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Tenerife y La Gomera

Volcanes, bosques de laurisilva, playas negras y un idioma propio hecho de metáforas y naturaleza esculpen los paisajes que también han narrado Juan Cruz, en 'Viaje a las Islas Canarias', y Andrea Abreu, en la novela 'Panza de burro'

El archipiélago contiene una isla que aparece y desaparece desde hace siglos, la Isla de San Borondón, una leyenda registrada ya por los cartógrafos medievales, y que constituye un mito canario. Como todos los mitos, no responde a la verdad ni a la mentira. Es la única isla «aún por ganar», según el Tratado de Alcazobas, firmado en 1479 por Portugal y España, y es precisamente su ausencia la que la hace siempre presente, en un imaginario que ayuda a los habitantes de Tenerife, por ejemplo, a preguntarse por el condicional, por cómo hubiese sido la vida de su país, de su paisaje, si no hubiesen abierto de par en par el sur al turismo de masas.

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Al sur de la Tenerife llegamos en un momento en que, a causa de las medidas sanitarias tras el Covid-19, muchos de los enormes hoteles de la Costa Adeje permanecen cerrados. Como auténticos colosos de hormigón, olvidados por los británicos que no han podido venir a comer su Fish and Chips desde hace más de un año, observan desde sus balcones grises, sin embargo, cómo los primeros italianos han comenzado a abrir sus cafeterías. En la Playa de las Américas es difícil almorzar unas buenas papas arrugadas con mojo picón y verde —auténtica religión del archipiélago— y, paradójicamente, se bebe el mejor café de Italia. A un euro como máximo.

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Aunque la mayoría de playas son artificiales (blancas y negras, como un tablero de ajedrez frente al océano), este sur, antes pobre y desértico, ofrece aún muchos rincones donde la naturaleza parece dialogar, incluso, con quienes han especulado con su rostro más amable. Los ingleses que sí han podido venir a Tenerife deambulan con unas extrañas motocicletas —normalmente, pensadas para personas con movilidad reducida— frente la arena de Fañabé, La Pinta, El Bobo, Troya, El Camisón o Las Vistas. Lo cierto es que antes de llegar a Los Cristianos —donde el turismo es ya, también, local— uno podría desanimarse si se centra en contabilizar la cantidad de McDonald’s o pubs irlandeses con los que se encuentra. Pero eso es, en realidad, un espejismo. Lo importante está enfrente, en los charcos que el Atlántico ha ido formando sin pedir permiso, sin planes de urbanización, sin diseños escritos en una oficina del norte. Al final de la tarde, el sol desciende formando un trampantojo, una imagen de la osmosis que, obstinadamente, durante cada crepúsculo se crea entre el cielo y el agua, como si alguien hubiera lanzado allí, en el lienzo que supone ese horizonte, acuarelas grises, amarillas, naranjas, verdes, azules y marrones. Todo esa humedad se mueve como un cuadro vivo, como una pintura indomesticable.

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Hay todo tipo de teorías sobre el origen de la palabra «guagua» (desde la evolución de una marca de autobuses norteamericanos, a la adaptación cubana de la palabra «waggon»). Es la gua-gua la música de la isla, de estas islas, que recorren una y otra vez los intestinos de su paisaje volcánico, cambiante, espasmódico. En Tenerife se puede llegar a rincones impresionantes con el autobús público. Y a pocos metros de la Montaña Amarilla nos deja el vehículo, en la Costa del Silencio. Las lagartijas sortean el acantilado ocre, y nosotros intentamos imitar, torpemente, el movimiento del reptil. Desde lo alto de la cima —a la que se llega en pocos minutos— se ve mejor el mordisco —las muchas dentelladas— de un Atlántico de titanlux. Una familia se ha alejado demasiado, y la marea ha crecido sin avisar. A los que venimos del Mediterráneo aún nos coge por sorpresa esa capacidad del mar de ocupar y desocupar un territorio en pocas horas, como si la isla de San Borondón fuera todas las islas, cada día, en cada juego de magia que protagoniza la marea.

