Revista de Letras

A favor de Gonzalo Torné

29 noviembre 2013 Críticas, Portada
Gonzalo Torné | Mondadori

Gonzalo Torné | Mondadori

En pocos años, Gonzalo Torné ha logrado afianzarse como el mejor escritor de nuestra generación –de our age, en el sentido que le daría Noel Annan. Nacidos con la democracia, hemos estado demasiado tiempo a la espera de un relevo en muchos ámbitos, siendo el de la literatura, como el del periodismo o la política, uno de los más preocupantes. En las tres novelas que ha publicado hasta la fecha, se puede ver ya la gestación de un ambicioso proyecto narrativo que además parece ir acompañado de una honda y paralela indagación teórica que ojalá se prolongue, pues lo que hemos podido leer en su inteligente y estimulante ensayo Tres maestros (Endebate, 2011), sobre la obra de Bellow, Naipaul y Marías, descubre a un verdadero crítico in pectore, dueño de una osadía interpretativa muy necesaria en estos tiempos de sumisión.

Tras Lo inhóspito (Elipsis, 2007), una obra que pertenece aún al terreno de la incipiencia, donde aún no había logrado domar sus influencias, Torné publicó Hilos de sangre (Mondadori, 2010), una novela en muchos aspectos inaugural de su mundo, que sorprendía, en primer lugar, por la altura de miras, que sabía persuadir al lector de las insustituibles posibilidades del género como instrumento de indagación, modulando con pericia voces dramáticas muy diversas y matizadas, ensamblando distintos planos temporales y proponiendo, por primera vez en la narrativa española, una reflexión moral, arriesgada y nada complaciente, acerca de la vacua comodidad en la que fue adiestrada nuestra generación, enfrentada ahí –a través de la relación entre la protagonista y su abuelo– a un concepto de la Historia, concretado en unos hechos de la guerra civil, que ha sido mitificado y vaciado por una especie de consenso político y literario al que, de alguna manera, Torné se atrevía a contestar, devolviendo al pasado toda su turbulencia, su suciedad y espanto, así a como a sus protagonistas el miedo y la incertidumbre, inadaptables a los moldes de los relatos oficiales.

Otro de los aspectos que llamaba la atención en esa novela era la longitud de onda crítica. En los últimos tiempos, la narrativa española se ha resentido de un progresivo provincianismo temporal, de una cómoda desmemoria en que una mayoría de escritores se leen sobre todo entre ellos, sitúan el origen de su tradición en la segunda mitad del siglo XX y, como mucho, se asoman a los lugares comunes del XIX. A ello, Torné le oponía el vigor y la ansiedad de una prosa que no se alimenta solo con referentes narrativos, sino que aprovecha recursos de la poesía, del teatro, del ensayo, que sale a tratar de vincular su aliento con todo el canon, que no atiende a simplificadoras afiliaciones –esas estúpidas boutades en las que nos formamos, según las cuales lo importante era contar historias, Stevenson era mejor que Joyce y las novelas de Juan Benet no se podían leer– y que presupone al lector una inteligencia incluso superior a la que él mismo despliega.

No es de extrañar que buena parte de la crítica oficial no supiera qué hacer con ese artefacto, que no coincidía con ninguna de sus casillas o solo con la más socorrida y la más equivocada en su caso: el realismo. Y ello se debe a que la escala de juicio se ha reducido hasta unos niveles pueriles donde ya es imposible detectar e interpretar la complejidad y solo cabe el desconcierto, la indignación o la simple indiferencia.

Mondadori

Mondadori

Con Divorcio en el aire (Mondadori, 2013), Gonzalo Torné ha urbanizado otra parcela de su geografía novelística, a la manera de un Philip Roth, tendiendo puentes secretos entre sus obras que en ningún caso impiden leerlas autónomamente pero que a la vez parecen conformar un único espacio imaginativo y un amplio campo de investigación. Aquí la voz que narra es la de uno de los personajes más desquiciantes que nos habíamos encontrado en Hilos de sangre, Joan-Marc, el marido de Clara, la narradora de esa novela donde uno de los principales logros era precisamente la delicada construcción de la mirada femenina, la sutil estilización de su habla y el perfilado psicológico del punto de vista, tan genuino y delicado, tan sereno e intuitivo. En contraste con ello, ahora la voz de Joan-Marc es desmesurada, lenguaraz, highly opinionated y falstaffiana, propia de una mente obtusa, con una visión estrecha del mundo, llena de tópicos políticamente incorrectos, criado en la seguridad de la burguesía. Al principio de la novela, Joan-Marc cuenta que se ha ido a un balneario del Ampurdán para tratar de salvar su primer matrimonio con Helen, una norteamericana algo desequilibrada. En las primeras veinte páginas, Torné crea el sistema orgánico de toda la novela, con la historia del balneario como presente de la narración y continuos saltos temporales, sin suturas perceptibles, en los que va descubriendo zonas de su pasado, su prehistoria con Helen en Madrid y Barcelona, su iniciación sexual, la relación con sus padres, con sus amigos de juventud. Muy pronto nos damos cuenta de que toda la narración está dirigida a Clara, la protagonista de Hilos de sangre que fue su segunda mujer y de la que está a punto de separarse, con lo que, de algún modo, se convierte en el personaje más importante, pues ese oído ausente, esa pérdida a la escucha, determina el tono emocional de toda la confesión. Si en Hilos de sangre Clara hablaba con parsimonia y morosidad, en largos meandros digresivos, aquí la narración está compuesta con un febril prestissimo en el que la voz de Joan-Marc lo devora todo, mezclando tiempos y lugares, hasta conformar un verdadero monólogo dramático de un solo movimiento.

