Revista de Letras

Javier Moreno: “Se equivoca quien piensa que en la actualidad se siente igual que hace cien años”

25 julio 2011 Entrevistas

Aparecida en este año 2011, Alma (Lengua de Trapo) es una novela distinta a lo habitual hoy en día, una obra que se sale de la corriente comercial y de sus imposiciones de ligereza y simplicidad para recuperar el gusto por la obra literaria como una propuesta estética, también filosófica; la novela como un pequeño intento de interpretación del mundo. En esta su cuarta novela, Javier Moreno afronta ese reto —el de “leer estéticamente” la realidad— que hasta no hace mucho era el objetivo principal de una buena novela. El resultado es un libro extraño, exquisito, extemporáneo.

Javier Moreno (foto cedida por el autor)

Alma no es un libro, se advierte en la cubierta. Lo que está claro es que no es una novela al uso. Alma se aparta mucho de la estructura tradicional, al menos de la más frecuente hoy día, y más sencilla, de planteamiento-nudo-desenlace.

Cierto, la trama de Alma no es lineal. Alguien puede pensar que no la tiene; y no es estrictamente cierto. Lo que ocurre es que la trama de Alma, como afirmas, no se desenvuelve siguiendo el cauce habitual. La trama de esta novela se parece más a la de un tapiz. A lo largo de su escritura procuré que el fraseo compusiera una serie de imágenes que se fueran tejiendo hasta dar lugar a una constelación global -la de la novela- donde el lector encuentra al fin y al cabo una estructura. Curiosamente, pese a ser una novela sin trama, ocurre que muchos lectores la leen de un tirón, pendientes de una intriga invisible.

En nuestros días abundan los thrillers de todo tipo que basan todo su valor en el golpe de efecto final. A veces hasta en la aparición de hijos o padres secretos, como en la más rancia y cansina novelística del XIX.

Es una opción. La de sacrificar la escritura en aras a ese efecto final del que hablas. Yo creo más en la intensidad de cada frase, incluso de cada palabra. No me interesa demorar la gratificación del lector hasta la última página (Joyce decía al respecto que la intriga era la publicidad de la última página) sino que —más considerado, más generoso; al fin y al cabo la relación entre escritor y lector tiene una componente de erotismo— distribuyo el placer de la lectura equitativamente a lo largo de todas y cada una de las páginas. El lector no siente así la necesidad de escarbar trabajosamente durante docenas y docenas de páginas para encontrar su recompensa.

A mí Alma me parece casi un acontecimiento literario. Tu novela entronca, en mi opinión, con lo más avanzado a que llegó la novelística del XX en lo conceptual. La novela vista como un proyecto artístico que pretende reflejar un mundo en constante caos y cambio, mediante elementos como, por ejemplo, el pensamiento incesante (para lo bueno y para lo malo, o sea, para lo inteligente y lo no tanto), las continuas digresiones, apenas sujetas por un leit-motiv

Creo que un autor no es quién para juzgar si su obra es o no un acontecimiento. Que una obra artística o un hecho se convierta en acontecimiento depende de muchas circunstancias, muchas de ellas ajenas al propio fenómeno.  Son los receptores (en este caso los lectores) los que deben o no ver en una obra un acontecimiento. Este tiene que ver de algún modo con la ruptura, con un ‘antes y un después’. Alma es una pequeña mutación de obras y autores anteriores -no todos literarios, como tú bien apuntas-. A veces las pequeñas mutaciones desencadenan importantes cambios. Es, repito, el lector quien debe juzgar la importancia de ese cambio. Lo que sí es cierto es que se trata de un proyecto tanto literario como artístico e incluso vital (al menos durante el tiempo de su escritura), aunque uno puede asomarse a este libro como a una novela, que es al fin y al cabo de lo que se trata.

“La realidad sin adulterar”, dices en repetidas ocasiones, y atraparla parece ser la obsesión de esta novela.

Soy un escritor realista. Me apasiona la realidad. Pero mi modo de perseguirla no tiene nada que ver con el realismo decimonónico. Cada vez más se nos imponen los lenguajes para hablar de las parcelas que conforman la realidad (psicología, política, arte…). Estos lenguajes acaban convirtiéndose en una especie de convención que pretende propiciar el consenso -y, por tanto, la uniformidad- en torno a la particular disciplina de la que se ocupan. Lo que consiguen, sin embargo, es esconder lo que hay debajo, lo real. Lo real es algo inaprensible, que se deforma cuando se toca (como el vilano que aparece repetidamente en la novela). Acercarse a ello requiere cuidado, sensibilidad… Todo lo contrario de un lenguaje utilitarista.

