Revista de Letras

“El atlas de las nubes” visualizada por los Wachowski y T. Tykwer

Los hermanos Wachowski (Bound, Matrix, V de Vendetta), esta vez en compañía de Tom Tykwer (Corre, Lola, corre; El perfume, historia de un asesino), realizan la adaptación de El atlas de las nubes de David Mitchell intentando, a conciencia y sin ocultarlo, pasar a la historia del cine con un proyecto titánico, tirando a suicida y que, de paso, trata de explicar el significado de la historia de la Humanidad y el sentido del amor. Ahí es nada. Se estrellan con casi todo el equipo, en sentido literal; lo que no quiere decir que no les haya salido un producto entretenido y disfrutable, que para algo son los Wachowski y saben qué hacer con el dinero.

La novela en la que se basa el artefacto es francamente resabida y relamida, pero David Mitchell no se pasa tanto de la raya, además de escribir muy bien y tener varias ventajas: puede extenderse todo lo que le apetezca para no dejar ningún cabo suelto y, al mismo tiempo, no tiene por qué dar cuenta específica de cada detalle visual (parece saber muy bien que cuanto más se deja rellenar al lector más baja es la probabilidad de tener problemas de credibilidad). Como el propio Mitchell se marca un cameo en la película, voy a suponer que está de acuerdo con la adaptación.

Da la impresión de que intentando estructurar la novela para darle una continuidad general al filme han conseguido justo lo contrario: desestructurar el original para meter todo en un metraje de casi tres horas. Lo mejor que hace Mitchell en la novela es contar las historias por separado, una por una, y dejar que el lector saque sus conclusiones. Las piezas se conectan en la novela de manera sutil para no restar importancia a las historias en sí. La Historia se repite una y otra vez a través de los reflejos que hacen que todo sea distinto y al mismo tiempo se parezca en todas las épocas. Por poner un ejemplo, viene a ser lo mismo enviar a los viejos a una casa de retiro y encarcelamiento para que se pudran y mueran lentamente sin que molesten a sus jóvenes que enviar a las trabajadoras caducadas a la trituradora de carne. Al mismo tiempo, lo que da auténtica entidad a la novela es su capacidad para dar textura a todos y cada uno de los personajes, incluso los que aparecen unas pocas páginas. En la película, a pesar de acercarse a las tres horas, no hay tanto espacio para eso y en vez de eliminar personajes eligen desdibujarlos y poner detrás a los mismos actores para que los identifiquemos rápidamente. No puedo decir si eso hubiese funcionado con algo más de finura en el maquillaje y una pizca de pragmatismo (tijera) en el guión. Lo más prudente hubiese sido abusar menos del maquillaje masivo, de las prótesis y del látex en cantidades industriales. Gracias a la mezcla y apelotanamiento de los errores que acabo de comentar, la ciencia-ficción que a Mitchell le sale pintona, a los Wachowski casi les queda vergonzosa. El aire místico y new age viene mucho más de la película que de la novela, bastante más contenida en sus aires de importancia. Se obsesionan por explicitar un complejo andamiaje que explique la conexión entre las historias; un andamiaje que en la novela no pasa de débil rumor.

Halle Berry, Hugh Grant y Tom Hanks, caracterizados en “Cloud Atlas” (montaje de imágenes promocionales en findelahistoria.com)

La intención es conectar las historias más allá de la insinuación y, para ello, los Wachowski usan a los mismos actores una y otra vez. En algunas ocasiones tiene un pase, pero en otras los maquillajes estrambóticos dan paso al ridículo total. Hugh Grant pasa de malvado magnate setentero a malvado magnate asiático futurista para luego ser un malvado magnate caníbal aún más futurista, alcanzando su maquillaje el momento más patético cuando interpreta al hermano malvado de Tim Cavendish. El exceso de capas de látex es evidente. Hugo Weaving va de asesino impasible a malvada ama de llaves de un asilo/cárcel, pasando también por un extraño espíritu pintado de verde y con verrugas de acompañamiento y por una extraña versión asiática del famoso agente Smith. ¿Nadie se dio cuenta de que el maquillaje y la voz que Weaving luce para interpretar a las enfermera Noakes solo quedarían bien en una parodia? Keith David y Jim Sturgess también tienen un momento asiático igualmente inolvidable. Y el ridículo final de Doona Bae haciendo de sufrida mujer de Sturgess… Se salvan de la quema, en mayor o menor medida, Ben Whishaw, Tom Hanks, Jim Broadbent, Halle Berry y James D’Arcy, ya sea porque sus cambios de maquillaje son algo más sutiles, porque son tan radicales que los dejan irreconocibles o porque aparecen tan tangencialmente en otras historias que no reparamos en ellos. Posiblemente, si no hubiesen cometido el garrafal error de vestir y maquillar de mil maneras a los actores, rompiendo todas las reglas de la suspensión de la incredulidad, la película hubiese salido mucho mejor. O a lo mejor es que querían sacarle partido a los espectaculares cachés. A saber. En cualquier caso, el gran error es concebir El atlas de las nubes como una sola historia con seis subtramas y no como seis historias separadas, que es como está concebida la novela original en la que se basa. A lo que se añade que no hacía ninguna falta añadirle ninguna capa de pedantería a una novela ya de por sí suficientemente resabida.

