Revista de Letras

El viejo y el mar

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren… La mar es dulce y hermosa. Pero puede ser cruel, y se encoleriza súbitamente”. Quien habla es el narrador de El viejo y el mar, la fábula de Ernest Hemingway en la que conceptos como éxito y fracaso tendrán que agachar la cabeza ante la lucha y la dignidad de su protagonista, el pescador Santiago.

Aparecida en la revista Life, en 1953, esta novela corta fue la última gran obra de ficción del escritor de Illinois que ese mismo año recibía el Premio Pulitzer. Solo un año después le concedían el Premio Nobel.

La vida de Hemingway fue una aventura constante, y no es extraño que eso se vea reflejado en sus novelas. Con solo diecinueve años participó, como miembro de la Cruz Roja, en la Primera Guerra Mundial. Más tarde, como corresponsal, fue testigo directo de otros conflictos bélicos, entre ellos, la Guerra Civil Española –de la que salen obras como Por quién doblan las campanas– y la Segunda Guerra Mundial. Sus viajes a África, y su relación intensa con Cuba, también se vieron impregnados en su prosa.

Cada anécdota, por muy sencilla que parezca al principio, se convierte en una acción que puede  interpretarse como símbolo y arquetipo.

Será en París, en los años veinte, donde conozca, de primera mano, los ambientes de vanguardia y se relacione con escritores como Stein, Pound o Scott Fitzgerald, autores de la Generación Perdida. También es de esa época su contacto directo con el boxeo ya que, para ganarse la vida, tuvo que hacer de sparring en diversas ocasiones. Pero su relación con el deporte y la pesca, claves para su obra, le venía de su infancia en Oak Park.

Hemingway rechaza, muy a menudo, un lenguaje demasiado intelectualizado. Y, en este sentido, El viejo y el mar es un ejemplo de cómo, a través de la acción de su personaje principal, se pueden lanzar diversas interpretaciones. Según la propia teoría del iceberg desarrollada por el autor estadounidense, un relato sólo muestra una mínima parte de la historia. El resto, permanece oculto. Se traza una épica que huye de artificios y barroquismos. El símbolo, la parábola, no necesita de referentes que el lector medio no entienda. Y de hecho, con esta novela, Hemingway consiguió su propósito. Cuando apareció en formato de libro, meses después de su publicación en la revista, estuvo veintiséis semanas en la lista de novelas más vendidas. Se trata de un doble código, atrayendo a un lector que se queda en la superficie y a otro que busca en su mensaje escondido. Pero ¿cuál es ese mensaje que no vemos a primera vista?

Situada en las bahías de Cuba que el escritor tanto conocía, la obra relata las peripecias de Santiago, un viejo pescador que después de ochenta y cuatro días sin pescar nada, decide adentrarse mar adentro para probar suerte. Antes de esta decisión, todos los días le acompañaba Manolín, un muchacho al que ahora sus padres le han prohibido ir con el anciano. No le es rentable. A pesar de ello, la relación de complicidad se irá reforzando a lo largo de la narración y, al final, éste le esperará para prometerle que seguirá pescando con él a pesar de la decisión paterna.

Santiago lucha contra el destino. Solo, y con recursos meramente artesanales, se dirige a un lugar remoto al que nunca antes había ido. El día ochenta y cinco pesca un gran pez, seguramente el más gran que ha visto nunca. Pero éste no se va a dejar atrapar tan fácilmente. Comienza una larga lucha en la que el pescador pasará por momentos de sufrimiento, de esperanza, de desesperación y, en última instancia, de contacto directo con la naturaleza. Se trata de pelear hasta la muerte. La dignidad no está en la victoria, sino en la resistencia, en darlo todo, en explorar los límites del ser humano. Cuando ya ha ganado, y se dirige con el pez hasta la orilla, los tiburones huelen el rastro de sangre que ha ido dejando las heridas del animal y, poco a poco, van comiéndose los restos. Al llegar a puerto, y a pesar de todos los esfuerzos por defender su presa, tan sólo conserva las espinas, la cola y la cabeza.

El diálogo es la forma de marcar el ritmo. Primero, entre Santiago y Manolín. Más tarde, el pescador habla consigo mismo. Le habla a sus manos, a sus pies, y al pez, al que respeta por la fortaleza con la que se resiste a su destino. Es su “hermano”.

Hemingway utiliza la cursiva (también en la versión en inglés) para señalar las palabras que ha escuchado en Cuba, como guano, bodega, la expresión qué va, salao o dentuso, entre otras. Un lenguaje simple, pero especializado, que recuerda en algunas ocasiones a la crónica deportiva. Arpones, cordeles, anzuelos y algún cuchillo son los únicos instrumentos, casi arcaicos, con los que Santiago tiene que afrontar la aventura. Una aventura frenética, a veces vibrante, que puede leerse como una novela de aventuras.

Es cierto que podemos afrontar el tema como una simple hazaña de un pescador que lucha contra la fuerza de la naturaleza. Pero también estamos ante la historia de amor entre el maestro anciano y su pupilo, que lo respeta más allá de que, a veces, se invente algunas cosas (“pero todos los días pasaban por esta ficción”). No son pocos los teóricos que ha querido ver en esta obra una lectura religiosa, espiritual, y es que los referentes hagiográficos podrían reforzar esta tesis. Tampoco son pocas las veces en que se alude a la fe, al pecado y a la esperanza. Por otra parte, el símil constante con el béisbol no puede ser una casualidad (“Ten fe en los Yankees, hijo. Piensa en el gran Di Maggio”). Y la relación con la natura, que a veces es cruel pero que siempre es bella, y todas las referencias al sacrificio, a la soledad, a la lucha, a la dignidad, a la resistencia…

Pero estas lecturas, ¿excluyen unas a otras?, ¿son complementarias?, ¿algunas pueden caer en las redes de la sobre interpretación?

