Revista de Letras

La muerte de la literatura por partida doble: A propósito de “Magma”, de Lars Iyer

.Decir que la Literatura ha muerto es a la vez empíricamente falso e intuitivamente cierto. (Lars Iyer)

.Después de todo, tras el terremoto que desató en el lenguaje, los más lúcidos sucesores de Joyce nos parecen hoy sobrevivientes caminando entre los cascotes, bajo un cielo insondable sin estrellas, deteniéndose ante las pocas hogueras –y aún gracias– que arden. (Enrique Vila-Matas)

.He aquí el hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie. (Samuel Beckett)

MagmaSi tuviese que elegir una cita que definiera Magma, novela de Lars Iyer, habría recurrido a la que abre este texto. Pertenece al propio Lars Iyer, aunque no a esta novela,  excelentemente traducida por José Luis Amores y editada en Pálido Fuego. Está contenida en Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos). Se trata de un escrito que recomiendo fervientemente, si se desea captar en una mayor dimensión aquello de lo que se habla en Magma.

Esta novela parece desplegarse desde dos perspectivas que se entrecruzan hasta confundirse en una sola que podría llevar la firma “no hay salida para la literatura”. O tal vez: “la única salida posible es reconocer que no hay salida”. A partir de este reconocimiento se vislumbraría, quizá, el camino a seguir.

Una de las perspectivas en Magma, más bien implícita, pero no por latente igualmente presente, tiene que ver con el agotamiento de “lo que se puede decir” y de las viejas formas literarias. También con una engañosa visión del mundo de lo real, concebido como unidad que se puede explicar.

¿Por dónde ha de proseguir entonces la literatura para evitar la mera y mala repetición de una tradición literaria cuya escritura se sostenía, por lo demás, en circunstancias que ya han desaparecido?

En consonancia con esto declara Lars Iyer en una entrevista reciente:

La ficción literaria continúa existiendo, pero se ha convertido, en su mayor parte,  en una especie de kitsch, dependiente de los modos más esquemáticos de presentación de los personajes, la trama etc., de un “realismo”, un sistema estandarizado de representación completamente al servicio de los modelos genéricos de gusto de los que depende el marketing y la publicidad.

Sobre “el estilo acartonado del realismo” ha escrito largamente Enrique Vila-Matas, escritor al que Lars Iyer admira. En una de las páginas de Aire de Dylan intenta el narrador explicar a otro la diferencia entre lo narrativo, que defiende, y este estilo:

Te lo voy a explicar, Max. Hay un realismo para el que el propio realismo es un género como cualquier otro, no el componente esencial de la creación. Ese género realista es una convención muerta, relacionada con un cierto tipo de trama tradicional, con principios y finales previsibles, con diálogos tópicos, con marquesas que salen de casa a las cinco de la tarde y todo eso, y ahora no me digas que no me entiendes.

Este punto de vista se relaciona así mismo con esa divergencia abismal entre una confortable narración y la realidad bárbara, brutal, muda y sin significado de las cosas, de la cual habla Enrique Vila-Matas en su texto de ficción-crítica Chet Baker piensa en su arte, incluido en su libro de relatos selectos que lleva el mismo título. Escribe Vila-Matas:

Nos tranquiliza la simple secuencia, la ilusoria sucesión de hechos. Sin embargo, hay una gran divergencia entre una confortable narración y la realidad brutal del mundo. “Todo se ha vuelto ahora no narrativo”, decía Musil, frecuentador de un universo multidimensional, fragmentario, de un mundo sin posibilidades reales de acceder a un orden como el que acaso pudo alguna vez existir y que Rilke creyó entrever en Apuntes de Malte Laurids Brigge: “Que se narrara, lo que se dice narrar, debió hacerse en otros días. Yo nunca he oído narrar a nadie”.

Al respecto escribe Lars Iyer en Desnudo en la bañera, asomado al abismo:

Año tras año vemos cómo se intenta hacer pasar  como si fuera el último grito muestras de estilos muertos como el realismo, el modernismo, el nuevo periodismo o alguna variante lúdica del postmodernismo, todos ellos más retro que la peste. Es hora de que la literatura acepte su propia muerte, en vez de seguir jugando a las marionetas con su cadáver.

