Me acuerdo ahora (parte 1)

El texto de Miguel Herráez dialoga con un subgénero que exploraron Joe Brainard y Georges Perec, y que acude a la memoria como artefacto narrativo | Foto: Carlos Martínez

Me acuerdo de Joe Brainard y de Georges Perec, quienes abrieron este subgénero.

Me acuerdo de que una vez fui con mi madre a casa de una señora que tenía en la pared del comedor claveteado y disecado un pez con alas. Mi madre hablaba y hablaba con ella y yo no podía dejar de mirarlo.

Me acuerdo de una estufa marca Fortis que había en mi casa. Metálica, con la enorme botella de butano color anaranjado, la llamita brillaba en su frontal de rejilla. Me mareaba el olor dulzón del gas que se iba quemando como un sutil veneno.

Me acuerdo de que en la acera de mi calle aparcaba un Goggomobil en el que normalmente se metían cinco personas, la familia entera, y se les veía muy felices.

Me acuerdo de que ya desde pequeño me deprimía el domingo por la tarde.

Me acuerdo de una mañana de sol (era domingo) mientras suena un single de Sacha Distel, Monsieur Cannibale, cuyo estribillo se extiende por toda la casa.

Me acuerdo de que la gente compraba los domingos, a la salida de la misa, pasteles de nata y trufa, bizcochos con crema, para comerlos en la sobremesa, en sus casas.

Me acuerdo de la colección violeta de Austral en la que leí todo lo que se había publicado en ella de Chéjov.

Me acuerdo, cuando tenía cinco años, del frío al salir de la bañera hasta que mi madre me secaba la cabeza con una toalla azul celeste. Luego desayunaba leche y tostadas con mermelada. Cada día, sin variación, volcaba el tazón. Intentaba concentrarme, evitarlo, pero no había modo.

Me acuerdo de que en el hogar Buenos Aires de mi ciudad cada sábado por la tarde nos aleccionaban a cantar Prietas las filas y cómo me gustaba acoplarme la boina azul marino enrollada en el galón del hombro, sin importarme lo que decía y representaba aquella canción fascista.

Me acuerdo de que el profesor de Matemáticas explicaba en la pizarra con mucha pulcritud los quebrados, otras fracciones y demás operaciones, escribía los ejercicios en la pizarra (encerado, decía él). Yo, con los otros cuarenta alumnos, seguía desde el pupitre todos los pasos, uno a uno, ese enlace con el otro, otro renglón y otro más, aunque no comprendía nada.

Me acuerdo del instante en que los domingos, sobre las diez de la noche y, sobre todo, en invierno, introducía el llavín en el portal (la municipalidad ya había retirado a los serenos), con la sensación amarga de que al día siguiente había que ir al instituto.

Me acuerdo de la leche en polvo americana (era el año 62) que nos daban de un puchero grande que los profesores colocaban en medio del patio del colegio Grupo Balmes. La primera vez la bebí caliente, noté un sabor muy fuerte, y vomité ante las risas y las burlas de los compañeros.

Me acuerdo de que cuando era pequeño tenía una ligera sospecha, pero nunca una idea precisa, de que mi padre era un padre mayor para tener un hijo de nueve años (él, entonces, acababa de cumplir sesenta y cuatro), y fue así hasta que una tarde, al salir de clase de música, un compañero, sin malicia alguna, me dijo que fuera, en el vestíbulo, me esperaba mi abuelo.

Me acuerdo de que en un bajo de mi calle abrieron inesperadamente una whisquería (inesperadamente porque no era zona de whisquerías) y los niños y los vecinos veíamos asombrados a las mujeres que trabajan allí con las faldas cortas y los tacones altos y afilados, las veíamos entrar y salir, ignorándonos.

Me acuerdo de un profesor de Física y Química, un hombre alto y muy fuerte, que nos golpeaba en la cabeza con el muñón de su brazo, el derecho, cuando alborotábamos algo en clase. Se decía que había perdido la mano al resbalar del pescante de un tranvía. Trastabilló, y la rueda de acero le pasó por encima del miembro.

