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Entre Apolo y Dioniso

27 noviembre 2015 Portada, Reportajes
Juan Benet | Foto: Lumen

Juan Benet | Foto: Lumen

La obra del narrador, cuentista, ensayista, poeta y dramaturgo madrileño Juan Benet se asienta sobre una búsqueda de una nueva expresión frente al realismo social de la postguerra franquista en España. Ella pretende explorar un nuevo espacio autorreferencial de la realidad ignorado por el anterior movimiento literario, el de sus “zonas de sombras”. Se trata de un intento de expansión epistemológica o de conocimiento que indaga en la otra cara de la realidad a través de tres contextos primordiales. Primero, en un nuevo lenguaje, que combina lo narrativo, lo poético, lo pseudocientífico y lo especulativo-filosófico. Segundo, en la esencia de lo postmoderno, al ofrecer una visión fragmentaria, no teleológica, que nunca pretende explicar las causas finales de lo que reputamos como real. Tercero, y relacionado con el anterior punto, en las raíces de lo intertextual, de las influencias, en donde destaca el influjo del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), figura de la que se ha hablado muy poco en el análisis de la obra benetiana y que le conecta con la postmodernidad en cuanto a su revisión y subversión de los valores establecidos en Occidente si seguimos a filósofos de la talla de Michel Foucault, de Gilles Deleuze o de Gianni Vattimo o a historiadores de la de Hayden White, entre muchos otros.

Es este palimpsesto el que interesa más desarrollar ya que es el más novedoso para la crítica del autor de la magistral Herrumbrosas Lanzas, inacabada novela publicada en tres partes en 1983, 1985 y 1986. El novelista de Región ya había leído en su juventud a Nietzsche, posiblemente antes que a su adorado William Faulkner o que al antropólogo Sir James George Frazer, al escritor e ingeniero brasileño Euclides da Cunha, a los narradores Henry James, Herman Melville o Joseph Conrad, a La Biblia o a los historiadores Jenofonte, Plutarco, Tácito, Amiano Marcelino, George Sphrantzes o Carl von Clausewitz, entre muchos otros de menor calado. Pío Baroja y su tertulia, a la que asistió a mediados de los años 40, fueron unos de sus acicates intelectuales. La lectura del filósofo de El Anticristo (1895) introdujo a Benet en su propio pensamiento revisionista y en el que él mismo recibió de su época y de sus lecturas. La crítica benetiana a la realidad y a los modos estrechos de analizarla de que hacían gala el realismo de la época y sus ancestros decimonónicos (su vituperado Benito Pérez Galdós, el naturalismo y el costumbrismo) se nutre del impulso del alemán desde diversos puntos. El nacimiento de la tragedia (1872) es la primera obra nietzscheana que impacta en la forma mentis y en las estructuras literarias de Benet, sobre todo en la articulación de sus personajes entre apolíneos y dionisiacos.

No obstante, antes de abordar esta dialéctica, conviene analizar muy sumariamente las líneas medulares del resto de influencias nietzscheanas que son el sustrato de su producción literaria y ensayística. Estas proceden de comentarios del propio Benet en sus ensayos, desde La inspiración y el estilo, su primer ensayo de 1966, hasta Otoño en Madrid hacia 1950, de 1987, entre otros libros. Por ejemplo, la necesidad de una ampliación gnoseológica o de conocimiento frente a los dictados omnímodos de la ciencia, de lo referencial positivista y del cristianismo, moral de débiles ante la fortaleza individualista del líder, del superhombre nietzscheano. Es curiosa esta actitud crítica contra lo científico en un escritor que se ganó la vida como ingeniero de obras públicas. Algunos dirán que fue incoherente, otros oportunista, yo diré que quiso estar de algún modo en los dos lados de la realidad y beneficiarse de ellos. Ni la ciencia ni la religión son las únicas vías hacia el conocimiento ya que nunca han podido desentrañar esa realidad que reside más allá de la percepción humana. Las deudas de La genealogía de la moral (1887) y de El crepúsculo de los ídolos (1889) son innegables en este tema benetiano.

