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Manuel Adrián López: «No escribo versos a las mariposas»

El poeta cubano afincado en Estados Unidos cierra una década de trabajo y exploración con su último poemario, 'El abismo en los dedos' | Foto: Jorge Buffa, cedida por el autor

Manuel Adrián López, aunque nacido en Cuba en 1969, lleva muchos años lejos de su tierra, como un ciudadano itinerante por el amplio mapa de Estados Unidos. Como a muchos, a falta de espejo identitario, el río Hudson no solo le ha servido para reconocerse en su reflejo, también para hallarse. Poeta y narrador, su obra ha sido publicada en revistas literarias y antologías de España, Estados Unidos y Latinoamérica. Con Los días de Ellwood, Un juego que nadie ve y El abismo en los dedos, sus tres últimos libros de poesía, ha conseguido refinar la mirada de un personaje pleno de curiosidad que deambula mientras hace fotos a diestro y siniestro buscando no se sabe bien qué, entre los límites de lo feo y lo hermoso: “Me he convertido en minero / excavador en busca de evidencias”, apunta en el último. Y en otro poema del mismo: “Planea la fuga / irá pisando las bolsitas plásticas / ya sin droga / de camino al parque / al costado de La Marina / donde abandonan libretas sin versos”. Y más adelante, en otro, casi un final: “El idilio duró dos semanas y una noche de embriaguez. // En esta habitación solo quedan el muerto y la soga / esperando por alguien que salve a la gata”. Y aquí comienza mi conversación con el poeta.

En tu caso, ¿el exilio tiene más de experiencia de vida que de castigo o viceversa?

El exilio fue la herramienta que mis padres escogieron para ofrecerle un futuro mejor a sus hijos. Cualquier exilio tiene grandes cantidades de castigo. Empezar de cero en un lugar completamente ajeno. Además, cuando uno viene de un pueblo, con limitadas vivencias, cuando nunca has manejado un auto, cuando jamás has tenido una cuenta de banco, absolutamente todo se convierte en un castigo. Recuerdo una carta que mi madre le escribió a una prima en Cuba, al poco tiempo de haber llegado donde le decía que esto no era el paraíso como decían, le contaba de los esfuerzos que estaban haciendo ella y mi padre para subsistir. La prima no le creyó. Simplemente pensó que mi madre le decía todo eso para que no le pidiera nada. El exilio ha sido una gran experiencia de vida. Pero ojo, el castigo mayor hubiera sido permanecer en la prisión que un barbudo construyó para el pueblo cubano.

¿En qué medida consideras que tu escritura participa de esta visión del exilio que expones?

En mi obra siempre hay una ponzoña, un malestar latente, una daga. La inconformidad con el ser humano, con mis alrededores, que no es más que las acciones, el comportamiento de ese ser humano. No trato estrictamente el tema del exilio. Pero ahí está. Se arrastra por lo que escribo, como si fuera una serpiente del Mohave. A veces me provoca rabia y otras, simplemente dejo caer una alusión a mi descontento.

Hay quien entiende la escritura como un ejercicio con un potencial terapéutico impresionante, no digamos nada de la poesía… ¿Compartes esta visión?

Nunca he olvidado las palabras del escritor nigeriano-americano Chris Abani: “la literatura no cura nada”. Muchos aseguran que sí. Yo no estoy seguro de eso. La escritura para mí es equivalente a un pesar, un dolor que se va extendiendo tipo una hiedra mientras escribes. Al terminar un libro, siento un alivio, pero también siento una gran tristeza que se queda conmigo por días… No es terapia para mí, no lo es. Simplemente una gran necesidad.

¿Qué te motiva a escribir?

Me motiva a escribir cuando escucho una canción. Tropezar con un libro, con un escritor al que todavía no conocía y verme reflejado en su texto, ir a un museo y detenerme delante de una pintura por largo rato porque me susurra y quiero escucharla. Encontrarme en la sombra de un callejón. Ir en busca del Palazzo Mocenigo en Venecia donde vivió Lord Byron una temporada o dar con la dirección de la poeta beatnik Elise Cowen, que se suicidó lanzándose por una ventana al patio interior del edificio a unas cuadras donde viví en Nueva York. Tomar fotos a desconocidos e inventarles una historia… El hilo conductor que lleva a uno a escribir es infinito y se mueve a su antojo. Yo siempre digo que es esa conversación de un ser de otra dimensión con uno. Esa comunión.

¿Cómo fueron tus comienzos?

