Revista de Letras

Ferrer Lerín: “Soy un profesional del sueño”

Francisco Ferrer Lerín y José Luis Falcó | Foto: Fran Ferrer

Francisco Ferrer Lerín y José Luis Falcó | Foto: Fran Ferrer

Los sueños muestran las partes nocturnas del alma, decía Novalis. El escritor, filólogo y ornitólogo Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), se ha servido de los sueños como materia de trabajo para sus escritos, a lo largo de su carrera literaria. La editorial Jekyll & Jill, acaba de publicar Mansa Chatarra, una antología de textos oníricos del autor desde 1964 hasta 2013.

El antólogo de la obra, José Luis Falcó, poeta y profesor de Teoría de la literatura de la Universidad de Valencia, cita en su prólogo a Gaston Bachelard para establecer la definición de espacio onírico, y a Borges en lo que se refiere a la ficción de los denominados por él sueños de día y sueños de noche.

Desde el principio de la conversación –que transcurre en un ir y venir de correos electrónicos y llamadas entre Valencia, Jaca y Madrid–, se aprecia una clara complicidad entre el autor y su antólogo, esa rara y deseable empatía de los que comparten la ilusión por un proyecto recién editado. Subyace en las respuestas de ambos una admiración mutua y un extraño sentido del humor con cierto toque británico. Pero hablemos de sueños…

Editorial Jeckyll & Jill

Editorial Jeckyll & Jill

La idea con que se concibe Mansa Chatarra, título de uno de los relatos de la antología, surge en Jaca, en una conversación entre amigos. ¿Cuánto tiempo hace que ud. y su antólogo se conocen y cómo surgió el proyecto?
Ferrer Lerín:
Conozco a José Luis Falcó desde que publicó, con Fanny Rubio, en 1981, Poesía española contemporánea (1939-1980), un libro que estudia en profundidad ese periodo, incorporando también una antología de poemas de los autores citados en él, entre los que, para mi sorpresa, fui incluido, pese a haber transcurrido diez años desde la publicación de La hora oval, el segundo de mis dos únicos libros éditos en aquella fecha. Años después, reemprendida mi labor de escribano, participé en su Universidad en un ciclo de conferencias, allí coincidimos y desde ese momento hemos mantenido una estrecha relación profesional y, sobre todo, de amistad. La idea de Mansa chatarra surgió, efectivamente, en Jaca, durante una carroñada, en la tensa espera que antecede la llegada de los buitres leonados y otros necrófagos.

Ferrer Lerín es ornitólogo, especialista en rapaces y aves necrófagas. Hasta hace poco, cualquier amigo que se acercase a saludarle a Jaca tenía en cuenta los días en que el escritor salía al campo para alimentar a las rapaces. De estas carroñadas existen imágenes estremecedoras, normalmente tomadas por su hijo, el fotógrafo Fran Ferrer, en las que podemos ver ¿hasta cuántos ejemplares descendiendo a comer?
F. L.
: Hay que hablar en pasado, nos prohibieron echar despojos en el monte hará ya medio año; alegaron aplicación de la norma, lo que quiere decir que una norma comunitaria permisiva y comprensiva con la singularidad española (se autoriza el vertido de restos cárnicos en lugares remotos en los que exista una población amenazadas de aves necrófagas) se ha ido modificando de modo restrictivo en función de los intereses regionales (¡esa milonga de las Comunidades Autónomas!), provinciales, comarcales y municipales; y cuando hablo de intereses hablo, en esta zona del Pirineo, de intereses económicos al entrar nuestra actividad en conflicto con la que desarrolla cierto parque temático que cobra por asistir a las carroñadas que organizan en su recinto. Nosotros (un grupito de ornitólogos) les quitábamos espectadores, o sea ingresos; sin pagar disfrutaban de la espectacular pitanza protagonizada por hasta doscientos comensales de dos metros y medio de envergadura.

