Cynthia Ozick | Foto: Lumen

El mesías de Estocolmo

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Cynthia Ozick | Foto: Lumen

Confieso que conocí la literatura de Cynthia Ozick relativamente tarde; además he olvidado si fue la lectura de una reseña o porque me llamó la atención la portada, pero sí que recuerdo perfectamente el libro en cuestión, Cuerpos extraños (Foreign Bodies, 2010), la edición de Lumen de febrero de 2013 de la traducción de su última novela publicada hasta el momento. Después de ese «descubrimiento», he leído algunas obras más pero no toda su producción -en cuanto a novelas, sólo ha publicado seis-, no tanto porque no esté disponible en castellano como para evitar la sensación, cuyo efecto comparte con otros escritores, de que no me queda ya nada debido a su pluma por leer. Sin embargo, esa dilación, que se asemejaría a la «delectatio morosa» de San Agustín, quedó suspendida cuando, efectuando un repaso de los libros pendientes de leer, vi la dedicatoria de El Mesías de Estocolmo (The Messiah of Stickholm, 1987):

«A Philip Roth»

Ozick y Roth comparten, en mi experiencia lectora, la sensación de exigencia intelectual al que se sumerge en sus páginas, no tanto porque sus tramas sean inextricables ni su sintaxis de difícil descifrado como por la atención que me exigen, como lector, para captar todos los matices, explícitos y ocultos, de su prosa.

«No todo el mundo tiene por qué existir.»

Lars Andemening es un crítico -y muy literario él mismo- sueco, doblemente divorciado y solitario, autor de una columna de crítica literaria en un periódico de segunda de Estocolmo, afectado por una extraña fijación por Europa Central. Lee solamente autores de esa parte del mundo, y ha decidido, dada su práctica orfandad, adjudicarse un padre: Bruno Schulz.

«No era su hermana; él no tenía hermana ninguna, ni padre, ni vínculo alguno con el apellido de su madre. Se había dado un nombre en secreto: Lazarus Baruch. ¿Quién iba a decirle lo contrario, quién iba a negarle aquellos emparejamientos, aquellos enredos? Y, a través de adivinaciones de diccionario y de desplazamientos cabalísticos: Lars Andemening. ¿Quién iba a impedírselo? Gozaba de la aterradora libertad de elección que sólo tiene el huérfano. Podía convertirse en lo que le diera la gana; nadie podría prohibírselo, podía escoger su propia historia. Podía escoger y podía renunciar. Era aterradoramente, horrorosamente libre.»

Ediciones Montesinos

A partir de esa ficción de filiación, Ozick acompaña a su protagonista en la búsqueda  de datos desconocidos relativos a Schulz: documentos inéditos, testigos presenciales de algunos episodios de su vida y, particularmente, el rastro perdido del texto de la que había de ser su obra maestra, El Mesías. Entre la galería de personajes, lo suficientemente estrafalarios como para que resulten verosímiles, Ozick pone en escena a la señora Eklund, librera de lance de aviesas intenciones, con la que Lars mantiene una pugna, que se convertirá en uno de los hilos principales de la novela,  relacionada con Schulz: ambos encaran la investigación a partir de dos puntos de partida distintos, sino divergentes -en una reproducción de la (pen-)última rivalidad de la crítica académica-: una, es partidaria de rebuscar en documentos personales, declaraciones de testigos, documentos oficiales y cualquier fuente secundaria que dé razón, aunque sea tangencialmente, de Schulz; el otro, en cambio, pretende limitarse  a la información que pueda destilarse de los textos de creación del polaco.

El tema que se pone en discusión es el referente a la herencia, al legado, y la cuestión que pasa a primer plano es la polémica acerca de qué parte de nuestro acervo es heredado, involuntario, nos viene impuesto por una herencia que no hemos escogido; qué responsabilidad tenemos respecto de la preservación y comunicación a las generaciones futuras; hasta qué punto esa herencia es modificable, adaptable al heredero, en definitiva, manipulable, hasta conseguir hacérsela suya; incluso hace intuir la cuestión acerca de quién es el encargado de preservarla, si un familiar directo, aunque no esté interesado en ella, o un individuo ajeno pero con la suficiente preparación para llevarla a cabo.

«Sobre la Academia, flotando en el cielo nocturno, meciéndose, posado entre los copos de nieve, Lars vio, o casi llegó a ver, el cuerpo de su padre, en absoluto un esqueleto… una aparición incandescente, ondeando en la luz, henchido, pues la luz estiraba la piel de su padre hasta dejarla en la más pálida transparencia. Ese padre-globo, del que se desprendía aquella luminosidad, pues la luz se derramaba por las esquinas de la calle desde su cuerpo hinchado, iba a la deriva, inmerso en un flujo inmaculado, blanco, con el cual se entreveraba. Al principio, un borrón, luego una mancha, luego la blancura: sobre los tejados de la Academia hubo sólo un chorro de puntos y comas de nieve que descendía entre resplandores.»