Mis comienzos fueron tardíos. Tenía miedo a decir… No hace mucho mi hermana me leyó una carta que le envié a principio de los 90 cuando ella vivía en California. Me sorprendió el contenido. Le decía algo así como que no tenía escapatoria, que mi única solución era escribir o el suicidio. No la recordaba. Había olvidado esa sed que sentía y que no llegaba a saciar nunca… Luego en el 2009 tomé un taller de poesía que impartió en Miami la poeta Elena Tamargo y ahí se me vino todo encima. Tuve que ir colocando en los anaqueles quién realmente era, asimilar mis necesidades. Entender que el llamado de la poesía tocaba a mi puerta y no había marcha atrás.

Entonces entiendo que a partir de ahí tantos libros tuyos… Entre otros, Yo, el arquero aquel, El barro se subleva, Temporada para suicidios, El arte de perder, El hombre incompleto, Los días de Ellwood, Un juego que nadie ve y El abismo en los dedos, último y recientemente publicado. ¿Hay algo dentro de todos ellos que compartan unos y otros, aparte de que seas tú el autor?

Hay una cierta continuidad de uno al otro. Quizás un paisaje diferente, una incomodidad no antes conocida. Personajes over the top en mis cuentos, y quizás situaciones similares en mi poesía… Los siento como un inventario de una vida. La totalidad del descontento.

Dolor y escritura: ¿por qué tanto descontento, tanto dolor? ¿Tan dolorosa ha sido tu vida como para que tu poesía transpire eso mismo por sus cuatro costados? ¿Es necesario el descontento para escribir?

Realmente no sé si uno deba estar descontento o no para escribir. Una vez conocí a un poeta demasiado alegre y jovial. Al oírlo leer sus poemas, no hubo conexión alguna… En mi caso no siempre ha sido así. No vivo en constante dolor, o descontento. Pero el proceso de escribir y todo lo que conlleva después, no es de júbilo en mi caso. No soy de esos escritores que escriben versos a las mariposas.

Nueva York Poetry Press

En tu obra se menciona Ellwood en distintas circunstancias, en el mismo título de uno de tus libros como en otros poemas ajenos a este. ¿Qué es Ellwood? ¿Es lugar determinado al mismo tiempo que trasfondo de algo, símbolo de algo?

Ellwood o Los días de Ellwood son títulos a dos libros. El primero fue una selección de textos del segundo que publicaron en tipo de chapbook durante el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, a donde fui invitado. Luego, la editorial Nueva York Poetry Press publicó Los días de Ellwood… Ellwood es simplemente la calle donde viví casi 6 años en Nueva York, en el Alto Manhattan, lugar que me sacudió y fue el escenario de esa colección de poemas.

Prácticamente todos, con alguna excepción, tus libros están publicados en USA. ¿Cómo sobrevive un poeta de origen cubano ahí?, ¿aferrado a alguna comunidad hispana de escritores, o no necesariamente?

Aferrado a la poesía. Inexistente. No pertenezco. Me viene a la mente una reciente entrevista a la poeta cubana, Rosie Inguanzo, y este fragmento de su contesta, escrito en verso: “yo no entro por el aro / ni salto cuando me lo ordenan / sé que formarse un criterio toma tiempo / (al menos para mí, que solo tomo consejo a mi marido y al jardinero)”… Si vives en Cuba todavía las universidades americanas te pagan por venir, por dar conferencias, hacer lecturas, etc., pero si eres un cubano viviendo en USA, raramente te pagan por algo. No tienen interés por tu obra. Y si no eres académico, pues estás jodido. Y si no eres políticamente correcto, menos. Y no soy nada de eso… La poesía nunca ha sido para mí el utensilio para pagar mis cuentas. He vivido y vivo lo más poéticamente posible, pero siempre he trabajado en otros campos, para no tener que sacrificar a la poesía, para poder escribir libremente.

Eriginal Books

Tu último libro, El abismo en los dedos, ¿sigue la estela de los demás?

El abismo en los dedos, que originalmente se titulaba El libro de la decepción es el cierre de un ciclo. Un ciclo de 10 años. Con la excepción de mi libro Un juego que nadie ve, los otros poemarios tienen un hilo conductor, como te he dicho antes. Este sin embargo es mi libro más crudo. La honestidad con que fue concebido supone un antes y un después en mi obra. Siempre he intentado ser lo más honesto posible a la hora de escribir, pero aquí no hubo barrera alguna. Estaba en una cueva, húmeda y oscura, en posición fetal, buscando una solución, un final. Salí una mañana de casa a caminar por un parque, llegué a la orilla del Hudson. Estuve largo rato buscando el sitio adecuado para lanzarme. De pronto recordé que nadie tenía las llaves de casa, que nadie podría ir a cuidar de mi gata. Y desperté. Volví a casa y terminé de escribir el libro.

Un poemario, pues, que cierra una década con tres versos de Raúl Jattin como encabezado: “Toma mi mano / Acaríciala con cuidado / Está recién cortada”… ¿Qué pesa más ahí: los tres versos o el nombre del conocido poeta colombiano de singular biografía?

