Revista de Letras

Un reloj para el tiempo de la tierra

Brian Eno | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

Brian Eno | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

En algún lugar en las montañas que rodean Van Horn, Texas, Jeff Bezos está invirtiendo cuarenta y dos millones de dólares en la construcción de un reloj diseñado para trabajar en oscuridad durante milenios. Su diseño es sofisticado, pero no digital, es exacto, pero no atómico y sus materiales se han elegido humildes y de poco valor para no provocar a los saqueadores de un futuro del que nunca sabremos nada. Según Neal Stephenson la falta de interés en grandes proyectos tecnológicos sigue a la postmodernidad de la ciencia ficción. Mientras que Asimov, Heinlein y el resto de la Era Dorada, pecando algunas veces de ingenua, inspiraron a las generaciones involucradas en la carrera espacial, la Nueva Ola y su hijo rebelde, el Cyberpunk, llevaron la atención del exterior al interior. Tal vez la digitalización desenfrenada invariablemente lleva a la introspección. Puedo hablar por la experiencia; el último libro tecnológicamente optimista que leí fue Las fuentes del paraíso, de Arthur C. Clarke, hace más de diez años. No me ha interesado mucho volver atrás.

Piezas prototipo | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

Piezas prototipo | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

Jeff Bezos ya ha hablado antes de su interés por el tiempo a largo plazo, el del tipo que se utiliza para marcar la candela de las civilizaciones. Es un tema que le fascina y del que ha tomado prestado para los negocios, cuidando de no caer en la seducción del otro tipo de tiempo, el profundo, ese del cual tal vez es mejor no pensar demasiado a riesgo de perder la cabeza por filosofar o poner en peligro las precaria estructuras con las que se han construido el mundo moderno que algunos seguimos dando por sentado. Lovecraft es famoso por basar el cuerpo de su obra más conocida en esta contemplación del tiempo a la que solo astrónomos, geólogos y pensadores fatalistas se aproximan. No hay negocio sin civilización y Jeff Bezos lo sabe, por eso se ha vuelto el mecenas más público del primer reloj de los diez mil años, ideado en los noventas por Danny Hillis, quien junto a Steward Brand ha logrado llevarlo a realidad ingenieril por medio de la fundación Long Now, iniciada en 1996.

La idea surgió cuando la brecha cultural entre el mítico año dos mil del futuro y el verdadero, no tan mítico, comenzaba a cerrarse, así como tal vez una excusa para que Hillis pudiera distraerse de la inminente bancarrota de su compañía, Thinking Machines. Esto le llevó a pensar en la aceleración tecnológica y sus efectos en el ambiente, el comportamiento y la percepción del tiempo. Para él era necesario dar inicio a un nuevo proyecto a largo plazo que obligara a la gente a pensar más allá de la barrera cultural que el año dos mil había establecido años antes. ¿Qué tal un reloj mecánico a la escala de Stonhenge? La necesidad de darle forma física a la propuesta llevó a la fundación de la Long Now como el motor y propaganda de su construcción, algo parecido a un grupo de filósofos egipcios pre-faraónicos organizando en una sola entidad la mística necesaria para financiar las pirámides. Entre sus miembros destacados se encuentra Brian Eno, quien no solo dio nombre a la fundación sino también ha hecho estudios sobre el sistema de campanas, más de tres millones de permutaciones, de acuerdo al diseño de Hillis. Nadie jamás escuchará la misma canción.

Museo de las ciencias, Londres | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

Museo de las ciencias, Londres | Rolfe Horn (The Long Now Foundation)

El proyecto del reloj es apto para la filosofía que representa: un mecanismo a escala arquitectónica (casi sesenta y un metros de alto) enterrado en la cumbre de una montaña donde trabajará en oscuridad y silencio durante diez mil años, tal vez más si la ingeniería y la casualidad lo permiten. Los segundos marcados en años, las horas en siglos y el cucú con el milenio. Su diseño admite la construcción de réplicas a cualquier escala utilizando solo tecnologías y materiales de la era de bronce, ni un rastro de la era digital. En realidad ya es posible visitar uno de estos relojes en el Museo de las ciencias de Londres, un prototipo de dos metros y medio de alto terminado de construir a tiempo para dar su primera campanada con la entrada del año dos mil, aunque al parecer nadie le ha dado cuerda en algún tiempo.