Me acuerdo de que entre las calles Matías Perelló y Luis Santángel había un quiosquito haciendo chaflán. Era lugar de paso obligado cuatro veces al día, pues se encontraba en la senda entre mi casa y el liceo. El dueño, de unos cincuenta años, era rechoncho, con un anillo de piedra en el dedo anular, peinado hacia atrás, de cabello rubio o que había sido rubio, siempre distante con todo el mundo. Se notaba que no era su oficio, que se había visto obligado a desempeñarlo para sobrevivir. A veces, cuando le compraba caramelos o chicles o unas figuritas acolchadas de Walt Disney (las coleccionaba) que vendía, me fijaba en las fotografías de estudio grandes, enmarcadas en dorado, que colgaban de las paredes. Había seis o siete. Todas mostraban a una mujer joven, con trajes ligeros de colores ópalos, muy maquillada, las cejas dibujadas, las pestañas largas, los labios muy acentuados. Un día le oí decir al quiosquero a otro cliente, “es mi hija; es actriz”.

Me acuerdo de que se comentaba que, cuando Franco muriera, nos darían, por lo menos, una semana de vacaciones en el colegio.

Me acuerdo de un anuncio de las líneas aéreas Iberia en televisión que era como un bálsamo, si lo visionabas el domingo por la noche, ya que atenuaba la impresión de que el lunes se hallaba cerca o, por lo menos, dilataba la presencia del domingo. Aunque era contradictorio, pues el domingo por sí mismo era odioso.

Me acuerdo de la primera vez que vi un capítulo de la serie televisiva de El Santo y de la sorpresa que tuve al descubrir que, en verdad, no tenía ninguna relación con un convento ni con las hagiografías, sino que trataba de un detective privado interpretado por Roger Moore.

Me acuerdo del profesor de Lengua que extraía del paquete de Mencey Capote un cigarrillo y lo prendía y lo fumaba con tanto placer que llegaba a sentirlo yo en mi pupitre, experimentaba cómo el humo recorría mis pulmones de arriba abajo, y luego salía con lentitud por mi boca y por mi nariz.

Me acuerdo de las mañanas en las que me despertaba enfermo y no iba al colegio, me quedaba en la cama. Mi madre me daba pastillas de limón Diformil para suavizarme la garganta.

Me acuerdo de las sesiones de cine que se hacían los sábados por la mañana en el colegio y en las que invariablemente pasaban algo de Bud Abbot y Lou Costello, también Ladrón de bicicletas o Juegos prohibidos o La guerra de los botones.

Me acuerdo de que alguno de mis amigos descubrió una camada de gatos recién nacidos en una caja cerca de las vías del tren y cómo los apadrinamos. Les estuvimos dando biberones de leche hasta que, una mañana, los encontramos muertos. Alguien los había matado a pedradas.

Me acuerdo del impacto que me produjo a los trece años la lectura de las leyendas de Bécquer. Las leía y releía queriendo buscar alguna novedad. Luego preguntaba y buscaba en librerías (Bello, Maraguat, París) si había más textos suyos. No podía aceptar que no hubiera ninguna historia más de él disponible.

Me acuerdo de la lluvia resbalando por la veranda inmensa de una academia de la calle Caballeros. Era un antiguo palacete. En ella cursé un par de cursos del Bachillerato elemental. Disfrutaba al verla culebrear por las marquesinas, por las cristaleras. Aprendí más contemplando esa lluvia que en las propias clases.

Me acuerdo de que un cura de la iglesia de mi barrio cogía billetes del cepillo en pleno oficio de la misa dominical. Había dos pisos en la parroquia. Cuando él iniciaba el ascenso, mientras la eucaristía seguía su soporífero ritmo, en el cepillo había varios billetes de veinticinco o de cincuenta pesetas, e incluso de cien, y al llegar arriba, tras pasar entre columnas y sombras, no quedaba ninguno a la vista. Una vez vi que se le asomaba un billete del bolsillo disimulado de la sotana.

Me acuerdo de que en Navidad mi madre servía espárragos blancos con mayonesa y perdiz escabechada. Abrían una botella de sidra muy fría. Luego, tras la cena, veíamos la televisión.

Me acuerdo de que hacia el mes de enero o febrero podaban los plátanos de mi calle, los ocho de mi manzana entre José Antonio y Duque de Calabria, y parecía mucho más ancha y era más fea.

Me acuerdo, siendo muy pequeño, de Herta Frankel y de la perrita Marilín en las sesiones televisivas del domingo por la tarde. ¿Cómo podía gustarnos eso?

