Revista de Letras
12 años de Periodismo Cultural

Care Santos: "Una novela siempre termina siendo un catálogo de tus propias pasiones"

Con El aire que respiras (Planeta), la escritora y crítica literaria Care Santos retoma la línea creativa que ya definió en su anterior novela, Habitaciones cerradas, trasladando sus narraciones al pasado de Barcelona y defendiendo un estilo heredado de la tradición del XIX, sin olvidar las formas que le permiten acercarse al lector actual.

Care Santos (foto: Planetadelebros)

Care Santos (foto: Planetadelebros)

Hace algún tiempo, en una entrevista, comentabas que estabas harta de la literatura que no cuenta historias y, sobre todo, de la literatura que no las cuenta bien. El aire que respiras es una novela construida precisamente a partir de muchas y diferentes historias.

Creo en una literatura que cuente historias; desde la crítica han dividido a veces a los autores de mi generación entre aquellos que cuentan historias y en su literatura se aproximan más o menos al modelo decimonónico y los que no creen tanto en el valor de la historia y practican una literatura más ensimismada, donde la voz del autor cobra mucha más importancia que aquello que está diciendo. Yo me reconozco en el primer grupo. Estoy en esto porque quiero, necesito, contar historias; nací en una casa donde siempre hubo muy buenas contadoras de historias, un gran apego a la tradición oral y creo que precisamente por esto me convertí en escritora, por el gusto de recibir una historia que luego puedes contar y adornar a tu antojo. Es un poder que sólo te otorga la literatura. Creo en las historias poderosas. Para sentarse a tu mesa y escribir seiscientas páginas debes tener entre manos algo que merezca ese esfuerzo.

En tu respuesta has utilizado el adjetivo “decimonónico” para describir tu obra y aquella literatura versada en contar historias. Es verdad que este adjetivo nos retrotrae a la gran tradición de la novela inglesa y francesa del XVIII y del XIX, pero también que El aire que respiras no responde plenamente a esta tradición de la que te distancias a través de continuos saltos temporales, mezcla de géneros narrativos y una pluralidad de perspectivas narratológicas.

En verdad, debería referirme al gusto decimonónico de contar y a partir de aquí todo narrador cuenta desde su tiempo, su tradición, sus influencias y pensando siempre en sus lectores. En este sentido, el modo de narrar de todos nosotros, escritores del siglo XXI, no puede entenderse sin las aportaciones del lenguaje audiovisual, que ha cambiado nuestra manera de mirar, y también la de nuestros lectores. La novela decimonónica tiene otro ritmo, otro lenguaje, y salvo a los muy lectores, les viene un poco grande. El lenguaje audiovisual nos ha acostumbrado a la rapidez, a la interrupción constante del discurso —eso que llaman, con poca fortuna, literatura zapping—, a los flashback y a las anticipaciones... Sin embargo, me considero heredera del gusto decimonónico por contar historias, aunque lo haga para mis contemporáneos y desde mi tiempo.

El hecho de tener como punto de referencia en la novela el tiempo presente fue un elemento determinante desde el inicio de la composición.

Siempre estuvo claro. El aire que respiras está emparentada con mi anterior novela, Habitaciones cerradas, que obedecía a un leitmotiv similar: me interesa el pasado, pero sólo en la medida en que sirve para explicar el presente. En Habitaciones cerradas busqué otra argucia y aquí recurrí a las librerías de viejo, porque si hay un lugar donde el pasado está tan vivo es en estas librerías. Los libreros anticuarios pueden desconocer todo de autores actuales muy conocidos, pero sitúan a un editor del XVIII al detalle. No hago ficción, pues, cuando hablo de ellos.

Al leer tu novela se puede pensar en el gran y minucioso trabajo de rastreo de fuentes relacionadas con cuestiones históricas, políticas o literarias.