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Viajar en guagua en Tenerife es una magnífica manera de camuflarse. Hay turistas, por supuesto, pero uno puede ir subiendo y bajando —como si nosotros también fuéramos una marea vestida de Quechua— en los muchos pueblos de este sur, también cambiante. Lo hacemos primero en Las Galletas, en Arona, una localidad pesquera en la que es mucho más fácil conversar con tinerfeños. Y lo hacemos en el bar La Potuna, donde, ahora sí, podemos almorzar unas papas arrugadas con el punto exacto de sal, un almogrote —elaborado con queso añejo— muy sabroso, unos chocos frescos, y una botella de vino blanco de la casa. Muy cerca, también caminamos por El Fraile, una población aún más pequeña, ya sin puerta al mar, donde muchos subsaharianos conversan vía guasap con sus familias, que imaginamos lejos, a las que han dejado después de múltiples odiseas. Lo hacen sentados frente a dos locales que ocupan la entrada de la población; una casa de apuestas y una casa de oración. A todos los barrios obreros de todos los lugares les crecen esas flores venenosas.

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En la Playa de los Tarajales, entre Los Cristianos y Los Callados (los nombres de las playas, sumados al azar, dibujan un poema dadaísta), vislumbramos cómo debía ser, antes, un baño entre rocas volcánicas. En la punta de esta suerte de pequeña bahía, hay una casa esplendorosa, medio abandonada, con las ventanas rotas, y llena de gatos a los que los vecinos les dan de comer cuando el día va bajando la persiana. No es difícil imaginarse una vida allí, en lo alto de la torre, oteando ese cielo africano, hoy lleno de arena, y leyendo los libros que nos hemos traído con nosotros para saber un poco más de este mundo propio, con su propio lenguaje. La casa tiene un muelle autónomo, desde donde vigila el silencio de la noche.

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Uno de los mejores libros para adentrarse en el archipiélago es Viaje a las Islas Canarias, una historia cultural, donde el periodista Juan Cruz, desde la memoria, el cuerpo y la literatura, recorre los lugares que antes recorrieron Humboldt, Aldecoa o César Manrique. Hay algo en sus páginas de magua (la melancolía canaria), pero también de historia, y de una experiencia sensorial de alguien que ha ido redescubriendo, década tras década, la condición humana (y espiritual) del insular. Desde los orígenes guanches de este pueblo bereber (aunque en La Palma era benahoaritas), el escritor, nacido en Puerto de la Cruz, nos recuerda algunos hitos inolvidables de Tenerife (no todos luminosos), como el inicio de la andadura fascista de Franco en el Monte de la Esperanza o la visita de André Breton, invitado por el también surrealista Óscar Domínguez, durante un encuentro internacional convocado, en 1935, por la Gaceta del Arte. Lo que para algunos fue «una de las manifestaciones más importantes de arte actual que se han verificado en España», otros lo resumieron así: «varios enfermos con imaginación ya en el último grado se dieron cita para saber quién pintaba más disparates».

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André Breton, tras su paso por Tenerife, llegó a decir que allí se había lavado las manos con un jabón que se asemejaba al lapislázuli. «Me he lavado las manos de toda Europa». Pero quien se lavó las manos fue Europa con lo que estaba a punto de ocurrir en las islas, y en la península.

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Que el lenguaje es un idioma vivo, fruto de la promiscuidad de encuentros y ausencias, lo demuestra el origen onomatopéyico de la guagua, los nombres guanches de muchas poblaciones, o incluso aquellos lugares que los habitantes han bautizado con etimologías propias. Es el caso, nos cuenta Juan Cruz, del cementerio de La Chencha, situado junto al Parque Taoro, un camposanto de la colonia inglesa, y al que se le conoce así por la contracción popular de la palabra «Church». «Los pueblos que dejan a sus muertos en tierra extraña es que ya no la consideran tierra extranjera», sostiene el escritor.

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Como apuntaba Ignacio Aldecoa, Tenerife abarca las cuatro estaciones. Tiene invierno en el Teide, otoño en sus cerrados bosques, primavera en La Orotava, y verano en Puerto de la Cruz.

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Ese verano infinito, aunque de un calor muy moderado, puede llegar a aplatanarnos. No hay que olvidar que esa lentitud del cuerpo evoca el plátano, fruto y cultivo que, durante siglos, ha sido modo de subsistencia de los canarios, pero también una suerte de escudo y de emblema.

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El ser canario es, a la vez, melancolía y lucha, apunta Juan Cruz. Melancolía de una paraíso perdido, como tantos han querido ver en estas rocas volcánicas, en este azul indómito, pero también combate, disputa con una naturaleza que no siempre ha sido acogedora, y, antes de los indiscutibles peligros del «resort», llevaba consigo otros trances; el hambre, el naufragio, o el exilio. Ahora es imposible decir «paraíso» sin que rechine, de una forma atroz, la sombra de las innumerables pateras cargadas de hambre, naufragio y exilio que llegan a estas costas semana tras semana.

