Andrés Neuman | Foto: Simon Hurst | Páginas de Espuma

Benno von Watanabe

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Andrés Neuman | Foto: Simon Hurst | Páginas de Espuma

¿Cuál es el sabor exacto de una pila encontrada en una guardería cercana a Fukushima? “Un sabor a infancia” es la respuesta obvia, la primera que nos viene. Pensemos otras: también ha de ser un sabor a energía, a radiación, a muerte, a lengua, a lenguaje, a asunción y a juego. En lo tocante a Fractura –acaso a toda la narrativa de Andrés Neuman– las preguntas siempre tienen más de una respuesta.

En un ejercicio sin duda pomposo, he aprovechado la coincidencia silábica para titular a esta nota Benno von Watanabe. Para mí, los paralelismos con Archimboldi son inmediatos, aunque acaso sean arbitrarios y respondan más a mi bolañismo irredento que a una estrategia premeditada por Neuman. La semejananza, en cualquier caso, inaugura un camino que podemos transitar, y en el que sin duda valdrá la pena –queda la tarea para el lector o para el crítico– considerar las similitudes entre la función de Fractura en la obra de Neuman y la de 2666 en la de Bolaño. Hoy me interesan más otros ecos, otras resonancias, otras ondas.

Alfaguara

No abandonemos el símil: la primera idea que nos viene a la cabeza es la de que tanto Watanabe como Archimboldi (y como Tinajero, si se quiere añadir un tercer elemento a la serie) son personajes hechos de puro material narrativo, son lo que otros cuentan de ellos, las palabras de los demás. Y tanto en Bolaño como en Neuman el uso de la tercera persona responde siempre a necesidades ineluctables, nunca es caprichoso, así que el  hecho de que las partes de la novela en las que se narra el presente de Watanabe estén en tercera persona es muy revelador. En ese sentido, la metáfora que el propio Watanabe escoge es perfecta: el centro de un golpe en el agua, la memoria de un impacto que sólo vemos a través de las ondas concéntricas que se van perdiendo en la lejanía. Desde cada una de esas ondas, el vacío central se constituye en recuerdo bajo las miradas de cuatro amantes de Watanabe y de un periodista argentino. Haciendo gala de una irreverencia perfectamente castiza, una de esas mujeres (Carmen, la madrileña) dirá:

“[Yoshie d]escubrió que tenía miedo al vacío. Y se quedó de lo más decepcionado, porque en su familia le habían enseñado que el vacío era el verdadero sentido de la vida. Vamos a ver, ¿qué clase de padres te enseñan algo así? Yoshie opinaba que el vacío debería ser una actividad en sí misma”.

Y en cierto sentido a eso se dedica el señor Watanabe durante toda la novela, desde que explota la bomba de Hiroshima hasta el final: al vacío, a provocar ondas en el agua.

De las ondas, se sabe, lo más que podemos decir es que son la representación gráfica de una energía que se transmite. Nos permiten ver la energía. En cierto modo Fractura también es eso, un dispositivo que nos permite figurarnos las vibraciones causadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaki bajo la especie de un golpe en el agua. Vibraciones físicas, por supuesto, aquellas que destruyeron edificios y familias enteras, pero también políticas, psicológicas y –si se quiere– espirituales. Por eso Andrés Neuman escoge narrar del modo en que lo hace. No es arbitrario que la línea que conduce la novela sean cuatro personajes que viven en cuatro grandes capitales del mundo. En ese sentido Fractura es una historia del siglo XX, pero una historia peculiar, una historia atenta a los ecos y a las reverberaciones de un hecho fundamental, una historia que sigue el trazado de las ondas expansivas hasta llegar a Fukushima, que responde desde la otra punta del siglo. El dispositivo que es Fractura nos permite entender Fukushima o Chernóbil, entonces, como réplicas sísmicas del primer impacto fundacional, y nos impide concebir dos hechos cualesquiera como hechos aislados entre sí. La novela de Neuman traza un mapa en la que todo acto, toda materia y todo pensamiento están conectados entre sí.

Ya hemos establecido que en Fractura nada se puede leer desde una sola óptica. El caso del agua es paradigmático, y más cuando el último capítulo de esta novela se titula así, Y el agua. El agua por la que se expande el golpe vacío que es Watanabe une al fin el Atlántico, el Pacífico y el Mediterráneo, pero no sólo eso, también se evapora, sigue su ciclo y acaba dentro de cada ser humano y dentro de cada forma de vida. Nos rodea y nos penetra, y por lo tanto no podemos evitar acusar los golpes que recibe. Fractura, en fin, es una novela de vibraciones.

