Revista de Letras

Javier Moscoso: “La mediocridad se reproduce”

3 noviembre 2014 Entrevistas, Portada
Javier Moscoso | Foto cedida por el autor

Javier Moscoso | Foto cedida por el autor

Vivimos una época de promesas rotas. Las promesas que impulsaron los Estados nacionales, como el principio de representatividad o el bienestar social, se quebrantan a capricho de gobiernos liderados por políticos y gestores de sospechoso mérito. No es de extrañar que la indignación se convierta en la emoción contemporánea por excelencia. Quien me pone sobre aviso es Javier Moscoso, profesor del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas e investigador de las pasiones de la modernidad. Ha publicado una completa Historia cultural del dolor (Ed. Taurus) y comisariado una exposición sobre este tema en el Sciences Museum de Londres. Actualmente prepara el estudio Promesas rotas: las pasiones de la modernidad, que se publicará en 2015. Antes incluso de comenzar la entrevista, este brillante historiador de currículo y proyección internacional, da rienda suelta a su propio dolor: a Javier Moscoso le duele el contexto universitario en el que ejerce su profesión.

¿Por qué?
Porque es muy rancio y muy retrógrado. Creo que hace falta limpiar y ventilar. Para las personas que hemos vivido y seguimos viviendo mucho tiempo fuera de España, aprendiendo valores culturales y emocionales de otros sitios, no nos entra en la cabeza. Afortunadamente en un mundo global, las comunidades académicas pueden ser internacionales. Pero es que además creo que hay un elemento de responsabilidad con la gente que viene por detrás. Yo intento mirar a la gente joven, que ya tienen bastante complicada su propia situación y expectativa de vida. Y lo menos que podemos hacer es abrir espacios de reflexión pública en la que todas las ideas puedan ser mencionadas y todas las opiniones puedan ser consideradas. Es triste decirlo, pero en la universidad española esto no es así.

Esto se puede cambiar.
Pero no lo haremos nosotros; porque al final en política todo lo que no hace uno lo acaba haciendo otro. Vendrá el Ministerio de Hacienda, de Administraciones Públicas, o el responsable de un Ministerio que ahora es Economía pero que mañana será el responsable de otro y tomará decisiones draconianas en relación al futuro de las universidades, al futuro de algunas de las secciones de humanidades, sin que los demás hayamos hecho una reflexión siquiera somera sobre qué nos ha conducido a esta situación.

¿De qué males se aqueja?
El individualismo, la endogamia, y lo peor es esta ley no escrita tan relacionada con la teoría de Murphy que dice que la mediocridad se reproduce, que es lo que hace que en España sea tan difícil mantener grandes grupos de investigación no endogámicos, que estén abiertos y ventilados, donde las opiniones de la gente joven se oigan y además se escuchen con atención, de forma proactiva. Aquí parece que van formando a la gente joven para luego darles una palmada en la espalda, como diciendo, en el fondo da igual porque como no tendrás trabajo me tendrás que dar la razón… ¡Esto es indignante, a mí me produce una enorme sensación de desasosiego y luego de indignación!

¿Entonces?
Por eso merece la pena poner sobre la mesa no solo los elementos que tienen que ver con posicionamientos superficiales de las posiciones políticas, sino con lo que es la estructura profunda, con aquello que pervive más allá de las apariencias. Yo creo que hay mucho franquismo sociológico en España. Parece que eso es lo que estructura, no solamente el Estado, sino la forma en que nos comportamos en las instituciones del Estado. Y esto es la lamentable. Sobre todo en el ámbito de la Universidad, en el ámbito de la investigación.

