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Personajes inolvidables (I): Fausto

“Fausto.- Si jamás me tiendo descansado sobre un lecho ocioso, perezca yo al instante, si jamás con halagos puedes engañarme hasta el punto de estar yo satisfecho de mí mismo; si logras seducirme a fuerza de goces, sea aquél para mí el último día. Te propongo la apuesta.

Mefistófeles.- ¡Aceptada!

Fausto.- ¡Choquen nuestras manos! Si un día le digo al fugaz momento: «¡Detente! ¡eres tan bello!», puedes entonces cargarme de cadenas, entonces consentiré gustoso en morir. Entonces puede doblar la fúnebre campana; entonces quedas eximido de tu servicio; puede pararse el reloj, caer la manecilla y finir el tiempo para mí”. (1)

Fausto: el origen de la leyenda

Autores de la talla de Christopher Marlowe, Lessing, Goethe, Paul Valéry o Thomas Mann, por citar solo algunos, se han sentido atraídos por la figura de Fausto hasta el punto de hacerle el protagonista de una de sus obras. ¿Pero de dónde surge su leyenda? ¿Es un mero producto de la imaginación literaria como don Quijote o Frankenstein? ¿O hay una base histórica para este personaje?

La existencia del doctor Fausto está fuera de toda duda. Nacido en torno a 1480, probablemente en Knittlingen, Georg Faust viajó por Alemania como una especie de estafador de feria haciendo horóscopos y adivinaciones, fue acusado de sodomía y pederastia, y se cree que murió en Staufen en 1540. En los 50 años posteriores a su fallecimiento, la fantasía popular creó una serie de relatos sobre el personaje y los prodigios que habría realizado como consecuencia de su pacto con el diablo.

En 1587 el editor Johann Spies publicó en Frankfurt am Main la Historia von D. Johann Fausten, de autor desconocido, obra que modifica los rasgos del Fausto histórico. Ya no nos encontramos simplemente ante un embaucador, ante un nigromante, sino que Fausto representa aquí al hombre renacentista impulsado por su deseo de conocer. El problema es que su ansia de conocimiento lo llevará a alejarse de Dios, y su rebeldía le valdrá la condenación eterna.

Sobre la base de este primer libro, que tuvo muchas ediciones y traducciones a otros idiomas, surgieron diversas variantes. Habrá que esperar, sin embargo, a la pieza teatral de Marlowe para disfrutar de la primera gran obra literaria dedicada al personaje, aunque será Goethe quien consiga impregnar a Fausto de una fuerza dramática que ningún otro autor podrá igualar después.

El Fausto de Goethe: un personaje en perpetua búsqueda

La obra del escritor alemán comienza con un “prólogo en el cielo” inspirado en el Libro de Job. En el texto bíblico, Satán dialoga con Yahvé, en presencia de los ángeles, sobre su siervo Job, un hombre bueno y justo. El diablo, escéptico, propone ponerle a prueba, aduciendo que su vida es demasiado fácil, que así no tiene mérito serle fiel a Yahvé: “Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país. Pero extiende tu mano y tócale en lo suyo, (veremos) si no te maldice en tu rostro”.

El texto de Goethe comienza con una escena similar en la que el Señor le pregunta a Mefistófeles por su siervo Fausto y este le responde retratando ya al protagonista como un hombre en perpetua búsqueda, eternamente insatisfecho: “¡Singular manera tiene de serviros, a fe! No son terrenas la comida ni la bebida de ese insensato. El frenesí le impulsa a lo lejos, y sólo a medias tiene conciencia de su locura. Pide al cielo sus más hermosas estrellas y a la tierra cada uno de sus goces más sublimes; y ninguna cosa, próxima ni lejana, basta a satisfacer su corazón profundamente agitado”.

Dios confía en que Fausto encontrará su camino, pero le da permiso al diablo para que ejerza su influencia sobre él, para que lo incite a la acción y lo aleje del reposo al que el ser humano tiende con cierta facilidad. Aquí comienza la lucha por el alma del personaje que pondrá en movimiento la trama.

