«Merriwether llevaba años quejándose de que su esposa Sarah no hubiera remozado la casa de la tÃa Aggie. Según su opinión, aquello se debÃa a una forma de indolencia cantabrigense disfrazada de desdén ascético por las comodidades materiales. Aquel platonismo cantabrigense llevaba años uniendo las posaderas de los Merriwether con los muelles de los asientos que deberÃan servir para su comodidad.»
Robert y Sarah Merriwether forman un matrimonio modélico; médico y fisiólogo él, especialista en el estudio de la sed, y profesor en Harvard; experta el lenguas romances ella, aunque formalmente retirada de la docencia después de haber aportado al fondo familiar cuatro hijos; conscientes ambos de la estructura ejemplar de su unión, aunque instalados en la comodidad de sus rutinas y de los sobreentendidos, representan el papel que la comunidad asigna a los grupos familiares de esa escogida extracción social.
«Las mujeres, pensó el doctor Merriwether, habÃan pasado por momentos difÃciles, sobre todo las mujeres que crecieron entre los años veinte y los años sesenta; olÃan una libertad nueva en el aire, veÃan que las mujeres jóvenes la disfrutaban, y sin embargo sentÃan que ellas no estaban preparadas. Aun en el plano académico, a las chicas de Nueva Inglaterra como Sarah se las habÃa educado para ser atractivas y soñadoras. Si estaban casi satisfechas, sentÃan que no deberÃan estarlo. Como los nuevos negros de los sesenta -aunque la experiencia de Merriwether al respecto era casi toda de segunda mano-, achacaban todos los dolores a la misma herida conspicua, eran de una u otra manera porque eran mujeres, ser mujer era una desgracia, una desgracia infligida, y quién la infligÃa sino los hombres, y qué hombre en particular sino el marido, o, al menos, el marido al que una ya no querÃa, es decir, el hombre que ya no las querÃa. Esa era la progresión, y las mujeres con inteligencia y educación se dedicaban sobre todo a sufrir, a quejarse, a ser activistas, a cotillear, a odiar y corromper o a liberar a las demás. Merriwether temÃa por sus hijas. Sarah no se daba cuenta del odio que destilaba a su vez, pero la hostilidad se colaba gota a gota en las cabezas de los niños. Pobre Sarah, sÃ, pero también, sÃ, maldita Sarah, maldito su egoÃsmo ciego, maldita su santurronerÃa y maldito su odio.»
El verano que su esposa pasa en Francia significa para el profesor una liberación casi adolescente. Robert se ve libre de las obligaciones a las que nunca se habÃa sentido sujeto -pero que Sarah le recordaba constantemente- y experimenta un renacimiento casi a nivel de gónadas, por más que la ausencia de sexo marital se remonta a mucho antes de la partida de su esposa. La asunción obligatoria de nuevas responsabilidades le provoca esa especie de resurrección como ser humano autónomo, y la celebración de esa liberación alcanza ámbitos casi olvidados: una botella de buen vino en cada cena, un desayuno sabroso y calórico, y la percepción de que el mundo, que ha avanzado a una velocidad inasumible, ha provocado cambios imperceptibles en su detalle pero que lo han dejado irreconocible.
«»Â¿De qué va todo esto?», se asombraba el doctor Merriwether mientras caminaba absorto hacia la clase, el laboratorio, su casa o el centro de salud de Holyoke. ¿Por qué esta desesperada necesidad de parecer especial? ¿Es tan difÃcil ya ser uno más? ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué exigÃamos tantÃsimo de los demás? ¿Era porque habÃa tanta expresión en el mundo que uno se veÃa obligado a ir más allá, y aún más allá, para poder pensar siquiera en sà mismo como persona?»
Dada la situación anÃmica y familiar de Robert, el terreno parecÃa abonado para que sucediera -aunque, con toda probabilidad, no era la primera ocasión que se le presentaba, sà que era la primera a la que estaba dispuesto a atender- lo que acabó sucediendo: una estudiante y paciente insultantemente joven, Cynthia Ryder, se pone a tiro y Robert, con plena conciencia de sus actos, pica el anzuelo.
«La señorita Ryder preguntó que era la ABM. Summie. Aquel era un término cariñosamente despectivo para los estudiantes de los cursos de verano. La señorita Rider era summie; no pertenecÃa ni a Harvard ni a Radcliffe. La leyenda summie cuenta que las chicas son bonitas, ignorantes y fáciles. (Los catálogos de verano reforzaban la ficción). Al doctor Merriwether le parecÃa que no habÃa ninguna diferencia entre las estudiantes de verano y las de invierno; solo que iban menos vestidas. (La verdadera promoción de Cambridge llegaba cuando diciembre desprendÃa la penumbra del invierno de Nueva Inglaterra).»
