Revista de Letras

Una filosofía de la discreción

No escondo que me acerqué discretamente al ensayo de Pierre Zaoui La discreción o el arte de desaparecer (Arpa, 2017) porque, como habrán sentido muchos de los lectores de esta recensión, yo también he sentido y aún siento cada vez con mayor urgencia el deseo de apartarme de todo y desaparecer. Quería salir de la red de las redes sociales, sustraerme de la aparente necesidad de tener sobre todas las cosas del mundo una opinión, o, peor aún, de la aparente necesidad de sentir algo en relación con ellas. Me acerqué a este ensayo para animarme a desaparecer, pero lo primero que me sucedió conforme avanzaba las páginas de este libro de rótulo actual, atractivo y tentador es lo que suele suceder con los mejores libros de filosofía, o como se dice hoy, de pensamiento: me he obligado a revisarme a mí mismo y a repasar críticamente lo que entiendo (lo que solemos entender) por discreción o por el acto de desaparecer.

Asómense unos instantes a la habitación donde los hijos juegan sin ser vistos, o a la cena donde sus invitados conversan mientras no saben que usted les mira, o quédense, inadvertidos, observando como duerme la persona a la que aman. Entregados a la inmanencia del sueño o de la charla, esos dos momentos exentos de la rivalidad de las miradas, de la dialéctica o de la vanidad pertenecen puramente al arte de la discreción. Es así, en esas primeras coordenadas de la amistad o del amor como presenta Pierre Zaoui, en las primeras imágenes de su introducción a la destreza del desaparecer, el arte de la discreción. Y pronto queda claro que no todo ocultamiento encaja en este arte porque hay formas de ocultarse y de desaparecer que caen justo del otro lado de la línea en la que el pensador francés sitúa y razona la bella posibilidad de la discreción.

En efecto:

“Hay muchas maneras indiscretas de mostrarse discreto: por miedo a la opinión pública, por sumisión servil a las reglas comunes de la buena educación, por prudencia, por astucia y cálculo, para realzar la propia imagen social, para arrogarse un toque de elegancia y de cortesía que no se posee, es decir, por refinamiento de su narcisismo”.

Sin embargo, el arte de la discreción que se nos aparece en este libro esencialmente como un arte de la desaparición no es, de acuerdo con Zaoui, ni el arte de negarse a uno mismo (desde luego, no es, en el caso más extremo, el arte de negarse vitalmente –el suicidio–, ni, literariamente, –la renuncia a escribir, al modo del Bartleby de Melville, o de acuerdo, con la categoría acuñada por Vila-Matas, al modo de los bartlebys–). La discreción es aquí primeramente la experiencia del goce de una retirada momentánea o discontinua, la felicidad de un hacerse invisible eventual, “para abandonarse a la aparición del otro”. Hacerse súbitamente discreto como abdicación por un momento de cualquier voluntad de poder. El arte de desaparecer comienza a emplazarse más cercano, pues, a aquella definición del arte y del artista de Blanchot: gestos, movimientos, búsqueda y devenir y no forma, ni estatuto, ni descubrimiento, ni ser.

Tras apuntar episodios de desaparición en la ciudad, al modo del flâneur de Poe y Baudelaire (de Baudelaire pasado por el tamiz de Walter Benjamin), la discreción se presenta pronto como un problema público, político y actual: aprender a abandonar la orden de presentarse a sí mismo y desbandarse en relación con las pautas de vigilancia generalizada es entrar en una cierta forma de disidencia:

“Toda resistencia seria y modesta siempre comenzó por la aceptación de una cierta clandestinidad, es decir por el arte de andar pegado a la pared para no hacerse notar, el arte de la discreción”.

El autor decide cabalmente avanzar por la vía negativa (aclarar qué no es discreción, desenredar qué no constituye arte de desaparecer), en un cuestionamiento tan fino como lúcido de los primeros referentes comunes o académicos que sobre ambos términos vienen pronto a nuestra mente. Si la discreción es cesar por un instante de ser y de pensar en uno mismo para posibilitar la aparición del otro, si, a fin de cuentas, la discreción tiene que ver con los demás, ni el epicureísmo ni el estoicismo (en su promesa de una presencia de sí más alta y más plena del individuo que piensa) son, propiamente, filosofías de la desaparición, sino más bien filosofías de una aparición superior.

“Kafka abre un camino para tratar de pensar la discreción no como una virtud, cualidad o signo de buena educación, un poco anticuado, sino como experiencia profundamente moderna y profundamente trabajada, para lo peor y para lo mejor. La discreción sería entonces no una virtud, una forma permanente de carácter, sino una experiencia rara, ambigua y sin embargo infinitamente preciosa.”

La discreción presupone una dialéctica más sutil de la aparición y de la desaparición, de la presentación y de la reserva. Se antoja pronto un juego de sombras y de retiro, de borrarse uno para resistir, una experiencia metafísica, una apertura poética como forma de estar en el mundo que tiene que ver con la resistencia gozosa y, por tanto, con la subversión.

Se rastrea una arqueología posiblemente memorial de ideas muy afines: los romanos inventaron el término discretio, que significa primero de todo separación e incomunicación, pero los griegos tenían el aidós, el pudor o la vergüenza. Los judíos acudieron a la anava (modestia o humildad) y la tzniut (conjunto de reglas del pudor); los cristianos explicitaron la modestia y la humilitas, los musulmanes el harin (lugar secreto o íntimo), la hichma (el pudor o la contención que regula las relaciones entre las generaciones) y el haya (respeto de la amabilidad).