Anterior a las tierras y mecenazgo de Jeff Bezos la Long Now ya había adquirido la cumbre del monte Washington, en Ely, Nevada, para la construcción de su primer gran reloj, proyecto que aún sigue en marcha, al menos en promesa, sumándose al texano como los primeros dos mecanismos que, en teoría, esta generación podrá llegar a ver terminados algún día. Todo de acuerdo al plan del dúo Hillis/Brand, quienes sueñan con la existencia de muchos más, ocultos en las montañas y desiertos, lejos de los centros urbanos para obligar al tipo de peregrinaje casi religioso que lleva a la reflexión, del tipo que algunas veces he sentido al entrar en algún edificio abandonado en la ciudad o el campo, construcciones nada centenarias o en el orden de milenios. Algo muy parecido a los recorridos por territorio salvaje rumbo a santuarios de cualquier tipo, como el del monte Hua Shan, en China, que para la veneración en este mundo se ve de todo. A uno se le podría admitir pensar que la cápsula del tiempo sería una alternativa barata y sencilla si lo que se intenta es reflexionar sobre el cambio y el olvido, pero un huevo de aluminio enterrado en alguna universidad o plaza del pueblo no tiene el impacto cultural que una construcción de este tipo podría llegar a tener. Sería como embarcarse en un proyecto Apolo de escala que solo se puede entender en duración de civilizaciones.

Por su integración en el ambiente el proyecto final de cada reloj se vuelve paisajista. Si el ambiente construido es un archivo de la historia, el reloj de los diez mil años es la abstracción del recuerdo, la arquitectura hecha literalmente carne del tiempo, si no el de la física al menos el de su método de medición. Me interesa la forma en que la mecánica del reloj se vuelve parte de la sierra, protegida del desgaste natural y humano, pero al mismo tiempo sometida a la geología que le rodea. Un registro de tecnología simbólica que comenta sobre el envejecimiento propio, el de sus diseñadores y del entorno. En algo me recuerda al trabajo que James Turrell ha hecho en el cráter Roden, convirtiéndolo en un espacio sencillo, astronómico, que se mezcla en el entorno con la misma elegancia de algunas instalaciones científicas en el ártico y el desierto, restos de un futuro salido de algún cuento de J. G. Ballard.

Cráter Roden | TL Magazine

Cráter Roden | Imagen cedida por TL Magazine

A diferencia del cráter Roden, donde el dinamismo viene de los fenómenos celestes, el reloj lo es por ingeniería. No utiliza más que medios simples para mantenerse trabajando, siendo los visitantes y peregrinos quienes le den cuerda en el interior de la montaña. Los materiales conservan no solo la energía proporcionada por la gente sino también las diferencias de temperatura interior y exterior, sirviendo como batería de emergencia, aunque el mecanismo se ha diseñado para seguir funcionando un tiempo por su cuenta en caso de llegar a faltar el elemento humano ya sea por extinción u olvido. La Long Now espera que esto no ocurra, confiando en la casi devoción que el mantenimiento de estas estructuras pueda causar en los próximos milenios.

¿Cómo se puede olvidar el propósito o la existencia de un edificio o máquina incluso de no darse una extinción o catástrofe? Obviando casos como caídas de civilizaciones y pérdida de documentos, tal vez podría darse por simple perversión del mensaje o por traducción indiscriminada de las fuentes, incluyendo libertades editoriales. Un texto en español que se traduce al inglés para luego utilizarse en la versión alemana que sirve a la húngara que un traductor de Pekín usa para introducir la obra en su país no termina el viaje de forma íntegra. Es complicado imaginar qué tipo de documentación se utilizará para preservar la filosofía del reloj intacta. Dado el tiempo y espacio necesarios un mensaje de cualquier tipo, escrito, escultórico, lo que sea, puede quedar lo suficientemente diluido como para ser irreconocible. La misma forma de un edificio o máquina casi siempre da pistas de su función, hasta que el registro se pierde. La razón de levantar todas esas piedras en Carnac debió ser tan obvia en ese entonces para aquella gente como una plaza de estacionamiento lo es para nosotros. El avatar de von Däniken seguro repetirá la misma canción.

Se necesitaría volver a la fuente, pero volver significa conocer la lengua y los símbolos que dieron forma al mensaje. ¿Podría la gente en diez mil años entender lo que en este momento decimos? Algunas veces no comprendo lo que dicen amigos de los que solo me separan kilómetros de montañas o cuerpos de agua, ni hablar de situaciones en los que otra lengua y acentos se involucran. Solo hay algunos siglos entre el español contemporáneo y el medieval y las diferencias se notan.