Me acuerdo de que en una ocasión un locutor, dirigiéndose a la cámara, regañando, dijo niño, baja los pies de la silla, y me quedé mudo, atónito, porque era exactamente lo que mi madre andaba pidiéndome que hiciese.

Me acuerdo de comer bocadillos de tortilla de patatas en el cine. Mi madre sacaba del bolso uno para cada uno de los tres hermanos mientras visionábamos, por ejemplo, ¡Hatari!

Me acuerdo de que me habría gustado tener una bicicleta a los doce años.

Me acuerdo de que un vecino del piso de arriba, que nunca venía al colegio porque sufría de asma, tenía un ratón blanco con el que jugábamos en la terraza de su casa. A mí me daba un poco de asco, pero al mismo tiempo me atraía. Se introducía el ratón por el hueco de la camisa y lo dejaba corretear hasta que reaparecía por una manga, por el doblez de la cintura.

Me acuerdo de la librería París de la calle Colón, larga y algo estrecha como un vagón de autobús, que tenía restos de ediciones y saldos, a la que durante un año fui todas las tardes y cada tarde también compré un libro.

Me acuerdo de que a veces sangraba inesperadamente por la nariz. Mi madre me la taponaba con torundas de algodón untadas en agua oxigenada, y yo sentía el sabor mineral de la sangre en el paladar y en la lengua, y así, en duermevela, pasaba la noche entera, la larga noche.

Me acuerdo de una bolsa Dadidas que me regalaron para la clase de gimnasia, blanca y con la palabra Dadidas en negro, y la frustración que sentí cuando supe que la mía era un sucedáneo de la bolsa Adidas.

Me acuerdo de un compañero de clase que se incorporó a mitad de curso. Era el único de todo el colegio que llevaba el pelo largo, cubriéndole las orejas y el cuello de la camisa. Era muy rubio. Nadie sabía por qué el director a él no lo obligaba, como al resto, a llevarlo corto.

Me acuerdo de que a los diez años veía a mi madre mayor, y ella entonces tenía treinta y nueve.

Me acuerdo de las interminables tardes de domingo, oliendo el gas dulzón de la estufa Fortis, mientras en la televisión dan un partido de fútbol y los resultados de las quinielas van apareciendo en la franja inferior de la pantalla.

Me acuerdo del día en que la serie El Santo concluyó. Esa noche dormí, no sé por qué, en la misma cama de un hermano mío, y me acuerdo de que, con la luz ya apagada, le pregunté si ya nunca más veríamos capítulos de la serie, y me dijo que no, duérmete ya, y me sentí tremendamente triste y desorientado.

Me acuerdo de la angustia que me entró en el autobús el momento en que salía por primera vez de campamento con la O.J.E., aquella variación horrible inspirada en las Hitlerjugend, por veinte días, a cinco horas de mi casa.

Me acuerdo de las sábanas frías al introducirte en la cama en invierno y cómo a veces mi madre nos metía botellas de vidrio de La Casera con agua caliente.

Me acuerdo de la primera vez que vi a un hombre fregar que no fuese el personaje de una serie de televisión americana. Fue, entre el 64 y el 65, el padre de un compañero del liceo. Mi amigo y yo llegamos a su casa para hacer los deberes y, en la cocina, ahí estaba su padre fregando y secando platos y cubiertos. Ese padre, puro extraterrestre en aquellos años en los que las labores domésticas eran patrimonio exclusivo de las mujeres, me lanzó un mensaje muy positivo.

Me acuerdo de la sorpresa que recibí al descubrir un armario, un armario que había en la salita de mi casa, repleto de juguetes envueltos con el celofán y con los lazos de regalo en una tarde de principios de un mes de diciembre.

Me acuerdo de que en una zapatería de la avenida de José Antonio, cuando comprabas un par de zapatos, te regalaban una pelota pequeña de goma con la cara de un gorila en relieve.

Me acuerdo de la sensación de libertad cuando salíamos los primeros de la clase corriendo al patio, sabiendo que, por delante, teníamos veinte minutos ininterrumpidos de carreras y juegos con canicas.

Me acuerdo de la extrema melancolía de las tardes en clase, bajo los tubos de neón, en completo silencio, mientras fuera llovía, intentando memorizar las partes de la anatomía de un pez, memorizando los tiempos verbales, con los retratos de Franco y de José Antonio sobre la pizarra, junto a la tarima y la bandera española.

