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Ronald Dworkin: Adiós al hércules de la filosofía del derecho

Ronald Dworkin (foto: David Shankbone/Wikimedia)

Ronald Dworkin, fallecido el pasado 14 de febrero a la edad de 81 años, fue uno de los mejores filósofos del derecho de la segunda mitad del siglo XX, y sin duda el más original y audaz de todos ellos. Sus trabajos versan sobre asuntos de gran calado filosófico como la naturaleza del derecho –Taking Rights Seriously (Los derechos en serio) 1977; Law’s Empire (El Imperio del derecho) 1986; o Justice in Robes (La justicia con toga) 2006-  o el valor de la igualdad –Sovereign Virtue (Virtud Soberana) 2000- y, en general, exigen una cierta predisposición para la gimnasia intelectual. No obstante, a diferencia de algunos de sus colegas, Dworkin no tuvo pereza en pasar de las musas al teatro y se esforzó por identificar las implicaciones de la discusión abstracta para el debate político sobre cuestiones como el aborto, la eutanasia, la pornografía o la discriminación racial. Estudió derecho y filosofía en las universidades de Harvard y Oxford donde tuvo maestros de la talla de Willard Van Orman Quine y J. L Austin. El ejercicio del derecho primó sobre la reflexión filosófica nada más terminar sus estudios. Fue asistente del juez Learned Hand, uno de los mejores jueces que ha dado la democracia americana, y más tarde ejerció de abogado en Sullivan & Cromwell. En una entrevista reciente, Dworkin aseguraba que después de cuatro años en Wall Street se dio cuenta de que no quería esa vida y que el único modo de vivir con autenticidad era dedicándose a lo que le parecía más satisfactorio: “pensar y discutir sobre cuestiones que son difíciles, importantes y gratificantes”. En 1962 empezó a dar clases en Yale y seis años más tarde ocupó la cátedra de Jurisprudence de la Universidad de Oxford, sucediendo a uno de sus principales rivales teóricos, el filósofo del derecho H. L. Hart. En 1975 aceptó una oferta en la New York University que más tarde combinó con una posición en el University College de Londres. De su época como abogado conservó el afán por ganar cualquier disputa verbal y el gusto por los buenos trajes.

Ilustración: lnds.net/CC

El filósofo e historiador de las ideas Isaiah Berlin clasificó a los de su gremio en zorros y erizos. La imagen aludía a una vieja fábula que cuenta cómo, pese a su astucia y sus múltiples artimañas, la zorra se da por vencida ante la defensa bien aprendida del erizo. La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante, dice la moraleja. Decía Berlin que los filósofos-zorro persiguen varios objetivos a la vez y se mueven en muchos niveles sin dar unidad a su pensamiento. Los filósofos-erizo, en cambio, simplifican el mundo a través de una única visión integradora. Ronald Dworkin eligió ser erizo. Su visión puede resumirse en dos ideas. La primera es que los conflictos entre valores morales -e.g. igualdad y libertad- son solo aparentes ya que si adoptamos la mejor interpretación de estos valores veremos que, en realidad, se apoyan mutuamente. Las verdades morales no son menos consistentes que las verdades científicas. La segunda idea es que es erróneo clasificar nuestros valores en distintos dominios. No es posible dividir la moralidad política de la moralidad personal -la ética-, nuestra idea de lo que nos debemos mutuamente de nuestra concepción de vida buena. La combinación de estas dos ideas da lugar a la tesis de la unidad de valor que Dworkin defendió, como buen erizo, en contra de corrientes filosóficas como el pluralismo moral, que ve los conflictos de valores como inevitables y nos condena a tener que aceptar la pérdida irreparable que va aparejada a cada una de nuestras decisiones, y el relativismo que rechaza la existencia de valores universales y objetivamente válidos.

Ronald Dworkin (foto: MakeF./wikipedia)

En sede de filosofía política, Dworkin se opuso a la tesis defendida por otros liberales como el propio Berlin y John Rawls según la cual existe un conflicto insalvable entre la igualdad y la libertad. Dado que las circunstancias, capacidades y ambiciones de los sujetos son distintas, si permitimos que cada uno haga lo que quiera, es de esperar que surjan desigualdades entre ellos. “La libertad del pez grande es la muerte del pez chico”, escribía Berlin. La perspectiva liberal ofrece varias maneras de ponderar estos ideales y justificar los sacrificios de uno y otro que implica cualquier solución. A Dworkin no le gustaba hacer renuncias. Sospechaba, con razón, que el conflicto que atormenta a los liberales surge como consecuencia de su propia manera de entender estos ideales. La igualdad y la libertad colisionan si nos parece que la primera equivale a una nivelación absoluta de las circunstancias de los individuos, y entendemos la segunda como un poder para hacer lo que nos da la gana. Dworkin rechazó ambas maneras de concebir estos ideales por considerar que no capturan aquello que realmente consideramos valioso -e.g. no hay ningún valor, por ejemplo, en la libertad de los individuos de torturar a otro-. En sus trabajos trató de pensar estos dos ideales conjuntamente como partes integrantes de un ideal superior, el de justicia, y ofreció una concepción de la igualdad que incorpora en su seno una idea de libertad. A algunos les parecerá que solucionar un conflicto entre ideales redefiniéndolos es un triunfo menor, pero lo cierto es que su liberalismo igualitario es una de las concepciones de la justicia más completas y sofisticadas de las que disponemos.

Su posición holista y objetivista le llevó a defender una concepción del derecho como una parte de la moralidad que era contraria al positivismo jurídico. Consolidado como el paradigma predominante en la filosofía anglosajona gracias a figuras como Jeremy Bentham, John Austin y H. L. Hart, el positivismo sostiene que es posible identificar las reglas válidas pertenecientes a un sistema jurídico sin la necesidad de recurrir a consideraciones morales. Dworkin rechazó esta concepción meramente descriptiva del razonamiento jurídico. Insistió en que los principios morales son cruciales a la hora de identificar e interpretar el derecho y siempre nos conducen a una única respuesta correcta. La relación entre el derecho y la moral se ve claramente en aquellos casos -no infrecuentes- en los que los textos legales no nos ofrecen una solución y cuando debemos dar sentido a formulaciones abstractas como “la igualdad ante la ley” o “el derecho a un debido proceso” que, en sí mismas, son morales. El juez capaz de llevar a cabo esta tarea con éxito no es aquel que, haciendo caso a Montesquieu, se limita a ser la boca de la ley. Es un superjuez con un vastísimo conocimiento del derecho y el talento filosófico necesario para desarrollar las implicaciones de nuestros principios morales, al que Dworkin, consciente de lo extraordinario de este binomio de cualidades, se refería como Hércules. Leyendo sus escritos uno se pregunta si, en realidad, el único capaz de desempeñar ese papel era él mismo.

Jahel Queralt Lange

Etiquetas: Barón de Montesquieu, Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho, H. L. Hart, Isaiah Berlin, J. L Austin, Jeremy Bentham, John Rawls, Learned Hand, Ronald Dworkin, Willard Van Orman Quine

Sobre el autor

Jahel Queralt Lange

Jahel Queralt Lange es profesora de filosofia del derecho en la Universidad Pompeu Fabra y consultora en la UOC. Sus trabajos versan sobre las concepciones de la justicia contemporáneas y, en particular, sobre el lugar de la responsabilidad individual en el pensamiento liberal igualitario. Ha sido investigadora en la Universidad de Oxford y ha colaborado con la Universidad de Zurich.

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