De feminidad y conocimiento: «Dos mujeres», de Elvio E. Gandolfo | Revista de Letras
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La historia se repite en cualquier lugar del mundo. Hay fuerzas extrañas que hacen de la mujer un huracán tranquilo al que es difÃcil no sucumbir. En la era de las fotos olvidamos con demasiada frecuencia que la magia siempre estará en la calle. De nada sirven las instantáneas que deleitan nuestros anhelos de belleza en la red. Pasear es lanzarse a una aventura donde lo que está en juego es la vida en mayúsculas, lugar donde el individuo necesita del complemento para evitar el mal de la soledad desde la intriga que, por desgracia, suele conducir a la insatisfacción.
Algunos definen estos dos relatos desde una perspectiva fantástica. Veamos. Dos hombres alienados entre el trabajo y la monotonÃa de la repetición urbana. Gandolfo traza mapas con sus palabras, cartografÃas de esquinas, bulevares y negocios que a cada jornada que pasa permanecen inalterables, siempre en su sitio. El motor de cambio es la mente humana y casualidades que pueden parecer surrealistas. No lo son. En Rete Carótida la mujer que da nombre al texto deposita misteriosos sobres en los bolsillos del protagonista. Lo que empieza como una peculiar donación se convierte en una entrega obsesiva que enlaza con su labor profesional. El gordo, su compañero en la oficina, conoce a la vieja mensajera de fotos pornográficas, a la que juzga como una loca de remate que pulula por el barrio, una bestia obesa y descarriada que nada bueno puede aportar. Las imágenes de mujeres desnudas crean malestar y desazón que compensa el cine y el nacimiento de un amor que pese al deseo no carbura por dudas y la misma situación de la trama, como si Rete fuera una losa que obstaculizara avances porque encierra las llaves que abran las puertas que despejen la mente, como si esos encuentros en autobuses y pizzerÃas fueran la pista hacia la resolución de un enigma de conocimiento que sólo podrá resolverse con la persecución.
Berti ha sido informado del infortunio del tipo que dio con sus huesos en Brasil tras su experiencia con Irene, y eso le alienta a seguir, a descubrir, pues al fin y al cabo ambas novelas cortas son tránsitos que desde las teselas del empedrado van directos al cerebro al buscar una piedra filosofal que calme, atenúe dolores no escritos y conduzca a la paz interior, que es aceptación de la normalidad y sus vericuetos.