¿Cómo se vive una carroñada con Ferrer Lerín?
Falcó
: Al vuelo, como todo lo demás. Ferrer Lerín es un leonado transmisor de vitalidad y curiosidad. Sin olvidar el humor. Aunque quizá se le presume algo más grave en tales ocasiones necrófagas.

¿Ha tenido sueños recurrentes, Lerín? ¿Cuáles son los que más se repiten?
F. L.
: Sí, los he tenido y tengo. La búsqueda nocturna infructuosa del coche aparcado en la ciudad desconocida, los lances amorosos inconclusos con mi cuñada más hermosa, los viajes por Europa central conduciendo un coche orientándome gracias a un mapa de carreteras impreso en una tela blanca y vieja, el encuentro casual con personas que sé que están muertas pero que gozan de excelente salud, la sensación de no poder regresar a mi querido hogar.

¿No hay buitres, rapaces, reptiles en sus sueños?
F. L.
: Pocos, ninguno diría. Los sueños trabajan con símbolos y para mí la fauna salvaje no significa más que eso, empieza y acaba en sí misma, una realidad a estudiar y proteger. Es habitual en mis salidas al campo que mis acompañantes del ramo filosófico aventuren atrevidas teorías sobre el porqué me meto en estos líos orniticonecrofágicos, pero la cosa es más simple: me produce placer contemplar cómo bajan del cielo esas criaturas prodigiosas en su funcionalidad y cómo van desapareciendo bajo sus picos los cádaveres de las reses. ¡Los reptiles, qué seres! Con ellos empecé el trayecto naturalista.

¿Por qué eligió Mansa chatarra como título de la antología? ¿Es acaso el relato en el que el caos formal del sueño resulta más extremo?
Falcó
: La elección fue de Ferrer Lerín, no mía. Me propuso dos o tres títulos mientras yo me encontraba terminando de pasar, “orfidalmente”, una neumonía provocada sin duda por una bacteria mutante. Debió de ser a finales de agosto, creo, o principios de septiembre. Pero, en cualquier caso, la decisión la tomó él. Se trata de un título contundente, como lo son otros lerinianos. Pero en este hay carnada suficiente para hermeneutas, ya que el título podría considerarse una metáfora de la escritura. En este caso, de la de los sueños. Por otra parte, el desorden en el discurso literario siempre me atrajo porque es un desorden que suele guardar sus propias apariencias. De desorden, claro.

El comentario del profesor Falcó me recuerda unas palabras de Borges. Decía desconocer si al escribir sus relatos, tras el sueño, ordenaba el aparente caos de éste o si ya existía cierto orden latente. ¿Inventa usted el orden de su sueño al escribirlo?
F. L.
: El proceso de escritura de la memoria de mis sueños es muy simple, me limito a trasladar el sueño al “papel” cuidando, eso sí, ciertos detalles, los que benefician la sintaxis y facilitan la sorpresa léxica en el lector.

Adorno decía que anotaba sus sueños inmediatamente después de despertar. Benjamin, sin embargo, se tomaba más tiempo para “desayunar”. Decía que la misión del desayuno era “purificarse” del sueño. ¿Cuál es el proceso exacto desde que despierta hasta que el sueño adquiere forma de relato?
F. L.
: Parece que Adorno y Benjamin no incluían la ducha en el proceso. En mi caso es fundamental pasar por el cuarto de baño, no imagino tomar el desayuno sin haberme duchado (esa cosa horrible del desayuno en la cama que algunos venden como el colmo del placer y la sofisticación). La hora y pico empleada en asearme y desayunar no es tiempo suficiente para que se borre el recuerdo del sueño, al menos a día de hoy en que el fantasma de la pérdida de la memoria inmediata aún no ha aparecido. En el ordenador plasmo el sueño tal cual, en su forma original, que a menudo coincide con mi forma de escribir, una forma que cristaliza en el modelo que ahora más utilizo: relato breve, de frases cortas y mínimos aditamentos.