Me acuerdo del ascensor de mi casa que era de paredes de cristal y de cómo mi hermano competía con él al subir corriendo por la escalera, subiendo los peldaños de dos en dos, ganándole siempre.

Me acuerdo de unas inyecciones que me ponía el practicante y por las que, casi de inmediato, apenas me golpeaba con el dorso de la mano en el glúteo e hincaba la aguja hipodérmica, sentía un profundo sabor de hígado (decían que era hígado de bacalao) en el cielo del paladar.

Me acuerdo del miedo que experimentaba si de repente me despertaba por la noche y alzaba la cabeza de la almohada en mi habitación. Sólo se oía el silencio y las campanadas del carrillón de la salita.

Me acuerdo de que cambié de colegio y debía coger a diario cuatro veces el autobús de línea (la número 6), de cómo aprendí dónde bajaban y subían muchos de los viajeros a esas determinadas horas. Había una niña con uniforme y libros en la mano que siempre me miraba y yo también la miraba, aunque nunca nos dijimos nada.

Me acuerdo de cuándo se inició el año 1964. Aguanté hasta la una y media de la madrugada sin dormirme, y me acuerdo de las serpentinas en la mesa y del confeti en las copas medio vacías de champán.

Me acuerdo de que mi madre nos alertaba a los tres hermanos cuando íbamos al cine: ninguno podía visitar solo los urinarios, siempre debíamos acudir los tres a la vez.

Me acuerdo de un amigo que vivía en el edificio de al lado y que tenía una tía que sufría un tipo de problema mental. Era delgada y muy ágil, con el gesto un poco como de conejo, nos perseguía por la casa, sonriendo y gritando. Me daba pánico porque te cogía y abrazaba. Yo creo que olía a orines. Para mí era una loca que no podíamos controlar. Lo que más me inquietaba era su risa al mirarnos.

Me acuerdo de un local de futbolines, máquinas flipper, mesas de pin-pong y billares que había en la calle del Duque de Calabria. Aprendí a jugar muy bien a billar y a fumar y a gastarme el dinero, hasta que de repente un día decidí no volver allí, sentí que me deprimía, que ese ambiente me engullía, y nunca más regresé.

Me acuerdo de que, al principio de llegar la televisión, siempre intentaba ver la noche del sábado con mis padres y mis hermanos la serie Los intocables, y nunca lo conseguía, me dormía en el sillón.

Me acuerdo de que mis padres, por indicación médica, cada noche me enrollaban las piernas con una especie de escayola porque las tenía un poco torcidas, y cómo por las mañanas rasgaban las vendas endurecidas con unas tijeras antes de vestirme para ir al colegio. Estuvimos haciéndolo durante meses, hasta que otro médico (más joven que el que recomendó el tratamiento) dijo que eso no servía para nada, que simplemente mis articulaciones eran hiperlaxas.

Me acuerdo de alguna mañana de verano yendo con mi madre y mis dos hermanos a la playa en tranvía. Mi madre preparaba ensaladilla rusa con mayonesa Solís, tortillas a la francesa que comíamos frías y deliciosas, flanes de huevo con caramelo líquido. Pasábamos el día en la arena ardiente, bajo una sombrilla alquilada, con unos bañadores Meyba que se secaban (eran la novedad) apenas salías del mar. El regreso era demoledor, enrojecidos, quemados, hipersensibles al menor tacto en la piel. Luego, ya en casa, mientras cenábamos, mi madre nos ponía en los hombros emplastos de vinagre para intentar calmarnos el dolor inacabable.

Me acuerdo de las crecidas del río Turia en el mes de octubre. El agua llegaba casi hasta los pretiles, y se veían ratas ahogadas, otras nadando o intentando salir a flote, subidas en troncos, en ramas. Gritaban.

Me acuerdo de que una tarde el practicante me inyectó penicilina y de cómo, conforme fueron pasando las horas, fui hinchándome. Yo estaba jugando con un tren y bruscamente me vi el dorso deformado de la mano, luego empezaron a dolerme las piernas, el cuello. A la mañana siguiente, por la alergia, me había transformado en un pequeño monstruo.

