Revista de Letras

De la religión, las artes, Dios y el cambio climático, por Berta Ares

10 mayo 2011 Reportajes

Algunos lectores quizá la recuerden. Hace ahora cincuenta y cinco años la revista Time dedicó su portada de la edición de Semana Santa (8 de abril de 1966) a una cuestión que entonces centraba gran parte de las discusiones teológicas: la posibilidad de muerte de Dios. En un fondo de riguroso luto negro, unas grandes letras en rojo luminoso acercaban el debate a la opinión pública: Is God Dead? De esta manera, explica Mark C. Taylor en su libro Después de Dios (Ediciones Siruela), el escándalo en la prensa popular transformó el movimiento teológico existente en un gran acontecimiento mediático. Pero, ¿cómo se llegó a esta portada? ¿Cómo se llegó siquiera a producir este movimiento teológico, y qué implicaciones conlleva?

Mark C. Taylor, uno de los teóricos de la religión más prestigiosos de Estados Unidos y crítico cultural de referencia, traza en su libro un interesante recorrido teológico desde Platón a la actualidad que nos permite comprender mejor la relación del hombre occidental con la divinidad y el contexto evolutivo que precede o prosigue a esta relación, desde muy diferentes dimensiones de la experiencia humana: la economía, los mass media, la cultura, o la tecnología. Se centra en dos importantes momentos que marcaron un verdadero punto de inflexión: la Reforma de Lutero y el protestantismo, y el periodo que enlaza el movimiento ilustrado seguido por el romanticismo fundacional en torno a Jena y las vanguardias.

Martín Lutero (retrato de Lucas Cranach)

La Reforma de Lutero no sólo privatizó, liberalizó y descentralizó la relación entre el creyente y Dios, sino que además, señala Taylor, se extendió a la política y a la economía, y fue una revolución de la información y de las comunicaciones que preparó con eficacia el camino para la revolución de la información, las comunicaciones y los medios de comunicación del siglo XX. No es de extrañar, pues, que para Taylor la modernidad sea una invención teológica. “No es exagerado insistir”, señala, “en que Lutero y los teólogos y filósofos que inspiraron su obra fueron los primeros modernistas”. En el centro de la revolución que Lutero desencadenó se encuentra su radical noción del yo o subjetividad humana. “En su esfuerzo por dar sentido a su propia experiencia”, apunta Taylor, “Lutero creó un nuevo esquema que permitió comprender y relacionarse con un mundo que parecía estar deslizándose hacia el caos”. En este proceso descubrió al sujeto moderno.

Por su parte, el movimiento ilustrado que recorre el siglo XVIII fomentó la reflexión en torno a la evolución de la subjetividad autónoma que irán conceptualizando filósofos, teólogos, artistas y escritores a lo largo del siglo siguiente y que finalmente llevan a cabo las vanguardias que inauguran el siglo XX. En este bloque, Taylor se detiene en la noción de sujeto libre kantiano fruto de su análisis de la imaginación, que Nietszche llevaría a sus últimas consecuencias para la articulación teológica del debate en torno a la muerte de Dios y el nacimiento del artista divino. “Cuando Nietzsche declara la muerte de Dios”, sostiene Taylor, “declara la muerte del Dios trascendente moral. Es el Dios moral que se ha superado. La muerte de Dios crea la posibilidad del nacimiento del artista divino cuya actividad creadora está más allá del bien y del mal”. Sumemos a esto el camino abonado por Schlegel que abre la posibilidad de interpretar el mundo como una obra de arte (“Si no hay poesía, no hay realidad, y sin imaginación no hay mundo exterior a pesar de los sentidos”) y entenderemos el enorme poder transformador de las vanguardias.

Eclipse de lo real

Llegado el siglo XX, toman forma la noción de sujeto autónomo -que no puede separarse de la democracia moderna y de los mercados-, y la noción de autorreferencialidad -rasgo definitorio de la obra de arte moderno-. Y el programa vanguardista de transformar el mundo en una obra de arte es realizado mediante las nuevas tecnologías que oscurecen más la línea que supuestamente separa la imagen de la realidad.

Foto: D.P.