Posteriormente, tiene lugar la aparición de Adela, nombre de un personaje de Las tiendas de color canela, que se presenta como hija ilegítima de Bruno Schulz -por tanto, hermana teórica de Lars- y de una de sus modelos, que está en posesión del único ejemplar del manuscrito de El Mesías, la obra perdida de su padre. Ese encuentro constituye el hilo conductor de la segunda parte de la novela, y las vicisitudes del documento y de los personajes relacionados con este el grueso de la trama.

El Mesías de Estocolmo deviene, finalmente, en un tratado sobre la impostura: Lars, que se considera fraudulenta y conscientemente, hijo de Bruno Schulz, es abordado por Adela, que se reivindica también falsamente como hija del escritor, con la inestimable complicidad de Heidi, una librera también impostada, y de un supuesto Dr. Eklund, nombre también falso bajo el que se oculta un inmigrante centroeuropeo, en el papel de experto en literatura y en manuscritos perdidos, para facilitarle una obra que no existe. De este modo, cada personaje adopta el rol que él mismo se ha atribuido, independientemente de la veracidad de los elementos que componen el fraude, veracidad que todos ellos rehusan pero que acuerdan, implícitamente, para mantener viva la ficción, en un proceso sospechosamente parecido al que se ve envuelto el lector de ficción cada vez que aborda un texto.

«Era su abogado, había tomado partido por él. Aquello era como un juego, como una pieza teatral. Estaba en un teatro. Lars se sintió oculto. Tras un proscenio cubierto por el telón -sólo que el telón estaba sellado y le impedía franquearlo- se desenmarañaba un drama rabioso e ininteligible. Ni siquiera en calidad de testigo podría ocupar un lugar racional dentro de la trama. ¿Qué es lo que iba a ser, ya que no el hijo de su padre? ¿Y ella, la hija, aquella hija falsaria? De pronto, el autor de El Mesías ya no era el padre de nadie. ¡A lo que había renunciado Lars! Una capitulación: se había rendido ante el relato de la hija falsa. Ya no tenía un relato sólido en el cual apoyarse, tan sólo su sangre soliviantada. El de ella era tan probable como cualquier otro en el atroz desierto que fuera Europa cuarenta años atrás. Todos los cuentos tenían su punta de plausibilidad. Lars tenía… ¿qué tenía? Su vieja certidumbre, nacida de su propia carne, como una uña. Se la arrancó. Se había quedado desprovisto de verosimilitud. ¿Que ella no era hija de nadie? Entonces, razón de más, él no era hijo de nadie en absoluto.»

La forma en la que se materializa la impostura es el plagio. El plagio chistoso, la cita sin entrecomillar, ese texto cuyo defecto notarán solamente los entendidos, o los implicados, pero que para el común de los lectores o pasará desapercibido o será loado como fruto de la más brillante inspiración, pero que los críticos dudarán si desenmascarar, no sea que remojando el polvo les manchen las salpicaduras del lodo resultante. O el plagio canallesco, el latrocinio premeditado, el engaño inexcusable: atribuirse la creación ajena, el mérito que no se ha merecido, el reconocimiento al que no se tiene derecho.

Pero para un verdadero experto en literatura no es difícil desvelar el fraude, una vez analizados todos sus elementos uno a uno y descartado el afán de descubrimiento, pero incluso ante esa situación, ¿podrá librarse de la pesadumbre, de la esperanza, de la remota posibilidad de que el documento descartado sea genuino?

«Con todo, de cuando en cuando, se daba el caso -aunque no con excesiva frecuencia- de que Lars se entristecía por su vida. No por haber fracasado en su tarea de purificarla. Tampoco a causa de la pérdida de El Mesías. Ni mucho menos por ser un huérfano de avanzada edad, ni por haber elegido al azar, entre las páginas del diccionario, un apellido que le cuadrase […]. Cuando, cada vez con menor frecuencia, el olor [a quemado] brotaba de las hendeduras y los pliegues matinales, Lars vislumbraba, dentro de los estrechos corredores de su cráneo, al hombre de la levita larga y negra, a todo correr, apresurado, con una caja plana de metal bajo el brazo, a todo correr hacia las chimeneas. Y entonces, a la luz azul de Estocolmo, entre la humareda de las cebras al fuego, se apenaba.»

Soberbio texto, uno más, de una escritora imponente, al que ni siquiera una traducción infame consigue restar ni un reflejo de su brillantez.

Joan Flores Constans

Joan Flores Constans nació y vive en Calella. Cursó estudios de Psicologia Clínica, Filosofía y Gestión de Empresas. Desde el año 1992 trabaja como librero, actualmente en La Central del Raval. Lector vocacional, se resiste a escribir creativamente para re-crearse con notas a pie de página, conferencias, críticas y reseñas en la web 2.0, y apariciones ocasionales en otros medios de comunicación.

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