Sí, aunque el rastreo no ha sido demasiado en lo referente al mundo de las librerías de viejo, puesto que es un ambiente que me gusta y que conozco muy bien; soy, en la medida de mis posibilidades, bibliófila. Y me gusta pasar horas y horas hablando con los libreros en sus propios establecimientos, que comencé a frecuentar de la mano de mi padre cuando era muy pequeña (y no me gustaban en absoluto; me parecían llenos de polvo y cosas viejas) y que desde hace años piso por voluntad propia, como él hacía.

Lo curioso es que en El aire que respiras el personaje del librero, el centro que hace gravitar la narración, es el gran ausente. En su lugar, en cambio, está su hija abogada que hereda la librería, pero que no sabe muy bien qué hacer con ella.

La librería de viejo no es su mundo, y creo que el dedicarse a los libros y, sobre todo, a los libros de viejo debe ser vocacional. Además, ella trae consigo muchas ideas innovadoras, propias de nuestra contemporaneidad, pero que no tienen nada que ver con el modelo de librería de su padre. Ahora, de hecho, hay dos escuelas entre los libreros de viejo: están los padres que no quieren saber nada de nuevas tecnologías e internet y prefieren quedar con su clientela fija de cada semana, y los hijos, que entienden que no pueden mantener su negocio sin la Red.

La cuestión es cuán factible es mantener una librería de viejo alejada de la compra-venta en la Red.

Las librerías de anticuario tal y como las conocemos es muy probable que vayan a desaparecer pronto, porque hoy día mantener un negocio como éste abierto no tiene tanto sentido. Máxime cuando lo mismo, con mucho más alcance, puede hacerse en internet. Ya proliferan las pequeñas librerías en pisos, en la misma casa del librero, y eso es lo que puede que ocurra cada vez más. Lo cual no significa, claro está, que los libros antiguos dejen de interesar.

En tu obra aparecen como subtema o, mejor dicho, escenario secundario las bibliotecas... la Biblioteca Nacional de Catalunya, la Biblioteca Nacional o al Biblioteca de París, ellas son las encargadas de hacerse cargo de esta herencia libresca.

Las grandes bibliotecas se han nutrido, en buena parte, de las bibliotecas personales de la clase pudiente, la única clase que podía tener acceso a los libros, y —en nuestro país— del patrimonio libresco que se obtuvo después de las desamortizaciones. Precisamente de eso quería hablar: del destino de las inmensas bibliotecas monacales que había en la Barcelona del XVIII y principios del XIX y que con la desamortización fueron requisadas por el Estado. Por fortuna, se les encontró un lugar y algunas se salvaron. Algunas, porque también hubo grandes pérdidas. Hoy día, los libros sobrevivientes forman la Biblioteca de Reserva de la Universitat de Barcelona, una biblioteca maravillosa, casi un milagro.

Recientemente, el caso de la Baronesa Thyssen escenificaba los elevados costes que supone mantener una colección privada.

Es carísimo mantener un patrimonio como ése. Aunque a través de la Historia ha habido honrosos ejemplos de conservación de grandes colecciones. A mí me impresiona el caso de los monjes benedictinos del convento de Santa Caterina de Barcelona, que tenían una biblioteca privada que se nutría con las colecciones particulares de algunos de los miembros de su congregación, bibliotecas muy interesantes reunidas en ocasiones con gran esfuerzo. Y esta biblioteca estaba al servicio de la ciudad, porque ellos así lo decidieron: la abrieron a cualquier lector que quisiera visitarla y aprender de sus fondos. Fueron unos avanzados. E hicieron un gran servicio a la sociedad de su tiempo.

El.aire.que.respirasEl marco histórico sitúa la acción, primero, en el momento en que Barcelona está bajo el control de Napoleón y, posteriormente, en el regreso del absolutismo, la Regencia y el reinado de Isabel II. ¿El contexto histórico fue elegido en función de la historia o desde el inicio sabías que ese sería el escenario temporal?