No solo las convenciones -cuarentón casado y adolescente hiperhormonada-, también las normas -profesor y alumna- y los usos y costumbres -un vecindario donde todos se conocen a la perfección- rechazan sin posibilidad de enmienda la relación. Robert es plenamente consciente de todas y cada una de estas contrariedades, pero lo que en realidad da la medida de su grado de implicación es que también es capaz de percibir el tremendo ridÃculo de su posición.
«Los minutos de separación hicieron más profunda su sensación de que lo que estaba ocurriendo era algo único. Qué ilusión humana tan primaria. Como si los seres humanos tuviesen la cabeza tan hueca como peces de colores que nadan alrededor del trópico, asombrados ante la perpetua novedad. Colones de bañera. De algún modo, asà era. El sistema neuronal era tan abrumador que un caso estadÃstico podÃa dar cuenta de la absoluta singularidad de todos los acontecimientos y sentimientos humanos. No era verdad que los humanos se pareciesen entre sà en los momentos de pasión, como habÃa dicho Eliot, poeta de Harvard. Todo era más o menos como cualquier otra cosa; pero solo hacÃa falta tener en cuenta el número inverosÃmil de sinapsis implicadas para considerar que los momentos de pasion correspondÃan a los mayores actos de intelecto. Quizá las palabras se viesen sustituidas por gruñidos, pero aquello no conllevaba una simplificación de la sensibilidad.»
El devenir del mundo, el encadenamiento de sucesos no es previsible ni neutral, y a los mimos antecedentes no siempre siguen las mismas consecuencias. Cada experiencia, por más que controlada en todos sus aspectos, puede desembocar en toda una incontrolable variedad de desenlaces. Robert es consciente de que su relación con Cynthia no lleva a ninguna parte, de que está descendiendo a toda velocidad y sin ningún control por una pendiente de final funesto, pero, en lugar de intentar detenerse, sigue acelerando a cada paso.
«Un oso viejo que se salÃa del camino de las fresas, con el hocico manchado de jugo color sangre, siguiendo las enredaderas. Esa era el canoso y resplandeciente Merriwether, con los ojos brillantes por la novedad, rebosante de turbación. La comodidad del amor moderno no era comodidad para él. No tenÃa sensación de «interludio» ni de relajación. De los noventa mil varones estadounidenses que en ese mismo momento firmaban en todos los registros del paÃs, como mucho una docena podÃan hallarse tan violentos con la ilicitud.»
La ceguera voluntaria, precisamente por serlo, no atiende a razones; ni las que el mismo Robert aduce -a la hora del análisis, su lucidez no tiene lÃmites- ni las que le hacen evidentes, de buena fe, algunos allegados -que, curiosamente, son casi idénticas a las suyas- consiguen que reconsidere su decisión.
«Sé lo peligroso que es clasificar a los seres humanos, pero he conocido a muchas chicas asÃ. Han sido mis compañeras. Sexo y ternura. Nada más, ni siquiera amistad. Asà que tengo que conocer a muchas mujeres. En los últimos años he sentido un tremendo impulso hacia ellas. Quieren, desean, y nosotros, los que aún no tenemos la barba blanca, les damos más en menos tiempo. Les enseñamos, gastamos dinero en ellas, las exhibimos, les explicamos lo que significa todo. Somos su graduación. Lo que quiere decir que a través de nosotros es como si se graduasen. Y eso también quiere decir que puede haber un montón de lágrimas cuando llegue el dÃa de la graduación.»
Una relación de este tipo puede ser vista como una anécdota por aquellos que no tienen implicación personal con ninguno de los protagonistas, pero esa visión varÃa de forma gradual en función de esa connivencia y puede abarcar desde la envidia, no exenta de complicidad, de los colegas de Robert -todos de su misma edad y sujetos a circunstancias parecidas-, pasando por el rechazo de su esposa -aunque con una complicidad culpable por parte de sus hijas, alguna de una edad próxima a la de su amante-, hasta la abierta hostilidad del padre de Cynthia con una actitud próxima a la de quien es despojado, mediante alevosa traición, de su posesión más querida.
«Los sentimientos intensos convierten a la gente en máquinas; se vuelven mecánicos, repetitivos, farfullan mientras el nuevo sistema mental intenta controlar la lava que sale a borbotones de los miedos infantiles. La cara del señor Ryder se puso sanguinolienta, biliosa, luego pálida, recorrió la terraza para alejarse de aquella presencia que de repente le resultaba detestable, de aquella hija extraña y desconocida. Volvió vomitando su propia historia marital, que habÃa cortejado a su madre durante años hasta que terminó la Facultad de Derecho y aprobó el examen para poder ejercer, que habÃan refrenado su pasión, que no habÃan ido contra el núcleo mismo de su educación. De acuerdo, el mundo estaba entregado a la juerga moral, las cosas habÃan cambiado un poco, pero las costumbres constituÃan una reserva de instrucción, del mismo modo que la herencia era una reserva ambiental, y ella habÃa recibido dicha instrucción. ¿Qué se proponÃa yendo en contra del núcleo de su vida?»