La otra perspectiva dominante, desde la que narra Lars Iyer en Magma aborda la muerte de la Literatura a manos de la banalización y del mercado. Una constatación que reveló con otro enfoque Hans Magnus Enzensberger, refiriéndose a la cultura en general, a finales de los años ochenta del siglo pasado en Mediocridad y delirio. Claro que por entonces la era digital pertenecía todavía al futuro.

Lars Iyer (foto: Melville House Books)

Lars Iyer (foto: Melville House Books)

Volviendo a la cita que inaugura este texto, la cual, según he dicho, elegiría para definir Magma, es verdad que los hechos en la actualidad hablan de un aumento del número de lectores y escritores cuya proliferación  se ha visto aumentada por el crecimiento de internet.

Pronto habrá, como expresa Lars Iyer, más libros que personas han existido desde el principio de los tiempos. Disponemos de bibliotecas enteras en los móviles y libros a los que se pueden acceder en tabletas con solo  mover un dedo, etc. Por tanto, “decir que la literatura ha muerto es empíricamente falso”, tal y como indica con cierta ironía la primera parte de la cita. Sin embargo, también “es a la vez intuitivamente cierto”, según señala la segunda parte de la cita. El motivo: se ha desvanecido nuestra creencia en la Literatura como excelencia. La prosa se ha convertido en un producto más del mercado. Por estar al alcance de todos, se socializa en igual medida en que se degrada.

Hoy cualquiera escribe. Ser novelista se considera actualmente un hobby más y se le da mayor importancia al hecho de publicar una novela que a su contenido, a su calidad. También de esto habla Magma, novela que nos ofrece una sátira trágico-cómica de la vida de los intelectuales hoy. Si se prefiere, de los intelectualillos en las voces de dos aspirantes a escritores. Escritores que se saben fracasados y que, no obstante, se autopromocionan a sí mismos a base de insultos mutuos. Según ellos, un modo de expresarse el gran afecto que se tienen.

Magma es en apariencia una novela fácil de entender. Si bien está escrita mayormente en un lenguaje sencillo, debajo del relato fluye otro relato con las claves de las dos perspectivas apuntadas aquí más arriba. Por tanto, también Lars Iyer podría hacer suya para Magma la siguiente cita incluida en La soledad del lector, libro de David Markson:

Tengo un relato. Pero tendrás que esforzarte para encontrarlo.

Los dos protagonistas de Magma son W. y Lars. El segundo es el narrador, el cual relata en el libro de forma indirecta los pensamientos y las declaraciones del otro.

Es un dúo cómico, que recuerda a otros célebres de la Literatura como el de Beckett en Esperando a Godot o el de Flaubert en Bouvard y Pécuchet, y que viaja por Europa en apariencia con fines intelectuales. Como se señala en la portada del libro, en busca de conferencias literarias “aceptables” donde se sirva la mejor ginebra.

Tienen la sensación de que el fin del mundo ha llegado y el final de sus propios días también.

Este es el Fin del Mundo, pero ¿quién lo sabe excepto nosotros? Nadie. Estamos totalmente solos con nuestro conocimiento, que en realidad es una especie de sensación. Abandonados a nuestra suerte, decidimos. Eso es lo que tenemos en común: una sensación de apocalipsis. Una sensación de que ha llegado la hora, y de que estos son los días de nuestro Juicio.

Se pasan gran parte del día y de la noche bebiendo y lamentando, pero con alegría, la llegada del apocalipsis, así como su propia idiotez y su propia condición de fracasados.

Ven en Kafka a su líder espiritual y a la vez lo consideran culpable de que sus vidas tomaran una dirección equivocada. Todo empezó a ir mal con la literatura, dice Lars que piensa W.

Ante Kafka solo les queda ejercer la imitación hasta agotarse y traicionar, porque se traiciona la literatura que no se comprende y, no obstante, se pretende imitar.

Carentes ambos de talento literario, están condenados a ser Max Brod el uno para el otro, ese Max Brod del cual ellos hablan con mordaz sarcasmo:

Max Brod, que se pasó la vida escribiendo comentarios y exégesis de la obra de Kafka, y del destino de Kafka, que parece mucho más oscuro y misterioso debido precisamente a los comentarios y exégesis de Brod.

Como si W. estuviera hablando de los escritorcillos actuales, dice de sí mismo que escribe sin ningún cuidado y reflexión. También a través de otras declaraciones denuncia implícitamente a internet como el espacio de la banalidad y el exhibicionismo.