Quería escribir una novela de libreros y de tráfico de importantes libros. En ese sentido, la época de oro de los libreros de anticuario y de los mercaderes de antigüedades, en general, fueron los años que siguieron a las leyes desamortizadoras de Mendizábal y Madoz. Además, llevaba tiempo barruntando dedicar una novela a la desamortización, sobre la que he leído mucho durante estos años. Aunque no era la gran historia la que me interesaba, porque esa ya está muy bien contada en los manuales. Yo quería hablar del efecto que todo eso tuvo sobre las personas. Qué fue lo que ocurrió de puertas adentro. Al inicio, la narración debía comenzar en 1835, pero la documentación me hizo recular hasta las tropelías cometidas por las tropas napoleónicas a principios del XIX. Fue así como descubrí una verdadera mina de oro: una época muy poco novelada, casi inédita. Era irresistible. Por eso me lancé a contarla.

Curiosamente estamos en un momento en el que desde la crítica se habla de la novela urbana y de la ciudad como escenario privilegiado de nuestro tiempo, olvidando a veces que la novela moderna nació con la ciudad industrial en el XVIII y en el XIX. Nombres como Dickens, Victo Hugo o Balzac lo testimonian.

La novela urbana existe desde que existe la ciudad como concepto y con El aire que respiras pretendía, además, rendir homenaje al romanticismo literario. Me fascina el romanticismo, el nuestro, aunque España llegó tarde, como siempre. Me interesa mucho el que vino de Inglaterra y Alemania. Yo crecí leyendo a Schiller, a Heine, a Yeats, a Lord Byron... Podría decir que descubrí la literatura gracias a estos autores, de los cuales me fascinaban, más incluso que sus obras, sus biografías.

De hecho, en la novela citas un poema de Heine, el poeta más venerado por Gustavo Adolfo Bécquer.

La influencia de Heine en Bécquer es indiscutible. Curiosamente, leí antes a Heine que a Bécquer y además la traducción que utilizo en el libro es casi más romántica que el propio poema de Heine. Heine es uno de mis autores favoritos de todos los tiempos. Tenía que estar en la novela. Una novela, y esta en particular, siempre termina siendo un catálogo de tus propias pasiones.

A través de los personajes de aquellos jóvenes que recitan exaltados poemas, recreas una tradición que se va perdiendo de los clubes de lectura y de la lectura oral colectiva.

No creo que se esté perdiendo la tradición de los clubes de lectura, al contrario, puede que ahora gocen de mejor salud que nunca antes, puesto que son iniciativas que no requieren de ayudas económicas. A mí me encantan los clubes de lectura porque en ellos se termina hablando de las obras de una manera muy pasional, como si los personajes y la historia narrada formara parte de la vida de cada uno de los participantes en el club.

En la novela, sin embargo, estos jóvenes abogan no tanto por el club institucionalizado como podían ser los salones de lectura en el XVIII, sino por el hecho de reunirse y compartir lecturas.

¿Habrá algo que produzca mayor placer que compartir una lectura que te ha gustado? La lectura es un acto solitario por definición y el reunirse con otros lectores te da la oportunidad de compartir la experiencia lectora, de compartirlo en un acto social en el que, sobre todo, se habla de emociones. Es estupendo.

Retomando el aspecto decimonónico de El aire que respiras, introduces innumerables géneros durante toda la narración, incluso aparece el menú  detallado de una boda.

Sí, es que me encanta la gastronomía y mis personajes suelen comer mucho. En el fondo, el menú es una vil excusa para poder leer acerca de la historia de la gastronomía, sobre cómo ha ido cambiando la manera de comer, y también los usos sociales de la comida, como por ejemplo el modo de presentar los platos y preparar la mesa. La forma en que se servía la mesa a principios del XIX era curioso, poco práctico, y estoy segura de que llamará la atención a más de uno.

También recurres con frecuencia al género epistolar, muy común, por otra parte, en el romanticismo; basta con pensar en el Werther de Goethe.