Con la perspectiva que le da el conocimiento del conjunto de la obra de Ferrer Lerín y desde su punto de vista de exégeta ¿hay elementos o símbolos que se repitan en sus relatos?
Falcó
: No me considero un exégeta. Soy lector y, como todo lector, alucino sobre raíles. Eso sí. Por lo tanto, es la lectura y la alucinación lo único que comparto con los Padres de la Iglesia. En el discurso leriniano, hay temas recurrentes que se podrían considerar simbólicos y que harían las delicias de la crítica psicoanalítica: lo monstruoso, por ejemplo, el crimen, lo grotesco, las confusiones y desdoblamientos de los personajes, etc. Pero todo ello suele tener lugar en espacios textuales atravesados por la muerte. Para mí, ya puestos, la muerte es el tema y símbolo vertebral de la obra leriniana. ¿Símbolo de qué? Para empezar de la escritura. Y a partir de ahí que cada uno se suelte.

¿Quién es Lerín en sus sueños cuando su otro yo está muerto?
F. L.
: Allí siempre convivo con otro tipo que también soy yo, y da igual que uno de los dos esté muerto o semimuerto. Quiero creer que se trata de un caso de doppelgänger y no de que alguien se cuela en esta fundamental parte de mi vida.

El amplio periodo que cubre la antología, desde 1964 hasta 2013, permite observar la evolución del tratamiento narrativo de los sueños su obra. A simple vista se diría que los antiguos son más “góticos” (Bierce, Poe…) tanto en atmósfera como en expresión narrativa.
Falcó
: ¿Góticos? En diversos sentidos también lo fueron Aloysius Bertrand en Gaspard de la nuit –¡ojo!- o Dino Buzzatti en Il deserto dei Tartari. Lo que yo creo o me parece hoy por hoy creer es que tanto las coordenadas cronotópicas como los vocablos utilizados se han ido concretando en lugares más entrelazados con lo que suele llamarse “lo vivido”. Y hasta parece lógico que haya ocurrido lo mismo con lo soñado y su escritura, ¿no? Aunque no necesariamente, me da que así ha sido.

Leo en un reciente escrito suyo, Lerín: “En (un) principio escribía para mitigar el ruido que tenía en la cabeza; (…). Luego, petulante, descubrí que escribiendo cambiaba el mundo. Ahora, escribo por placer, por buscar y a veces encontrar resultados sorprendentes combinando palabras y sintagmas”.  Estas últimas palabras me recuerdan a Barthes: “La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra”. ¿Qué le parece?
F. L.
: Barthes tenía razón. Reordenar, confrontar las palabras para crear un lenguaje no convencional, es la esencia de la poesía y debería serlo de cualquier género literario. Es una operación que causa placer al escritor y, que si concluye con acierto, también lo causa al lector.

Respecto al placer de la lectura, Virginia Woolf solía decir que la lectura de Proust le producía un placer físico, casi sexual. ¿Qué lectura le ha producido mayor placer?
F. L.
: Al asomarme a un balcón me recorre la médula espinal una especie de rayo cósmico que termina en la rabadilla; dicen que eso es debido a que en tiempos tuvimos una larga cola prensil y que ante situaciones de inminente caída al vacío se remueve el muñón. Esa es la manera en que se presenta el placer sexual que depara un hallazgo literario. Un poema de Saint-John Perse hizo saltar por primera vez en mi juvenil columna vertebral ese gozoso destello. Pero quizá habría que afinar más, precisar que no fue todo el poema sino una parte de él, un verso, el detonante. Luego Kafka, Borges, pudieron sumirme en paraísos duraderos pero el disparo genésico, la emoción extrema surge siempre de una frase breve, de un sintagma, de una palabra justa; y ahí queda claro que es el lenguaje, el uso del lenguaje, el que acciona el resorte.

