Revista de Letras
12 años de Periodismo Cultural

Álex Chico: "Ahora soy consciente de que tengo memoria"

Álex Chico | Foto: Javiera Gaete Fontirroig

Álex Chico ha escrito un libro gozoso. Cristalino, austero, con intensidad poética, consigue devolver la voz a sus abuelos y narra una historia de la inmigración prácticamente silenciada. Los cuerpos partidos (Candaya, 2019) es una novela que traza un viaje emocionante, el que lleva a pisar los lugares, una de las experiencias más pertinentes para reconstruir la memoria y testimoniar la historia. Viajé de Menorca a Barcelona para conversar y charlamos sobre el ensayo, la ficción, el viaje, España, los otros, la ciudad y los barrios y la memoria.

El viaje es la forma de la cultura y la metáfora que has utilizado para narrar la novela. ¿Por qué lo has usado?
Hay determinadas verdades que sólo surgen cuando uno se está desplazando. Me ha sucedido a mí, como le sucedió a mi abuelo y a un montón de emigrantes. El viaje yo lo veo como una gran epifanía, una experiencia en la que se convocan enseñanzas que no te las revela el sedentarismo. Uno empieza a ser consciente de lo que tiene y de lo que no cuando se desplaza. El viaje para mí es fundamental. Es un tema que ha aparecido siempre, desde mi primer libro de poemas. Por eso lo juzgo como un auténtico motor de escritura. Le doy una importancia superlativa. Sobre todo, ya digo, por lo que tiene de aprendizaje. Porque, insisto, hay determinadas verdades e impulsos que sólo aparecen cuando te estás moviendo de un sitio a otro. Verte desposeído de tu zona de confort te hace pensar qué tienes y no tienes en tu vida.

Hay que visitar los lugares, como si pudieran devolver una carencia. ¿Qué te devuelven de la memoria de tu abuelo, inmigrante, y del silencio de tu abuela, enferma?
El lugar es la constatación de que las personas existen. El territorio al que uno viaja podría formar parte de una ficción, pero también es la prueba de que lo que te han explicado conserva un sustrato real. El pueblo del que me habló mi padre existe, igual que la fábrica o la casa en la que vivió. Los lugares son la constatación de nuestro paso por el mundo. Al final, variando la frase de Pessoa, más que una confederación de almas, lo que somos es una confederación de lugares. Ellos son nuestra fe de vida, nos dicen si existimos o no, aunque sean historias que no se puedan corroborar de primera mano. Cuando estaba en el pueblo de Bousbecque, en la frontera franco-belga, fui consciente de que el pueblo existía. Viajé con mi hermano, un nieto sin abuelo, como yo. Cincuenta años más tarde fuimos conscientes de que la historia de nuestro abuelo era cierta.

¿Por qué quieres recuperar ahora la memoria de tu abuelo, Manuel Chico Palma?
Te lo digo sin rodeos: porque por primera vez soy consciente de que tengo memoria. Tal vez suene raro, pero es así. Quizás porque sé que me hago mayor. Podría revestir la respuesta añadiéndole mucha literatura, pero me da que esa es una de las verdaderas razones. Hay un montón de pasos previos que han configurado lo que soy en este momento. No creo que haya sido tan consciente de eso como ahora, no creo que haya habido un momento tan intenso en mi vida como para darme cuenta de que poseo ya una importante cantidad de recuerdos. Tenía la sensación de que contarlo ahora era el reflejo de que los años pasan. Tengo una memoria que ha configurado mi manera de ser, de entender la vida y los lugares, o mi obsesión por inclinarme hacia unos asuntos y no otros. Parece muy viejuno lo que te digo, pero antes veía todo eso como hipótesis y conjeturas, y ahora lo juzgo como una certeza. Por otra parte, me di cuenta de que si esas historias no se consignaban por escrito, se iban a perder. No digo que yo sea el más adecuado para hacerlo, pero soy consciente de que hay experiencias muy valiosas que nos explican como personas y como país, como cultura y territorio, y que, si no nos espabilamos, desaparecen. En este caso, puedo ser un mero intermediario, aunque en el libro haya muchas ramificaciones que también hablen de mí. En fin, si no empezamos a narrar esas historias en minúsculas, las vamos a perder y eso supondría correr el riesgo de reproducir ciertas inercias. Asumir el pasado tal vez nos ayude a cambiar de rumbo en determinadas cosas. En políticas sociales, por ejemplo.