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Juan Cruz firma el libro desde El Médano, donde vive hace años, un antiguo barrio de pescadores que ahora es lugar recurrente de surfistas y amantes del viento. Y nosotros, que, durante estos días no tenemos más que hacer que caminar los libros que llevamos, nos dirigimos allí, como si el lugar en el que uno escribe conservara ese aura perdida que Benjamin veía en las obras de arte, pero no en su reproductibilidad técnica.

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¿Se acuerdan del dibujo Antoine de Saint-Exupéry? Aquel que publica en El principito, y en el que el protagonista ha querido representar una boa tratando de digerir a un elefante, en contra de la mirada gastada de los adultos, que sólo pueden ver un sombrero. Bien, pues ahora denle la vuelta. Ese animal recostado es lo que se observa desde los amplios ventanales de la taberna La Lata de Gofio, en la plaza roja del Médano. No es un sombrero, ni una boa, sino el abrazo de la imponente Montaña Roja (171 metros de altura, con una piedra rojiza, color formado por pequeñas partículas de hierro) acompañada siempre por la Montaña Bocinegro, más pequeña, menos altiva, pero que ensancha ese cuerpo de la naturaleza, faro diurno, cobijo frente al agua.

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En la taberna degustamos la cebolla azul de la isla, la guayonge, y el celebrado gofio, hoy mezclado con pescado. También un Malvasía, a quien Shakespeare le dedicó honores en algunas de sus mejores obras. Al salir del local, como si realmente creyéramos en el aura de los libros —o en el azar objetivo de André Breton— buscamos al autor de Viaje a las Islas Canarias. No tarda en aparecer. Camina rapidísimo, frente a la plaza. ¿Nos presentamos? ¿Le decimos que hemos llegado aquí, con guagua, simplemente porque los libros nacen siempre en un lugar concreto, y esos lugares también son parte misma de su lectura? Acelera. Se escapa. Viene de la playa, y las condiciones que obligan estos extraños días, con mascarillas y otras formas de cubrirnos el rostro, no son las más elegantes para abordar a alguien que regresa de descansar bajo el sol. Pero tampoco podemos dejar escapar la ocasión (el azar así lo ha querido) de comprobar dónde está ese aura que vio nacer al libro, y también el foco desde donde habitualmente el periodista fotografía (una fotografía que comparte en tuiter) el amanecer de una isla en la que ha nacido. Convertidos ya en una especie de detectives furtivos (o lo que aún es peor: en turistas aburridos), le perseguimos sigilosamente. No nos ha visto. Frente a su casa, y durante unos minutos, nos sentamos mirando el mismo mar que el escritor observa cada mañana. Es una bella forma de escribir juntos, pensamos. Y seguimos el camino.

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Pero si uno quiere hacer algo realmente atrevido no tiene más que intentar llegar por carretera a Masca, un pequeño pueblo al oeste de la isla, al norte del Acantilado de Los Gigantes. Es una carretera imposible, por las guaguas que ascienden y descienden, por la estrechez del camino, y porque solo hacer conjeturas sobre la posible caída al vacío le atiborran a uno de escalofríos. No ayuda, es verdad, las muchas cruces que se ven a lo largo del trayecto, y que responden a otro itinerario, el que hacían los oriundos de estas tierras cuando tenían que pasear a sus muertos —a pulso— para enterrarlos en las ciudades vecinas. Aunque uno llega con taquicardia, la belleza de Masca sosiega. Una aldea sencilla, una capilla blanca, un paisaje al fondo de esta isla dentro de una isla.

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Del Teide se ha escrito muchísimo. Parece como si alguien, intentando conquistar este planeta y este archipiélago, hubiese colocado un estandarte en el pico de un tótem de 3.716 metros de altura. El poder telúrico que recorre esta isla se distingue claramente en sus alrededores, rocas y piedras formando todo tipo de gestos torcidos, de bustos y extremidades que surgen del guijarro, animales que se han girado para observar a su Eurídice, y, así, se han transformado en estatuas de sal para los siglos de los siglos. Esa sensación es la que uno experimenta cuando camina por el Roque Cinchado, skyline conocido por todos porque era imagen del billete de mil pesetas, pero cuyas espirales y columnas anuncian aún el monstruo vesubiano. Un monstruo que está dormido, sí, aunque las fumarolas que emite regularmente su cráter nos convidan a no despertarlo con teleféricos y otras cicatrices.

