Revista de Letras

Jordi Gracia: “Todo Ortega es una bomba de relojería”

Jordi Gracia | Mario S. Arsenal

Jordi Gracia | Mario S. Arsenal

La Fundación Juan March ha sido la responsable de impulsar y promover un nuevo proyecto cultural y editorial que pretende rellenar biográficamente los vacíos de la cultura española a través de algunos de sus personajes más señalados a lo largo de la historia. La colección llevada a cabo gracias también a la colaboración de la editorial Taurus, lleva el título de Españoles Eminentes y ya ha visto la luz en media docena de títulos que van desde Ignacio de Loyola o el cardenal Cisneros, pasando por Larra, Galdós, Unamuno y terminando en Pío Baroja. En este caso, y tras cinco años de investigación, Jordi Gracia (Barcelona, 1965) suma y aborda la de Ortega y Gasset con el propósito de arrojar luces y sombras, casi nada si lo añadimos a nombres como Rockwell Gray, Rodríguez Huéscar, Zamora Bonilla, José Luis Abellán o José Lasaga, que ya escribieron sobre la figura en ocasiones injustamente connotada de uno de los más insignes pensadores españoles del siglo XX. Revista de Letras ha querido entrevistarlo.

“Esta es la historia de una frustración y es también la historia de un éxito insuficiente”. Así empieza la biografía.
La frustración es el incumplimiento de los horizontes más altos que Ortega fragua sobre sí mismo, porque son altísimos y, por tanto, condenados al fracaso. Por otra parte, es inequívoco que él sabe que ha conquistado un éxito instantáneo desde el momento en que abre los ojos a la vida. Es alguien en quien todo el mundo deposita la noción del éxito pero no por lo que va a hacer, sino por lo que ya es; y sin embargo, esa repercusión, percepción o evidencia del éxito de la obra intelectual o institucional y política de Ortega es insuficiente para satisfacer la noción que él se asigna a sí mismo como deber e incluso…

Mesianismo me parece una palabra idónea.
Como deber para cumplirse a sí mismo como tal sujeto superdotado y excepcional, por lo que el resultado, evidentemente, es excepcional. Ese es el éxito insuficiente, también la frustración.

Taurus

Taurus

La intransigencia es inherente a la personalidad de Ortega. Todos en mayor o menor grado podemos sentirnos identificados con él. ¿Crees que este motivo propició el distanciamiento de algunas personas?
Yo no lo diría. Al mismo tiempo que suscita una antipatía espontánea, que es lo que nos pasa a nosotros mismos, a mí como autor y a los demás como lectores, porque hay muchos elementos antipáticos de Ortega, eso no obsta para seguir reconociéndole un talento y una inteligencia que te obliga a releerlo, a seguir volviendo a él a pesar de generar rechazo. Aún así, hubo gente que fue contra él.

El sistema cultural católico educativo, por ejemplo.
Van de cabeza contra él desde el primer momento porque se dan cuenta de que va a dinamitar la línea de flotación de ese sistema. Todo Ortega es una bomba de relojería para acabar con la cultura católica española.

Pero hay un momento en el que deja de decirlo…
Claro que deja de decirlo. ¡Se casa con una señora devota! Creo que hay un pacto de orden doméstico interior familiar de dejar de ser tan explícito como se había mostrado en privado o en su primera juventud con esa enemistad contra la Iglesia, pero no calla. Los insultos y las vejaciones a la cultura o la prensa católicas son muy duros y frecuentes, entre otras cosas, porque los ataques de ese lado son feroces. No hay que esperar al franquismo. Y es más, creo que no le preocupaba lo más mínimo porque lo daba por hecho. ¿Cómo no iba a ser así?