Candaya

Los cuerpos partidos tiene la retórica exacta, la cadencia precisa, el lenguaje poético pero es también un libro que busca una “determinada justicia”. ¿Cómo te has planteado el trabajo para que dé lugar a un viaje justo y equilibrado y represente a los otros y otras?
Yo disfruto mucho con el proceso creativo. Más incluso que con la publicación o la recepción del libro. Me gusta mucho ver cómo se va construyendo el libro, ver cómo se ramifican y entretejen diversos asuntos que van surgiendo durante ese proceso. Me encanta saber que esa historia que tengo entre las manos se va desplazando mientras adopta nuevos caminos. Me sucedió con el libro anterior, con Un final para Benjamin Walter, y me ha vuelto a pasar con Los cuerpos partidos. Me gusta saber que hay una diferencia entre la persona que comienza un libro y la que lo concluye. En ese sentido, yo también sufrí mis propias epifanías. Por ejemplo, me di cuenta de que tenía mucho más que ver con el otro, con una cultura de otra época que pensaba en las antípodas de mi mundo. Descubrí que esa cultura también formaba parte de mi identidad. La escritura me sirvió para ser consciente de que había cosas que formaban parte de mí, aunque pensara en un inicio que estaban muy alejadas. En fin, como te decía al inicio, tengo una tendencia natural a dejarme llevar con una facilidad pasmosa mientras me documento. Es el instante en el que más me encuentro a mí mismo. De hecho, puedo estar documentándome cuatro años y escribir el libro en dos meses.

La inclusión en la novela de los libros y las películas que has leído y visto para escribirla es prácticamente un ejercicio de honestidad. ¿Eres consciente de que se puede leer como una historia de la emigración?
Uno intenta que sus libros soporten determinados planos de lectura. Me interesa mucho, desde el ensayo ficción, que también se muestre el laboratorio del escritor. Es decir, darle importancia no tanto a lo que explica el autor, sino a las razones que le llevan a explicarlo. Le doy una importancia superlativa, casi tanto o más que lo que cuento. No interesa que yo dé un dato, sino que el lector descubra por qué elegí ese camino, por qué seguí el transito hasta ese dato. Cuando intento definir una de las características de las novelas de ensayo ficción, suelo decir que no me interesa tanto hablar del fuego, sino del camino que nos ha llevado a la leña. Tiene más validez explicar las razones que nos han conducido a explicar una historia que la propia historia en sí. En los libros que he escrito he intentado priorizarlo.

Hay una tensión importante en el lenguaje. Cuando das voz a tu abuelo, que no llegaste a escuchar y, aún más, cuando escribes sobre tu abuela, que ha perdido el lenguaje. No es un uso convencional. Allí está tu voz como poeta. ¿Cómo ha sido el trabajo con el lenguaje?
Una de las claves de este libro es el lenguaje. Lo intento abordar desde diferentes planos y siempre como un conflicto y un problema. No funcionaba como un a priori, no lo planeaba al comienzo de la escritura, pero me di cuenta poco a poco de que había un gran tema ahí. Estoy convencido de que, si hay dos o tres asuntos claves en el libro, uno es el lenguaje. Hay un plano puramente emocional o biográfico en él. Los emigrantes pierden su lenguaje y deben comunicarse de una forma distinta, tanto como para que su carácter varíe. Su forma de ser se modifica por culpa de esa pérdida del idioma, al adaptarse a una lengua que no conocen.

