un familiar cercano. Cuando cambiamos de trabajo, o de domicilio. Cuando conocimos a aquella persona que nos descubrió aspectos de nuestra personalidad que en realidad nunca habíamos identificado hasta entonces.

El acontecimiento no puede anunciarse como tal. Acontece. Se hace realidad, pero no porque sucede, no por la naturaleza del hecho o del accidente del que brota, sino porque ese hecho o ese accidente deviene en una forma que hace saltar por los aires toda cronología. El acontecimiento es el boicot por excelencia. El diagnóstico de una enfermedad, el encuentro con alguien del pasado, la aparición inesperada del deseo. Son hechos puntuales, que llegan a nuestras vidas de una manera forzada o azarosa, pero que transforman el calendario en una narración que va más allá de la historia.

No, el acontecimiento no puede verse únicamente desde una mirada historicista de la vida. No es, sólo, un punto de giro del relato. Del suceso al acontecimiento ocurre algo que no es más que la transformación ontológica de la escisión, del corte, donde lo que estaba en potencia reivindica el papel protagonista de un calendario que no ha podido ser configurado de antemano, externamente.

No nos pueden invitar a un acontecimiento. Porque el acontecimiento no se anticipa. Es el instante donde la conciencia, la precisión y el enigma se conjuran para desplazarnos más allá de nuestra simple individualidad —siempre cuantitativa— a través de esta tríada que nos diferencia de la masa. Cada uno de nosotros debería poder dibujar su mapa de vida a partir de unos acontecimientos concretos. Tan concretos, tan singulares, que nunca se dejan capturar por la temporalidad a la que han venido a poner en crisis. El acontecimiento no concluye cuando termina el hecho o el accidente con el que tantas veces lo confundimos. El acontecimiento acontece, y permanece. Tal es su obstinación.

Fijémonos en cómo opera la tensión entre memoria e imaginación. En una reunión familiar —la sobremesa de una celebración siempre es un buen momento para este tipo de experimentos—, sacamos a colación («colación» significa tanto hacer mención de algo o de alguien como el refrigerio que se ofrece al invitado) un hecho del pasado. Si puede ser, algo realmente lejano. Un hecho, un suceso, del que la mayoría de los asistentes fueron testigos directos. Cuando uno de los miembros de la familia estuvo a punto de ahogarse en el lago. Cuando al menor de los hermanos le atropelló una motocicleta. Cuando a la matriarca le tocó la lotería, después de cambiar, por error, el número al que llevaba jugando desde la adolescencia. No importa el hecho en sí. Rápidamente veremos la pluralidad de puntos de vista de lo que que ocurrió, de cómo ocurrió, de la importancia que aquello ha tenido en sus vidas. Algunos lo recuerdan vagamente, otros con todo lujo de detalles. Y, sin duda, encontraremos versiones totalmente antagónicas.

Nadie miente. Todos han construido una imagen en su recuerdo. Ahí radica la imaginación de la memoria, que no es fabulación, que no es invención, que no es relativismo tampoco, sino una especial atención a la singularidad del hecho. Algunos habrán transformado el accidente, fuera ya de cualquier “confusión empirista”, en un acontecimiento familiar. Otros, lo habrán borrado absolutamente —no hay nada de absoluto en ello— de su memoria.

Esa selección de los acontecimientos que dibujan nuestro mapa de vida suele ser algo intuitivo, o puede responder a un mecanismo de autodefensa. El trauma nace, también, de la necesidad de borrar acontecimientos demasiado dolorosos como para llevarlos a cuestas en nuestro día a día. De todos modos, el acontecimiento destacado —ese suceso que acontece— forma parte de una extraña paradoja. Nos define y, al mismo tiempo, diluye nuestro carácter aparentemente único. Es un desplazamiento que, a su vez, nos constituye. El acontecimiento nos hace singulares desde la pluralidad que encarnamos.

Estamos acostumbrados a escuchar que lo importante es dominar el relato. Que lo fundamental es marcar una agenda propia. Es una reacción comprensible ante una concepción de la actualidad demasiado rígida, agarrotada, gracias a la cual las portadas de los diarios siempre explican lo mismo de los mismos. Pero entrar en esa dialéctica es entrar en una batalla que puede suponer una trampa. Querer dominar la agenda, intentar dominar el relato, es también una forma de expulsar la diferencia. Uno puede responsabilizarse de sus acontecimientos siempre que no olvide que esas marcas de vida no son esenciales, en el sentido de inherentes a todas las miradas sobre un mismo suceso.

Uno puedo compartir sus acontecimientos, pero no imponerlos a los demás.

«Yo soy yo y mi circunstancia», dice Ortega y Gasset. Pero esa «circunstancia» a la que hace referencia el pensador español tampoco es un accidente, ni una esencia. No responde únicamente a lo inmediato, ni a lo actualizado. Es lo que veo, y lo que intuyo. Lo que toco, y lo que pienso. Lo que distingo, y lo indistinguible que hay en ese juego de potencialidades entre las que vivo.

Joan Brossa, en el poema El sol detingut, contesta a ese callejón sin salida que la filosofía a veces —cuando se disfraza de recetario— parece querer ofrecernos. Se pregunta:  «Què fem? / On anem? / D’on venim?» («¿Qué hacemos?  / ¿Dónde vamos? / ¿De dónde venimos?»). La solución es tan inocente como radical: «Però aquí hi ha una caixa de llapis de colors» («Pero aquí hay una caja de lápices de colores»).

Las únicas respuestas interesantes, ahora lo sabemos, son aquellas que destruyen las preguntas. Un acontecimiento no suele nacer de la promesa ni de la amenaza, sino de una vida que no renuncia a lo imprevisible de la vida misma.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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