Hay algo muy importante a la hora de narrar: la verosimilitud. El lector debe creer aquello que lee. La voz del yo ayuda a conseguirlo. Tenemos tendencia a creer aquello que nos cuenta un yo convincente, si además viene adornado con emociones. Porque la primera persona permite transmitir a través de la emoción de cada personaje, es por eso que me interesa tanto. Creo en el poder de arrastre de la emoción. Y hay una razón más técnica: la primera persona es esencialmente literaria. Es un lenguaje propio de la narración, anticinematográfico, subjetivo. La voz de la ficción por naturaleza.

El género epistolar te permite multiplicar las perspectivas dentro de la propia narración, mostrar la historia desde distintas subjetividades.

Este es otro signo de la modernidad; ya no estamos acostumbrados a la perspectiva única, no sólo con respecto al siglo XIX, sino también con respecto a los últimos sesenta años. Antes se nos daba una sola versión de las cosas y nos la creíamos; ahora no. No sólo en el ámbito literario, si piensas en la información, cualquier noticia es contada en diferentes medios a partir de perspectivas completamente diferentes, desde posiciones distintas, hay opinadores por debajo de las piedras...

Incluso demasiados opinadores.

Tenemos tantas versiones que a veces es difícil saber qué tenemos que pensar, estamos muy influenciados. La pluralidad de perspectivas aplicada a la ficción, sin embargo, da más profundidad al relato, enriquece la novela.

Se lee en tu libro: «Es difícil transmitir confianza al cliente cuando el titular del despacho está en la cárcel por corrupción y delito fiscal». Palabras que describen perfectamente el presente que vivimos.

En el fondo estamos igual que hace dos siglos. Lo que le ocurre a Virginia, uno de los personajes de la trama que ocurre en el presente, puede pasarle hoy a cualquiera. Hay una reflexión sobre la corruptibilidad del poder durante toda la novela. Y es que en ciertas cuestiones no hemos avanzado nada, o esa impresión tienes cuando consultas documentación de 1800. He encontrado artículos en la prensa de 1810 que se podrían trasladar a cualquier periódico de hoy y sonarían plenamente actuales.

Lo que demuestra tu libro es que, más allá del marco histórico de la novela, las lecturas son transversales y el presente del lector siempre aparece entre las páginas.

Todos leemos desde nuestro momento y nuestra óptica, sujeta a la realidad que conoces. La interpretación siempre pasa por el tamiz del lector, por el momento en el que vive, pero también por sus emociones, sus experiencias personales. Por eso un mismo libro es diferente para cada lector.

A lo largo de la narración y a través de una de las protagonistas, realizas digresiones en torno a la labor del escritor, entorno a lo qué implica escribir una novela.

Jugué un poco deshonestamente al crear un personaje que se parece mucho a mí, pero que evidentemente no soy yo. El personaje de la escritora me permitía reflexionar sobre la experiencia de escribir que, en el fondo, es mi día a día. No me concibo sin escribir varias horas todos los días. Me limité a prestarle a ese personaje mis propias emociones. Pero no todas.

Hace algunos años, en clase de Literatura Comparada, Jordi Llovet decía que para escribir había que salir a la calle y vivir.

Es curioso, el primer editor que conocí en mi vida, cuando tenía sólo veinte años, me dijo algo parecido. Le pregunté, con gran candidez, qué debía hacer para ser escritora. Y él me contestó: «Vivir». Fue un muy buen consejo.

Anna Maria Iglesia
@AnnaMIglesia

Etiquetas: Care Santos, El aire que respiras, Planeta

Sobre el autor

Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en Teoría de la literatura y literatura comparada; Máster en Teoría de la literatura y literatura comparada por la UB. Es colaboradora habitaual de Panfleto Calidoscopio, ha publicado breves ensayos en la Revista Forma de la UPF y reseñas en 452f. También ha publicado artículos en El núvol o Barcelona Review.

¡Comparte este artículo!


2 Comentarios

Envía tu comentario