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Volvamos al noroeste. Pararemos en Icod de los Vinos para visitar el drago milenario. Aunque misterioso y formidable, no es verdad que sea un árbol milenario (tiene, aproximadamente, ochocientos años). Lo hacemos bajo un mar de nubes, situadas a bajísima altura, que esbozan un falso techo de algodón al que los isleños denominan panza de burro. Así, Panza de burro, es como ha titulado su primera novela Andrea Abreu, un fenómeno editorial que, más allá de haber sabido transmitir la riquísima oralidad de la zona, es una celebración del estilo, con una voz narrativa que no desatiende los matices de personajes tan potentes como el de Isora (la que sabía hablar con las viejas), compañera de aventuras de la niña que nos cuenta esta historia bajo el volcán. Giros lingüísticos, una enciclopedia personal (y, por ello, con ambición de ser compartida), el uso preciso del directo libre, o del flujo de conciencia, forman este breve texto que ha seducido ya a miles de lectores. Es la otra cara de la isla. Mientras los padres de la protagonista trabajan en el sur, poniendo a punto el edén terrenal de los turistas, ellos viven en las casas autoconstruidas de un barrio a medio terminar. Pero la infancia también es telúrica, y un centro cultural, un bar, o un colmado son escenarios posibles de una posible comedia humana. El miniña y el shit se repiten en la novela como si fueran el loop de una banda sonora de deseo, amistad y desgarro.

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En Garachico encontramos, de nuevo, un envés a la isla, su pasado más esplendoroso. «Gara», en amazigh, significa «roca», y una roca (todo menos chica) asoma frente a lo que un día dicen que fue el puerto más importante de Tenerife. La plaza Libertad, la iglesia de Santa Ana, el convento, las casas inmaculadamente blancas, las piscinas naturales («naturalmente» construidas). Todo eso queda como un espejo, bello e incompleto, de lo que un día fue esta villa antes de ser devastada, a principios del siglo XVIII, por el volcán de Chinyero.

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Vamos a pasar dos días en La Gomera. Adentrarse en las calles de San Sebastián (a la capital de la isla se llega en ferri desde Tenerife en aproximadamente hora) es recorrer las huellas —originales o actualizadas— que Colón dejó cuando atracó aquí su expedición. Los balcones de madera de su centro histórico, el faro de San Cristóbal, el quiosco Las Carabelas —donde tomar un barraquito; un café con leche condensada y licor—, la Torre del Conde (parque y ágora de los gomeros), o el Bar Cuba Libre, desde donde dejar caer la tarde… Todo ello, sin franquicias, sin más aglomeraciones que la de los gatos de la plaza principal, es una buena manera de coger fuerzas para abordar la belleza voluptuosa de su parque nacional, el Garajonay.

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Entramos en un súper. Cuando vamos a pagar el agua, la cajera hace una extraña mueca, como si hubiese convertido su boca en el altavoz de un complejo sistema de señales secretas, e interpreta un silbido tan melódico como indescifrable para nosotros. El silbo gomero, patrimonio inmaterial de la humanidad, y que los autóctonos hacían servir antes para comunicarse a través de una dificilísima orografía, de repente aparece ahora, como un guiño a sus antepasados, en un establecimiento del centro. El compañero responde a la cajera. El agua cuesta sesenta céntimos.

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Varias lagartijas a lado y lado de la calzada. Un halcón encima de un techo de uralita, como si fuera un pastor alemán, expectante. Eso es lo que vemos mientras subimos a Garajonay.

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Hemos traído otro libro con nosotros, que aparentemente no tiene que ver nada con las Islas Canarias, pero que ahora, cuando vamos a adentrarnos en este bosque de bruma y laurisilva, cobra todo el sentido. Se trata de Mapa secreto del bosque, un ensayo de Jordi Soler, quien nos exhorta a ver más allá de lo inmediato. El autor diferencia el orden geométrico (costumbres, inercia, etcétera) del orden orgánico, donde interviene la aventura, la imaginación y lo espontáneo. «Hay que salir a encontrar, como proponían los caballeros medievales, no a poder, como dicta el pensamiento positivo de nuestro siglo», nos dice el escritor mexicano. Más allá de la reflexión y la memoria, podemos educar la percepción, la mirada atenta hacia los detalles, hacia lo concreto, pero sin una brújula que nos imponga qué debemos hacer en todo momento. «El gran observador, el que posee asombrosos poderes de observación, es el que encuentra lo que no estaba buscando», leemos.