Pero ni siquiera la animadversión más feroz, incubada en el vuelo transoceánico que emprende para rescatar a su hija, de la vÃctima de la sustracción puede con la corrección del profesor que ha seducido a su hija ni con el encanto de esta, que parece haber ingresado de golpe en la edad adulta en ausencia de un padre más preocupado por su carrera profesional que por el futuro de su hija.
Como cualquier culpable, aun reconociendo el delito, Robert está seguro de que lo que sucede no es tan grave como parece, o como les parece a alguno de sus hijos y, sobre todo, a su esposa. Esa tendencia a la autoindulgencia -tan poco religiosa en general, tan poco cristiana en particular- no persigue el perdón sino la plena e incuestionada aceptación de todos los implicados. Es, tal vez, consecuencia de su formación cientÃfica; un especialista en humanidades se resistirÃa a mostrarse tan autoindulgente; un filósofo no podrÃa conllevarlo sin una grave crisis personal.
Aunque partiendo de una situación desigual, no solo con respecto a la edad, la relación progresa hacia un punto de equilibrio difÃcilmente presumible; sin que ninguno de ambos renuncie a todo aquello que le resulta importante, la relación va igualándose, sobre todo en el plano intelectual -en el que la grieta se presumÃa más profunda-, con respecto al cual Robert no ha tenido que realizar renuncia alguna y Cynthia parece haber madurado con increÃble rapidez. Incluso las inevitables peleas ocasionales poseen el sello de las disputas entre adultos razonablemente responsables, como si sirvieran para devolver la situación a un punto de estabilización perdido en el camino.
«La doble visión de la mente que sabe pero no puede sentir ni actuar según su conocimiento, que, acurrucado tras sus propios huesos, lo mide todo desde detrás de esas contraventanas, que, a las cinco en punto, repasa sus propios problemas como un dios que supervisa, y a las cinco y cuarto se encoge formando un nudo de egoÃsmo; la doblez humana con sus cerebros crespusculares centelleantes, externos e internos, con su luz cortical deslumbrando por encima del viejo miedo opaco.»
El efecto de la aventura de Robert y Cynthia sobre el resto de componentes de su entorno es altamente invasor; en todo caso, exige mucho más espacio y dedicación que aquello que, en principio, ha venido a sustituir, la vida familiar -que, sin embargo, sigue exigiendo su cuota-. Parte de ese espacio, aunque de forma indirecta, lo ocupan los preparativos para dar un fin conveniente a su matrimonio, con su carga de tristeza pero también de bilis, y con tantos buenos recuerdos como justificaciones para el odio más inclemente.
«No es que no hubiese sentido ternura, tristeza, pasión, amor, incluso desesperación, pero si le hubiesen preguntado si habÃa experimentado los sentimientos de la gente sobre la que habÃa leÃdo, oÃdo hablar o visto en los noticiarios de la guerra, habrÃa respondido: «Por supuesto que no». Nunca se habÃa casado con su madre ni se habÃa sacado los ojos con un broche, ni, gracias a Dios, habÃa perdido a ningún hijo (aunque el miedo a algo asà era lo que más lo acercaba a sus profundidades). HabÃa considerado los sentimientos de los Lear y los Antonio frenesÃes emocionales, raptos, descargas alucinógenas en el lóbulo prefrontal, desbordamientos que no tenÃan relación con la vida real. HabÃa chequeos y equilibrios fisiológicos que protegÃan el sistema de ese tipo de sentimientos (la manufactura atrasada de la angiotensión sin la cual se darÃa una hipertensión constante, que asesinarÃa cualquier corazón).»
Bellow y Roth alargan su sombra y la proyectan sobre Stern, pero sin la carga de culpabilidad que parece asignada a los autores judÃos infieles: la autoinculpación tiene una intensidad parecida, pero la conciencia de Robert no actúa en contra de sus deseos. Tampoco aparece la sensación de inevitabilidad, de fatum, contra la que el sujeto está indefenso; al contrario, Robert parece disfrutar en todos los términos de su infidelidad, y si acaso tiene algún remordimiento de conciencia es por las consecuencias que su conducta conlleva -o debe conllevar, él se limita a especular sin entrar demasiado a fondo- para las únicas personas cuyo vÃnculo no quiere que desaparezca: sus hijos.