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¿Quién teme a la elegancia?

En un mundo algorítmico, donde la máquina elige por nosotros, la figura del dandi aún puede encarnar un arquetipo de resistencia frente a la burocratización de la vida | Foto: Marlene Dietrich en 'Morocco'

La elegancia no significa vestir conforme a la tendencia que dicta el mercado de la moda. «Elegancia» significa, según su significado etimológico, saber «legere», saber cosechar y escoger. Y escoger es una invitación a la acción. No es un don, ni un talento innato. Es un aprendizaje que combate, precisamente, la pasividad del consumista que sigue los imperativos de una industria que, a partir de la propaganda, quiere hacernos previsibles, calculables, individuos sin singularidad. En definitiva, que quiere que nos comportemos como una masa dirigida hacia una producción en masa.

El dandi ha sido siempre una figura que ha atraído a poetas y filósofos. Y lo ha hecho, no por su gregarismo, sino por todo lo contrario. Por el misterio que encarna, por su rebeldía, por su uso de la paradoja o la ironía.

No se necesita dinero para ser un dandi. Se necesita una determinación. La de elegir por uno mismo, no por una máquina que ha sido creada para tratarnos como autómatas. Y elegir incluso en las peores condiciones, cuando parezca que ya es imposible, que todo está perdido. El dandi no es un snob, ni un aristócrata.

No hay nada tan abrumador como descubrir la radicalidad que supone la elegancia de un vagabundo que, desahuciado, sucio y hambriento, se coloca bien un pañuelo, al cuello, para recordarnos su dignidad, su singularidad, ante nuestra mirada deshumanizadora. No hay nada tan abrumador como descubrir la radicalidad que supone la elegancia de un enfermo que, casi sin poder moverse de la cama, sin fuerzas para articular una palabra, hace un gesto mínimo, sutil, incluso cáustico, que nos advierte de que aún puede «escoger» entre las pocas posibilidades que le ofrece su cuerpo vulnerable. Pero escoge, finalmente, y lo hace para que seamos nosotros los espectadores de su elección, de su cosecha.

La extrema elegancia de algunos vagabundos, o de algunos enfermos, no supone la romantización de su hambre ni de su dolor. Es la inequívoca imagen de un espejo en el que podemos ver lo que nunca debería ser invisible, el cordón umbilical que nos une a cada uno de ellos.

El diccionario nos dice que el dandi es «un hombre que se distingue por su extremada elegancia y buenos modales», pero esta definición es necesariamente tramposa porque el dandi no es identificable por su sexo —no es únicamente un hombre o una mujer, o es las dos cosas al mismo tiempo, bebiendo de las posibilidades de lo andrógino—, pero tampoco puede ser clasificado, como si fuera un pollo de granja, por lo que otros definen como elegante o no. Es él quien crea su imagen. Y, por tanto, si no podemos ofrecer una definición cerrada del dandi, sí podemos acercarnos a su figura a través de conceptos que lo constituyen. Lo hace con especial lucidez Giuseppe Scaraffia en Diccionario del dandi, donde aborda su genealogía a través de constantes como el gusto por el instante, el uso consciente del silencio, o el arte de caminar la ciudad.

El dandi, que no quiere dejarse capturar por la taxonomía capitalista, es aparentemente indescriptible. Y lo es porque, gracias a su belleza cinética, a su elegancia en movimiento, encarna un arte que dibuja sus propias leyes. El dandi es un creador. De vestuario, de gestualidades, de puestas en escena. Es, a la vez, arcaico y contemporáneo. Acelera y retiene los tiempos para dibujar una dramaturgia que él, y sólo él, ha escrito. Incluso cuando no es propietario de una actualidad —el dandi siempre combate la actualidad— que se nos presenta a partir de la la rigidez de lo inmediato.

El dandi sabe que el lenguaje siempre nos traiciona. Decimos «libertad» o «riesgo» y ya no sabemos exactamente qué estamos diciendo. Las palabras se escapan de nuestras manos como una gota de mercurio. Por eso el dandi, como parece reclamarnos Wittgenstein, crea sus propios juegos de lenguaje. Las palabras sólo tienen sentido en un contexto determinado, en la función que nosotros le damos en un espacio y un tiempo concretos, no en boca de políticos, economistas o coaches. El político nos da la bienvenida a «la nueva normalidad», y nosotros sabemos que la normalidad —desde hace mucho— es todo menos normal. El economista nos pide «invertir tiempo», y nosotros sabemos que nos están intentando, así, secuestrar el presente. La mejor inversión es la sumersión. El coach nos repite que tenemos ser felices y nos ofrece, para lograrlo, recetas de cocina. Al dandi, sin embargo, no le gusta la comida recalentada.

Baudelaire creía que el dandi es también un artista, que no intenta imitar en su forma de vestir la precaria y engañosa fortaleza del mundo burgués, sino que se opone a esa mascarada con la ligereza irónica de su obra. Incluso un dandi realista, como Balzac, lo es de una manera exasperada, y nos muestra las obsesiones que se esconden en la presunta imparcialidad de su mirada. El dandi, pues, sabe que no existe la objetividad del sujeto. Cada vez que miramos al otro, o a nosotros mismos, estamos trazando un cruce de anhelos, miedos y deseos.

¿Es el dandi, entonces, un narcisista? Todo lo contrario. Narciso se ahoga porque se enamora de una imagen —la suya— que nunca había visto antes. El dandi es quien ha construido la imagen que observa. Es él quien ha apostado, conscientemente, por esa elección. Ahí está lo arriesgado de su elegancia. Pero si el dandi fuera simplemente alguien capaz de proyectar una imagen determinada, podríamos concluir (erróneamente) que para ser un dandi —alguien capaz de «legere»— simplemente bastaría con crear una marca propia. El dandi es todo menos una marca que pueda ser diseccionada como un producto cerrado.

