"
Revista de Letras
10 años de Periodismo Cultural

Birulés: "Es más interesante partir del mundo que del sujeto"

19 septiembre 2019 CCCB, Portada

Fina Birulés en su despacho (Universidad de Barcelona) | Foto: Berta Ares, 2019

La explosión de libertad y creatividad del feminismo de los setenta ha sido una fuente de inspiración constante para los feminismos actuales, que han estallado en una riqueza y pluralidad sin precedentes. Da buena cuenta de ello la exposición que en el Centro de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) se celebra bajo el título ¡Feminismos! y que liga con el pensamiento desplegado desde hace décadas por Fina Birulés, profesora de Filosofía en la Universidad de Barcelona e investigadora del Seminari de Filosofia i Gènere y del Centro de Investigación Teoría, Género, Sexualidad de la Universidad de Barcelona.

Es además una de las especialistas más reconocidas del pensamiento de Arendt, editora de volúmenes colectivos sobre su pensamiento y traductora de diversas obras de filosofía. En conversación, me explica que lo que más admira de esta pensadora “es que siempre proyecta el foco donde no lo esperas y eso sirve para reconsiderar tu posición, y no tanto tu orientación sobre qué pensar”. Para Birulés, lo interesante de la filosofía es el pensar y prestar atención a los conceptos, a las categorías, a por qué usamos una palabra y no otra, “en el fondo de muchos términos y expresiones”, explica, “hay un saber contenido o una experiencia de la humanidad”.

Nuestra conversación gira en torno a cuatro conceptos imprescindibles para comprender los tiempos que vivimos: Feminismo, Género, Natalidad y Refugiado.

Feminismo
El feminismo se dice de muchos modos. Para mí feminismo es aquella praxis que pone en su centro no sólo la igualdad de las mujeres –legal y social–, sino, por encima de todo, su libertad. La libertad en su sentido mínimo es la posibilidad de desplazarse, es decir, tiene que ver con el poder estar o hallarse donde no estaba previsto, donde no se te esperaba. El feminismo de los años setenta, con todas sus discusiones y sus singularidades, reclamaba la igualdad pero lo hacía poniendo en el centro esa libertad. Y esto me parece una cuestión todavía importante. En países donde las mujeres han logrado una igualdad ante la ley y la igualdad social –aún con todas sus carencias– sin embargo persiste la violencia contra ellas. Esa violencia es un ataque a la libertad, a la posibilidad de desplazarse y de no estar en el lugar asignado.

Ediciones del CCCB

¿Estamos viviendo una revolución feminista?
Se ha dicho que la de las mujeres ha sido la única revolución triunfante e incruenta del siglo XX, ya que se ha producido un cambio revolucionario en multitud de cuestiones, en numerosos países. Yo entiendo la revolución como la capacidad de tomar el poder, quiero decir, la entiendo no sólo en el sentido de la irrupción de algo nuevo sino como tentativa de crear un nuevo espacio público, de ensanchar los límites de nuestras relaciones. Es decir, concibo el poder arendtianamente, como la capacidad de actuar concertadamente. Esto no es tan fácil y creo que no está sucediendo en este momento, en el que efectivamente hay un deseo de revolución, como en muchos movimientos, pero creo que ahora mismo no se da, aunque  me parece muy bien lo que está pasando.

Hay mucho debate en torno al feminismo.
Pienso que una de las virtudes del feminismo es precisamente lo que siempre se le critica: el continuo debate. Las mujeres siempre hemos discutido muchísimo, por ejemplo, sobre lo que es la feminidad, y quizá no hemos llegado a ninguna respuesta. Otra cosa es que en el debate sobre lo que es el feminismo, a veces se pretende representar a todas las mujeres, y eso ni me parece posible ni importante. Lo importante es hacer una afirmación en el espacio público.  Y por más que la voluntad de no querer excluir es muy razonable, no me parece que sea lo característico del feminismo. A mí me pareció espectacular la manifestación del 8 de marzo de 2017, entre otras cuestiones porque no tenía una cabecera definida. Fue, sobre todo, una ocupación del espacio público por parte de la gente y surgió de forma un tanto imprevista. A mí esto me parece políticamente muy relevante.