Usted suele colgar sus escritos en su blog, y algunos de sus relatos oníricos han suscitado especial interés y comentarios por parte de sus seguidores. Pienso ahora en el del escritor Mario Bellatin a propósito de su relato “La mano”.
F. L.
: Últimamente presto menos atención a mi blog. Cuelgo menos escritos, quizá por seguir las indicaciones de quienes me recomiendan racionar la producción, reservarla para mayores singladuras. La verdad es que, trabajos burocráticos aparte, llevo un tiempo consagrado a procesar con éxito el enorme caudal de información destinado a la escritura de Vórtex, una novela, o similar, destinada a cerrar ya de una vez mi producción, empeño que facilitará la labor a mis exegetas y estudiosos en general. A raíz de la publicación en mi blog de la fotografía de una aldaba en forma de mano, una aldaba arrancada de una puerta como ilustración de mi relato “La mano”, hubo un comentario del escritor manco Mario Bellatin que dio pie a otros comentarios, algunos francamente indecorosos que tuve que censurar.

¿Es usted un soñador profesional, un profesional del sueño o un profanador de sueños?
F. L.
: Soy un profesional del sueño; consigo soñar sueños que quedaron interrumpidos por un inoportuno despertador. Me meto en la cama y zás doy la orden para que se inicie la recuperación y la continuación de aquel interesante capítulo. Y también, desde luego, soy un profanador, aunque la palabra “manipulación” no es adecuada; mancillo ese material tan valioso y privado, lo lanzo a la voracidad del público; pero no manipulo, simplemente recojo y, como mucho, altero levemente.

“Basta con echar un vistazo a cualquiera de sus libros y padecer la angustia de lo original, más que la de las influencias”, escribió usted, profesor Falcó, en mayo de 2009 para una presentación de la obra de Ferrer Lerín.
Falcó
: ¿Escribí eso? Resulta extraño porque no suelo escribir ninguna presentación. Supongo que esas palabras se refieren a alguno de los artículos escritos sobre la obra de Lerín. De todas formas, me gusta eso “de la angustia de lo original”, hasta parece mentira que sea mío. Bueno, supongo que quise decir que la lectura de los libros lerinianos le puede hacer pensar a uno, al menos en un primer momento, “¿y ahora que digo sobre esto?”. Sin embargo, y aún sin olvidar a algunos de los autores que están emergiendo durante esta entrevista intermitente -yo añadiría al Gamoneda del Libro de los venenos-, lo fundamental para Lerín sigue siendo el lenguaje: el ritmo, los vocablos utilizados, los sintagmas y las frases escogidas con la precisión y la elegancia que siempre le han gustado lucir. Pero Lerín es Lerín desde el principio. Y para su concepción acerca de lo que es la escritura recomiendo la relectura del poema “Tzara”, perteneciente a La hora oval, el primer libro suyo que el azar quiso hacer mío.

Hay en los sueños cierta “reparación” de lo que en la realidad es inamovible. ¿Cuántos idiomas habla ud. en sueños, Sr. Ferrer Lerín? ¿Qué otras capacidades o dones le concede el subconsciente?
F. L.
: El don de lenguas es omnipresente, domino varias, algunas aún no descubiertas o no creadas. También vuelo, planeando y braceando, a partir de un promontorio o de la azotea de un edificio, de hecho despierto con un fuerte dolor en las articulaciones escápulo-humerales. Pero quizá lo que me llena de más satisfacción durante el sueño es el despiadado ejercicio de mi capacidad aritmética; resuelvo todo tipo de operaciones a velocidad de vértigo.

En Aurelia, Gérard de Nerval dice que nadie en sueños ve el sol, al menos como lo entendemos en la vida real, que los objetos soñados tienen una especie de luz interior. ¿Alguna vez ve usted el sol en sus sueños?
F. L.
: No lo recuerdo, pero aunque la acción de la mayoría de mis sueños transcurre de noche o en espacios cerrados iluminados con luz eléctrica, yo diría que en algunos escenarios naturales (curiosamente, pese a mi oficio de ornitólogo de campo, no abundan sueños relacionados con la naturaleza, con el estudio de la misma) existe un resplandor cenital aunque podría ser que no fueran escenarios naturales sino artificiales, escenografías, montajes teatrales o cinematográficos.