¿Cómo es que “Ortega es todo a la vez”?
Es que es verdad. La biografía tenía que conseguir retratar que Ortega abarca una formidable diversidad de actividades a veces contradictorias, a veces inconciliables, pero que sin embargo funcionan simultáneamente. Todo está activo, y aunque haya momentos en los que predomine una determinada actividad, nunca renuncia al desarrollo de aquello que queda aparcado, sean toros, estética, dialéctica, alta filosofía, política, viajes… Es todo a la vez.

No me figuro a Ortega como un pensador total.
No lo fue. Y aunque el total da un sentido de altura o elevación que le gustaría, a mí no (risas). Más bien sería un pensador integral: no expulsa nada relevante de su instrumento de pensamiento. Ortega es un ser de una curiosidad inagotable, virtud suya, por cierto.

En mi caso guardo los textos sobre Velázquez como si de un tesoro se tratase.
Atrae por su capacidad de aplicar al ejemplo el método de la razón histórica y de la razón vital como funcionamiento analítico, es decir, trata de dotar de sentido humano dentro de la circunstancia histórica y el perfil de Velázquez a su obra pictórica. En cierto modo, es lo que yo mismo he pretendido hacer. Creo que los que pensamos, siempre dentro de una cierta cordura, lo hacemos así: no hay formas exentas ni de sociedad ni de historia.

En este sentido, ¿cuál es la faceta de Ortega que debería sobresalir por encima del resto? ¿Tal vez el político, el ideólogo, el filósofo, el escritor…?
Habiendo hablado del Ortega integral, no hay segmentación. Es un todo que evoluciona constantemente. En términos de perdurabilidad tendríamos que apelar a la obra escrita, naturalmente, pero también a la institucional, es decir, Revista de Occidente y la difusión de sus colecciones que ha significado las bases de la formación filosófico-humanística del resto de generaciones hasta hoy. De hecho, en parte hoy seguimos leyendo El otoño de la Edad Media de Huizinga gracias a él. ¿Que se hubiera traducido más tarde o más temprano? Sí, pero él fue el primero.

Siempre autores extranjeros.
Sus interlocutores debían ser los primeros, ¿qué es eso de discutir con el conde Romanones? (risas).

Háblanos de 1914 y Meditaciones del Quijote.
En sus dos primeras partes es un libro cuajado de intuiciones felices, potentes y, sobre todo, insumisas y rebeldes en cuanto al contexto general moral de su tiempo. En gran medida esa España es lo mejor de la nuestra. Es ahí donde se fragua el Ortega que va a desembocar en su proyecto de pensamiento y ensayo más ambicioso.

¿Cabe decir que el Ortega que nosotros conocemos se fragua a partir de la escritura? Lo pregunto porque con 12 años les pide a sus padres el primer tomo de la Ilíada, las obras de Eurípides o las de Tucídides. ¿Exactamente cuánto debe su madurez a esa etapa juvenil?
Se lo debe todo en la medida en que es el primer impulso de un talante que ya no desaparecerá jamás. Podía haber sucedido lo contrario, un rechazo o un abandono, pero no dejó de activar sus proyectos filosóficos vinculándolos a las nuevas lecturas y, por tanto, reformando sus propias propuestas o identificando en autores como Dilthey, a quien no había leído anteriormente, una fuente de ratificación.

Pero sin embargo desde temprano siente superada la obra de Nietzsche…
El mundo filosófico alemán sitúa, encauza y redirige la fascinación nietzscheana por parte de Ortega. Una vez tiene los instrumentos de pensamiento filosófico, empieza a sentirse libre y se desembaraza de esa estructura del idealismo neokantiano para retomar, más sosegadamente, el brillo y la potencia de Nietzsche. Ahí comienza a cuajarse el Ortega solvente y, fíjate lo que voy a decir, útil. Y no es un pragmático.

Es un aristotélico.
Está clarísimo que sí.