En los ’60, Andy Warhol girará el debate en un momento en el que arte, religión y capitalismo de consumo se encuentran: pasa de promover el arte para la publicidad de productos de consumo, a invertir su táctica y usar productos de consumo para crear arte, levantando un espejo en el cual el capitalismo de consumo podía verse reflejado. “Para Warhol no hay ninguna base material más allá del juego de imágenes. Todo y todos acaban siendo imagen”, concluye Taylor. La serie de Latas de sopa Campbell es uno de sus trabajos más conocidos. Estamos en 1962, los inicios de la sociedad del espectáculo. Comienza así, lo que Taylor denomina eclipse de lo real. A las muertes de Dios y a las imágenes de consumo se añade el cultivo de la diversidad donde lo real y lo irreal parecen ser uno. Como sugiere Warhol, “cuando la vida es irreal y la TV es real, imagen y realidad se confunden”.

Ser es estar contectado

Este proceso de interacción entre cosa e imagen pasará por fases. De la distribución de periódicos, revistas y catálogos, donde todavía hay una relación referencial entre imagen y cosa, a la televisión, donde se aumenta la distancia entre imagen y realidad: la televisión ya no representa lo real, sino que es la realidad misma. Iniciado el siglo XXI la telerrealidad señala el punto crítico que articula la transición del régimen de la era de la representación a la era de la simulación.

En el nuevo milenio, con la extensión de los ordenadores personales y la actividad de las redes, la realidad, literalmente, cambia. Los nuevos tipos de redes exigen una nueva estructura global que a su vez transforma la economía. Estas innovaciones tecnológicas y transformaciones económicas, sostiene Taylor, llevan al declive del estado-nación y la aparición del estado-mercado. La conexión de ordenadores crea a su vez redes dispersas en un nodo de redes relacionales que acaban siendo mundiales. “Esta realidad emergente”, sostiene Taylor, “no es simplemente tecnológica, sino también económica, política, ontológica e incluso, teológica: en la cultura de redes, ser es estar conectado (es decir, relacionado). Pero, la expansión de redes no lleva, necesariamente, a la estabilidad, sino que provoca inestabilidad y conflicto. Una mayor capacidad de conexión a menudo deriva en una mayor volatilidad de las redes financieras y socioculturales”.

Lo que para Taylor hace que la idea de estado-mercado sea tan poderosa es, en parte, la intersección de la política, la economía y la religión: “El estado-mercado, lejos de ser secular se sostiene sobre una fe fundacional en la omniscencia, la omnipotencia y la creciente omnipresencia del mercado. En el cambio de mileno, Dios no está muerto, más bien habría que decir que el mercado se ha convertido en Dios en un sentido que no es trivial: los seres humanos se equivocan con frecuencia, pero el mercado nunca se equivoca”.

Dios superado, Dios buscado

El título, Después de Dios, lleva implícita una importante tesis de su autor, ya que revela la ambigua relación del hombre contemporáneo con Dios: tras la modernidad nos hemos situado después de Dios, con un sentido de Dios superado, y sin embargo, todavía nos situamos detrás de Dios, es decir, con un sentido de búsqueda. Es más, si atendemos al discurso de Taylor, la modernidad no trajo la secularización tal como la comprendemos desde un sentido amplio y laico –fruto de un desconocimiento de nuestra tradición religiosa que ha impedido descubrir su estrecha relación- sino que la secularidad occidental es en sí misma un fenómeno religioso y éste tiene una influencia latente en la filosofía, la literatura, el arte, la arquitectura, la política, la economía e, incluso, la ciencia y la tecnología.

Recientemente se han publicado dos novelas gráficas –género imprescindible del nuevo milenio, con una producción de gran calidad- de contenido religioso y filosófico, que mantienen una excelente posición en las listas en Francia y Estados Unidos. Ambas novelas gráficas tienen una base religiosa y comparten la necesidad por explicar el sentido o sinsentido del hombre en el mundo y su relación con el creador, o la divinidad. Ambas se acaban de publicar en castellano en la editorial Sins Entido.

La francesa es Dios en persona (Dieu en personne, 2009), del diseñador y dibujante de comics Marc-Antoine Mathieu (1959). Narra la historia de un juicio en el que Dios, creado a imagen y semejanza del imaginario social del momento, es traído al circo mediático propio de los tiempos que vivimos, y por más que muestre su lado más divino, las dudas acerca de su existencia no dejan de estar de actualidad. En blanco y negro, y reivindicando la herencia de Borges y Kafka, Marc-Antoine Mathieu nos presenta un Dios con melena y barba blanca, ni inmanente ni trascendente, con una personalidad difícil de analizar para la psiquiatría y la ciencia, y sobre todo, imprevisible. “Yo hice bien mi papel”, le dice al mundo “pero como vosotros. Mi invención tomó las dimensiones que vosotros –todos- quisisteis darle…”.