Leo un fragmento de tu novela: “Me he investigado repetidamente a mí mismo. Y nunca he encontrado nada. Sólo he aprendido cosas de lo que está ahi fuera. Mis pensamientos forman parte del paisaje”. Uno de los aspectos que se acabó criticando a los escritores más avanzados del siglo XX fue su excesivo “ombliguismo”. Tú, sin embargo, pareces negarte en este fragmento como persona y afirmarte como un hecho circunstancial.

Esta novela es muy subjetiva y, al mismo tiempo, todo lo contrario. El sujeto (el narrador, yo mismo) no es aquí sino una herramienta para asomarse a las cosas. Supongo que a mucha gente le sorprende esa mezcla de intimidad y de objetividad, de poesía y de espíritu científico. El secreto está en verse a sí mismo como algo ajeno. Me parece una buena cura para el narcisismo que prolifera en nuestros días. Podemos ser dueños del espejo, pero no de los reflejos que aparecen en él. Alma funciona a manera de un espejo que sirve para reflejar tanto lo de dentro como lo de afuera.

En una novela como Alma, con ese afán totalizador al menos de una minúscula porción del mundo, imagino que lo más difícil es establecer dónde se halla el punto final del libro, o el cambio de capitulo.

Esta es una novela donde predomina fundamentalmente la continuidad. Continuidad entre realidad y ficción, continuidad entre los distintos registros que componen una subjetividad (confesiones, recuerdos, invenciones, diálogos ficticios…). El final vuelve a ser el principio. Me gusta concebir libros que, más que extensión, posean grosor. No hablo, naturalmente, del número de páginas, sino de la textura del tiempo. Tenía claro que la temporalidad de la novela sería continua, que cualquier instante podría estar conectado con cualquier otro. Sobraban entonces las elipsis. Los puntos y aparte.

Alma ha recogido, y así lo creo, mucho del genial legado de la novelística del XX, pero libre de esos experimentalismos, al final poco más que tipográficos, que acabaron espantando a muchos lectores.

Solo concibo la literatura desde un punto de vista experimental. Nadie entendería que la física se ocupase todavía de la ley de la gravedad de Newton o la biología de las leyes de Mendel. En ese sentido me siento completamente afín a la ciencia. Y la literatura, en cierto modo, lo es. Una ciencia de las emociones y de las percepciones. Los buenos libros son los que reflejan el modo de sentir, si no de todo el mundo, sí de buena parte de sus lectores; los que nos descubren algo acerca de nosotros mismos. La buena literatura —como una buena teoría científica— sirve de modelo y al mismo tiempo modela la realidad. Se equivoca quien piensa que en la actualidad se siente igual que hace cincuenta o cien años. No es cierto. Las emociones quizás sean las mismas, pero no los modos ni los caminos a través de los cuales accedemos a ellas. Otra cosa es que el experimentalismo se confunda con la improvisación y la ocurrencia. Yo distinguiría una cosa de la otra.

En todo caso, la tuya es una propuesta muy valiente hoy en día, cuando los lectores piden, cada vez más, historias sencillas de leer (o mejor, simples de leer), encuadradas en una fórmula de éxito y que no impliquen muchas complicaciones.

La gente lee lo que tiene a su disposición, lo que se publicita, lo que se vende. Por otra parte no sé si calificar de valiente el escribir lo que uno quiere escribir. A mí me parece simplemente honesto. Creo que hay un tipo de lector que valora esa honestidad.

En Alma, y quizás como una concesión a la narrativa “tradicional”, hay como una tenue historia de amor dibujándose al fondo…

Sí. Se trata de una historia de amor en los tiempos de facebook. María y Eduardo no se conocen personalmente. Serían incapaces de reconocerse si se vieran en persona, a pesar de haber compartido docenas de mensajes y perfiles de facebook.  Es como una de esas historias en las que los amantes solo pueden coincidir durante algunas horas del día o como In the mood for love, de Wong Kar-Wai, donde la pasión amorosa se justifica de algún modo por su imposibilidad de consumación.

Me gustaría que nos contases cómo está yendo la novela, qué acogida has tenido, qué críticas está recibiendo…

La acogida está siendo realmente buena. Yo diría que entusiasta. Creo, como decía antes, que los lectores valoran sobremanera el ejercicio de honestidad en que consiste esta novela, la mezcla de desnudez y alta exigencia estética. Algo que tanto la crítica especializada como el lector de a pie parecen agradecer.

Miguel Baquero
El mundo es oblongo

Etiquetas: Alma, Javier Moreno, Lengua de Trapo

Sobre el autor

Miguel Baquero

Madrid (1966). Ha publicado hasta la fecha las novelas "Vida de Martín Pijo"; "Matilde Borge, aviador"; y "Vidas elevadas", el volumen de relatos "Diez cuentos mal contados", así como una selección de las entradas de su blog: "A esto llevan los excesos". Asimismo ha intervenido en distintas antologías y ha recibido varios premios por sus relatos. Reseñista y crítico literario para medios electrónicos, en la actualidad está dando los últimos retoques a una nueva novela.

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