La endogamia a la que hacía antes referencia es un error gravísimo.
Esto es un error como para que no levantes cabeza durante generaciones. Esto nos ha puesto a todos en la picota. No puedes decir lo hicimos todo bien, sólo cometimos un error que fue la endogamia. Pues no es un pequeño error, es un error gravísimo. O cuando ves que ciertos personajes dicen que tienen un punto de vista progresista y luego no son capaces de generar espacios de reflexión pública, que es lo que está ocurriendo; porque las opiniones están vetadas. Es algo muy doloroso. Requiere una reflexión a la que mi generación yo creo que ya no tiene acceso; tengo la impresión de que ya es tarea de la gente más joven, que tiene una forma de pensar menos sometida. No sé si tienen menos ambición, pero tienen más libertad emocional.

Las nuevas generaciones además saben crear espacios de debate en las redes sociales.
Yo esto lo veo con muchísima ilusión. Las redes sociales no sólo generan nuevos espacios de opinión sino que además están produciendo nuevas comunidades emocionales. Grupos de personas que comparten valores políticos, que comparten fundamentos de un nuevo acuerdo de gestión política, un interés por la renovación de las instituciones y por una forma diferente de poner las razones privadas al servicio de la utilidad o del bien público. Esto es enormemente positivo. Además, han aprendido a poner sobre la mesa los valores emocionales, que muchas veces se llaman a sí mismos indignados, pero que de cualquier manera es una expresión que remite a valores emocionales. Yo veo que los poderosos les atacan desde todos los frentes, por eso me da la impresión de que algo deben de estar haciendo bien… Representan una forma de hacer política por otros medios y me extraña que el sistema no lo aprecie, me produce consternación y admiración.

¿Qué educación están recibiendo estos jóvenes?
Somos la única especie animal que educa a sus descendientes en un mundo que probablemente habrá desaparecido para cuando sean mayores. Pero me atrevería a decir que las actuales formas del sistema de educación son preocupantes. Parece que lo más importante es la obediencia antes que el aprendizaje, el espíritu crítico no existe, las preguntas incómodas nunca deben formularse, la aplicación de las normas es incuestionable, no hay un procedimiento de razonamiento colectivo, ¡y estamos en el siglo XXI! Es el mundo antipedagógico. ¿Cuál es la conclusión de todo esto? Hagamos ciudadanos obedientes.

¿Nos tenemos que preocupar más por la educación que reciben en los centros públicos que por los mensajes de violencia que reciben a través de los videojuegos?
Los niños llevan muchos años jugando a cosas que tienen que ver con la recreación de la violencia. Nosotros también lo hacemos, también vamos a ver películas donde las personas se matan y eso no nos convierte necesariamente en peligrosos. A mí me parece menos grave esa forma recreativa de violencia que otras que son mucho más peligrosas. Me parece mucho más grave que no se dé la opción durante la enseñanza primaria y secundaria de hacer preguntas críticas sobre las normas que rigen el comportamiento colectivo o que no se dé opción a discutir las decisiones que se toman de manera unilateral, o a plantear preguntas que pongan en tela de juicio los contenidos de algunas asignaturas, que desde luego no están escritos sobre mármol. Me parece muchísimo más grave ese tipo de violencia inculcada y que produce frustración y una cierta carga de resentimiento, que eclosionará en algún momento, que toda esta cosa de la recreación de la violencia. Me produce un enorme desasosiego la situación de la enseñanza pública, a la que por otra parte defiendo.

Foto de la exposición de Londres | Sciencies Museum

Foto de la exposición de Londres | Sciencies Museum

Le van a poner la etiqueta de ‘antisistema’…
Los que tienen el poder son personas de carne y hueso que toman unas decisiones y no otras. Es importante tratar este matiz, porque rápidamente te tildan de antisistema o te dicen, como a mí, que soy muy crítico con el poder… ¡Yo no soy crítico con los poderes, yo soy crítico con las decisiones que han tomado o toman algunas personas que tienen nombre y apellido, y que además toman decisiones en contextos particulares! Efectivamente es a veces mucho más fácil ir a manifestarse, por ejemplo, contra las leyes de educación que nos quiere implantar el señor ministro Wert, que levantar la mano en un claustro universitario, o en una comisión de un instituto de enseñanza secundaria y decir: esto es intragable, esto produce vergüenza. Lo que pasa es que el precio que se paga es mucho más alto. Creo que una de las ventajas de las nuevas formas de hacer política –también tiene sus peligros, obviamente- es que empezamos a tomar conciencia de que detrás de las leyes hay personas que toman decisiones por acción o por omisión, porque también hay mucha gente que esconde la cabeza bajo tierra como los avestruces.

