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¿Y si no hubiera luz al final del túnel?

Mientras en el tiempo de la espera puede ocurrir cualquier cosa, la esperanza, cuando es elogiada por el poder, suele esconder una invitación a la resignación | Imagen: 'Cleo de 5 a 7', Agnès Varda

Todo irá bien. Tutto andrà bene. Las sábanas pintadas con esta frase han decorado los balcones y ventanas de España e Italia durante los meses más duros de pandemia. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. El problema es quién lo dice. Y con qué finalidad.

Poner en duda la lógica de la esperanza no es dejarse llevar por la tentación del nihilismo. Si la espera, como dice Andrea Köhler en El tiempo regalado, genera temperaturas (“esperamos con el corazón tiritando, o ardiendo de deseo”), la esperanza es la congelación de esa concepción del presente apasionado, febril, electrizante. Sabemos que hacer esperar es el privilegio de los poderosos. Ahora no es el momento. Tal vez más tarde. Cuando las cosas se calmen un poco.  Esas excusas sirven tanto para no subir un sueldo irrisorio como para no aprobar una ley realmente transformadora.

No perdamos la esperanza. Eso nos dicen. Y lo dicen porque saben que nuestra desesperación es su condena.

El que espera —un diagnóstico, una declaración de amor, una sentencia— no puede estarse quieto. Se mueve de un lado a otro de la consulta, de la habitación, de la celda. El término “Warten” (“esperar” en alemán) significa, nos recuerda Köhler, “mirar a algún lugar, dirigir la atención hacia algo, atender, cuidar”. La espera es la encarnación de la condición de posibilidad, un espacio y un lugar en el que la potencia está más viva que nunca. La esperanza que nos viene dada ya ha decidido por nosotros. Es la espera hecha sufijo, adverbio. La esperanza ante un Dios que vendrá y nos salvará. La esperanza ante un partido político que resolverá todos nuestros problemas. La esperanza ante la ciencia que, una vez más, nos sacará de este fangal.

Durante la espera aún podemos tomar decisiones, revisar nuestros vínculos, vivir siendo conscientes de que estamos vivos. Siendo conscientes de que vamos a morir. La esperanza acrítica nos invita, paradójicamente, a una resignación, a una pasividad, a una espera que ha perdido su animalidad irreverente e imprevisible.

Eso es lo que hace la protagonista de Cleo de 5 a 7, la película de Agnès Varda, estrenada en 1961, donde una joven cantante espera el resultado de unas pruebas médicas. Está convencida de que está gravemente enferma. Todo el filme recoge ese tiempo que podría parecer perdido, lleno de ansiedad, sí, pero también lleno de vida, en el que el personaje camina por lugares por los que nunca ha caminado, ríe, ensaya, tiembla y conversa con un desconocido, un soldado que también está esperando, en un parque, antes de partir a la guerra. Esa espera desesperada no es, simplemente, una apología del carpe diem, ni un ensalzamiento del memento mori. Esa espera, la de Cleo y la de todos nosotros, interpreta los dos tópicos simultáneamente. Recuerda que morirás. Aprovecha el momento.

La espera nos introduce de una forma radical en el presente. La esperanza nos condena a la actualidad.

“Quien se respeta a sí mismo dirige su mirada a lo que no es de actualidad”, leemos en Tan cerca de la vida, la primera novela del filósofo Santiago López Petit. El protagonista de la trama acude a una escuela que forma a líderes y emprendedores, pero pronto descubre que lo que buscan son yonquis de la imagen, reproducciones algorítmicas de un “yo marca” que transforme el pensamiento en autoayuda.

López Petit reconoce que la suya es una mirada alegre y desesperada, y en su nuevo libro vemos tres formas humanas del miedo a través de las cuales la actualidad secuestra el presente: la del receloso, la de la víctima y la del acomodado. La estrategia del poder, pues, consiste en aumentar la desesperación hasta convertirla en impotencia. Pero, como nos avisa el protagonista de la novela, “existe un saber de la desesperación”. Eso es lo que nos cuesta ver entre tanta penumbra.

¿Qué nos están diciendo los manifestantes que, noche tras noche, queman la ciudad? ¿Por qué salimos gritando que “No tenemos nada que perder”? Tal vez significa eso, que más allá de la negación, hay una afirmación que, precisamente, no hace otra cosa que subrayar ese “no”. Estamos en el tiempo de la espera porque ya no esperamos nada a cambio. El cadáver de la esperanza se ha quedado en el sofá de casa. Y, como la Cleo de Agnès Varda, y como los que no pueden quedarse quietos, estamos ensayando el cuerpo a cuerpo de un desafío colectivo. ¿Un desafío destinado al fracaso? Puede ser. Pero la victoria no es menos peligrosa.

Santiago López Petit nos habla en esta novela, como en sus anteriores trabajos, de la imagen del túnel. Frente al relato edulcorado de la caverna de Platón, en la que tras las penumbras siempre hay una luz redentora, que nos ilustra y nos redime,  tenemos la capacidad de ver entre las sombras que nosotros mismos proyectamos. No se trata tanto de ir a buscar la luz afuera, sino de preguntarnos qué somos capaces de ver y de tocar cuando caminamos a tientas.

“La noche nunca es completamente oscura”, insiste el también autor de Hijos de la noche.

Una vida luminosa no siempre es sinónimo de una vida de verdad. El show de Truman es, seguramente, la ficción que de una manera más literal nos ha mostrado los riesgos de convertir una biografía en un espectáculo. En la comedia dirigida por Peter Weir, de 1998, el personaje interpretado por Jim Carrey es criado para protagonizar (sin saberlo) un show televisivo que él alimenta, las veinticuatro horas del día, hasta que descubre el engaño y decide escapar. Sólo tendrá la posibilidad de hacerlo cuando los focos dejen de iluminarle.

Suele decirse que, cuando estás muy cerca de la muerte, ves una extraña luz al final de un largo túnel. Eso es lo que explican muchas personas que han estado a un paso de fallecer y que, tras rozar el abismo, han vuelto a la vida narrando esa experiencia límite. Hoy conocemos que esa imagen, que parece tan esotérica, tan mística, no es otra cosa que el principal síntoma producido por la falta de oxígeno. “Las experiencias cercanas a la muerte son la manifestación de un cerebro normal que está fallando durante un evento traumático, y en ocasiones indoloro”, sostienen los autores de un artículo publicado en Trends in Cognitive Sciences, en el que detallan desde la neurociencia los motivos de esas luces tan resplandecientes.

Ver la luz al final del túnel se ha convertido en un lema para contagiar esperanza. Todo irá bien. Tutto andrà bene. Y sin embargo pocos parecen invitarnos a querer vivir ese viaje entre las sombras, a seguir asombrándonos, cuando ahora sabemos que esa luz prometida, postergada, no es más que un recurso religioso o, incluso, un error del cerebro. Un fallo del sistema.

Cuando éramos niños, la atracción de El tren de la bruja ya nos advertía de que lo interesante estaba dentro del túnel, durante el trayecto, en cada giro inesperado que podía, o no, hacer descarrilar la máquina. Aún era posible el sabotaje, allí. Fuera, a la luz del día, únicamente nos esperaba un hombre disfrazado con una triste peluca, y con una escoba de palma. Su violencia resultaba ridícula porque era absolutamente previsible. Hasta que volvíamos al túnel, y todo volvía a comenzar.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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