Hay una última consideración en torno a la idea de la expansión que puede ser relevante. Los físicos utilizan una hermosa metáfora para delimitar la propagación de la información: el cono de luz. Podemos trasladar ese tropo a Fractura para ver cómo funciona. Si consideramos que en un golpe en el agua hay dos dimensiones y entendemos el tiempo como una tercera dimensión vertical, veremos cómo las ondas concéntricas del señor Watanabe van formando paulatinamente un enorme cono, que casi se solaparía con el cono que formaría la explosión de Hiroshima. Así que Neuman inaugura con esta novela una metáfora perfecta, mejor que la del cono de luz por lo que el agua tiene de humano: el cono de agua.

Abandonemos ahora la crítica hidrográfica y volvamos a pensar a través del título de esta reseña. Si Benno von Archimboldi es un escritor, si Cesárea Tinajero es una poeta, si Hans, de El viajero del siglo, es un traductor, quizá Andrés Neuman haya sentido la necesidad de dejar atrás los protagonistas-ausentes-literatos en esta ocasión. Así que lo podemos imaginar enfrentándose a la siguiente pregunta: ¿qué se parece a un literato, qué cumple una función similar a la de un literato pero no es un literato? La respuesta obvia, la que quizá otros habríamos ensayado, pasa por un periodista, un copista, un investigador, un logopeda. La que da Andrés, sin embargo, la respuesta que amplía los ecos de su novela hasta límites insospechados, es mucho más rica: un economista. Ya es hora de desentrañar los nudos que atan a la literatura y a la economía, y el señor Watanabe es consciente de ello. Ya en la página 42, comparando la economía con la filología, escribirá que “las dos especialidades t[ienen] mucho más en común de lo que parec[e]. Que exist[en] muchas similitudes entre el sistema de una lengua y el sistema productivo de un país. Que ambos t[iene]n sus ciclos de florecimiento y decadencia. Atesora[n] un patrimonio. Gstiona[n] mejor o peor su riqueza. Y negocia[n] con los valores extranjeros”. Más adelante nos da tres claves que ya no dejaremos de tener presentes:

“¿Acaso no están todos los países unidos por el agua, la memoria y el dinero?”.

El agua no se puede territorializar, no se puede delimitar, igual que la energía. No es en vano que Neuman nos recuerde que Rusia y Bielorrusia recibieron más radiación que Ucrania, que es donde estaba ubicada la central nuclear de Chernóbil. El agua abole los países, practica kintsugi con sus fronteras.

Tratar de agotar los sentidos de Fractura es un ejercicio tan vano como tratar de desentrañar el significado de la pila en la boca del señor Watanabe. Repetiríamos el ejercicio del cartógrafo borgiano que construyó un mapa idéntico al país que quería representar. Como las amantes miran a Watanabe nosotros debemos leer Fractura, desde los distintos ángulos de su cono de agua. En un momento dado Mariela, la traductora argentina, le cuenta a Watanabe que algunas enciclopedias y algunos diccionarios incluyen entradas falsas para detectar plagios de la competencia, y Watanabe le pide que incluya alguna vez una variante imaginaria del kintsugi, cuya ausencia en otras lenguas evidencia “una significativa laguna”, es decir una masa de agua a la que le falta que alguien le otorgue significado. Quizá Fractura es eso, una entrada falsa, una falla en el diccionario con el que damos sentido al mundo, una definición del kintsugi en castellano. Un hueco, de nuevo un vacío, un golpe en el agua. Eso, sin embargo, dista mucho de ser una mala noticia: nos impone la tarea de leer la novela, de practicar una forma literaria del kintsugi, de caer exhaustos y felices en la vana y hermosa tarea de tratar de agotar los sentidos de Fractura.

Munir Hachemi Guerrero

Munir Hachemi Guerrero (Madrid 1989). Ha autopublicado tres cuentos sueltos ('M', 'Los ojos blancos' y 'Del otro lado') y dos novelas ('Los pistoleros del eclipse' y 廢墟). También ha ganado algún que otro premio. Como poeta ha sido antologado en tres volúmenes.

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