Me acuerdo de que, en el 67 o 68, una tarde de sábado estrené unos pantalones vaqueros Rock y llevaba unas zapatillas blancas de marca Keds recién sacadas de la lavadora. Me sentía guapo. Bajé a la calle. Había unas niñas, a las que conocía, jugando con una cuerda, y me invitaron a saltar con ellas. A los pocos minutos, intenté brincar pero se enredó la cuerda entre mis pies o en uno de mis brazos y caí al suelo. Antes de la caída, la cuerda me golpeó en la garganta muy fuerte, justo en la campanilla, y casi perdí el conocimiento. Me quedé desmadejado en el suelo, hasta que un adulto me ayudó a levantarme y me fui a casa.

Me acuerdo de la primera vez que escuché el disco Puente sobre aguas turbulentas. Fue en casa de un amigo que tenía una carabina de perdigones marca Gamo y un reloj de muñeca sumergible. Esa tarde nos fumamos un cigarrillo Winston, que le cogió a su madre de una cajetilla de su bolso, mientras sonaban las canciones.

Me acuerdo de que, un poco antes de Navidad, en la Ferretería Blasco exponían decenas y decenas de juguetes, y los niños íbamos a verlos al salir del colegio. Yo estaba fascinado por el Scalextric, un juguete inalcanzable que podía costar un cuarto del sueldo mensual de mi padre.

Me acuerdo de la inauguración de las escaleras eléctricas en Galerías Todo, en el centro, ya lejos de mi barrio. Era la excursión del sábado para los amigos. Íbamos y subíamos y bajábamos, volvíamos a subir y a bajar. Luego regresábamos a casa cruzando las calles del Ensanche, creyéndonos que habíamos realizado la gran aventura.

Me acuerdo del primer supermercado que abrieron en la calle Reina Doña Germana, o mejor en el que fui consciente de que yo cogía un producto, lo introducía en un cesto y lo llevaba a la caja, en la que pagaba. Esa vez, mi padre me compró un paquete de cereales para el desayuno, algo que me parecía exótico y de película americana.

Me acuerdo de que los compañeros de clase no teníamos ninguna duda de que el director se entendía con la profesora de párvulos, y eso que carecíamos de pruebas. Sólo veíamos que a veces ambos entraban en el despacho del director y tardaban bastante en salir, e imaginábamos.

Me acuerdo de una trenca azul marino en cuyos bolsillos siempre llevaba algún libro, normalmente de cuentos, de Cortázar o de Benedetti, a los que descubrí ya en el instituto.

Me acuerdo de que una tía mía, que había vivido un tiempo en Inglaterra, compraba gelatina de frutas. La preparaba en pequeños cuencos y la dejaba enfriar en el frigorífico. Asocio casi siempre la gelatina con Inglaterra y con esa tía mía que murió de cáncer.

Me acuerdo del bar Glorieta, entre Paz y los jardines del Parterre, donde pasé horas de lectura y refugio, saltándome las clases del instituto, creyéndome un personaje de novela, deseando ser un escritor y vivir en París, como Hemingway.

Me acuerdo de que, en frente de mi casa, había un bar sucio, grasiento, regentado por un gallego, al lado una carnicería y una óptica, una zapatería. Hacia su izquierda, un carpintero que siempre, incluso en invierno, calzaba sandalias, y un tapicero que grapaba el cuero de los sillones fuera del taller, y una tienda de ultramarinos. Todos mantenían las puertas de sus comercios abiertas, a veces se sentaban en sillitas en el mismo umbral e intercambiaban conversaciones entre sí y con la gente. Ya entonces la palabra ultramarinos me parecía hermosa, sin saber muy bien por qué ni qué significaba.

Me acuerdo de que, cuando quitaron la whisquería de mi calle, en su lugar abrieron una tienda de ropa para bebés.

Miguel Herráez

Miguel Herráez (Valencia, 1957), es catedrático de Literatura Española en la UCH de Valencia. Ha publicado novelas, ensayos, dietarios y cuentos. Experto en Julio Cortázar, suyos son ‘Julio Cortázar, una biografía revisada’, ‘Dos ciudades en Julio Cortázar’ y ‘París en Julio Cortázar’. Sus últimos libros son ‘Diario de París con 26 notas a pie’ y la novela ‘La vida celular’. Títulos suyos han sido traducidos al ruso, francés, portugués, italiano y turco.

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