Mendel el de los libros

Viena, a principios del siglo XX. El imperio austrohúngaro se encamina a su inevitable fin, pero aun no está muerto y posee todavía la capacidad de dar unos últimos coletazos; la ciudad del Danubio se resiste a una decadencia que lleva inscrita en su propia existencia...

«Esto no es una guerra, es una enfermedad»

Heredero de una antigua tradición de literatura bélica que podría remontarse a los griegos clásicos, Johnson sitúa la acción de Árbol de humo en el entorno de la guerra del Vietnam, aunque no se trata en este caso de una crónica bélica al uso, no hay descripciones de grandes batallas ni de grandes movimientos de ejércitos...

Mecanización como elemento destructivo

Allá por la segunda miad del siglo pasado, William Gaddis empieza a recoger información para escribir una historia de la pianola y de la reproducción mecánica de la música y de las demás artes, en general, en Estados Unidos. Después de haber acopiado cantidades ingentes de documentación, desiste de su proyecto originario, y recicla parte de esa información dando forma a un libro de clasificación difícil: Ágape se paga.

Lo infraordinario

El mismo autor de la espectacular La vida: instrucciones de uso, novela de novelas inagotable, y de la grandilocuente El secuestro, uno de los mayores tours de force de la historia de la literatura...

La biblioteca de Montaigne II

Publicamos la continuación del artículo de Joan Flores, sobre la biblioteca de Montaigne, que tradujo las sentencias que se hayan en las vigas que sostienen la biblioteca del filósofo. Para facilitar su lectura iremos publicándolas por separado.

La Biblioteca de Montaigne I

Michel de Montaigne se hizo acondicionar una habitación en la segunda planta de la torre situada justo encima de la puerta de entrada de su maison forte, en 1571, para que contuviera su biblioteca y le sirviera, asimismo, de pabellón de trabajo. Desde esa habitación con aberturas a los cuatro puntos cardinales Montaigne escribió la mayor parte de su obra, la obra de su vida, los Essais.

Joan Flores

Cuando afirmamos conocer a alguien, o cuando actuamos como si este conocimiento fuera cierto, ¿acaso nos basamos en algo con más pretensión de solidez que un conjunto de fragmentos inconexos? ¿Depende nuestro conocimiento de la intensidad de la relación, o de su calidad?