Revista de Letras

José Carlos Llop: “En un poema nada es fruto de un cálculo”

5 Octubre 2011 Entrevistas

Sincronicidad. Algo que a veces surge de manera imprevisible. O quizás ya estaba previsto que así fuera. El nuevo poemario de José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) aparece justo cuando indica su título, Cuando acaba septiembre (Lumen). Un libro en el que nos reencontramos con parte de la esencia de la cultura mediterránea, entorno común en el que confluye pasado y presente con una naturalidad tal que parece que sigamos con el reloj parado desde hace siglos. No sorprende que el poeta le dedique los versos a una tal Helena. Es más, tenía que ser así.

José Carlos Llop (foto: MB)

El poemario no podría haber salido en un momento más apropiado.

Cuando acaba septiembre, claro.

Septiembre como antesala del otoño y anuncio del final de una etapa.

Es una metáfora clara. Septiembre es el final del esplendor del verano. Pero es el final que estamos viviendo en el final. No es que haya entrado el otoño, no es que hayas traspasado el verano, no es que estés en una nueva época de tu vida porque el estío finalice. Aún le queda un rayo de sol al verano. Es una luz más dulce, más inteligente, más sensual, más provechosa y, por otro lado, ya puedes ver lo que puede ser el comienzo del otoño. Es el adiós al esplendor del verano de la vida. Todos los poetas decimos “hola” y “adiós” a las cosas que merecen ser saludadas y despedidas.

¿Lo ves cercano al resto de tu producción poética?

Sí, creo que a partir de La dádiva, los libros posteriores tienen en común la función de una voz propia. Es decir, se nota que están escritos por el mismo poeta. Y ofrecen una cierta sensación de llegada a puerto, de estar en la casa donde quería llegar cuando escribía mis primeros libros de poemas. En estos, las influencias son asimilaciones, hablo de mi manera de ver las cosas y no por influencias o mimetismos. Tanto La avenida de la luz como La ciudad sumergida, junto al que acaba de publicarse, son libros con parentescos.

¿Cuando acaba septiembre sería el poemario del hallazgo y la reflexión?

Hago una poesía que oscila entre lo figurativo y lo meditativo. Todo poema es un hallazgo y también un lugar de encuentro. En sí es un cuerpo independiente del poeta donde se ve y se encuentra el lector. Y en ese sentido sí, es un hallazgo y un encuentro.

Has trabajado en él durante tres años.

Más. Suelo hacer planes de cinco años para mis libros de poemas.

¿Partes de ideas preconcebidas?

No. Una cosa es escribir un largo poema y otra ir escribiendo varios. Pueden ir surgiendo uno hoy, otro dentro de una semana, dentro de tres meses nace otro… No soy yo el que escoge ni me siento a escribir un poema. Es él quien elige el momento. Cuando tengo una serie de poesías ya veo si, en conjunto, tiene o no estructura de libro. Los ordeno, elimino (tengo un amigo que dice “poda, poda, que algo queda”) y así hasta que lo termino y finalizo el ciclo, porque cada libro marca un inicio y final en un fragmento de mi vida. Y algo que pasa siempre es que, cuando cierro el ciclo, escribo un par o tres de poesías más que pertenecen a él. Es inevitable. Y esos o los elimino o los incorporo descartando otros. Este libro, por ejemplo, no lo entregué tal y como se ha publicado. Una vez entregado cambié algunos poemas.

Hablabas de la voz del poeta y el tuyo es un poemario con muchas voces.

Es que el poeta tiene muchas voces. La voz propia del poeta puede hablar de otras voces. No digo que hable con voces distintas. En este caso la voz es única. Hay poemas en los que hablo de otra persona y le cedo la voz. Es el caso del poema sobre la muerte de Márai, o el del padre del armenio y para el que utilizo un recurso poético muy normal, como lo puede ser el empleado por Edgar Lee Masters con sus epitafios. Pero la voz que está hablando de Lawrence Durrell o de no moverse de Palma a la hora de decidir el lugar donde vivir, esa es la misma.

El poema del armenio, “Jerusalem”, es uno de los que más me han impactado, por lo que cuenta y por cómo te encontraste con la historia.

No recuerdo dónde apareció la entrevista a este hombre que explicaba la historia de su padre y del pueblo armenio. Tecleando sus frases y colocándolas de una manera u otra, haciendo una especie de patchwork, salió el poema.

De hecho ofreces una reflexión del poeta como testimonio del tiempo, recogiendo aquello que configura su experiencia.

