Cambio de vida

En su último ensayo, 'Metamorfosis', el pensador Emanuele Coccia nos propone una fascinante tesis sobre la unión de todos los seres vivos a través a de los siglos | Foto: D.R., Ediciones Siruela

Aunque es verdad que ya no está muy de moda, al menos entre los abanderados de todo lo que tenga el rico sabor del futuro y el progreso, la filosofía jamás dejará de ser la base sobre la que nació la ciencia. No es algo que agrade a ciertos enterados, caras públicas de una minoría muy ruidosa que en entrevistas y testimonios, apariciones en televisión y podcasts, han hecho lo posible por minimizar a una disciplina que, por el mero hecho de haber nacido de la curiosidad, es inseparable de lo humano.

No es algo nuevo, lleva tiempo gestándose. El filósofo natural pasó a la figura del científico en algún punto entre la observación por Galileo de las lunas interiores de Júpiter, a inicios del siglo XVII, y la clara división ente ciencia y filosofía en el transcurso del siglo XIX. Aunque las matemáticas siempre han tenido un papel en los intentos por comprender el Universo, es entre estos siglos cuando dejan de ser una herramienta y pasan a ser una estructura importante en la comprensión del mundo. Contemporáneos de Galileo, gente como Francis Bacon, fueron centrales en la migración de un universo aristotélico, con algunos tufillos de Platón, a uno más próximo a las prácticas modernas de la ciencia.

Los resultados favorables están ahí para que quienes tengan ojos los puedan contemplar, pero el precio que se pagó por ellos es uno del que apenas nos estamos dando cuenta. Gran abundancia tecnológica, alimentos en el supermercado, telecomunicaciones que permiten solventar problemas de la distancia, crecimiento de la clase media, una explicación satisfactoria para cualquier asunto que nos coma la cabeza. Todo a espaldas de una devastación medioambiental y el curioso fenómeno de la soledad, el nihilismo y la depresión como autenticas epidemias en las sociedades más industrializadas, incapaces por ellas mismas de reflejar el bienestar tras toda esta bonanza.

Siruela

Nada es gratis aquí en este lado del Pleroma. Así como la iluminación, la auténtica iluminación, requiere mortificaciones del cuerpo y el espíritu, de igual manera el brillante manejo que hoy se tiene del entorno ha pasado factura. No se trata de apuntar el dedo a unos culpables; solo un necio, o un imbécil, negaría las gracias que la ciencia y la tecnología han traído a este mundo. Tan solo cien años atrás la vida continuaba siendo un asunto brutal para una mayoría de personas, y la situación solo empeora mientras más se retrocede en el tiempo. Aquí de lo que se trata más bien es de encontrar un equilibrio, pues le erosión de la filosofía y las humanidades en un entorno que prima a la tecnología por sobre todas las cosas, en aras de un ideal mercantil sobre el progreso, no ha hecho más que diezmar el alma.

Por mucho que no guste decirlo en la actualidad, los humanos somos animales con necesidades religiosas. La separación del Estado y la Iglesia, el auge del Positivismo y las revoluciones industriales, en especial la más reciente, ayudaron a despejar los ojos de la neblina causada por un misticismo rancio, pero no cambió la necesidad humana por entregarse a un elemento, real o imaginario, por encima de ella misma. Los nacionalismos, el culto al cuerpo, la belleza y el ejercicio, la entrega incondicional a los pasatiempos, los negocios y la familia, el turismo desmedido o la fascinación tecnológica son algunas de las formas en las que se manifiesta esa religiosidad latente. Incluso los movimientos que se jactan de su base racional y científica, como el Transhumanismo, con sus profetas y mártires, libros sagrados, cismas y escatón (la Singularidad) son tan dolorosamente religiosos que la ironía algunas veces no pasa desapercibida a sus fieles. Que algunos de los rostros más visibles del desarrollo tecnológico y científico hablen con seriedad sobre la posibilidad de que el mundo sea una simulación virtual, actualizando así la figura del Demiurgo a la de un Hacker o Gran Programador, debería indicar cuál es la necesidad que incluso los más brillantes tienen por encontrar a una relación de lo humano con lo inefable. El lenguaje poético con el que se escribe sobre la naturaleza, ese expresar casi mágico que se lee en mucho del nature writing, es también una manera de expresar los mismos sentimientos.