También une a Benet con Nietzsche la defensa de lo irracional como vía alternativa hacia una nueva razón, tiempo y memoria frente a los convencionalismos pactados socialmente en beneficio de los que detentan el poder. O el nihilismo y la ausencia de Dios que desjerarquiza y caracteriza al cronotopo de Región –localizable entre el Bierzo leonés, el Canudos de da Cunha y el Yoknapatawpha County de Faulkner-, a sus personajes y a sus tramas, menos importantes que lo ideológico, que la incertidumbre y que el estilo –obsesiones tan benetianas como nietzscheanas-. Todos son regidos por unas fuerzas inmemoriales que parten del bosque de Mantua y por un guardián mítico llamado Numa que aplica manu militari la injusta justicia en una incivil guerra española más allá de la historia. Una Región marcada por la vuelta de personajes que no podrán escapar de sus límites por segunda vez, truncándose así la idea del eterno retorno y del tiempo cíclico, de los que se sacan nuevas esencias para una renovación en el futuro en un cosmos de condenación. Estas ideas y, por ejemplo, el título de su “ópera prima” (1967) son evidentemente procedentes de Así habló Zaratustra (1883-85), aunque subvertidas, parodiadas.

Es de destacar también el espíritu trágico que permea la creación literaria benetiana desde El nacimiento de la tragedia de Nietzsche. En este contexto y desde esta obra se inscribe su creación recurrente de dos tipos de personajes: los apolíneos y los dionisiacos. Es una dialéctica entre las dos caras de un mismo ser, de un mismo ego, que se transforma constantemente dentro de una realidad que parte de unas esencias apriorísticas. Los primeros son personajes espirituales y sensuales y los segundos pasionales y activos. La cuestión está entre serenos, luminosos, armónicos, bellos y superficiales y desequilibrados, desmesurados, no armónicos, feos y profundos, respectivamente. Es una dicotomía que se retroalimenta, una dualidad de personajes que pretende explorar el misterio del ser y del mundo, de lo inmanente y de lo trascendente. Es un proceso de tesis y de antítesis que nos lleva a una incierta síntesis que debe imaginar a su libre albedrío el postmoderno lector en su cabeza: la de una nueva realidad. En Nietzsche ambas actitudes son más estéticas que éticas, aunque también son la base de una explicación de cómo el mundo evoluciona en un equilibrio constante. En Benet este dúo de voces no progresa hacia ninguna parte y canta desesperadamente sus irresoluciones y fracasos vitales. Es más, se refugia en un tiempo aislado de la cronología en el que un rutinario y maldito pasado, previamente dictado por la condenación, le lleva a un existencialmente heideggeriano, sartriano o camusiano futuro que desemboca inevitablemente en la muerte. El tiempo de estas dos actitudes es por tanto el de lo previsible, el de la repetición, el de la amargura, simbolizado por las aguas estancadas, por la lluvia, por las lágrimas…

Por consiguiente, en Benet, se produce una reversión paródica de esta maniquea dialéctica entre el binomio de personajes apolíneos y dionisiacos que se une a la de la figura emblemática del superhombre. Tanto sus personajes de pasión como los de acción son sujetos descentrados en relación a las voluntades de poder individual y colectivo, ambas estipuladas desde antiguos y míticos pactos de poder, y al destino más que a su situación y noluntad ontológica. Son sujetos fragmentados en su ipseidad que buscan en balde su recomposición interior. Monologan simulando diálogos, son víctimas de su soledad interior y exterior tanto como de sus obsesiones, están castrados para el amor y para la sexualidad más puros, son incapaces de avanzar en la lógica del mundo y, en su particular locura, no pueden generar ningún pensamiento esperanzado para el futuro. Son víctimas completamente impotentes del fatalismo, de la decadencia, de la ruina y de un poético, más que realista, deseo de redención más allá de la realidad y de la historia, en un origen que nunca existió, en donde con los errores aprendidos pudieran encontrar la redención y la justicia eternas.