“Compara nuestra amistad”, dice W., “con la de Levinas y Blanchot”. De su correspondencia, únicamente sobrevive un puñado de cartas. De la nuestra, que está formada por obscenidades y dibujos de pollas intercambiados por Microsoft Messenger, sobrevive todo, aunque no debería. De sus intercambios casi diarios, no se sabe nada; de nuestra amistad, se sabe todo, pues yo como un idiota la cuelgo toda en internet. Blanchot era por encima de todo discreto, pero yo soy la indiscreción en sí misma; Levinas apenas hablaba de su amigo, pero yo soy el chismorreo y la holgazanería personificados. Mientras que ambos hombres eran inmensamente modestos, y sopesaban todo lo que decían con gran consideración, yo soy inmensamente inmodesto, y no sopeso nada de lo que digo o escribo con ninguna consideración en absoluto.

En Magma Lars Iyer da otro paso hacia delante en su crítica satírica contra los actuales escritores que compensan con pathos lo que no tienen de capacidad intelectual y conocimiento. Individuos cuya escritura “se basa únicamente en pathos, y virtualmente no tiene otro contenido”. A W. y Lars les sobra, desde luego, Schwärmerei. Pasión, entusiasmo.

También Lars Iyer denuncia con sentido del humor la falta de pensamientos propios, el vampirismo de los simuladores que pretenden hacerse pasar por maestros,  el desprecio de la lectura literaria frente a las revistas de cotilleo, la pose de alardear de leer libros que en verdad no se entienden, la inminente descatalogación de los libros nada más salir de la imprenta y llegar al mercado…

Escribe sobre el triunfo del mundo de las apariencias, del envoltorio:

¿Qué es lo que nos pasa? ¿Por qué nunca vamos vestidos para pensar? Mira mis pantalones, por ejemplo. Deberían estar subidos y alrededor de mi cintura como los de Benjamin en aquella famosa fotografía. Pero están caídos. Cuelgan de un modo decepcionante. “¡Eres un hombre sin caderas!”, dice W. “Un hombre sin ideas!”.

También en una escena del libro W. le dice a Lars que en ocasiones este logra hablar con sentido o “con algo que se le parece”. Recuerda entonces el día en que en un pub se quedaron todos en silencio, escuchando sorprendidos. No por lo que dijo Lars, sino por que pudiera decirlo.

En otro lugar de Magma Lars le reprocha a W. su pelo excesivamente largo que le da un aspecto leonino, “como el león de Judá”. Él le responde:

Si no vas a ser un pensador, al menos deberías parecerlo.

W. y Lars se esfuerzan en parecerlo, porque saben no solo que ambos son Max Brod, sino que son Brods sin Kafka. En definitiva, nada. Ni siquiera cuentan con un escritor literario a quien entregar su vida y promocionar. Pero les queda, según ellos, la posibilidad de soñar con “el Kafka imaginario” y con los fervientes comentarios y las declaraciones públicas que harían en nombre de este y su obra.

Sueños no les falta a este dúo aburrido, melancólico y alegre, pedante y adorable. Capaces ambos de atribuirle al otro, cuando no al mundo, sus propias deficiencias, habría podido presentar cada uno al otro con las palabras contenidas en la última cita que he elegido para abrir este texto:

He aquí el hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie.

Son palabras que profiere Vladimir contra Estragon en Esperando a Godot de Samuel Beckett.

Perdidos en ninguna parte, W. y Lars saben que no hay lugar alguno para ellos.

¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Ninguno. ¿Hacia dónde se dirige todo? Hacia la perdición. Hacia la desolación, y hacia la abominación de la desolación. ¿Y eso nos incluye a nosotros? ¡Todo el tiempo! Allí es hacia donde nos dirigimos ahora con nuestra ginebra y nuestro apocalipticismo, a toda velocidad en plena noche.

Elisa Rodríguez Court (@ElisaRCourt)

Etiquetas: David Markson, Enrique Vila-Matas, Franz Kafka, Gustave Flaubert, Hans Magnus Enzensberger, José Luis Amores, Lars Iyer, Magma (Sporious), Max Brod, Pálido Fuego, Samuel Beckett

Sobre el autor

Elisa Rodríguez Court

Elisa Rodríguez Court (Canarias, 1959) es licenciada en Filosofía y profesora de alemán. Ha escrito relatos publicados en volúmenes colectivos y las novelas 'Decir noche' y 'Dime quién fui'. Como columnista ha participado en la Cadena Ser, en revistas y en diferentes periódicos de las Islas Canarias. Actualmente colabora regularmente, desde hace años, con una columna semanal en el periódico 'La Provincia-Diario' de Las Palmas. En 2003 ganó el accésit y al año siguiente el primer premio Mejor labor informativa de Canarias, otorgado por el Instituto Canario de la Mujer.