Ortega con 24 años quiere liderar la mutación histórica de esa España. Su guerra no es contra los ministros, sino contra el sistema. Pero necesita soldados, y esos soldados son los intelectuales. ¿Es suficiente la intelectualidad para modificar la realidad que se quiere cambiar?
No, precisamente por eso busca construir élites intelectuales que sean capaces de convencer a las élites políticas, financieras, mediáticas y culturales de que necesitan cambiarlo. Esas élites serían las encargadas de difundir la necesidad del cambio y de la desaparición del pensamiento mágico y supersticioso en favor de otro de carácter científico e instrumental práctico. La vía ha de ser la de la lenta persuasión de esas minorías que, a su vez, engendrarán los canales de difusión de la nueva mentalidad en el resto de la población, y ahí el fracaso es total.

Recuerdo en Secundaria que Ortega era el único filósofo español que aparecía junto a los grandes nombres de la Historia de la Filosofía. Lejos ya de sintetizar en esencia la labor de europeizar España, ¿cuál fue la lucha de Ortega? ¿Por qué el muchacho altoburgués no se contenta con la cómoda realidad que vive?
Tenemos que apelar a su propio talento innato al descubrir que el mundo puede ser mejor de lo que es. Pero lo descubre a partir del análisis crítico desde el lugar de privilegio absoluto en el que está: directamente la mesa del Consejo de Ministros y la mesa del diario más importante de España [El Imparcial]. Nace allí. Tiene una capacidad para detectar la cantidad de putrefacciones (micro y macro) en las que está gestándose la España del presente. Piensa soluciones, pero no está solo. La tradición del regeneracionismo, la Institución Libre de Enseñanza o Francisco Giner de los Ríos ya están yendo en esa dirección; no es que Ortega aparezca de la nada. Joaquín Costa, ya muy mayor, se lo reconoce al muchacho de 24 años: ha dado un paso distinto, y no sólo eso, pues además acepta la crítica del joven.

A partir de 1925 se produce esa intervención política como ideólogo de un futuro Estado.
Lo hace desde el principio, es una constante que va retomando.

Tal vez sea lo más contradictorio en Ortega, pero ¿cómo se concilia el Ortega egotista y elitista perteneciente a una minoría que da la espalda a la masa y que pretende regir y emitir un juicio político sobre ella?
Está buscando una forma nueva en el ejercicio democrático del liberalismo.

¿Una especie de despotismo encubierto?
Sí y no. Su diagnóstico es que el liberalismo ha conquistado sus proyectos del XIX. Una vez conquistados, lo que hemos de hacer es adaptarlos a los sucesivos cambios de la realidad histórica, y uno de esos cambios capitales es el aumento de la población en términos de ocupación de los espacios urbanos, institucionales y de consumo de las sociedades contemporáneas. Por lo tanto, democracia y liberalismo no pueden funcionar igual como aspiración en el XIX. Lo que Ortega propone es una forma de democracia controlada por los mejores.

Otro dilema. ¿Quiénes son estos y para qué lo son?
Ahí está el problema para nosotros como conciencia democrática. Aunque bien es verdad que Ortega se siente muy cómodo porque tiene un proyecto de Estado que se parece mucho a una socialdemocracia normal y corriente, al menos así lo entenderíamos nosotros. Él está ahí e intenta comprometer a las élites con el Estado para beneficiar a esas masas que ahora están atraídas por el discurso de los totalitarismos ruso e italiano, que precisamente es lo que intenta conjurar en La rebelión de las masas: la adulación, el populismo, la simpleza, lo categórico…

Siguiendo con el Ortega ideólogo, el antiguo, el añejo, el patriota sin matices por parte del gran público… Por utilizar sus propios términos, ¿sigue siendo a día de hoy el estereotipo del liberalismo conservador para masas acríticas y minorías egregias?
Seguramente la imagen pública sea esa: liberalismo conservador en el mejor sentido de la palabra. Quizás yo invertiría el orden. Al mismo tiempo tiene un matiz liberal que no es el económico, sino el de la verdad. También opina que el Estado no puede intervenir en la vida privada del individuo, y aquí se subleva y se arrebata. Es decir, legislaciones proteccionistas como las que ahora estamos acostumbrados a recibir, que incluso la izquierda considera saludables, él las deploraría abiertamente como intromisiones en la vida privada y en las decisiones con respecto a su vida.