¿Cómo preservar el significado de un artefacto? Una grabación en el corazón del reloj explicando el propósito sería la salida fácil, pero eso va contra los principios de diseño que exigen una ausencia de tecnología más sofisticada que metales y cerámicas. El mecanismo de Anticitera es una supuesta computadora análoga diseñada en Grecia hace más de dos mil años para dar predicciones astronómicas, pero igual podrían ser los restos de cualquier otra cosa. Siempre se mira al pasado con las gafas del presente. Si los relojes de la Long Now fracasan en causar reflexión sobre la escala del tiempo y lo poco, o nada, importante de nuestra presencia en el conjunto de las cosas (todo va a desaparecer, incluso el universo, no olvidarlo), al menos darán buena excusa para hablar de la percepción de la memoria.

Placa a bordo de las sondas Pioneer | WikiMedia Commons

Placa a bordo de las sondas Pioneer | WikiMedia Commons

Que el mensaje esté escrito en las paredes de la arquitectura o en el interior de la máquina no es garantía de comprensión. Fue necesario descubrir la piedra Rosetta, los restos de una estructura mayor, para entender los jeroglíficos que hasta los propios egipcios había olvidado. Incluso mensajes en apariencia claros, como las placas a bordo de las sondas Pioneer, se prestan a la incomprensión con el espacio y tiempo suficientes entre la fuente y el receptor. Podría ocurrir que los relojes desaparezcan, pierdan importancia, solo para cruzar anónimos los siglos hasta que algún arqueólogo del futuro les dé supuesto significado por evidencia del entorno, como ha ocurrido en Stonehenge.

¿O qué pasa cuando nómadas de un futuro desolado descubren estas instalaciones? ¿Las desarman para construir refugios? ¿Forman un culto y las veneran? ¿Desarrollan una comunidad alrededor o sobre estas torres del tiempo y se llaman cronómatas? ¿O los temporales? Algo como un cuento que Borges hubiera escrito de haber preferido el comic y trabajara con François Schuiten. Hay algo en toda la imagen, en el reloj, en la montaña, la maquinaria, la antigüedad, que se me figura a los artefactos y estructuras que el jugador encuentra en Myst y Riven (ya prehistoria multimedia), los cuales a su vez me hacen recordar la sensación de abrir un libro en otra lengua, con fotografías de otra gente y paisajes, puntos extras si el alfabeto es ajeno. Lo desconocido y fuera del tiempo vía lo familiar.

Faro Rubjer Knude | David Reinmann (WikiMedia Commons)

Faro Rubjer Knude | David Reinmann (WikiMedia Commons)

El tipo de sensaciones que insinúan la presencia de algo que tal vez sirvió a un propósito y por un momento significó el mundo para alguien. Benditas situaciones que te desplazan a otro lugar y tiempo. De vez en cuando se dejan ver en momentos casi primordiales, durante una tormenta eléctrica mar adentro que se observa desde la playa o una tarde en las calles de un barrio medieval. El reloj que la Long Now desea se vuelva un emblema del tiempo enterrado en alguna montaña en el desierto, la sola idea, me recuerda a Rubjerg Knude, el faro danés abandonado que no se ve muy diferente a alguna pintura de Giorgio de Chirico, a medio camino entre el pasado idílico y el futuro mitológico.

Incluso si la construcción del primer reloj se detiene, incluso si Jeff Bezos pierde interés y la Long Now se disuelve, al menos en el imaginario el reloj de los diez mil años puede convertirse en un tótem del tiempo. Al menos para algunos eso es lo que siempre ha sido lo importante.

Etiquetas: Apolo, Arthur C. Clarke, Asimov, avatar, Brian Eno, China, cráter Roden, cyberpunk, Heinlein, J. G. Ballard, Jeff Bezo, Long Now, Neal Stephenson, piedra Rosetta, reloj, Stonhenge, Texas, Washington

Sobre el autor

Antonio Tamez-Elizondo

Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto (ITESM, México), con Máster en Arquitectura Avanzada (IAAC, Barcelona) y Máster en Creación Literaria (IdeC/Pompeu Fabra, Barcelona). Actualmente vive en Barcelona y está trabajando en su primera novela.

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