La poesía habla esencialmente de otros temas. Bueno, hay tres cosas inherentes: el amor, el tiempo y la muerte, con el añadido de que el tiempo es siempre coautor del poema. Normalmente los poemas se producen por acumulación. Cuando la acumulación ya está hecha viene la revelación del poema. Uno no es poeta las veinticuatro horas del día. Lo es en el momento en que se está escribiendo un poema o en el que piensas en él. Puede suceder algo en la vida que te impacta lo suficiente como para que dentro de ti se forme una estalactita que, cuando salga, lo haga en forma poética. Pero necesita tiempo, que es el factor que, como digo, ejerce de coautor y colabora con el poeta.

¿Y la soledad?

Es que el poema surge en soledad, estando solo miras el mundo con más intensidad que acompañado, piensas mejor que cuando estás con gente y cuentas mejor los versos que estando pendiente de otras personas. La soledad es absolutamente esencial en el oficio de escribir. Hay otra soledad que es la de la edad madura. No hablo de la soledad creativa sino de la manera de vivirla a medida que se va cumpliendo años. La de la edad madura es más solitaria, porque se trata de la asunción de la soledad como territorio propio y el rechazo de aquello que ya no te interesa y que te ha generado más soledad.

Los referentes están presentes de manera constante, Cavafis, Durrell…

Pero como referentes del pasado. Es este sentido rindo homenaje a los últimos años de la adolescencia y el principio de la juventud como periodo transicional. En ese tiempo me enseñaron a Cavafis y a Durrell, hay una serie de concomitancias que son generacionales y hablo sobre ellos en función de que determinaron el humus de donde surgiría mi mundo literario. Pero son como protohistóricos. No hablo de ellos como lo haría de cualquier otro autor que me guste. Lo hago como representantes de la primera literatura del siglo XX que me enseñó a ir por el mundo en el que yo quería estar.

Algo que se echa en falta a veces, y que en tu caso resuelves con una nota final, es el origen de algunos de los poemas.

Si el poema viene originado por el fragmento de un texto o si incluye frases que provienen de otros sitios, siempre lo indico. Los que han surgido de la propia literatura porque he visto proyectada alguna cosa de la vida  que me interesaba, también. Lo que no soporto es la intertextualidad, a la que en mis tiempos jóvenes se la llamaba plagio.

El Mediterráneo. Es un tópico pero, ¿qué tiene para que haya conformado una poética con ese sello tan particular del que beben tantos autores?

Es un tiempo que es todos los tiempos. Es el poner nombre a las cosas, la filosofía, el fatalismo, es la Historia como gran invasora de la vida tranquila, es todas las batallas, todas las religiones. El Mediterráneo ofrece una manera de estar en la vida que es más sabia, más culta, más terrible, también, y que nos une de una costa a la otra. Los mediterráneos basta que nos miremos a los ojos para entendernos. Y ya no te digo un isleño. Todavía es más evidente. Los mediterráneos continentales tienen a otros detrás, pero los isleños tenemos el mar y es un añadido importante. El Mediterráneo es la gran casa de todo. Es de donde surge el mundo civilizado y el mundo brutal, en un sentido refinado de la brutalidad, nace también de aquí.

Sin olvidar el siroco.

Muy puñetero, sí (risas). Paso el verano en un pueblo de pescadores en el que sopla el siroco. Si lo hace una hora o dos no pasa nada, pero cuando dura varios días te puede desestabilizar cualquier cosa. Incluso te hace plantear preguntas cuando no toca.

Siempre he pensado que los poetas son personas más libres que el resto de los mortales.

Al escribir sí, seguro. Y sí, quizás se lleva la vida de una manera diferente, pero te lo ganas a pulso.

La libertad de crear permite que tus poemas surjan sin pensar en el idioma, catalán o castellano.

Me expreso en dos lenguas. Hay algunos poemas que me han pedido ser escritos en catalán y así los he hecho. Influye también la musicalidad. Hace un tiempo escribí un poema sobre Palma  que, cuando ya llevaba unos veinte versos, me di cuenta de que no funcionaba. Sabía el poema que quería escribir, lo tenía en la cabeza. Y era un problema porque se trataba de un poema muy largo con muchas notas y no funcionaba en castellano. Se me ocurrió traducir aquellos veinte versos al catalán y en un par de días surgieron los otros más de trescientos versos. Era lo que me pedía el poema, escribirlo en catalán. No es fruto del cálculo, en una palabra. Nada en un poema, excepto los detalles finales, que son de oficio, es fruto de un cálculo.