Hábleme de las pasiones, ¿se dan también en la esfera política?
Los historiadores de las emociones suelen citar un texto de un historiador francés Georges Lefebvre. Él estaba allí cuando los alemanes tomaban París. Entonces escribió un texto maravilloso sobre las emociones en la Historia y venía a decir que era imperativo que los historiadores tomaran partido por esa línea de investigación. Para él era obvio que no se estaba tomando París por una decisión racional. Se estaba tomando París y se estaba entrando en una disputa internacional, en una guerra de grandes dimensiones, con cosas que tenían que ver con la parte más siniestra de la condición humana, y eso había que saber de dónde venía.

Y la pasión por excelencia, el amor, ¿tiende a ser efímero?
Yo creo que cada vez hay más conciencia de la propia finitud y también del propio carácter volátil de las relaciones humanas. Sin embargo, el amor no solo se da en la pareja, también está el amor paternal, el amor filial, amor y amistad… Yo no me atrevería a decir que los amores filiales o paternales sean efímeros. Lo que sí creo es que se está produciendo una recuperación de valores muy decimonónicos.

¿En qué se basa para pensarlo?
En que estamos desmantelando los Estados nacionales y estamos poniendo en tela de juicio los valores sobre los que se construyeron esos mismos Estados desde comienzos del siglo XIX. Esto, obviamente, no es sólo responsabilidad de nuestros gobernantes, tiene que ver también con lo que es la nueva geopolítica. Vamos a un mundo global y está en entredicho lo que es la hegemonía moral y económica de la que ha sido la potencia predominante durante los últimos 200 años.
Estamos desmantelando–por distintos motivos que habría que analizar- los grandes pilares de nuestros Estados nacionales: el principio de representatividad, el principio de acción política, el principio de la constitución de los Estados… Está en tela de juicio la responsabilidad del Estado con sus ciudadanos; están en tela de juicio las instituciones públicas, la educación como fundamento de la cultura nacional, las identidades nacionales, todo lo que son los valores emocionales ligados a la construcción de los Estados: el patriotismo, la solidaridad… De ahí que se estén intentando recuperar idearios que habría que someter a crítica y debate.

¿Por ejemplo?
Por ejemplo, la idea de ejemplaridad, que ha puesto de relieve mi colega y amigo Javier Gomá. Esa ejemplaridad pública que menciona nuestro recién proclamado rey, el presidente del Gobierno, los grandes directivos de la Banca española… Parece que lo que queremos es que nuestros políticos sean ejemplares. Sin embargo la idea de ejemplaridad no es una idea que se asemeje a nada de lo que hemos podido ser en el mundo contemporáneo. Esa idea de conducta ejemplar, tan propia del Barroco, de las conductas imitativas del Barroco histórico donde los reyes funcionaron como padres, esos viejos padres a los que uno quería porque eran buenos; el buenismo de la monarquía o el buenismo de la política. ¡Yo no quiero políticos ejemplares!, lo que quiero son políticos que cumplan con las encomiendas democráticas para las que han sido elegidos, lo que quiero son empresarios honestos, ciudadanos que cumplan con las leyes, y leyes justas.
La idea de beneficencia, por poner otro ejemplo. De modo que se distribuye la riqueza de acuerdo a principios decimonónicos, en clara traición a la idea del Estado como estructura que garantiza el sostenimiento común, la salud pública el bienestar social. Para desgracia de todos, volvemos a escuchar esas viejas ideas del pobre que lo merece y el que no lo merece, con una cierta implantación en el contexto de la cultura española.