La frase que resume mejor el libro, y que se ha hecho más famosa, es aquella en la que el pescador se dice a sí mismo “el hombre no está hecho para la derrota… Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Hemingway nos habla entre líneas. lo evidente es pobre y no puede proyectar multiplicidad de significados. Lo alegórico, por otra parte, nunca será explicado por el autor, y siempre rechazará dar una única interpretación a sus obras.

Algunos creen que podríamos estar ante una contra versión del Moby Dick de Herman Melville. Éste, mucho más metafísico y filosófico. El texto de Hemingway, mucho más directo y cercano. Sin embargo, no podemos rechazar el elemento espiritual que encontramos en El viejo y el mar. Santiago, al matar el pez, entra en constantes contradicciones:

“Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado tarde para eso y hay gente a la que se paga por hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez”.

Su adoración por la naturaleza es tal que la misma afirmación no la tiene tan clara todo el tiempo. Al referirse a los delfines asegura:

“Son buena gente… Son nuestros hermanos, como los peces voladores” o hablando directamente del pez con quien lucha: “Me gustaría dar de comer al pez, pensó. Es mi hermano”. Incluso, llega a decir “A Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como quienes los matamos, aunque son más nobles y más hábiles”.

No estamos ante un cierto respeto hacia los animales del mar, al que el pescador podría tener una cierta simpatía. Es un sentimiento mucho más profundo. Aunque no duda en matarlo, aprecia la valentía y el coraje del pez. Y él mismo, como hombre, se siente parte de la naturaleza, del entorno. Su amor por el mar va a cobrar potencia cuando explica por qué se dirige a él en femenino. Y es que, de alguna manera, se convierte en su amada. Está solo con ella esperando primero matar al pez y después defenderse de los tiburones.

Pero, si hay un tema central en la obra, éste es el de la soledad ante la lucha. ¿No estamos solos ante la muerte? ¿No hay que superar las barreras del miedo sin que nadie pueda ponerse en nuestra piel? ¿No somos nosotros, y nadie más, quiénes hemos de tomar las riendas de nuestro propio destino?

Santiago se dice a sí mismo que “nadie debería estar solo en su vejez… pero es inevitable”. Es inevitable estar solo y por ello habla consigo para, de esta forma artificial, hacerse compañía:

“No recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar solo en voz alta cuando no tenía nadie con quien hablar”.

Por este motivo, va a echar en falta a Manolín durante todo su trayecto. A veces, para que le ayudara con la difícil tarea de acabar con el pez. En otras ocasiones, para tener a alguien con quien compartir su desesperación. Una y otra vez, durante las más de cien páginas de la novela, va a repetir: “Ojalá estuviera aquí el muchacho…”.

Pero no está. Y su decisión es firme. Luchar hasta la muerte. En este sentido, las constantes analogías con el béisbol, y al jugador Di Maggio, le van a servir para tener un modelo al que seguir:

“¿Crees que el gran Di Maggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo?, pensó. Estoy seguro que sí… También su padre fue pescador”.

Y es que la dignidad de la lucha no está en la victoria, sino en la esperanza de cambiar el destino, la mala suerte, a través de la constancia y la perseverancia. Ganar es la acción en sí misma que le ha llevado a alta mar, a buscar soluciones a su mala racha, y a no dejarse vencer por un pez que, de alguna manera, es su propio reflejo.

Esa es su religión. Promete “hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre” y rezar diez padrenuestros. Pero la verdadera espiritualidad está en la capacidad de sacrificio. Él mismo se da ánimos para no decaer: “Tirad, manos… Aguantad firmes, piernas. No me falles, cabeza. No me falles. Nunca te has dejado llevar”.

No hay derrota si hay esperanza. Hay esperanza si hay fuerza. Hay fuerza si hay determinación de resistir hasta el final. Parece que, en vez de pesca, estuviéramos ante el compromiso político que Hemingway demostró toda su vida y que materializó tanto de soldado –donde fue herido de gravedad como Santiago– como de periodista.

El autor podría haber concluido el relato con un final maniqueo, donde la épica fuese clásica y la moralina ejemplar. Pero no es así. Hay una inmensa dignidad del que ha luchado hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Pero ello no quiere decir que el resultado sea perfecto. No podrá vender su pescado porque no queda prácticamente nada de él. No hay trofeo, aunque haya victoria. Parece profetizar el final del mismo Hemingway, que pocos años más tarde, en 1961, se pegaría un tiro, acabando con la vida de alguien que se destruyó a sí mismo pero al que nadie puedo derrotar.

Al menos, no a su literatura.

Ernest Hemingway en 1944 | Wikimedia Commons

Este artículo pertenece a Agua y Cultura, sección patrocinada por la Fundación Aquae.

Etiquetas: Agua y Cultura, El viejo y el mar, Fundación Aquae, Hemingway, teoría del iceberg

Sobre el autor

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) escribe en La Vanguardia y es editor de Revista de Letras. Es autor de la obra de teatro 'La mancha' (Arola, 2015), estrenada en el TNC. Su último libro publicado es 'Los singulares individuos' (La Isla de Siltolá, 2016)

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