A muchos lectores que se acerquen a tus versos les puede sorprender lo narrativo de tu poesía.

Bueno, es una tradición anglosajona que disfruto con gran placer cuando les he leído a ellos y por estar bajo este árbol. La encuentras en muchos poetas, pienso ahora en Philip Larkin, Eliot, Pound… Y pienso también en una parte de la poesía del Este, como el polaco Cheslav Milos, en Joseph Brodsky que es el continuador, y en Adam Zagajewski que sería el tercero de la lista. Son poetas cuyo mundo simbólico sería el de Polonia y Rusia pero el discursivo vendría de esa tradición inglesa. Por eso los consideran narrativos. En mi caso no es por el hecho de que sea novelista, sino que pertenezco, me siento cómodo dentro de una tradición más discursiva del poema que, evidentemente, sigue teniendo música interior, etc., pero que se podría leer seguido, un verso tras otro, siguiendo la pauta de la lectura de una narración, uno junto a otro y no uno debajo del otro.

¿Esa musicalidad no está presente en tu narrativa?

Podrías encontrarla. Hay dos maneras de ser novelista: Una es el narrador puro y la otra los que venimos del mundo de la poesía. Se nos nota muchísimo. Sin ánimo de comparación, porque hablo de un genio, a Nabokov se le nota una barbaridad. Sería un caso paradigmático. Lo mismo le sucede a Pavese. La música interior es una de las características que permiten diferenciar esa manera diferente de afrontar una novela o un relato.

¿Crees que la identidad personal, al margen de ideologías, es indivisible del espacio físico en el que se vive (el entorno, la ciudad, el paisaje)?

El problema de la identidad es más amplio que una cuestión de suelo o espacio. Mi identidad no estaría completa sin haber leído a Milos. O sin haber conocido Alejandría a través de Lawrence Durrell. Mi identidad no sería la que es sin haber leído a Cavafis. Y nunca he puesto los pies en Alejandría, así que no puedo hablar de un espacio físico. Podemos hablar de ciudad y de campo. Eso sí delimita las identidades. Pero en el caso de un narrador que a veces es poeta, o viceversa, está más mezclado, porque no entiendo la novela sin la ciudad ni la poesía sin la mar o el campo. Y ambos se complementan. Dirás “pero tú eres un caso raro, no es lo habitual”. Quizás. Pero si todos lo vivieran de esta manera tal vez las cosas irian mejor. Esta especie de incomprensión por parte del urbano y del campesino no existiría. Es la riqueza de conocimientos que se van atesorando. Conozco el nombre de los árboles desde pequeño en las dos lenguas en las que me comunico. Y con naturalidad, nadie me dio clases de botánica. En casa se hablaba de un acebuche y de un ullastre. Y nadie me los señalaba. Esto queda en mi poesía que, al ser de vocación clásica lo es también enumerativa, por lo que ordena mi mundo y el mundo en general, en un fragmento diminuto, pero lo ordena. No olvidemos que los poetas son quienes han puesto nombre a las cosas. Pertenezco a esa familia que, desde los primeros tiempos, han nombrado a todo, desde las estrellas hasta las hierbas. Y aquí sí encontramos el espacio, pero es metafísico. Y también es verdad que cuando paseas por el barrio en el que has vivido toda tu vida, a los cincuenta notas cosas que a los treinta no percibías.

Has incluido un poema de encargo.

Sí, y no suelo hacerlo. Aunque no es exactamente un encargo. Fernando Aramburu, a quien conocí como jurado en el Premio Salambó, me escribió contándome que hacía colección de lunas. Me pidió que escribiera un retrato de la luna en una tarjeta que él mismo envía, es como una especie de museo de lunas escritas por autores contemporáneos. Pensé un texto que fue el que le envié y me guardé una copia en el ordenador que se fue transformando el el poema-postal publicado en el libro. Y fíjate que lo salvé por el final en el que aparece Patinir, que no estaba en la tarjeta de Aramburu, y que es un pintor que siempre me ha llamado la atención por su luz. Es una luz completamente lunar, en esas pinturas de la laguna Estigia…

José A. Muñoz

Etiquetas: Cuando acaba septiembre, José Carlos Llop, Lumen

Sobre el autor

José A. Muñoz

José A. Muñoz (Badalona, 1970), periodista cultural. Licenciado en Ciencias de la Información, ha colaborado en varias emisoras de radio locales, realizando programas de cine y magazines culturales y literarios. Ha sido Jefe de Comunicación de Casa del Llibre y de diversas editoriales.

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