Aunque algunos ya estarán convencidos sobre lo que es o no es la vida, cada quien citando sus fuentes, siempre es bueno encontrar una manera actualizada de verla. Para Emanuele Coccia, que ha hecho carrera como autor y profesor en la Universidad de Friburgo, se trata de una sustancia unitaria que hermana a todo lo orgánico. Una sustancia que se manifiesta a sí misma por medio de la combinación material y que hace posibles todas las máscaras que animan al carnaval de la Tierra. No hay una multiplicidad de vidas, dice, sino una sola, terrestre y cósmica, a la que todos pertenecemos. Hablar de un yo individual, para Coccia, no tiene sentido, pues no es que cada cabeza sea un mundo, sino que cada cabeza es parte de un mundo. Un mundo vivo, llamémosle Gaia, que se renueva y enriquece con cada una de las criaturas que habitan sus lodos, aguas y aires.

Esta postura es la base de su libro Metamorfosis (Siruela, 2021) y viene de una tradición que se encargada de reflexionar sobre lo que significa estar vivo. Actividad vieja, sí, pero contemporánea ahora que conocemos la frágil interconexión de los sistemas biológicos, geológico y climáticos que operan en este planeta. Es posible que su lenguaje y conclusiones desesperen a algunos biólogos para los que su pensamiento no será más que una colección de líneas bonitas, pues Coccia es, a fin de cuentas, un filósofo que se entromete en el barrio de estos. Pero incluso si sus intuiciones y propuestas resultan ser erróneas, o más bien dicho, científicamente erróneas, la ventana que abren a una nueva relación entre lo humano y lo animal (distinción cuestionable), y lo animal con lo vegetal, es una por la que vale la pena asomarse.

Para Coccia, la metamorfosis, y no la evolución, es el proceso por medio del cual la vida se hace presente, se renueva y multiplica. Aunque en ningún momento niega las conclusiones derivadas por Darwin, mucho menos la evidencia de la genética evolutiva, no está de acuerdo con el lugar absoluto que ocupan como mediadoras de lo que significa ser un ente vivo. Más allá de aspectos meramente orgánicos y del sustrato químico sobre el que descansa la vida, Coccia se interesa por un fenómeno mucho más profundo de lo que el lenguaje científico, por diseño, es incapaz de describir, pero en el que están a gusto el arte y la poesía. Se apoya en la metamorfosis de los insectos, el acto de metamofosearse en el otro que continua siendo el mismo individuo, para ejemplificar lo que quiere decir. En el caso más conocido, la oruga utiliza el capullo para pasar de un estado de vida, bajo ciertas condiciones, a otro en el que la fisiología no solo es diferente, sino sus condiciones vitales también. El cuerpo de la oruga se destruye en el interior de su cápsula, donde toma cuerpo lo que, en apariencia, sería una forma diferente de vida, pero que en realidad es en esencia el mismo individuo, a pesar de su cambio en conducta y actitud. Otra cara de la flama vital.

Para un biólogo esto es aparente al nivel de la molécula, pues el ADN entre ambos estados es el mismo. Pero para Coccia, el ADN es solo un registro. Un archivo de procesos y herencias comunes, pero no lo que distingue a la vida en sí. El interés de Coccia está en las formas y como estas expresan ese otro algo inmaterial, una chispa misteriosa que ha mantenido su existencia desde que apareció, milagrosa o accidentalmente, en la superficie de la Tierra. Expresiones distintas todas ellas de la misma chispa y que ocurren gracias a la combinación de la materia prima. Los padres devienen en los hijos, quienes se forman de la misma carne de la madre, tal como este planeta alguna vez devino de la carne del Sol. La relación entre las especies animales y vegetales va más allá del espacio y los procesos de alimentación que comparten. Es una transferencia íntima de la vitalidad por medio de la carne; el paso de un disfraz al siguiente, pues no puede haber vida sin canibalizar vida.