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6 Comentarios

  1. Bhor 25 Marzo 2013 at 19:34

    La idea del crecimiento exponencial de la población y el aumento de títulos y el aumento de autores resulta un argumento zootecnista y falso para diagnosticar el fin de la literatura por extenuación y agobio (y disuadir así a los potenciales autores de hoy de no escribir más): si la gente no se muriera quizá sí sería intolerable tanto libro, no porque el aumento de volumen de las bibliotecas, sino por la reducción de las historias que le pueden pasar a la gente y que nutren la ficción. Si un medio como internet no fuese capaz de soportar cualquier volumen de escritura, la última palabra la seguirían teniendo los editores. Pero existe Internet. Y nos morimos como nuestros antepasados: a la tercera generación, la primera ha muerto. Y para tratar de comunicarnos, solo podemos narrar o intentar narrar (el día que vivimos a la que se casó con nosotros, o un proyecto a un amigo para el fin de semana o justificar por qué compramos esos muebles ante un visitante). Pensar que sólo Musil o Faulkner o Joyce lo dijeron todo es una segregación que no se cree ni Vila Matas, porque entonces no habría publicado, ni escrito. Y publica y escribe, sobre los que no escriben, y lo hará hasta que se muera o la salud se lo impida. Con Internet, la literatura vive su mejor momento, porque ponemos acercarnos a obras incesantes. El objetivo no es leerlo todo, porque todo nos interesa como lectores, y a los que vienen es posible que lo que nos interesaba tanto les parezca un bodrio. Para la gente joven cambia la forma de leer y la extensiones de la escritura también se acortan, y el realismo es una imposición del mundo, no de la literatura. Y creer que una historia solo debe significar algo para todos los lectores es de una miopía academicista cuyo único objetivo es decir que unos leen bien y otros están equivocados. Si así piensa el señor Iyer ¿por qué no se mata de una buena vez, o se mutila la lengua, o se cambia de sexo? Así se convertiría más o menos en un personaje de Beckett.

  2. augustbecker 25 Marzo 2013 at 20:23

    Tampoco hay que darle tanta importancia al tema. Para la mayor parte de la humanidad la gran literatura ni existe ni ha existido nunca. Y sobre la muerte de novela en concreto, esto:
    http://antoniopriante.wordpress.com/2012/07/30/la-muerte-de-la-novela-i/

  3. Trayectos ciegos 26 Marzo 2013 at 9:14

    Bhor, planteado como lo haces, diferenciaría entre escribir como necesidad de comunicarse y la literatura como oficio del escritor.

    Augustbecker, gracias por el enlace. Leeré ambas entradas (he visto que son dos) del blog de Antonio Priante.

    Gracias a los dos por participar.

  4. Pilar León 26 Marzo 2013 at 16:53

    Un símil entre el “Solo se que no se nada” y el …”Nada nuevo se ha descubierto”, vuelve a recordarnos que, si no vislumbramos esperanza de salida, no podríamos seguir caminando. Y, esto, es intrínseco a nuestra natural supervivencia. Y si, creo: hay que Reconocer, Re-Conocer siempre. Que sería pues, de nuestra existencia humana?. Gracias Elisa.

  5. Al rico libro 27 Marzo 2013 at 15:59

    ¿Solo los autores que juegan con la experimentación y buscan algo más del mero entretenimiento deben ser tomados en cuenta?

  6. José A. Muñoz
    José A. Muñoz 27 Marzo 2013 at 16:56

    La pregunta, ¿se refiere al artículo o en general? Independientemente de la dirección de la pregunta, de lo que se trata es de escribir sobre libros en base a la experiencia lectora y, en eso, cada uno tiene sus preferencias. Afortunadamente, todos podemos escoger las obras que nos apetece leer para luego escribir sobre ellas, sin pensar en un determinado género o nivel de lectura porque se deba cubrir un cupo.

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