Por encima de la intención final que tuviere Mitchell al empezar a escribir, es obvio que quiere dejarnos claro que es capaz de hacerlo en casi cualquier registro, de explorar diferentes estilos narrativos y de rizar el rizo del pastiche literario total. De la novela histórica y de aventuras (El diario del Pacífico de Adam Ewing) a la tragedia romántica (Cartas de Zedelghem). De la novela negra (Vidas a medias. El primer misterio de Luisa Rey) a la comedia de enredo (El tremendo calvario de Timothy Cavendish). De la ciencia ficción distópica (La antífona de Sonmi-451) al futuro posapocalíptico (El cruce de Sloosha y toda la pesca). Empieza en este orden -cronológico- y luego, con el libro a medias y cada historia a medias, las va cerrando en el sentido contrario dándoles el giro narrativo necesario. Y además escribe en francés algunas frases que deja sin traducir (confieso que es una de esas cosas que me exaspera), para que todo lector menos políglota se sienta ignorante. Al margen de los errores y la sobrevaloración, para compensar el acto de pedantería que implica escribir una novela de seiscientas páginas de bolsillo que intenta abarcar tanto -por no decir casi todo-, Mitchell introduce la fina ironía casi por cualquier resquicio (hasta que el posapocalipsis le agria) y, a pesar de lo que se pudiera pensar por el volumen del libro, evita la paja (la introspección aburrida y las descripciones innecesariamente largas tan típicas de los gruesos superventas) y casi todo lo que leemos es trama y acción. Por una vez, un tocho es tal porque su autor tenía mucho que contar. En eso colabora que no sea una sola historia sino seis, aunque deje la crónica de cada una en la siguiente: el diario de Adam Ewing que lee a medias Frobisher en Cartas a Zedelghem; las cartas de Frobisher que caen en manos de Luisa Rey y que suponemos que al final lee en su totalidad; la primera parte del libro de Javier Gómez que lee Cavendish, que le fascina tanto que pide al autor la segunda parte; la película prohibida a propósito del calvario de Cavendish que inspira a Sonmi, y que también ve a medias; las enseñanzas de Sonmi entendidas como religión en El cruce de Sloosha y toda la pesca. Eso permite unir las partes, pero en ningún caso nos obliga. Es más, el conjunto se debe leer como una serie de historias que se cruzan gracias al juego metanarrativo del caprichoso autor.

Jesús Díaz de Lope

Etiquetas: Cloud Atlas, David Mitchell, El atlas de las nubes, Hermanos Wachowski, Tom Tykwer

Sobre el autor

Jesús Díaz de Lope

Nació en septiembre de 1984 de manera esperada, estudió desde chiquito con los salesianos, salió de allí y acabó licenciándose en Sociología, a la que no se dedica. Luego estudió otras cosas y ahora realiza trabajos de lo más variopintos, va complusivamente al cine y tiende a escribir por la noche.

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1 Comentario

  1. dennis 22 julio 2013 at 3:36

    Hola acabo de ver la pelicula y a pesar de que empece a verla a la 1 am y sabiendo que duraba 3 horas en ningun momento me dio sueño, me encanto, pero aun quedo en mi cierta insertidumbre y buscando en internet interpretaciones sobre la pelicula muchos se sacan la idea de la reencarnacion y demas cosas, leyendo tu analisis y viendo que ademas te basas en el libro, tu version a mi parecer es la mas acertada, nada tiene que ver la reencarnacion, solamente se pueden apreciar las conexiones en las diferentes epocas y como una influye en la siguiente y le da continuidad a una cadena, el hecho de que los actores hagan diferentes apariciones no quiere decir que reencarne, solamente fue la decision por parte de los que hicieron esta pelicula de maquillar y disfrazar a los actores algunos con un resultado gracioso y otros ridiculos, bueno esa es mi humilde opinion, gracias por redactar este articulo

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