También profundizas en el lenguaje más allá del fenómeno de la emigración.
Luego está la historia de mi abuela, que con el alzheimer ha perdido el don del lenguaje... Más allá de eso, también existe un plano estrictamente literario: cómo reconstruir con las palabras a un ser ausente, alguien que forma parte de tu vida pero que no conociste. Es ahí donde te das cuenta de que el lenguaje no sirve. Durante la escritura del libro, repetía como un mantra un verso de Alberti: “las palabras entonces no sirven, son palabras”. El lenguaje era una herramienta insuficiente y defectuosa, porque es imposible reconstruir a alguien a través del lenguaje. En cierta manera, el libro es la constatación de ese fracaso lingüístico. Las palabras nos son insuficientes. Me recuerda mucho al cuadro de Magritte, Ceci n’est pas un pipe. A nivel figurativo está claro que es una pipa. Pero es irreal, no la puedes prender ni fumar. Es un cuadro, un lienzo, no tiene entidad vital. Con el lenguaje es lo mismo. Los escritores usan esa herramienta, pero descubres que siempre te quedas a medias de lo que buscas representar. No sé si esto es un buen argumento de ventas para el libro, ahora que lo pienso.

En tu lenguaje hay una evocación constante. Me interesa la forma en que los temas familiares y personales que tratas acaban extrapolándose y los proyectas a España. Básicamente, que no se olvide la memoria y la historia del país. ¿Lo tenías planteado o ha ido surgiendo durante la escritura?
No quiero lanzar ningún tipo de dogma ni de juicio apresurado, pero creo que hay un determinado tipo de escritor de izquierdas, entre los que puedo incluirme, al que le ha dado cierta vergüenza hablar de España. Por miedo a que el discurso suene rancio. Me parece que eso es una especia de hándicap que tenemos en la actualidad. No nos hemos dado cuenta de que hablar de España es hablar también de nosotros mismos. Uno no tiene por qué escribir un libro sobre eso y acto seguido votar a Vox. Ese discurso sobre el país creo que nos lo ha arrebatado una parte de la derecha. Hay una cosa que es muy evidente: uno no elige el país en el que nace, ni la familia que tiene, ni selecciona la tradición a la que pertenece.

¿Te refieres a una herencia cultural?
Sí. Para bien o para mal, tú has nacido en un sitio y, por tanto, recibes una herencia cultural. Situarnos en el extremo contrario, negándonos todo eso a nosotros mismos, supone conocernos menos. Insisto, por un temor a que a uno le llamen rancio, realista, o no sé qué... Me he dado cuenta de que hablar de España, de su cultura, tradición o folclore, llámalo cómo quieras, también era una manera de explicar a mi familia y, en consecuencia, hablar también de mí. Esa ha sido una de las enseñanzas del libro, liberarme de tanto estigma y lectura entre líneas. De tanto a priori. Me doy cuenta de que tenía un cierto pudor también en eso. Ya digo, he intentado liberarme de esas lecturas dobles o triples. Sin miedo a que, si uno reivindica a Juanito Valderrama o Antonio Molina, le vayan a tachar de algo que no es. Puro prejuicio, en definitiva. Hablar de España no es incentivar a tener un nacionalismo exacerbado de toro y Osborne y bandera en el balcón. Es simplemente darte cuenta de que entender esa parte te puede ayudar a comprender cómo eres, y cómo es tu construcción social.

Hablas del hambre, de la pobreza y la miseria en la España de los años 60. Antonio Gamoneda acaba de publicar el segundo tomo de sus memorias y también habla de ellas. No creo que sea un tema banal ni que sea inocente que se vuelva en este momento sobre las mismas.
El tema surge hablando con Raúl Zurita en su casa de Providencia, en Santiago de Chile. Fui a visitarlo hace tiempo, porque es un poeta que me interesa mucho. Hablando con él me dijo una frase lapidaria: “El último gran poeta europeo que nos queda es Antonio Gamoneda. Me identifico con él porque se ocupa del hambre”. Zurita sufrió torturas, violencia, palizas en los primeros meses de la dictadura de Pinochet. “Eso se recuerda, decía, pero lo que se olvida de una dictadura es el hambre”. Y Gamoneda entendió y se ocupó del hambre como un tema literario. Aquello que dijo Zurita me impacto mucho. En España hemos olvidado también eso. Nos acordamos de los maquis, de los exiliados, nos acordamos de esos grandes nombres que están esperando a volver y que salen con el puño cerrado y vuelven con la mano abierta, como Alberti. Pero se nos olvida que este ha sido un país que ha vivido la miseria. Eso lo silenció la dictadura, como es obvio, pero también la democracia. Es uno de nuestros grandes temas silenciados. Y por culpa de haberlo silenciado estamos recuperando malas inercias, como votar en la actualidad a quien creo no debamos votar. España no es un país olvidadizo, es un país desmemoriado, y eso es preocupante.