De Estados Unidos llega Asterios Polyp (2009), la primera novela gráfica –tras diez años de intenso trabajo en su confección- del dibujante de cómics David Mazzucchelli, el mismo historietista que adaptó en 1997 la novela de Paul Auster La ciudad de cristal. Asterios Polyp lleva camino de convertirse en una obra de culto. Es una novela gráfica culta e híbrida: un ensayo sobre estética, religión, amor y vida de una gran intensidad poética. Una reflexión de opuestos donde caben todos los matices, colores y formas. De la estética comprometida con la racionalidad y el funcionalismo; a la de las profundidades de la subjetividad humana, oscura y funcionalmente inútil. La novela mantiene la tensión del doble proceso: el apolíneo y el dionisíaco; es decir, el que establece los límites y el que los transgrede. Es tan inevitable que estos dos polos opuestos se expliquen por separado como inevitable es que se mezclen, o superpongan. En esta narración Asterios, arquitecto de papel y profesor de universidad, vive una relación de contrarios; principalmente con su mujer, con su gemelo muerto durante el parto, con sus padres y con la mujer de su jefe del taller mecánico. Confrontación o suma de contrarios que reflejan las influencias y tensiones que moldean la actitud frente a la vida, en un planteamiento que asume el poder transformador de la cultura. Frente a un enorme cráter, Asterios, aceptando la enseñanza de una tribu india, comprende que la simplificación en dos polos sólo crea fanáticos.

Ambas novelas gráficas son hijas de su tiempo y la obra magna de Taylor está ahí para ayudarnos a identificar y comprender el latente sustrato religioso que las envuelve, sin importar el formato. De hecho, en su formulación de religión, Taylor recurre a apreciaciones de sociólogos y científicos, así como de teólogos, filósofos y críticos literarios.

Mark C. Taylor (Foto: Columbia University)

Teología, artes y ciencia por la ecología

Si una parte de Después de Dios es un compendio histórico, filosófico y político necesario para comprender el recorrido de la religión y de las artes -y su mutua influencia-, a lo largo de la modernidad industrial, otra buena parte del libro se dedica a la posmodernidad, entendida ésta ya como un movimiento inseparable de la aparición de la cultura de redes postindustrial, en la que al debate teológico y artístico se ha de sumar el científico, el tecnológico y el ecológico. Si las artes fueron una vía de transformación del mundo y de debate teológico que inauguró el siglo XX; el nuevo milenio –globalizado, atómico y sujeto a un cambio climático- obliga a introducir la ciencia y la ecología en el entramado religioso, sobre todo para aquéllos que, como Taylor, piensan que tras este mundo no hay nada más, no hay ningún otro lugar, frente para los que a su entender, “la vida de este mundo no tiene un valor intrínseco, sino que tiene sentido y propósito sólo en la medida en que prepara el camino para la gloria de la vida eterna que aún está por venir”. Dos estilos de religión que sin embargo comparten un similar origen que catalizó la contracultura de los años sesenta, necesitada de una recuperación de lo real. Recuerda Taylor: “hippies, radicales, evangélicos y pentecostalistas, todos buscaban experiencias personales auténticas en nombre de las cuales pudiesen resistir a los sistemas centralizados y al poder jerárquico”, y asegura que la misma contracultura que se precipitó por la resbaladiza pendiente del relativismo y el nihilismo es, en realidad, “un fenómeno espiritual o incluso religioso, y los fanáticos moralistas que atacan el relativismo en nombre del absolutismo son nihilistas que rechazan el mundo presente por el bien de un reino futuro que creen que va a venir”.

No es casualidad, pues, que las últimas páginas del libro las dedique a una cuestión ética muy particular: el agua, un fluido que desempeña un importante papel en casi todas las tradiciones religiosas, pero que sobre todo, a su entender, es uno de los problemas globales más acuciantes del siglo XXI. Taylor defiende una mirada auténtica a la inminente crisis global del agua, y para ello es necesario tener en cuenta cuestiones naturales, sociales, culturales y tecnológicas. Las creencias religiosas, los presupuestos filosóficos y las visiones artísticas, señala, implican unos valores que dan forma a las políticas gubernamentales y económicas, las cuales, a su vez, promueven el desarrollo de tecnologías que transforman el entorno natural y condicionan la evolución cultural. Pero, recuerda: “La religiosidad y la moral, nos enseñó Nietzsche, pueden ser nihilistas. Para muchos de los neofundacionalistas de diferentes tradiciones religiosas, la vida de este mundo no tiene un valor intrínseco, sino que tiene sentido y propósito sólo en la medida en que prepara el camino para la gloria de la vida eterna que aún está por venir”. Y sin embargo. “No hay nada más”, concluye Taylor. “No hay ningún otro lugar. Ni el Uno ni el Otro. Errar en pos de lo virtual es ir detrás de Dios, por siempre después de Dios”.