El dandi, figura clave del siglo XIX y XX, ¿qué sentido tiene en el siglo XXI? ¿Hay un espacio para el dandi en la sociedad del algoritmo?

El «postureo» con el que tratamos de aumentar seguidores en las redes sociales sólo busca impresionar o gustar. Ninguna de esas cosas es el motor vital del dandi. El dandi quiere generar sorpresa, incertidumbre, hacer de la duda y la paradoja una manera de criticar y re-significar su entorno. Por eso la forma de vestir y actuar del dandi es intensamente política. Construye una máscara, sí, pero no permite que sea la máscara quien le diga cómo debe actuar.

El algoritmo trata de capturar al dandi. Y no lo consigue. Es la presa menos fácil en la comedia humana que todos interpretamos. El dandi es una anguila en el océano de clichés y estereotipos en el que todos naufragamos.

El misterio del dandi, pues, es el misterio de una mujer y un hombre que se saben libres, eligiendo el vínculo que dota de significado esa libertad. Contra el malentendido de la igualdad —que muchos interpretan como homogeneización en una sociedad de réplicas y sucursales—, el dandi grita «no» a ser una copia del otro para decir «sí» a la diversidad absoluta de cada persona. A esta sociedad obsesionada con la transparencia, sin lugares para la duda o la polisemia, el filósofo coreano Byung-Chul Han la define como «el infierno de lo igual».

Para Scaraffia, en la época del cientifismo, donde la claridad y la distinción han pasado a ser aparentemente y definitivamente operantes, el dandi aún puede ofrecer su misterio con una doble cara: el dandismo es la máscara que esconde lo que nos muestra. Y es que el dandi ni siquiera «es» un dandi. Se «comporta como». Es una performance en movimiento. Una instalación viva, intraducible por la inteligencia artificial que, si bien puede ser inteligencia en el sentido de que calcula y ejecuta, nunca puede atender a los cortocircuitos de la intuición.

Si el dandismo es una práctica, un estilo, un puesta en escena, una dramaturgia del gesto, eso quiere decir que todos podemos ser un dandi en algún momento. El dandismo no tiene nada de elitista.

El dandi tampoco es un excéntrico. Sabe encontrar la brecha entre lo original y la idéntico a través de un ligerísimo detalle: un chaleco, unas medias, un cinturón, un apretón de manos sostenido de una manera inusual. Para hacer saltar por los aires esta concepción de la vida como copia, donde todos nos comportamos de manera idéntica, el dandi no necesita vestirse como un astronauta, ni ponerse camisetas fosforescentes, que van muy bien para que te vean en un pista de aterrizaje en medio de la noche cerrada, pero no para construir un dominio de la propia excentricidad, que es lo que hace, en realidad, el dandi. Su excentricidad moderada es, de hecho, su esencia utópica. El dandi representa un pasado que no ha vivido, y dialoga con un mundo que no existe. El dandi acepta las normas sólo para negar mejor. Lo que más escandaliza del dandi es su prudencia. Ahí es dónde su elegancia genera controversia. Es lo que más molesta porque no puede ser aceptable ni inaceptable. Y por eso desconcierta.

Son muchos los dandis que han vestido de negro. Y lo han hecho porque, así, con un simple detalle sin aparente importancia, con un golpe de efecto, pueden aportar el giro narrativo que su personaje personifica.

El objetivo final del dandi no es tener razón. Sólo quiere tener razón quien quiere ganar. Y el dandi no participa en ninguna guerra. Su compromiso es ir contra la burocratización de la vida. El dandi es un animal político que no teme a la paradoja. Será el snob quien no podrá permitirse caer en la contradicción, porque su «línea de coherencia» debe coincidir, siempre, con su interés económico. El esfuerzo reiterado del dandi en conjugar lo real con lo ideal, y eso lo lleva a un continuo desplazamiento.

En una sociedad tan artificiosa, sólo el artificio permitirá una cierta naturalidad. Lo que no es natural es que todos vistamos igual, hablemos igual, repitamos los mismos gestos. Esta es la captura a la que el dandi se resiste, ante la que le dandi se rebela. Pero lo hace con una estrategia —la máscara y el artificio— que desorienta a todos.

La ironía es el idioma del dandi porque con ella logra reírse de su actuación. Ahí está la verdadera paradoja: la ironía es su forma de sinceridad. El lenguaje del dandi, así como su manera de vestir o caminar, reúne la crítica de lo que es y lo que representa, convoca su afirmación con su sombra.

El dandi, así, se asombra cuando descubre su propia sombra. La máquina, el algoritmo, no puede representar ese desdoblamiento. No hay asombro en el cálculo, en la tendencia, en el trending topic por el que todos nos desplazamos, como funambulistas, por la cuerda floja de la vida. Ésa es la única autopista por la que elige transitar el dandismo. Y, como en todas las carreteras, en cada nuevo tramo hay un anuncio o una advertencia. Normalmente, nos piden «aumentar la precaución». Nosotros deberíamos añadir que hay que «aumentar la elegancia». Quién sabe cuándo y cómo la necesitaremos.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

1 Comentario

  1. Avui he acabat el curs dirigit per tu ,moltes gràcies, ha estat magnífic. El teu article és molt interessant i jo crec que estàs descrivint en Gabriel, el «tutor» i vetllador dels protagonistes de LA TRAVESSIA DE LES ANGUILES.

    En Gabriel, tal i com el descrius, es un verdader dandi.

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