Hablas de la necesidad de “situarme en el polo opuesto”. ¿Cómo se plantea una novela para que no haya impostura?
No soy un escritor social, pero soy consciente de que lo que nos rodea también nos define. Podemos explicarnos a través de la sociedad en la que vivimos, porque la realidad tiene muchas más aristas de lo que parece. En ese sentido, es bueno recordar que no debe existir un discurso único, una sola manera de leer la sociedad. Más en un momento como el actual, donde están tan penalizados los matices. Yo, por el contrario, me siento a gusto en eso que algunos llaman los equidistantes. Hay una parte de la literatura social que es muy maniquea, muy de buenos y malos, de altos y bajos, de blancos y negros. Yo no me siento cómodo en esos extremos. Porque para mí esa crítica social no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para explicarte a ti mismo a través de lo que te rodea.

Hay una reflexión muy meditada sobre la ficción, de cómo la palabra funda la memoria y la realidad.
Uno de los grandes problemas que tuve sobre la realidad y la ficción es el tratamiento que di a mi abuelo. Este libro tiene dos grandes conflictos a nivel creativo. Uno es, como decíamos, el lenguaje, y el otro es el tratamiento que le dedico a mi abuelo. Me preguntaba hasta qué punto me refería a una persona o lo estaba convirtiendo en personaje. En el libro sobre Walter Benjamin, esa dualidad no me costó tanto, quizás porque el recuerdo no me afectaba de la misma manera. Es curioso: con el libro sobre Benjamin me permití más ficción, aun sabiendo que cualquier académico o estudioso benjaminiano podía rebatirme. En la historia sobre mi abuelo, sólo la podían rebatir los cuatro, cinco o diez familiares que quedan vivos, entre ellos, mi padre. Es decir, he fabulado menos con la historia de un ser anónimo que con la de un ser conocido. Tal vez porque hay ciertas líneas entre la realidad y la ficción donde parece que nos jugamos más que en otras. Todavía tendrá que pasar bastante tiempo para entender si lo logré o no, o si de aquí a cuatro años escribiría esta historia de otra manera. No lo sé, creo que ya no. Al fin y al cabo, a veces uno escribe para no tener que volver a ciertas cosas.

¿Cómo han reaccionado los familiares que la han leído?
Mi padre era fundamental. Le preguntaba muchas cosas, también le anticipaba asuntos que iba conjeturando. Desde el principio, con él tuve carta blanca, por llamarlo de algún modo. Entendía que yo, su hijo, estaba escribiendo una novela con sus dosis de ficción y que todo iba a favor del libro de narrativa que iba a ser. Entre las personas más o menos cercanas que vivieron la experiencia de la emigración y conocieron a mi abuelo, sé que está teniendo muy buena recepción. El otro día me explicaron una cosa muy bonita de una tía abuela. Parece un poco ñoño, me lo explicaba mi madre por teléfono. “Estaba llorando en un banco. Y pasa su marido y le dice. ‘Qué te pasa’. ‘Estoy leyendo el libro de Álex y tengo un nudo en la garganta’. Eso es muy gratificante. El feedback que estoy notando creo que no lo he percibido nunca con otro libro. Esa cercanía, empatía y proximidad... Dentro de la ruta de promoción del libro, yo solicité que se presentara en Cúllar Vega, el pueblo de mi familia. Pedí que lo presentaran mi padre y mi hermano. Nunca he vivido ni viviré algo tan emocionante. Que estés allí hablando de un abuelo que no conociste, con tu padre y tu hermano, en el pueblo, con un público que eran en su mayoría familiares y protagonistas del libro… ¡Qué bien que escriba para provocar un momento como ese!