Conclusión

Como la Rayuela de Cortázar, la obra de Taylor requiere un lector interesado y comprometido, a quien conducirá por diferentes caminos para abrirle a una religión sin Dios, a una ética sin absolutos y a una radical concepción de la divinidad entendida como la emergencia de la creatividad en el hombre, el infinito crear.

Berta Ares

Bibliografía citada:

. Mark C. Taylor, Después de Dios. La religión y las redes de la ciencia, el arte, las finanzas y la política. Madrid, Ediciones Siruela (colección El Árbol del Paraíso), 2011.
. Marc-Antoine Mathieu, Dios en persona. Madrid, Editorial Sins entido, 2010.
. David  Mazzuccelli, Asterios Polyp. Madrid, Editorial Sins entido, 2010.

Contenidos Extras

Entrevista a Mark C. Taylor, por Berta Ares

Etiquetas: Andy Warhol, arte y consumo, Asterios Polyp, capitalismo de consumo, David Mazzucchelli, debate teológico, Después de Dios, Dios en persona, Ediciones Siruela, Editorial Sins Entido, estado-mercado, estado-nación, Friederich von Schlegel, Friedrich Nietzsche, Is God Dead?, Jena, Marc-Antoine Mathieu, Mark C. Taylor, Martín Lutero, mass media, modernismo y posmodernismo, Muerte de Dios, neofundacionalismo y ecología, novela gráfica, posmodernidad, protestantismo, religión y divinidad, secularismo y religión, teología, Teoría de la religión, vanguardias artísticas

Sobre el autor

Berta Ares

Berta Ares es Licenciada en Periodismo (UPSA) y Máster en Estudios comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento (UPF). Realizó estudios y una investigación de posgrado en Tel Aviv University (TAU), cuyas conclusiones se publicaron en la prestigiosa 'Qesher' (N. 24) que se edita en Tel Aviv y Nueva York. Trabaja en el campo de la comunicación cultural y la comunicación corporativa, y escribe su tesis doctoral, sobre Joseph Roth, en el Departamento de Humanidades de la UPF. Sus inquietudes literarias se inscriben en el campo de la memoria, el laicismo, la religión, la modernidad y Europa.

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8 Comentarios

  1. Benno Aladjem 10 mayo 2011 at 21:29

    Excelente recensión. Excdelente síntesis. El articulsta ha captado el pensamiento del autor y nos lo hace asequible probablemente mas facilmente que la lectura de la obra

  2. Berta Ares 10 mayo 2011 at 22:14

    Gracias, Benno.
    Por cuestiones académicas me tuve que ceñir un poco al texto, quizá una recensión más libre me hubiera permitido divagar un poquillo más. Pero eso siempre lo podemos hacer con una tisana en la Fosca…
    Un beso.

  3. Carlos 11 mayo 2011 at 13:08

    Muy buen artículo.

  4. Yañez 12 mayo 2011 at 0:30

    Magifico reportaje, calificarlo de articulo es quedarse corto. Un planteamieto muy interesante que me lleva a asociarlo a la idea desarrollo sostenibe (un tanto manoseada ultimamente )tanto desde un punto de vista social, eclogico y del individuo. ENHORABUENA

  5. Francesca 12 mayo 2011 at 13:46

    ¡Qué recorrido tan interesante! Arte, religión, ciencia, agua. Se comprende muy bien la relación entre las ciencias y las humanidades. Felicidades.

  6. Marco 15 mayo 2011 at 20:26

    Denso, pero interesante artículo. Muy interesantes también las referencias a las dos novelas gráficas.

  7. MagazDeLetras 1 diciembre 2011 at 11:55

    Un artículo realmente estimulante; es cierto.
    Un detalle: si la revista Times que menciona al comienzo es de 1966, los años transcurridos son 45, no 55.

  8. Berta Ares 1 diciembre 2011 at 12:09

    Gracias MagazDeletras,
    efectivamente, los años transcurridos son 45, no 55. Realmente no hace tanto tiempo aunque a mí me lo pareciera cuando hice la suma…

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