¿Se puede ser feminista y tener ideas totalitarias o colonialistas?
No estoy de acuerdo con algunas exigencias que se le hacen al feminismo. Parece que tenga que cargar con todas las reclamaciones de la humanidad y con la gran mejora del mundo. Es algo que me sorprende. Creo que el feminismo tiene que alejarse de la idea utópica. Es mejor ensanchar un poquito que pensar que hay que ensanchar todo. Me parece que la pasión por decirlo y abarcarlo todo puede ser casi paralizante. Por otro lado, creo que es muy importante recuperar parte de lo que han hecho las mujeres del pasado sin tener que seleccionar sólo aquellas que se nos parecen. No caer en la tentación de hacer que el pasado sea homogéneo con nuestro presente, sino al contrario, dejar que nos interpele. Por ejemplo, no hay que olvidar que hubo feminismos en la República de Weimar muy cercanos al nazismo, para escándalo de algunas, mío en particular.

¿Qué aporta el pensamiento de Arendt al feminismo?
De Arendt, lo importante, no es si era o no feminista, que no lo era, sino cómo la lectura de su obra ha modificado buena parte del pensamiento feminista en los últimos treinta años. La aportación de Arendt radica, por un lado, en su apuesta por pensar la política como un espacio de relaciones y no vinculada a la cuestión del dominio, y, por otro lado, en su énfasis en la natalidad, en el hecho de que todos nacemos en un mundo que ya estaba ahí, y que ahí seguirá cuando nos marchemos. Creo que su pensamiento ha sido muy importante para muchos feminismos de los últimos años. Y también se puede decir que, en buena medida, la rehabilitación de Arendt en los años noventa del siglo pasado procede básicamente de feministas.

Género
El término género empleado para referirnos específicamente al feminismo o cuestiones relacionadas con la mujer procede de la traducción literal del término en inglés gender, pero es una palabra que en castellano, catalán o francés, y en general de las lenguas románicas, tiene unas primeras acepciones muy distintas. El uso del que hablamos procede del inglés e inmediatamente caló en la prensa y en muchos contextos institucionales, y se podría decir que en un momento dado funcionó como una suerte de pantalla que disimulaba el feminismo que no gustaba. De esta manera, se podía hablar de cuestiones de género y todo el mundo entendía que eran cuestiones de feminismo. Ahora esto ha cambiado y se ha puesto énfasis en la llamada identidad sexual, u orientación. Hay en ello una voluntad de mostrar que no existen sólo dos géneros.

El concepto género conlleva una construcción cultural.
En inglés el término gender comenzó a utilizarse en el campo de la sexología y posteriormente en el de la antropología, para distinguir entre sexo anatómico y género o identidad sexual. Es decir, a partir de un momento dado, el sexo claramente alude al cuerpo, a la anatomía. Luego, Judith Butler y otras feministas trajeron al centro del debate la posibilidad de que ese empleo representara una excusa por la cual se presentaba el sexo como algo naturalmente claro y el género como una construcción socio-cultural. Esta naturalización del sexo queda inmediatamente cuestionada en cuanto nos damos cuenta de que, a su vez, la biología y la anatomía son también construcciones culturales. Ahora se habla de muchos géneros LGBTI, pero en muchos contextos la lista es más amplia. Aunque, a veces, me parece excesivo, y si bien considero que la cuestión no es de números o de multiplicación de las identidades de género, encuentro interesante el planteamiento y el debate que el tema favorece.

Es un debate centrado en el sujeto.
Esto nos lleva casi siempre a focalizar toda la cuestión política desde el punto de vista del sujeto, de las identidades personales. Yo  soy muy arendtiana, me parece más interesante partir del mundo que del sujeto; no es que no me interesen las personas, es que me parece mejor comenzar partiendo del contexto de lo que nos es común y pensar los problemas desde esa base, y no desde la idea de subjetividades heridas, que posiblemente también hay que hacer. Desde Freud a Marx, Nietzsche o Foucault se ha cuestionado la noción de un sujeto transparente a sí mismo, hay un reconocimiento de que estamos constituidos y construidos por aquello que es otro en nosotros, por algo que no controlamos y que no es fácil modificar.