Bajo una engañosa y hábil apariencia de formalidad, la literatura de Torné es experimental y se atreve a explorar las posibilidades de la novela sin tener que acudir a obvios trucos vanguardistas. Es muy notable, por ejemplo, lo que hace con la lengua, ese idiolecto que crea para Joan-Marc, una mezcla de registro culto y habla demótica, una fusión de la elevación especulativa y de ese castellano de Barcelona –afectado, ligero y pobre de recursos– donde no hay ornamentos gratuitos y el estilo está sometido constantemente a la tensión de la mente que habla. Por otro lado, Torné nunca se pliega a las exigencias de la trama sino que sabe aprovecharse de ella –de sus pausas y grietas– para indagar, sin ningún tipo de limitaciones, en la condición humana. En ese sentido, no importa tanto la historia con Helen como lo que detona. Divorcio en el aire es ya, desde su mismo título, una comedia –a ratos de carcajada– que poco a poco se va oscureciendo y donde el divorcio matrimonial se muda poco a poco en otro divorcio más hondo y grave, el que experimenta Joan-Marc, a sus cuarenta y pocos años, con respecto a su vida, al mundo y a su pasado, que cobra de pronto una movilidad y una existencia independientes del recuerdo, generadas por una experiencia conyugal traumática que le ha situado en un extremo –sentimental, intelectual y social– para el que no estaba preparado y que le obliga a contarse la historia de la relación consigo mismo.

Quizá por ello, Torné organiza las escenas de la novela en sucesivo duetos, ya sea con Helen, con un reencontrado amigo de juventud –el inefable Pedro-María–, con su madre depresiva, con su suegro norteamericano y, sobre todo, con su padre, como si quisiera ahondar así en el problema del desdoblamiento que el paso difícil del tiempo impone al protagonista. El monólogo junto al cadáver del padre, cenital en la novela y de vibrantes resonancias shakespereanas, es en este sentido culminante y sobrecogedor, precedente de la larga secuencia final en la que Joan-Marc baja hacia el mar –hacia el agua– desde los barrios altos de Barcelona y que resume de algún modo toda su peripecia vital y sentimental con una voluntad poemática.

Por último, la novela, más allá de la tragicomedia íntima, ofrece también un retrato de la sociedad previa al estallido de la crisis en el que se vislumbra su capacidad de interpelación política y que ojalá –pues buena falta le hace a la narrativa española– crezca en sus próximas obras.

Andreu Jaume (Palma, 1977) es editor y crítico literario. Ha escrito sobre la obra de T. S. Eliot, W. H. Auden o Jaime Gil de Biedma. Es asimismo responsable de la edición de cinco volúmenes de la Obra completa de Shakespeare publicada por Debolsillo entre 2012 y 2013. Es director del Invisible College, Barcelona.

Etiquetas: Bellow, Divorcio en el aire, Gonzalo Torné, Hilos de sangre, Literatura, Lo hinóspito, Marías, Mondadori, Naipaul, Tres maestros

Sobre el autor

Andreu Jaume

Andreu Jaume (Palma, 1977) es editor y crítico literario. Ha escrito sobre la obra de T. S. Eliot, W. H. Auden o Jaime Gil de Biedma. Es asimismo responsable de la edición de cinco volúmenes de la Obra completa de Shakespeare publicada por Debolsillo entre 2012 y 2013. Es director del Invisible College, Barcelona.

¡Comparte este artículo!

1 Comentario

  1. Jordi 1 diciembre 2013 at 10:52

    Lo que no entiendo es por qué, si el autor es “el mejor escritor de nuestra generación”, el único que lo ha notado es Jaume Andreu, amigo personal de Gonzalo Torné. Todos los comentarios de Divorcio en el aire hasta el momento han sido negativos. Si yo soy el autor admito que mi libro no es lo suficientemente bueno y trato de hacerlo mejor la próxima vez. No mando a mis amigos a que me defiendan.

Envía tu comentario