Dinos algo de la pataleta de Juan Ramón Jiménez sobre Revista de Occidente.
Es simplemente un síntoma más de sus procesos neuróticos habituales. Por supuesto tiene razón Ortega.

Es que Juan Ramón era mucho Juan Ramón.
¡Pero es que Ortega también!

En este sentido y en términos de perdurabilidad, ¿cuánta importancia tiene Revista de Occidente para el legado orteguiano hoy día?
Mucha. Es un instrumento de transformación interior lenta y metódica de las condiciones de pensamiento y las herramientas de formación de las élites intelectuales universitarias. Hoy no tiene el nivel de actualidad de su momento, ya que una de sus virtudes fue la inmediatez con la que los títulos más relevantes del extranjero recalaron en las librerías españolas.

Recuerdo personalmente, entre tantos e incontables, luego reeditado en la misma revista, el ensayo capital de George Simmel sobre la moda.
Desde luego. ¡En el número 1!

En cuanto a la reforma de la inteligencia, Ortega habla de ser útil recatándose y oscureciéndose. ¿Cómo se explica esto?
Se llama despecho. Ortega se dice: “Como son unos inútiles y no entienden nada, he de restituir alguna forma de legitimidad, la función intelectual, para que sea socialmente útil”. Para que esto sea así, ha de ser desde fuera de la sociedad y por tanto regresando al taller del filósofo, del pensador, que ya no actúa en función de su tiempo histórico o desde la voluntad de cambio social, sino que su tarea es la de la inteligencia como imperativo intelectual.

Porque claro, estamos hablando del prólogo de Revista de Occidente
Y de lo que precisamente Manuel Azaña se burla tan cruelmente diciendo que no sabe cómo lo va hacer para hablar de ideología sin hablar de política, que es lo que está tratando de difundir Ortega, en palabras suyas, en sus mesnadas (risas). Aún así, no puede quedarse fuera de la movilización republicana, por eso retoma lo político más tarde, cuando ve la República como un proyecto factible.

Antes de terminar con la entrevista, querría que nos dijeras qué novedad crees que aporta esta biografía. ¿En qué medida puede presentarse inédita?
No es tanto lo que aporta, porque la bibliografía orteguiana es salvaje y todo el mundo lo ha dicho todo; la diferencia seguramente está en el tono o en la voluntad de acercarnos al sujeto humano para explicar al pensador y al activista. Esto quiere decir no temer hurgar en las contradicciones, las fragilidades, las debilidades, las petulancias, los mesianismos, en esos elementos que constituyen las biografías. Se trata de insertar el pensamiento y la obra de Ortega en su dimensión humana, y por tanto generar una conexión directa entre lo que pensó y lo que hizo.

Etiquetas: 2001 una odisea del espacio, Dilthey, Filosofía, Franquismo, Galdós, Jordi Gracia, Larra, Manuel Azaña, Nietzsche, Ortega y Gasset, Pío Baroja, política, Revista de Occidente, Unamuno, viajes

Sobre el autor

Mario S. Arsenal

Mario S. Arsenal (Madrid, 1984) es poeta, crítico de arte y literatura. Licenciado en Historia del Arte e investigador en la Universidad Complutense de Madrid, su ambición por la cultura le ha convertido en un candidato versátil para abarcar distintas facetas de las artes y las letras. Colabora para distintos medios culturales y ha publicado estudios y artículos científicos en revistas nacionales e internacionales. A día de hoy prosigue con sus investigaciones en estudios transversales sobre pintura de la Edad Moderna, centrados éstos en el Renacimiento italiano. Su obra poética se mantiene inédita hasta el momento.

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