¿Podemos cambiar esa construcción cultural?
Que nuestra identidad de género esté culturalmente construida no indica que sea más fácil de cambiar que lo que habitualmente consideramos natural. La prueba está en que, en la actualidad, se están dando muchos cambios en lo natural mediante intervenciones quirúrgicas, por ejemplo, pero las identidades culturales no cambian ni con tanta facilidad, ni con una decisión. Tras la publicación de su libro El género en disputa Butler lo subrayaba: lo dado culturalmente y socialmente no se modifica a voluntad, ni siempre sólo con políticas públicas. ¿Cómo se da un cambio en el ámbito simbólico? No lo sabemos, no hay recetas; tienen lugar, pero no sabemos cómo. Precisamente, el llamado feminismo de la diferencia persiguió con ahínco el cambio simbólico, el cambio en los modos de interpretar lo que nos es dado.

Natalidad
Nadie hasta Arendt había tomado la natalidad como metáfora de la finitud humana; en contraste con los metafísicos que han tomado la mortalidad como experiencia límite de la finitud, ella apuesta por la natalidad. Nacer, a diferencia de morir, es entrar a formar parte de un mundo que ya existía, antes de que llegáramos, y que sobrevivirá cuando partamos; nacer es también aparecer por primera vez, irrumpir, interrumpir, hacerse visible. De ahí que entendiera que la libertad política necesita la presencia de los demás, es decir, exige pluralidad.

Lo que nos lleva a un mundo común y compartido.
Me parece significativo que, ahora que Arendt está de moda, se intente ocultar la importancia de esta categoría. Generalmente, su pensamiento se la relaciona con la banalidad del mal y la desobediencia civil, mientras que la categoría de la natalidad desaparece, sin embargo, es muy importante. La tradición filosófica –de la que ella dice no formar parte, pero que conoce bien–, ha entendido la experiencia del pensar filosófico, como un proceso de sensorialización, de retirada del mundo común: al pensar, la experiencia común des-aparece, hay una retirada del mundo común, lo cual hace que no sea extraño que optaran por la categoría de mortalidad. Sin embargo, pensar la política con la ayuda de la categoría de natalidad significa una apuesta por el mundo común, por el espacio de apariencias, por la fragilidad y la contingencia. Todo ello apunta a una perspectiva muy distinta.

Una categoría que llevó a la acción de pensar.
La tradición filosófica ha entendido ese retirarse del mundo de las apariencias con la finitud, pero también con el pensar. Arendt relaciona el pensamiento con la política y por tanto con el espacio de aparición, con este nacer, con el mundo de las apariencias, este espacio que los filósofos, incluido Heidegger, han considerado como el ámbito de la doxa o de la falsa realidad. Y sin embargo, para ella, la política es este espacio de apariencia frágil y contingente del aparecer. Me parece injusto que no se hable de natalidad como categoría fundamental para entender el trabajo de Arendt. Quien por otro lado no fue ingenua; sabía que cualquier interrupción o innovación no necesariamente es buena, porque nunca se puede saber adónde lleva un nuevo comienzo, por eso Habermas dijo de ella que era una anarquista-conservadora. En la natalidad está la irrupción, la espontaneidad de la acción, y por otra parte, el temor a que lo destruyamos todo con los procesos que desencadenamos con nuestras acciones. Me parece un síntoma la actual voluntad de normalizar el pensamiento de Arendt –es decir, de convertirla en una filósofa más de la tradición–, y eludir este gesto de pensar la política bajo la matriz de la natalidad.

También relacionó la natalidad con el perdón.
Cuando Arendt habla de acción lo está haciendo siempre desde la matriz de la natalidad, que es la posibilidad de irrumpir en un contexto donde están los otros. Cuando irrumpes tu acción alcanza más de lo que habías previsto, porque se entrelaza con las acciones y pasiones de los demás. Por eso el coraje es una virtud política, porque hay que atreverse a actuar y asumir que las consecuencias no pueden preverse, y pueden ser o no buenas. Para Arendt, la acción es un inicio sin garantías y por tanto se es políticamente responsable de las consecuencias no queridas de la acción. Ella señala que liberamos del peso de una acción cuando lo perdonamos, pero el perdón es nuevamente una acción, porque tampoco podemos calcular sus consecuencias. Pero, ¿qué hacer ante aquello que es imperdonable? Esta pregunta podría tener respuesta en las páginas finales de su informe sobre el juicio de Eichmann en Jerusalén.

Refugiado
A mí me parece que en su magnífico artículo del año 1943 titulado Nosotros los refugiados, Arendt lleva razón al escribir que ésta es la nueva figura del siglo XX. Ella se refiere a refugiados que, en ese momento, son encerrados en campos de internamiento por sus amigos y en campos de extermino por sus enemigos. Y añade que son los primeros prisioneros de la historia. Se trata de uno de sus textos más lacerantes e irónicos.

