Enrique Vila-Matas | Elena Blanco

Cuando Vila-Matas se va ya no queda nada

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Enrique Vila-Matas | Elena Blanco

«Sabes que todo va bien cuando descubres que ya no queda nada».
Doctor Pasavento

El otro día pasó Enrique Vila-Matas por Murcia para pronunciar una no-conferencia. El día previo me confesaba que iba a leer un texto titulado Bastian Schneider que ya había leído en una conferencia anterior. Finalmente, y por suerte para todos, cambió de parecer y departió sobre su vida (literaria) íntima, su relación con las artistas Sophie Calle, Dominique Gonzalez-Foerster, las Islas Azores y con Bolaño. La no-conferencia dejaba claro algo que ya sabíamos: que Vila-Matas es en realidad un hombre que huye apresurado y cuya obra se sustenta en el vacío que queda tras la estampida.

Hay que señalar que la charla murciana tuvo lugar en el CENDEAC Y estaba enmarcada en un ciclo sobre literatura y arte, lo que permite presumir que todo fuera una broma, una performance. Este detalle no hace sino acrecentar el valor de la improvisación y la ligereza con que nuestro escritor se toma la literatura. Como dijera Wilde de la vida, Vila-Matas asume lo propio de la literatura: que es demasiado importante para tomársela en serio. ¿O fue Sterne el que firmó tal sentencia?

Vila-Matas huye como procedimiento, instalándose en un “más allá” literario que le permite observar sus textos desde una distancia privilegiada, en la que en ocasiones provoca que esta se con(funda) con las obras de otros. En sus novelas la consistencia ficcional es alimentada por la inercia que se produce debido a la huida, a la prestidigitación de borrarse, la intención sutil de desaparecer. Pasavento, por ejemplo, huye, quiere esfumarse, pero, recordemos, su auténtico drama consiste en que es un hombre invisible, al que nadie espera ni reclama. Por eso mismo Vila-Matas se interesa por personajes como Oblómov, Kafka, Bartleby o Wakefield, seres que huyen de la realidad, que se insertan en un viaje hacia ninguna parte cuyo destino final no es otro que desaparecer. De hecho, si se piensa bien, la literatura es el truco de conversar desapareciendo. Cuando el escritor escribe, el lector no está, cuando el lector lee, el autor ya se ha evaporado.

El viaje que más le interesa, en este sentido, no es otro que el que realizó Xavier de Maistre alrededor de su habitación, viaje interior en el que la aventura conduce a uno mismo, a esconderse de los otros. Y por supuesto, el arquetipo que su imaginario nos ha legado hasta el momento es el de un escritor irreproducible, una máquina célibe que fabrica novelas a base de citas de otros,  una máquina escritural que no deja descendencia, improductiva, un hijo sin hijos obsesionado con las formas extremas de desaparición: el suicidio, el grado cero de escritura, la página en blanco, Perec, el fin de la era Gutenberg y la escritura sin testamento de Kafka. Mario Bellatin, por cierto, siempre ha soñado con escribir sin escribir, reproducir vacío a través de su obra. De algún modo secreto Bellatin es Vila-Matas.

Si el escritor se va, ¿de qué tratan sus novelas?

Dublinesca, por ejemplo, no trata sino de la desaparición total de la literatura, el apocalipsis que el gran libro de occidente prevé para la humanidad es convertido en trasunto literario por Samuel Riba, el protagonista de Dublinesca, novela que anuncia el final de una era, el fin mismo de la literatura. Por eso en Dublinesca hay tantos espectros y se frecuentan tantos lugares neblinosos como Prospect Cemetery, el camposanto irlandés. Riba-Matas en realidad huye de su existencia y de su pasado y busca celebrar el fin de una época, es decir, de la literatura, es decir, de la realidad. ¿No huimos todos de segmentos inaguantables de la realidad? ¿No es acaso la literatura un lugar al que huir de vez en cuando?

Huir, desaparecer, dejar de estar, vaciarse. Ese es el verdadero leitmotiv de Vila-Matas.  Bartleby y compañía es la enciclopedia de los escritores que no escriben, que buscan o se encuentran con la ausencia. Esa que Blanchot consideraba el verdadero lugar al que nos conduce la escritura, y por eso Bartleby funciona tan bien para significar parte de su obra. Escribir sobre los que no escriben es como realizar un censo fantasma de las personas que ya no están, de libros jamás escritos, de lugares de los que nos hemos ido o de acciones que nunca consumaremos. Es negar que uno quiere hablar mediante una conferencia de dos horas sobre el valor del silencio. (¿Será por eso que siempre me hizo mucha gracia el título del famoso libro de Laforet?).

El mejor título de Vila-Matas pertenece al compendio de entrevistas que mantuvo con André Gabastou: Fuera de aquí. Que por cierto, abre con una cita de Joyce, que en realidad es de Ulises, en el Canto XXI de La Ilíada, al acabar su tarea en Troya, y que reza:

“Pase lo que pase, lo correcto es largarse”.

Es decir, huir y provocar un vacío insoportable.  Lejos de Veracruz, de París, lejos de todo.

Huir para que tras la escritura ya no quede nada.

Pedro Pujante

Pedro Pujante (Murcia, 1976) es profesor de inglés en Primaria y Máster en Literatura Comparada Europea. Sus relatos han aparecido en diversas antologías y revistas. Es autor de los libros de cuentos ‘Espejos y otras orillas’,'Déjà-vu’ (Premio Internacional Latin Heritage Foundation) e ‘Hijos de un dios extraño’. Su novela ‘El absurdo fin de la realidad’ le valió el I Premio 451 de Ciencia Ficción de Ediciones Irreverentes. Actualmente ejerce la crítica literaria en diversos medios, y es colaborador habitual en el suplemento Libros, del periódico 'La Opinión de Murcia'.

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