Hay una conversación entre los barraquistas de Montjuïc muy emotiva. Dicen “no somos ni de aquí ni de allá. Somos de Montjuïc” y vinculan su identidad con la de la montaña y el barrio. ¿Qué relación tienen los barrios con la “gran ciudad”? ¿Cómo la definen?
Hay determinadas partes de la ciudad que no se han construido por arte de magia, sino que ha habido detrás gente, con nombres y apellidos, que ha ayudado a que la ciudad sea como es o mejore como luego lo ha hecho. Esta conversación entre estos dos barraquistas resultó muy bonita. Fue en El Prat de Llobregat, donde doy clases en un instituto. Ambos vinieron con el mono de trabajo. Vernos justo allí y hablar de Montjuïc era como constatar esa otra Barcelona que ha ayudado a que la ciudad sea como es, aunque quede desplazada. Las grandes ciudades siempre son despiadadas. También Nueva York o Londres o París o.... Para mí era la memoria viva de por qué un territorio tiene una fisionomía determinada y no otra. Y de cómo los lugares no se originan por arte de magia, sino que detrás hay verdaderos constructores. Fue muy edificante hablar con ellos. Uno ve Montjuïc y piensa en la exposición universal y las olimpiadas y los museos, pero olvida que allí se establecieron 60.000 personas malviviendo en barracas. Y que luego esos habitantes se distribuyeron en La Verneda, en Sant Boi y en El Prat y que ayudaron a construir esa otra ciudad de las cercanías. Creo, sinceramente, que no se ha hecho justicia con los verdaderos constructores de la ciudad.

La novela invita a ser cartografiada. A situar en el mapa los barrios, los pueblos, las ciudades y las fronteras.
Es muy interesante descubrir que esas historias hacen la ciudad infinitamente más habitable. Y más en una ciudad como Barcelona, tan propensa al turismo, a la plastificación. Me sirvió para hacer más mía la ciudad. También yo me siento más partícipe de ella cuando veo nombres reales de gente que no tiene apellidos ilustres ni una i latina entre medias. Gente de todos lados que intenta hacer un poco mejor la ciudad en la que reside. Eso me hizo sentir un poco más de Barcelona. Me sirvió para hacer más humana la ciudad y, en cierta forma, también para reconciliarme con ella.

Los cuerpos partidos hacen referencia a las personas que vivieron entre dos orillas, los inmigrantes de los años 60. ¿Qué tienes tú de cuerpo partido?
Si yo no intuyera que algo de eso hay en mí, no habría escrito el libro. Si yo no lo sintiera de alguna manera, dudo mucho que hubiera tenido la necesidad de escribir un libro como Los cuerpos partidos. De la misma manera que no me habría ocupado en un libro sobre Benjamin o Portbou si no hubiera tenido una personalidad un poco fronteriza, híbrida o entre dos tiempos. Cuando empezamos a escribir no nos damos cuenta de que elegimos ciertos temas que nos acompañarán toda la vida. Todo lo que hacemos luego no es más que una prolongación de aquellas preocupaciones, como si sólo fueran epílogos o anexos de nuestras primeras obsesiones. Creo que esa cosa medio híbrida, de no ser de aquí ni de allá se fraguó en mi carácter hace mucho tiempo. Y así sigue uno: intentando verbalizarlo para comprenderlo. Pero sí, básicamente sí: yo también soy un cuerpo partido.

Etiquetas: Alberti, Barcelona, Chile, Escritura, España, Identidad, lenguaje, Los cuerpos partidos, Magritte, Menorca, novela, Nueva York, viaje

Sobre el autor

Patricia Almarcegui

Escritora y profesora de Literatura Comparada. Colabora en eldiario.es, El país, La Vanguardia, National Geograpahic y Altaïr. Ha publicado: 'El sentido del viaje' (Premio de ensayo Fray Luis de León), 'El pintor y la viajera', 'Una viajera por Asia Central', 'Conocer Irán' y 'La memoria del cuerpo'. Su último ensayo,' Los mitos de viaje' (2019), recoge más de diez años de reflexión sobre el viaje.

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