Pero la cruel realidad regionata no admite dudas. Todo intento de escapar hacia otro tiempo o espacio, tanto en el presente como en el pasado, queda coartado por un certero disparo del infalible y legendario pastor Numa que custodia el bosque de Mantua. La derrota material y anímica de todos los personajes es un hecho inapelable. En Volverás a Región, la rigidez, la represión o la opresión de Apolo hacia Dioniso las puede parecer representar inicialmente el Doctor Sebastián, mientras que Marré Gamallo pudiera parecer un Dioniso que para Apolo es lo transitorio en la belleza trágica, lo cómico que destruye o la regresión a la barbarie. Sin embargo, todo se acaba reduciendo a una serie de claroscuros, al fracaso y a la parodia del pensamiento de Nietzsche. Marré, que desearía haber culminado su deseo de plenitud sexual, o bien se lamenta de su falta de cariño o bien del exceso de violencia física. Sebastián, resignado y amargado por sus irresoluciones vitales en el amor y en la guerra, vive instalado, castrado, en la frustración, en la ataraxia y en el quietismo más mentalmente onanista. Los dos se resignan, en sus dramáticos y obsesivos monólogos, sin apenas escucharse, a una paciente espera a la llegada de la muerte.

Asimismo, esta dialéctica se puede ver en Una meditación (1970) entre el solitario y celoso Cayetano, que obsesivamente repara relojes en su intimidad, y Leo y Carlos que viajan a las montañas en busca de su plenitud amorosa en oculta comunión con la naturaleza. De nuevo todos fracasan ya que serán destruidos por el arrasamiento telúrico de la zona al final de la novela tras la reactivación espontánea de un reloj estropeado. En Un viaje de invierno (1972) esta temática se textualiza mitológicamente entre la inactiva Demetria y sus ritos de fertilidad –similares a los dionisiacos- y su hija Coré que vuelve a casa para estar presente en una fantasmagórica fiesta que nunca se ha producido y que nunca se producirá. Ambos personajes están condenados a vivir en este mundo de ensueño y de irrealidad con la amenaza permanente de ser eliminados por el orden que protege fiero Numa.

En La otra casa de Mazón (1973) el debate se produce entre Cristino y su inmoral y nada activa moral y Yosen, un ser desesperanzado ante la imposibilidad de llevar a cabo una acción que desconoce. En la penumbra (1989) la dualidad se resuelve entre una tía que es puro pasado fracasado y una sobrina que es puro futuro frustrado. Finalmente, en Saúl ante Samuel (1980), Emilio, el soldado, se contrapone a la reflexión en forma de rememoración metaliteraria de Simón y a la que se constituye en visión esotérica y profética de la abuela sibila, portavoz por momentos de El Anticristo nietzscheano. Por cierto, esta novela, a mi juicio la más lograda de Benet, ya engloba en su título los mitos bíblicos del Rey coronado por el profeta que lo evalúa y juzga y de Caín y Abel, comprobable este último en la rivalidad fratricida entre los hermanos Beltrán de Rodas, similar a la que hubo entre republicanos y nacionales durante la Guerra Civil española. Son de nuevo apolíneos y dionisiacos condenados a la derrota y a la extinción.

En conclusión, mal que les pese a los personajes de Benet, carentes del nietzscheano principio de individuación o de la capacidad de creación o de liderazgo, esta dialéctica al final queda esterilizada y absorbida por una mueca grotesca del espíritu inactivo de lo apolíneo, el de lo reprimido. Benet ha parodiado el mensaje y la tipología filosóficos de Nietzsche. Ambos seres han quedado degradados por la voluntad, por la inmovilidad y por la frustración ante la alienación, ante las fuerzas de control social y ante un destino misterioso que solo trae miseria, dolor y silencio en una Región que, lamentablemente, cada día más se parece a la España actual.

Etiquetas: Faulkner, Friedrich Nietzsche, Juan Benet, Madrid

Sobre el autor

Jorge Machín

Jorge Machín Lucas es profesor asociado y coordinador de estudios hispánicos de la University of Winnipeg. Se licenció en filología hispánica en la Universitat de Barcelona, en donde cursó también estudios graduados y escribió un trabajo sobre la obra novelística de Juan Benet. Se doctoró en la Ohio State University en literatura española sobre la obra poética de José Ángel Valente. Trabaja temas de postmodernidad, de intertextualidad, de irracionalismo y de comparativismo en la novela, poesía y ensayo contemporáneo español. Fue profesor también cuatro años en la University of South Dakota. Es autor de un libro sobre José Ángel Valente y de otro sobre Juan Benet, aparte de numerosos artículos sobre estos dos autores y sobre Antonio Gamoneda, además de Juan Goytisolo y Miguel de Unamuno, entre otros.

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