El tiempo menos solo. Abraham Gragera
Pre-Textos (Valencia, 2012)
Podemos convenir que los doce años que van desde 1998 hasta 2010 (tomando como punto de partida Las afueras de GarcÃa Casado y como remache el ensayo de RodrÃguez-Gaona, Mejorando lo presente) han constituido, por asà decirlo, la década de la posmodernidad en la poesÃa española. Durante ese perÃodo, en algunos de los poemarios más importantes (escritos por autores nacidos a finales de los 60 y a lo largo de los 70), detectamos en primer lugar una serie de caracterÃsticas poéticas que emanan más o menos directamente de las nuevas condiciones epistemológicas en las que se plantea esa cosa llamada “posmodernidadâ€; además de la superación de los conflictos entre una poesÃa de la experiencia y una poesÃa de corte esencialista (véase el célebre prólogo en La lógica de Orfeo o recientemente la introducción de Juan Carlos Reche en Para los años diez). La aparición de este nuevo panorama poético español sumado a la llegada de traducciones de poesÃa extranjera de procedencia muy variada podrÃa explicar, por ejemplo, que los nuevos poetas nacidos en los 80 hayan partido, de alguna forma, de una especie de quilómetro cero de la influencia.
Volviendo a la nómina de poetas de los 60 y 70; mientras que la mayorÃa de ellos dan un giro hacia la posmodernidad y subrayan en los propios versos la inflexión de los tiempos, asumiéndolos estéticamente como quiebro, otros conviven con esa “novedad†mediante una asunción menos crÃtica. Es aquÃ, en una especie de “posmodernidad tranquilaâ€, donde podrÃamos situar a gente como Luis Muñiz (Caborana, 1964) o Abraham Gragera (Madrid, 1973), poetas que han hecho de la duda un arma indudable, que pisa sobre seguro: sin alarma, sin carnaval, sin estoicismo.
El último libro de Gragera, El tiempo menos solo, es la consolidación con matices de una lÃnea que se empieza a esbozar en Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-Textos, 2005) y que ya estaba en germen en Desviaciones y demoras o en las diversas antologÃas que lo recogieron a principios de siglo.

Adiós… ya dejaba más o menos claras sus intenciones desde el principio con un poema, ‘Estrella fugaz’, donde la observación poética se combinaba con la observancia de lo inaprensible: “Aún es pronto, demasiado pronto para el ojo / pero tarde, muy tarde ya para el pensamientoâ€, o declaradamente, como máxima tonal, en ‘Casi demasiado serio’: “las cosas que se cogen sólo para soltarlas… me gustan, porque no van a ningún sitio, pero no llegan nunca tardeâ€. La dubitación serena entrañaba una percepción mejor en verdad, y compartÃa espacio con la atención exquisita por el ritmo, la eufonÃa, o la amistad con la tradición estrófica.
En El tiempo menos solo encontramos un escenario similar, tal vez más meditativo. La contemplación del entorno (las cosas, cabe decir, como señala RodrÃguez-Gaona) es, ahora, en buena parte del poemario, reflexión sobre las condiciones de esa acción. Al contrario de lo que podrÃa parecer, Gragera retoma antiguas preocupaciones que parecÃan implÃcitamente asumidas: ¿cómo decir las cosas?, ¿qué hacen las cosas aquÃ? La preocupación inicial por la palabra (en ‘Los años mudos’, ‘Nuestros nombres’ o en alguna alusión al Juan Ramón Jiménez de Eternidades), anotada sin respuestas transitivas, nos devuelve a la inmanencia: “que nosotros también fuimos dichos, que / nada de lo dicho pertenece a quienes administran las palabrasâ€, al mismo terreno de la duda desacomplejada: “y descubrir hasta qué punto somos accesibles a la plenitud / de unas flores sin nominar, abecedariasâ€. La voluntad de “sernos fieles en la incertidumbre†sigue combinándose con un verso que se escucha y computa, además de alguna solemne gravedad muy equilibrada: Gragera sabe que la pendiente de la elegÃa es fácil, y se inclina con distancia (avisados estamos desde su primer libro: “Ya verás como siga asà este tiempo. Van a proliferar las / elegÃas†y vueltos a avisar ahora: el caso de ‘Remoto figurado’).
Quizá sea triste no ser más que la compañÃa del tiempo. O no, quién sabe. Pero este libro también, en cualquier caso, hace esa soledad más tenue.
Unai Velasco