Revista de Letras
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Atlas William Kentridge

13 octubre 2020 CCCB, Portada

William Kentridge | CCCB

El universo del artista sudafricano William Kentridge inunda el CCCB a través de la exposición Lo que no está dibujado, donde el creador muestra su serie de cortometrajes Drawings for Projection, algunos dibujos que ha utilizado en el proceso de las once películas de animación, nueve tapices de gran formato y el espectacular friso en movimiento titulado More Sweetly Play the Dance. Todo un idioma emerge durante la visita, en la que, pieza a pieza,  se va insinuando una cartografía de la memoria.

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Apartheid: Kentridge asegura que no busca convertirse en el ilustrador del apartheid. Y es cierto. Cualquier imagen, cualquier palabra, sería insuficiente para explicar, como si fuera un episodio más de la Historia, las profundas heridas que durante tantos años ha padecido su país. Sin embargo, la creación artística abre una brecha de significado, en la que la explicación —siempre incompleta, siempre esterilizada— muta en comunicación de lo inefable. El artista sudafricano se inventa una nueva forma de hacer crónica de lo aparentemente crónico, partiendo de los hechos, sí, pero para narrar el grito, la culpa, la vida.

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Asombro: Asombrarse es tener la capacidad (y la voluntad) de mirar hacia las sombras. Es lo que hace Kentridge en sus dibujos. El carboncillo de sus animaciones le sirve de palimpsesto para reflexionar sobre el paso del tiempo. La explotación, la humillación, la toma de conciencia se trazan y se borran, se apuntan y se esfuman. Hay una inundación en muchos de sus cortometrajes. La tinta, el lápiz y el grafito parecen querer escapar de la posición fija, de las dimensiones del marco establecido de antemano.

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Azul: Y, a veces, el carbón queda sepultado por el azul de un mar indomesticable, que es el mar de la pérdida, pero también de la voluntad. El agua aparece, en ese vaivén que es la memoria, en Tabla de mareas, el corto de 2003. Pero es es en Felix en el exilio, de 1994, donde el poeta sufre el desbordamiento de la memoria, una inundación que lo convierte, encerrado en una habitación de hotel, en una isla incomunicable.

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Cicatriz: Cada arquitectura es una incógnita a desvelar, un rastro. Desde sus primeros trabajos de la serie Drawings for Projection (Johannesburgo, segunda ciudad más grande después de París, Monumento y Mina, de 1989, 1990 y 1991, respectivamente) nos topamos con las trampas de la representación, la efigie de una paradoja. El homenaje al trabajador, las duchas y los catres, las formas de la explotación.

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Felix in Exile, 1994 | | William Kentridge

Claroscuro: Toda la obra cinematográfica (los cortos suelen durar entre tres y nueve minutos) puede verse como un continuum en el que aparecen dos personajes que se contradicen (y, por lo tanto, que se necesitan para afirmarse). Se trata del poeta Felix Teitlebaum  y el magnate industrial Soho Eckestein. Observamos el auge del imperio, la explotación de los negros, pero también el difícil papel de artista ante la imposición de la violencia como parte de una forma de vida. Son dos arquetipos en contraposición que, al mismo tiempo, forman parte de un mismo espejo. Una sociedad que bascula entre la amnesia y el resarcimiento, entre la ambición y el olvido. La mujer de Eckestein lo abandona para irse con Teitlebaum. Quién sabe si está abandonando a un hombre o reconciliándose con su lado humano.

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Contradicción: La obra de William Kentridge, que también está compuesta por el teatro y la ópera, está atravesada por la contradicción, no por la afirmación. Es el silencio de lo no dibujado lo que invita al espectador a identificar las trampas de los dogmas. En Estereoscopio, de 1999, la pantalla se divide en dos. Como en Groucho Marx, en la mítica escena del espejo en Sopa de Ganso, la repetición se convierte en metáfora, y el original y su duplicación son partes igual de importantes de un relato complejo e inacabado.

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Incertidumbre: La vida de una persona, y de su país, es un cúmulo de giros narrativos, en un argumento del que uno participa de una manera directa, o por omisión. Ese aprendizaje es el que sus personajes van experimentando a lo largo de una obra que se abre y se cierra como un abanico de posibilidades.

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Johannesburgo: La ciudad aparece desde el principio. El paisaje se confunde con el cuerpo. Su transformación no es la transformación de unos edificios, su disolución. Cada bloque derruido, abandonado, cada arruga, cada cicatriz, son los fragmentos de un organismo que se reconoce y se extraña, que se ve a sí mismo como un extranjero y como a un ente constitutivo. Es así como se cierre la muestra, con el  último cortometraje de William Kentridge, City Deep, de 2020. “Una sombra de duda”, leemos. Los mineros trabajan por libre, artesanalmente. Los suburbios han crecido como arterias. De la galería de arte de la juventud, una suerte de ventana desde la que mirar al mundo durante tantos años, es, ya, un cúmulo de maleza. Un bosque indómito.

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'More Sweetly Play the Dance', 2015 | William Kentridge

Memoria: Hay violencia, luz y oscilación, en la obra de Kentridge. Pero siempre mantiene ese pulsión del cartógrafo, esa necesidad de seguir y perseguir un mapa que nadie le ha mostrado. Tal vez la mejor pieza corta de la muestra es, en ese sentido, Felix en en exilio. Allí aparece Nandi, una topógrafa que insiste en registrar el pasado. No es una fotografía. No es un dibujo exacto. Se trata de un atlas desde el que moverse por las heridas, las de aquellos que no tienen la palabra, las de aquellos que han quedado fuera de la representación. No hay tensión en la escena si no tenemos en cuenta la extra-escena.

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Ritual: ¿Qué es una procesión? ¿La membrana entre vida y muerte? El ritual toma todo su sentido en More Sweetly Play the Dance, una espectacular instalación audiovisual de 40 metros que combina la técnica del teatro de sombras, los ritos africanos, el friso arquitectónico y el sonido ancestral de los instrumentos de viento y percusión. La danza es, al mismo tiempo, una invitación al trance, a la celebración, a la conmemoración. En todo lo vivo hay algo de muerte. Toda muerte nos enseña algo sobre la vida. Lo profano y lo sagrado suelen convivir en la romería. Caminante, no hay camino. Al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.


William Kentridge y Nalini Malani. El artista sudafricano William Kentridge y la artista india Nalini Malani conversan, en un diálogo moderado por la periodista cultural Anna Pérez Pagès:

Etiquetas: CCCB, Drawings for Projection, Lo que no está dibujado, More Sweetly Play the Dance, William Kentridge

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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