Coccia no dedica espacio al intercambio energético, a las calorías, a los aspectos más toscos de la alimentación. Estos no son más que procesos necesarios, impuestos por las circunstancias, y todos, en algún momento, seremos el alimento que devendrá en la vida de otro individuo. Un hombre comerá un filete de pollo hoy, pero morirá mañana, y su cuerpo servirá para alimentar al gusano que llenará de vigor a un nuevo pollo que será la cena de otro hombre.

«Lo que llamamos muerte», escribe Coccia, «es tan solo el umbral de una metamorfosis. Cada ser vivo es un capullo mediante el cual la vida construye algo diferente. El hecho de que la muerte de cada persona viviente sea solo un momento, un aspecto del proceso de alimentación de otros individuos, muestra que en la naturaleza nada muere; todo se transforma: la misma vida común se transforma y circula de un individuo a otro».

A su manera, Coccia intenta por medio de la metamorfosis salvar el inconveniente abismo de la teleología que la evolución insinúa. Pues, si los organismos evolucionan, ¿hacia qué evolucionan? En el transcurso de ambas guerras mundiales, Pierre Teilhard de Chardin, primero jesuita antes que antropólogo, intentó fusionar el telos del cristianismo con la evolución biológica al sugerir un avance progresivo, aunque ciego, hacia formas más sofisticadas de consciencia que convergirían en un Punto Omega, una especie de mente cósmica, en algún momento de la historia. La idea, fascinante y llena de agujeros para criticar, se popularizó entre los años 60s y 70s y encantó a los sectores más rebeldes de la biología, la psicología y la naciente informática (y a más de un parapsicólogo), que intentaron modificarla para que fuera apetecible a un público secular. Lo único que se logró al respecto fueron algunas menciones en publicaciones New Age.

Por su aparente intencionalidad, los finales últimos que no sean la muerte (del organismo, del Universo) no son bien vistos en la ciencia. Una postura basada más en convicción que en observación, al igual que su contrapartida, pero institucionalizada y poseedora de gran consentimiento y popularidad. La posición oficial, de manera muy simplificada, es la siguiente: la vida es un caótico menjunje de accidentes químicos y casualidades que ocurren en un espacio frío y solo, demasiado solo. Una posición atractiva para el pensamiento cultural que se asentó en la posguerra, pero que aun así no ha logrado alejar de las seducciones de la teleología a ciertos estudiosos, causando a ratos auténticos pleitos, ridículos intercambios en artículos de opinión y tweets, como ocurrió hace unos años cuando Thomas Nagel publicó Mente y Cosmos. Descreído de lo inefable, como se espera de los intelectos públicos, aunque no por eso sin críticas a las carencias del materialismo, la tesis de Mente y cosmos fe suficiente para hacer de Nagel, un referente en la filosofía contemporánea, el hazmerreír de personajes cuya opinión mueve a sectores enteros de la política y la población más educada. A decir, según su juicio: existe una dimensión de la mente que el actual paradigma es incapaz de explicar de manera satisfactoria sin caer en trampas y pensamiento circular. Una dimensión que parece indicar la evolución hacia formas refinadas de pensamiento. O, como se dice entre círculos de místicos modernos, a la autoconsciencia del propio Universo. La opinión del desgraciado filósofo no agradó a los guardianes del pensamiento, gente a la que, por su celo, no estaría fuera de lugar referirse como una especie de Stasi.

Coccia intenta embellecer un poco el cuadro oficial haciendo hincapié en el rico tapiz de formas y colores que toma la vida, y, al menos a un nivel meramente verbal, lo logra. «La vida misma es un huevo que no deja de diversificar la forma de la Tierra», escribe en alguna parte. «La multiplicación de los seres vivientes y su variación no multiplican la vida, que, de hecho, es la misma para todos los vivientes», escribe en otra parte. Su postura no difiere del darwinismo, sino que la complementa, además de pintarla de una gracia que con frecuencia está ausente en sus diálogos más resecos.