Omar, uno de los múltiples alter ego del profesor José Luis Falcó “se había enamorado perdidamente de algunos poetas surrealistas (…) de los manifiestos surrealistas de Breton. Y de Artaud” (cito del escrito de presentación al que me refería antes).
¿Qué encontró entonces en La hora oval, de Ferrer Lerín, de donde proceden algunos de los relatos más antiguos de la antología Mansa Chatarra?
Falcó
: Intenté, entre otras cosas y con escasa vocación para el triunfo, rememorar aquellos años, entre finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando todavía ejercía de JL, un adolescente que realizaba incursiones por aquellas librerías de la Ciudad de las Farolas, de las cuales, dicho sea de paso, y exagerando bastante, apenas quedan unas pocas. Tal vez lo que encontré en La hora oval fue lo que estaba esperando, ¿no? Una poesía que, sin acomodarse del todo a los novísimos, armonizase con mis expectativas de entonces; poco o nada de ornamentos, al grano y con eso tan difuso en la escritura que, al no saber cómo llamarlo, lo denominamos “vida”. Como ocurre en “Tzara”. Por otra parte, el texto que abre Mansa Chatarra, “El monstruo”, data del 63, si mal no recuerdo, y fue incluido en La hora oval, que no se publicó hasta 1971.

¿Hay o ha habido algo de premonitorio en sus sueños?
F. L.
: No, me repugna incluso la posibilidad de considerarlo; eso entra de lleno en el ramplón apartado de lo esotérico, de la superstición, de lo religioso.

¿Por qué ha incluido en la antología poemas o textos del Bestiario de Ferrer Lerín, más difícilmente identificables como sueños?
Falcó
: Fue un problema que nos planteamos, desde luego, por diversas razones que no vienen al caso. Pero todo el material perteneciente a Bestiario no lo incluí yo; mejor dicho, los textos no los escogió el Dr. Merk. Ese libro me superaba. Así que los seleccionó su propio autor.

Benjamin menciona las primeras líneas de La metamorfosis de Kafka como muestra insuperable de lo catastrófico que sería quedar atrapado en la transición al despertar. ¿Alguna vez se ha sentido retenido poderosamente por el sueño, en ese momento limítrofe?
F. L.
: Al revés, he lamentado al despertarme no poder asir con fuerza la maravilla; al menos permanecer en el estado del que Benjamin habla, una somnolencia hija del sueño, la memoria del sueño en su primer estadio, el más real y poderoso.

No creo que podamos dar por terminada la entrevista sin comentar el excelente trabajo de sus editores de Jekyll & Jill.
F. L.
: Sí, la editorial ha sido decisiva para el alumbramiento de Mansa chatarra. En un mes han sido capaces de materializar, y de qué manera, una idea expuesta, quizá de modo inconveniente, durante un oficio religioso en la ciudad de Tarancón. Aunque, la verdad, ya había tenido ocasión de comprobar, al escribir el prólogo para ese tétrico cuento de los hermano Grimm, Del enebro, su profesionalidad y buen gusto. Desde aquí va mi agradecimiento.

Nos hacemos eco de la recomendación del profesor Falcó y dejamos al lector con un fragmento del poema “Tzara” de La hora oval (Ocnos, 1971), en cuyos versos, aún vigentes, expresa Ferrer Lerín su concepción de la escritura como goce lingüístico para expresar la vida, los sueños y la muerte:

(…)

aquí ahora poder columbrar nuestra vida diaria desconocida

la vida ceñida que desatamos

Etiquetas: Borges, carroñeros, Dino Buzzatti, Francisco Ferrer Lerín, Gamoneda, Jekyll & Jill, José Luis Falcó, Mansa Chatarra, Novalis, Roland Barthes

Sobre el autor

María José Codes

María José Codes es Historiadora del Arte y fotógrafa. Máster de Escritura Creativa por la ELDM. Es autora de las novelas Control remoto (2008, Calambur Editorial) —Premio Río Manzanares de novela, finalista del Premio Tigre Juan de novela— y de La azotea, (2009, El Brocense) —Premio Cáceres de Novela corta.

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