Arpa Ediciones

Recurre Zauoi a la antropología de Levy Strauss para sondear una moral inmemorial de la discreción como “deferencia hacia el mundo”. Y, así, aparece pronto la sociedad cortesana de Gracián y la moral del cortesano, siguiendo el conocido proceso de civilización de Norbert Elias. Un segundo capítulo, uno de los más delicados del libro, supone un elegante esbozo de genealogía sobre la discreción como invención monoteísta donde encontramos un clima de desdramatización esencial para pensar la emergencia de la discreción, donde destaca el pasaje sobre la discreción como desprendimiento y dejar-ser de acuerdo con el maestro Eckhart –tras haber analizado, Zaoui, el profesor de filosofía en la Universidad Paris VII Denis Diderot, con extraordinario tacto, la discreción como humildad de acuerdo con la sabiduría de Tomás de Aquino y san Agustín–, y en el que quizás sólo quepa reprochar al autor dos indiscreciones: la primera, el olvido de la opción por el agnosticismo (en mi opinión, la más sensata, la más humilde, la más modesta, la menos ruidosa de todas); la segunda, la consideración de Averroes como filósofo “no occidental”, cuando resulta posible más bien, afirmar que el de Córdoba es uno de los mejores filósofos de la historia de nuestro país.

Con Eckhart, algo universal se desliza del desprendimiento en relación con Dios para dejar ser al mundo y entonces estamos ya prestos a entrar en la experiencia moderna de la discreción, es decir, también a la experiencia de la literatura de Víctor Hugo, Kafka o Virginia Woolf: novelas sobre una nueva pericia del desprendimiento, revisiones y enmiendas intempestivas (muy sabrosas también) sobre citas al respecto de Pascal.

El tercer capítulo de La discreción se centra en su modernidad política cuando la discreción se ha extendido, democratizado, politizado, y no necesita para ser experimentada un clima de religiosidad. La ciudad, la multitud y el capitalismo, la emergencia de las metrópolis modernas (el inmenso reservorio de electricidad de Baudelaire) como condición de la discreción: pasajes que se han de recorrer y no territorios que se deben conquistar.

“Una sociedad viva y democrática es una sociedad donde cada cual puede convertirse en invisible, ser reconocido en sus derechos y su dignidad, y donde todos deben cuidarse regularmente del ser, para dejar un poco de lugar a los otros y al mundo”.

Extrema sutileza política, pues, de la discreción: “vagabundear es aceptar el mundo moderno y no tocarlo, inscribirse en el mismo gesto que se rechaza”. No podría dejar de incluirse en la deriva de la modernidad, el reverso totalitario de la desaparición, el aplastamiento, por decirlo con Hannah Arendt, de unos hombres contra otros. Con la reducción de los espacios públicos de libertad, el control absoluto sobre los individuos y la desaparición de la palabra pública, los totalitarismos destruyen la posibilidad misma de la discreción.

Los comentarios críticos a La sociedad del espectáculo de Guy Debord abren el camino de las conclusiones:

“La discreción es un arte reciente, más precisamente un arte micropolítico, practicado por millones de adeptos anónimos con quienes nos cruzamos a diario pero que no percibimos jamás, si no es por una vaga sospecha nostálgica cuando ya se han ido”.

La discreción no depende de la moral sino de la política, es un arte que no puede ser enseñado más que por artistas y por escritores: “es un asunto de visión y no de teoría ni de ascesis […] una forma de política donde los sacerdotes, los profetas y los maestros muy visibles no son bienvenidos.” Y es en esas coordenadas del arte y de la desaparición donde, de nuevo, resultan extraordinariamente pertinentes las citas de Blanchot pues fue quien más lejos llegó en el intento por caracterizar la esencia del arte moderno como arte de la desaparición.

“Pintar, escribir, quizás filmar, sería siempre buscar la desaparición”: desaparición del autor tras su obra, desaparición de las propias obras que quedan… escondidas, ir más allá y, a la vez, hacer desaparecer todo lo que nos define actualmente. La discreción refleja en matemáticas lo discontinuo, el estudio de las sucesiones. Discontinuidad también radical de la vida: aparecer y desaparecer alternativamente, pues la discreción vale cuando designa una experiencia y una postura y no un rasgo fijo del carácter.

“La discreción es una experiencia del tiempo concebido como devenir y no como una sucesión de instantes, aunque esta experiencia no deja de ser una experiencia discontinua”.

Belleza de vitalidad transitoria o sin alboroto, devenir sereno, atrapamiento de lo que está punto de desaparecer, felicidad cíclica por sustracción (de los juegos vanos de la imagen de uno mismo, de las cosas que se poseen o de las ambiciones personales), almas que perciben y que no resultan percibidas, libertad como… liberación.

Y al final el amor como materia propia de la discreción. Sea dicho con Hegel o con Henry James: el gris es el verdadero color de la vida del espíritu.

Etiquetas: Blanchot, Dios, Kafka, La discreción o el arte de desaparecer, Levy Strauss, Pierre Zaoui, Poe, Vila-Matas

Sobre el autor

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico (Valencia, 1969), licenciado en filosofía y doctor en derecho es profesor en la Universidad Jaime I donde dirige el proyecto 'La norma y la imagen' sobre derechos humanos, cine y literatura. Ha colaborado en las secciones de crítica literaria de 'Le Monde Diplomatique' (edición española), 'Dilema' revista de filosofía, 'Pasajes de Pensamiento Contemporáneo' y otras. Ha publicado poemas, aforismos y relato corto en diversas revistas literarias como 'La bolsa de pipas' (Palma de Mallorca) y 'Canibaal' (Valencia). En la actualidad es colaborador de la revista online de ocio y cultura 'El Hype (Culture & Entertainment Magazine)' donde tiene un espacio fijo en formato de blog: 'Hermosos y malditas'.

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