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Así hemos subido a Garajonay, un mundo donde el clima cambia constantemente, y en el que el suelo húmedo y seco quiere representar las transformaciones del humor del territorio. Un terrible incendio dañó el bosque en 2012, pero la vegetación ha vuelto a aparecer como en un acto de rebeldía. «Hay bosque en cualquier lugar en el que sea posible oponer la resistencia», dice Jordi Soler.

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En la oficina de Turismo nos han dado un mapa con los itinerarios que podemos realizar en el parque nacional. Están todos meticulosamente milimetrados, con su correspondiente código QR. «¿Cuánto quieren caminar? ¿Cinco horas, por ejemplo», nos preguntan. Y nosotros solo queremos atender a las tres condiciones que se necesitan para emboscarse —aquí, o en una gran ciudad—, que son el silencio, la lentitud y la soledad. Lo hacemos porque (quién sabe si temerariamente) desobedecemos los carteles, los rótulos, y tampoco llega hasta aquí la conexión a internet. Las Creces, Pajarito, Los Manantiales, Las Hayas, La Quintana… hasta que esa primavera tropical que nos ha cubierto todo el tiempo se desvanece de golpe, y el sol de agosto vuelve con toda su violencia. Hemos salido del parque nacional sin apenas darnos cuenta, y llegamos a Arure. Una cabra, con algo de enfado y con algo de indiferencia, nos examina desde el otro lado de un campo de fútbol abandonado. Por suerte aún no ha salido la última guagua de la tarde hacia la ciudad.

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De regreso a Tenerife, cuando nuestro viaje está a punto de llegar a su fin, visitamos brevemente Santa Cruz.  La capital es un puerto de mercaderías, la fábrica que necesita la isla, y que aquí ocupa un lugar central, donde, además, conviven el castillo San Juan Bautista, el parque marítimo diseñado por César Manrique, el auditorio de Santiago Calatrava, y una inmensa y monstruosa refinería.

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Llegamos a La Laguna —esa ciudad colonial antes de cualquier ciudad colonial— seducidos por la fama de su clima. «El fresquito de La Laguna», nos han prometido.  En el primer bar que nos detenemos a tomar aire, una mujer amabilísima no dejar de dirigirse a nosotros como «micielo». Pero el cielo hoy, aquí, arde. Una ola de calor ha impregnado estas calles de colores y las ha deshecho en un caldero abrasador. Los viejos con los que hablamos en la terraza aseguran que no recuerdan nada parecido. No bajamos de los 38 grados.

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Y, sin embargo, toda la belleza está aquí condensada. Frente a la Catedral, en la casa museo Cayetano Gómez Felipe, en el Teatro Leal, en la iglesia de la Concepción, y en esos muchos palacetes —como el de Lercaro, de 1566—, o en sus diversas librerías, que acaban de dotar a esta ciudad universitaria de su encanto tranquilo, pleno de urbanidad.

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A pocos kilómetros se encuentra el bosque de Anaga. Los tres senderos principales, a los que normalmente se puede acceder desde la Cruz del Carmen, son, como en Garajonay, una puerta abierta a una selva tropical de laurisilva, repleta de lianas, y bañada por el canto discreto de sus mirlos negros. Pero ese «micielo» con el que nos atendieron tan solo llegar a la ciudad no era, únicamente, un gesto afectuoso, una voz local. Era, ahora lo sabemos, una advertencia. Siempre hay que mirar el cielo. Nuestro cielo. Y en este día de agosto el cielo se ha convertido en un horno de temperaturas inverosímiles. Por ello, por el alto riesgo de incendios, han precintado todos los accesos al bosque. No podemos entrar de ninguna de las maneras. Un poco más allá encontramos lo que intuimos un viejo camino. Los Enigmas. Así se llama, y también permanece cerrado. Es un buen momento —cuando se clausuran los enigmas— para concluir el viaje, y para seguir emboscándonos, como dice Soler, allí donde sea posible oponer resistencia ante la inercia de la vida.

La Laguna | Foto: Lladó

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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