Es irónico el giro de sentido que este término toma en la Modernidad.
A excepción de muy pocos casos, la mayoría de lo que se entiende por refugiados está formada por personas sin ninguna cobertura de derechos. Esto ya se dejaba claro en el artículo que cito: un refugiado es aquella persona que ha sido expulsada de la comunidad política. Por tanto, un refugiado es sustituible por otro, incluso dentro de los discursos humanitarios, lo cual además conlleva una dificultad seria para singularizarse. En esto también teorizaba Arendt en Los orígenes del totalitarismo, al mostrar que cuando sólo se es un ser humano, la protección de los derechos sirve para poco.

Hoy los Estados no están dispuestos ni a acogerlos ni a protegerlos.
Al contrario, se están construyendo más muros que no sólo no evitan o palían el problema sino que además nos encierran a los que estamos dentro de esos muros y vallas que se construyen en nombre de la seguridad, o de la homogeneidad, o del trabajo... Por otro lado, actualmente el fenómeno está coincidiendo con un período de fuertes migraciones. Todo ello genera un enorme problema legal que hace que incluso dudemos de la eficacia de organizaciones como Naciones Unidas.

Hay una fuerte relación entre el sentido de refugiado y el de inocencia o culpa.
La misma idea de que los refugiados tienen que demostrar (documentalmente) que en realidad son perseguidos genera situaciones muy paradójicas. Sólo pueden hacerlo quienes formaban parte del régimen político y llevan consigo un papel conforme han estado en la cárcel. Mientras que es altamente improbable que los que se marchan corriendo o huyen de la guerra puedan demostrarlo. Es más, casi siempre se les hace sospechosos de ser culpables de algo. En el texto de 1943, Arendt nos recordaba que solo una figura de nuestro tiempo es absolutamente inocente, la del refugiado. Pero tal inocencia absoluta es el resultado de haber sido arrojados fuera de la comunidad política (fuera de la ley), lo cual les convierte en seres prescindibles, superfluos para el mundo. El precio de la inocencia absoluta es alto en nuestro tiempo: la absoluta impoliticidad, el exilio de la comunidad. Actualmente, una parte importante de los refugiados o migrantes que cruza el Mediterráneo está muriendo en el mar. Desde un punto de vista político, el mundo se está volviendo inhóspito y ajeno. ¿Cómo gestionar esta indiferencia?, ¿qué es ser responsable en este caso? El Mediterráneo es una tumba, y esto es un indicio o de impotencia o de indiferencia.

¿Qué es peor?
La indiferencia, porque la impotencia al menos es señal de reconocimiento del problema.

Recomendaciones bibliográficas
El último libro de Fina Birulés: Hannah Arendt: Llibertat política i totalitarisme (Editorial Gedisa, 2019) una lectura contemporánea del pensamiento de Arendt en torno al fenómeno del totalitarismo y la libertad política.

Imprescindibles, en la colección Breus que edita el CCCB, son: L’embolic del gènere. Per què els cossos importen? (2019), en el que participa junto a  Judith Butler, y Feminisme, una revolució sense model (2018).

El artículo Nosotros los refugiados, de Arendt, puede encontrarse en el recopilatorio de ensayos políticos: Hannah Arendt. En el presente, Editorial Página Indómita (2017).

Etiquetas: CCCB, Eichmann, feminismo, Fina Birulés, género, Habermas, Hannah Arendt, Heidegger, natalidad, refugiado, Universitat de Barcelona

Sobre el autor

Berta Ares

Berta Ares es Licenciada en Periodismo (UPSA) y Máster en Estudios comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento (UPF). Realizó estudios y una investigación de posgrado en Tel Aviv University (TAU), cuyas conclusiones se publicaron en la prestigiosa 'Qesher' (N. 24) que se edita en Tel Aviv y Nueva York. Trabaja en el campo de la comunicación cultural y la comunicación corporativa, y escribe su tesis doctoral, sobre Joseph Roth, en el Departamento de Humanidades de la UPF. Sus inquietudes literarias se inscriben en el campo de la memoria, el laicismo, la religión, la modernidad y Europa.

¡Comparte este artículo!

Envía tu comentario