Cada portada, cada contraportada, cada cita en mis libros, cada parte del proceso de concebirlos, tienen una razón para estar. Yo visualizo el producto final. A veces me toma más tiempo llegar a estar satisfecho y otras no tanto… Respondiendo a tu pregunta: ¿qué hago con un nombre célebre si lo que escribe nada tiene que ver conmigo o de lo que escribo? Mi necesidad, ese misterio y poder de la poesía que te arrastra, el estado en que vivía entonces, quizás me condujo a Jattin, a quien recién había descubierto. Me bebía su obra, encontraba similitudes en su insatisfacción, en su pesar. Escribía, y a la vez sentía la voz de Jattin. Tropezar con un escritor, salir enloquecido a buscar más, como un adicto, ha sido algo constante en mi vida. Por ejemplo, en medio del encierro el año pasado, me pasó con Mircea Cărtărescu. Comencé leyendo El Ruletista y me enganché de tal manera que quería más y más. En algún momento tuve una experiencia similar con Mario Bellatín y su El libro uruguayo de los muertos. Leo varios libros a la vez. Algunos me llevan a escribir y otros no. Pero siempre he sentido que es un recorrido muy personal. Incluso, cuando un libro me interesa de esa manera, también busco vídeos o cualquier otra información acerca del autor y su obra. Soy un curioso nato. Por eso desde que vivo en Estados Unidos he cargado con mis libros de ciudad en ciudad. Son mis únicos tesoros… Volviendo a Jattin, al leer esos versos supe que eran la antesala de mi abismo.

¿Qué es para ti la poesía?

Un suspiro, un asombro, una confesión… Es un estado al que finalmente has llegado y no puedes deshacerte de él. El día que aceptas finalmente la media unidad, o el día que el doctor te diagnostica con diabetes, por ejemplo, entiendes que es para siempre. Así ha sido la poesía para mí. Es una condición. Un caminar eterno.

¿Cuándo se abre o se cierra un ciclo poético? Explícame tu caso.

No lo tenía pensado. He ido de libro en libro porque era en ese momento lo que debía decir, lo que iba tomando forma. A veces quería escribir algo diferente y comenzaba, pero algo o alguien me agarraba por los pelos y me llevaba a otro lugar. Para mí esa es la poesía. Al llegar a El abismo en los dedos, que se fue dando repentinamente, sin buscarlo, o quizás inconscientemente era lo que debía contar, supe que con este cerraba una década. Había llegado a un cierre. El desorden de casi una vida entera encontraba un anaquel, un espacio donde ubicarlo, y no había que volverlo a tocar.

¿Sueñas con Cuba o es ya un país que te resulta lejano?

Estuve años soñando con un regreso. ¡Eran tan reales mis sueños! Casi siempre me dejaba un taxi a una cuadra de mi antigua casa y, lento, caminaba por el mismo centro de la calle, buscando señales de vida. No encontraba a nadie. Toda una niñez desaparecida. Luego despertaba y se me olvidaba por una temporada y tiempo después se repetía… Algunos años atrás llegué a la conclusión de que nunca regresaría. Cada cierto tiempo me lo repetía. Un campanazo constante en mi cabeza. He ido obligándome a esa idea. Acomodarlo en mí. Y he dejado de soñar con ese regreso… Hoy me resulta más lejano. Sin embargo, cuando escucho algo sobre lo que sucede allí, como las manifestaciones del 11 de julio, cuando me entero de que ha colapsado el hospital de mi pueblo, a tal punto que lo han cerrado con cintas para que nadie pueda entrar, cuando veo un vídeo de una madre desesperada porque no sabe del paradero de su hijo adolescente, después de haberlo sacado de su casa por manifestarse pacíficamente, pues retomo ese deseo que tiene uno de ver a su país libre, de verlo próspero, de sentirlo que crece sin una maquinaria que lo aplasta a cada intento de supervivencia. Retomo entonces esa furia interior que me envuelve y quiere aplastar al opresor.

Antonio Jiménez Paz

Antonio Jiménez Paz (Islas Canarias, 1961), es autor de los poemarios Los ciclos de la piel (Ed. La Palma, 1992); Tratado de ornitología (La Calle de La Costa, 1994). Diario de la distancia (Huerga & Fierro, 1996) y Casi todo es mío (Baile del Sol, 2008). También ejerce la crítica y publica reseñas literarias.

3 Comentarios

  1. Franco, humano, valiente, preciso. Así lo sentí cuando leí su libro El abismo en mis dedos, y así lo siento en sus respuestas, en ésta entrevista. Lo respeto y lo admiro. Me gusta cómo es y cómo escribe.

  2. Acabo de leer tu entrevista. Ha sido como tomar un curso en el dolor del alma y sus
    consecuencias. Eso hacen los poetas.

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