¿Cuál es el papel del historiador en todo esto?
Creo que es bueno hablar de estas cosas y creo que es bueno que los historiadores las pongamos sobre la mesa y digamos si ése es el modelo que queremos seguir: la vuelta a la centralidad pública, al paternalismo de nuestros gobernantes como figuras que tienen conductas a imitar, a la beneficencia. ¡Pues discutamos sobre ello! Lo que no me parece que se pueda hacer es pasar de puntillas sobre estas cosas, sobre todo cuando hay un enorme vacío semántico y un déficit democrático. Y parece que las ideas no puedan ser expresadas bajo penas de ostracismo, o de cosas peores…

De ahí el resentimiento.
El resentimiento es una emoción de la modernidad. Hay sentimientos como el amor, que han atravesado toda la Historia, pero no el resentimiento. Para producirse tienen que darse una serie de condiciones, que son propias del mundo moderno. Porque el resentimiento requiere promesas y más aún requiere promesas que se perciban como promesas incumplidas. Volvamos al ejemplo de la educación. Se educa a nuestros hijos en los sistemas públicos con esta idea de que hay que ser buenos estudiantes y de que vivimos en una sociedad donde el mérito será premiado, donde si se aceptan las reglas del juego se logra un buen trabajo, una vida holgada… ¿Y si luego nada de esto es verdad?, si personas con dos o tres carreras lo único que tienen es esa expatriación aventurera como la llaman nuestros políticos. ¡Hay claramente motivo para la indignación!

¿Cómo se digiere todo esto?
El resentimiento es muy interesante porque presupone el cuestionamiento de las grandes promesas de nuestro mundo contemporáneo y de los Estados nacionales; para empezar el de la meritocracia. Tenemos presidentes de gobierno que no hablan idiomas, y ministros que son prácticamente analfabetos, y dirigentes políticos que no se sabe muy bien los méritos que tienen… El nivel a veces es tan lamentable que uno se pregunta qué significa todo esto. Cómo se pone todo esto en perspectiva histórica. Dónde podemos conciliar esto con los valores de donde supuestamente venimos que son los valores de la vieja Ilustración.

La entrevista tiene lugar en el Centro de Cultura Contemporània de Barcelona, donde Javier Moscoso impartió la conferencia Una historia de los celos. La medicalización moderna de las pasiones. Esta conferencia se inscribe en el marco de las jornadas Políticas de las emociones, organizadas por el Centre Dona i Literatura de la Universidad de Barcelona en colaboración con el Institut d’Humanitats de Barcelona y el CCCB.

Etiquetas: Banca, Ejemplaridad pública, Gobierno, Hacienda, Historia cultural del dolor, Javier Gomá, Javier Moscoso, Ministerio, política

Sobre el autor

Berta Ares

Berta Ares es Licenciada en Periodismo (UPSA) y Máster en Estudios comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento (UPF). Realizó estudios y una investigación de posgrado en Tel Aviv University (TAU), cuyas conclusiones se publicaron en la prestigiosa 'Qesher' (N. 24) que se edita en Tel Aviv y Nueva York. Trabaja en el campo de la comunicación cultural y la comunicación corporativa, y escribe su tesis doctoral, sobre Joseph Roth, en el Departamento de Humanidades de la UPF. Sus inquietudes literarias se inscriben en el campo de la memoria, el laicismo, la religión, la modernidad y Europa.

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1 Comentario

  1. Alvaro Piergili 14 octubre 2015 at 21:48

    Estimado javier:
    Me gustaría ponerme en contacto contigo para hablar sobre el jesuita Piergili antepasado que estoy intentando conocer para saber algo de mis antepasados.
    Dime como lo podemos hacer?
    Gracias y un saludo
    Alvaro Piergili Couret

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