Fausto es un hombre sabio, un estudioso de la filosofía, la jurisprudencia, la medicina y la teología que se siente, sin embargo, desdichado porque no tiene la sensación de saber realmente nada que valga la pena, y porque todos sus conocimientos parecen haberle arrebatado los goces de la vida.

Su estado de ánimo no es, por tanto, el mejor cuando Mefisto se le aparece con la intención de corromperlo. La conversación entre los dos, que no tiene desperdicio, nos revela mucho sobre la verdadera naturaleza del diablo, quien se autodefine, entre otras cosas, como “una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y siempre obra el bien”. Al describirse así, nos indica de algún modo también (aunque él parezca no darse cuenta) que tiene la partida perdida de antemano, pues, por más que él desee realizar el mal, las consecuencias de sus obras acaban siendo positivas: Fausto se salvará esta vez, si bien ciertamente no por su perfil ético.

La interpretación del final de la obra goethiana ha traído de cabeza a los críticos a lo largo del tiempo. Mientras unos intentaban buscar razones que justificaran la salvación queriendo demostrar una mejora progresiva del personaje, otros se sorprendían ante la aparente incoherencia de llevar al cielo a un hombre con tantos crímenes a sus espaldas. Pero es que no cabe duda de que la conclusión de la pieza es realmente ambigua, como si Goethe prefiriera dejar al lector ante una pregunta más que frente a una respuesta, quizás porque, en el fondo, se trata de temas, como la teodicea, para los que el ser humano no puede llegar a encontrar una solución satisfactoria.

O puede que la clave esté en los versos que recitan los ángeles en la última escena cuando afirman: “Aquel que se afana siempre aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle; y si además, desde las alturas, por él se ha interesado el amor, el coro bienaventurado le acoge con una cordial bienvenida”. Harían entonces falta dos elementos para alcanzar la gloria: la aspiración constante (algo que nunca le falta a Fausto, desde luego) y el amor que viene de lo alto, la gracia.

J. W. von Goethe (J. K. Stieler, 1828)

Leí la primera parte del Fausto cuando estaba en la universidad y me impresionó. Lo mejor de este libro, como de todos los clásicos, es que nunca se agota, que nunca deja de tocar alguna fibra interior, que siempre te permite volver sobre él y descubrir algo que no habías percibido antes.

El año pasado vi la obra representada en Alemania y me sentí de nuevo partícipe de los sufrimientos de Fausto, de ese hombre solitario en su búsqueda de la verdad, en su búsqueda de sentido; un hombre que ha perdido las ganas de vivir y que se ve abocado a un pacto con el diablo sabiendo que este no puede ofrecerle nada que le dé la plenitud que él anhela. Contemplé una vez más su amor por Margarita, esa muchacha ingenua que no sabe nada de la vida, a la que destruye sin remedio. Disfruté de los diálogos retorcidos e ingeniosos de Mefistófeles, personaje atractivo y ambiguo donde los haya. Me vi inmersa, en fin, en un argumento que ya conozco, pero que me envuelve siempre, y me quedé, otra vez, con las ganas de pedirle a sus protagonistas lo que le pide Fausto al diablo: “Quédate siquiera un instante más, sólo para contarme alguna bella historia”.

Natalia González de la Llana Fernández
www.unesqueletoenelescritorio.blogspot.com

(1) Las citas del Fausto que aparecen en este artículo proceden de la siguiente edición: Goethe, J.W., Fausto, Madrid, Cátedra, 1997.

Etiquetas: Christopher Marlowe, Fausto, Historia von D. Johann Fausten, J. W. von Goethe, Johann Spies, Mefistófeles

Sobre el autor

Natalia González de la Llana

Natalia González de la Llana Fernández (Madrid, 1975) es Licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Univ. Complutense, donde obtuvo el Doctorado Europeo. Posee, entre otros posgrados, el Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes (UAB) y el Máster en Escritura de Guión para Cine y TV (UAB) . Se dedica a la enseñanza y la investigación en el Dpto. de Románicas de la Univ. de Aquisgrán (Alemania). Además, dirige talleres de escritura creativa y ha publicado la obra de teatro "Dios en la niebla" (2013). Es autora de “Un esqueleto en el escritorio”, Premio RdL al mejor blog internacional 2011.

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