Aunque no lo expresa de forma directa, de Coccia se podría decir que es un animista contemporáneo. La vida es una y se manifiesta en todos nosotros. Desde la Tinkerbella nana, una avispa tan pequeña que puede aterrizar en un cabello, hasta la ballena azul, pasando por todos los microbios, pulgas, mariposas, hurones, simios, robles, magnolias, acacias, hombres y mujeres. La vida, pues, es única y precisamente por se una sola, preciosa. Se refiere a ella en un lenguaje neutro que, sin embargo, roza algunas veces en lo religioso, pues la sensibilidad religiosa siempre es el modo en el que finalmente se termina por expresar la intrincada maravilla hacia lo natural y lo cósmico, ajeno a las propias creencias de quienes escriben sobre estos asuntos. Visto de esta forma, la escritura de luminarios ateos como Carl Sagan y Richard Dawkins es una escritura plenamente religiosa.

En ocasiones, parece como si Coccia tomara lo oculto y lo empacara en una presentación más secular. Cita a Ovidio y habla de la metempsicosis, una postura más antigua de la reencarnación, y la diferencia entre ambos escritores es tan solo de siglos y registro, más no poética. Pues, cuando Ovidio dice que «el alma es siempre la misma, y te digo que ella migra en figuras variadas», no es muy diferente a cuando Coccia habla sobre como «transportamos en nosotros mismos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a sus padres, a los simios prehumanos, a los peces, a las bacterias, hasta los mínimos átomos de carbono, hidrógeno, oxígenos, nitrógeno, etc.»

El libro se ocupa de la faceta filosófica que engloba a un proceso biológico, pero no hace mención alguna a las dimensiones psíquicas de la vida. Los humanos tendremos la mente más sofisticada que conocemos, pero delfines, chimpancés, elefantes y algunas variedades de pájaros se reconocen en el espejo, hacen herramientas, se comunican y transmiten conocimiento. Las orcas que viven en las costas canadienses han desarrollado un sistema de cacería único a ellas mismas, uno que enseñan a su descendencia y no se encuentra en otras poblaciones. Y que no se olvide que los elefantes lloran y velan a sus muertos. Algunos insectos se comunican por intercambios olfativos, otros por medios cromáticos, y es posible que hayan desarrollado una gramática con cual definir una lengua simple que por el momento nos es del todo desconocida. «El nacimiento es el proceso más individual e individualizante que pueda experimentar un viviente», escribe Coccia, pero con frecuencia la estructura social, los intereses gubernamentales y corporativos, los medios de comunicación masiva y el sistema educativo, la presión familiar y el qué-dirán, hacen de nosotros gente aborregada y complaciente, monótona y uniformizada, carente de originalidad y libertad mental. Tal vez el nacer será el proceso más individual, pero la individuación por la que cada hombre y mujer debe de cruzar si desea ser integro y lograr su máxima capacidad es más importante aún.

Metamorfosis es una buena plataforma con la que Emanuele Coccia expone algunas de sus ideas, muchas de las cuales vienen a cuento a vista de la crisis del último par de años. Aunque algunos puntos son cuestionables, o al menos requieren ser explorados a profundidad, el mensaje último es el que importa. El gran público necesita replantearse a la vida no como una matriz de organismos independientes sobre los que domina la mano del hombre, sino como un fenómeno de dimensiones planetarias en el que todos estamos conectados. En cierta manera, es un libro que se debería incluir en las bibliografías de las facultades de arquitectura e ingeniería civil, pues como apunta el autor, las manías de la urbanística son una regresión a la primera naturaleza mineral de la Tierra. El modelo contemporáneo de la ciudad, plenamente antropocéntrico y que con sus cubos de concreto y hormigón excluye a todas las demás formas de la vida, terminará por hacer de este planeta un desierto. Algo que, a su vez, sirve como espejo a la actual tendencia del mercado laboral por robotizar al humano, haciendo de ello no una expresión de la vida, sino de la muerte mineral.

Con traducción de Pablo Ariel Ires, Metamorfosis es un buen documento que ayuda a plantear una reflexión sobre la relación que guardamos entre nosotros mismos y la gama de la vida. Lectura muy recomendable en tiempos turbios que parecen sugerir la venida de un cambio doloroso.

Antonio Tamez-Elizondo

J. Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto, Máster en Arquitectura Avanzada y Máster en Creación Literaria. Su libro de cuentos 'Historias naturales' ganó X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018.

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