Revista de Letras
12 años de Periodismo Cultural

El arte de desaparecer, 4. (O de cómo no morir en el intento)

26 junio 2011 Crónicas

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La literatura es sólo un punto de partida. Y a mí, lo reconozco, me interesan aquellos puntos de partida en donde se atrapa a un personaje poco antes de saltar al vacío. Transitan por la cuerda floja y nos mantienen en alerta. Una pequeña ráfaga de viento puede hacer que tropiecen y caigan rodando por la pendiente. La habilidad de un escritor consiste en mantener esa tensión durante todo el relato. El lector es el único testigo: a él se le encomienda la tarea de ser el testigo de algo que está a punto de desaparecer. Sin el lector, ese personaje se hubiera borrado para siempre.

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Sin embargo, resulta que hay otro tipo de personajes, reales o ficticios, que saltan al vacío pero no desaparecen. Aquí entramos en la simple perspectiva. Dependiendo de la óptica, su historia tambaleará entre la tragedia y la comedia. Hablamos de personas y personajes que han saltado y que, por azar o torpeza, han sobrevivido. El arte de desparecer no es simple: exige trabajo, constancia y un poco de suerte.

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Nick Hornby, En picado: el azar junta a cuatro personajes en la terraza de uno de los edificios más altos del norte de Londres. Martin, Maureen, Jess y JJ acuden allí una Nochevieja con la intención de lanzarse desde esa “torre de los suicidas”. Nadie está dispuesto a guardar cola para un acto, el suicidio, que exige cierta intimidad. Quien opta por desaparecer piensa que, en cierta forma, el mundo se borra también. Si hay testigos, el suicida puede entender una verdad cruel: la humanidad no desaparece porque a uno le dé por precipitarse desde un edificio.

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Varias películas paradigmáticas. La ardilla roja, de Julio Medem, parte del intento de suicidio de uno de sus personajes, Jota, que pretende arrojarse desde un puente. Lo único que le separa es la barandilla y, quizás también, la falta de arrojo. Pero en el otro extremo un motorista vuela por los aires y cae a la arena. Jota corre hacia él. En realidad, no es un él, es un ella. Sobrevive al accidente, pero pierde la memoria. La decisión de Jota es sencilla: reinventará una vida con ella para escapar del suicidio. Ambos han desaparecido, aunque sigan siendo visibles.

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Billy Wilder, El apartamento: ¿Qué hubiera sido de Jack Lemmon si no hubiera entrado a la habitación donde Shirley MacLaine estaba tumbada en la cama, después de haber ingerido unas cuantas píldoras?

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La prostituta de la película Fresa y chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea, basada en el espléndido relato de Senel Paz, siempre está al borde del suicidio. Sobrevive a: cortarse las venas, ahorcarse con un lazo que cuelga del techo o arrojarse a la calle desde el balcón. Mi preferido, no obstante, es aquel personaje de Amanece que no es poco, la mítica película de José Luis Cuerda. Un pésimo y frustrado suicida que se planta en medio de una carretera nocturna, esperando a un camión al que recibe partiéndose la camisa, al grito de “Mátame”. No lo consigue.

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Leopoldo María Panero (Foto: yeyo gil - wikipedia)

Después de varios intentos de suicidio, Leopoldo María Panero confiesa que es la literatura, la poesía, la que le separa nuevamente de hacerlo. Su reclusión en un centro psiquiátrico vino después de una tentativa, que coincidió, precisamente, con una de las etapas más felices de su vida, cuando conoció a Gimferrer y a Ignacio Prat. En una entrevista, publicada en Babelia el 27 de octubre de 2001, Panero explica: “Estaba en una pensión de Barcelona y entró la señora de la casa, me vio con las pastillas al lado y me dijo: "¿Pero es que va usted a hacer lo mismo que Marilyn Monroe?". Me fui a la calle y en la puerta me encontraron en coma. Luego empezó toda esta historia de los manicomios, que me destruyeron más que la bebida”. No sé si Panero piensa en desaparecer. Sí vive, sin embargo, obsesionado con la idea de que son los otros quienes le empujan a hacerlo, quienes le han condenado al ostracismo. Cuando pienso en Leopoldo María Panero o me lo encuentro en un diario o alguien le cita, recuerdo una anécdota que me contó mi amigo David Vegue. Coincidió con él en un congreso, en Zaragoza, sobre los poetas novísimos. Creo, si la memoria no me falla, que fue en 2001. El azar quiso que se sentara justo a su lado, entre el público. En otro asiento, varios libros. David me cuenta que le pidió que se los pasara, con la frase “Acércame esos libros de Leopoldo María Panero”. Aquello me sigue pareciendo una de las formas más bellas de desaparecer: alejarte de tu nombre y de tu obra y salir al escenario como si el que lee fuera ya otra persona.

Reinaldo Arenas (Foto: Tusquets)

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Todos conocemos la triste historia de Reinaldo Arenas. Digo triste, por no decir desgraciada. Ni siquiera añadiría que vivió en el lugar y en el momento equivocado. O, si lo hizo, no le distinguiría de un buen puñado de escritores. Sabemos que estuvo al lado de la revolución cubana, pero que pronto comenzó su desencanto. Eso, unido a su conocida homosexualidad, le llevó a la cárcel. Después de intensos interrogatorios, intentó suicidarse, pero no había forma de  hacerlo en una celda sin cuchillas, ni cordones de zapatos ni objetos punzantes. Intentó morir de inanición. No lo consiguió. Así que, un día, optó por rasgarse el uniforme y construyó, con sus tiras, algo parecido a una soga, que colgó de la baranda de la cama. Sólo perdió el conocimiento. “Tienes mala suerte, no lo lograste”, eso fue lo que le dijo el mismo médico que le atendió, hacía un tiempo, cuando Arenas intentó suicidarse ingiriendo pastillas. Sabemos el final: el escritor se suicida en Nueva York, en 1990, coincidiendo con la fase terminal de su enfermedad. Todo esto unido nos descubre a un autor que, pese a seguir escribiendo, ya había desaparecido. Antes del disparo y antes del exilio. En cierta forma, uno desaparece desde el primer momento en que piensa en desaparecer.

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Explica Carlos Monsiváis que un día una voz le dijo: “Suicídate”. Monsiváis pensó: “Bueno, a lo mejor eso también lo hago mal”. El temor a ser un pésimo suicida, reconoce, le condujo a abrazar el periodismo. Ignorar esa voz y, más aún, ser consciente de su posible torpeza, hizo que Monsiváis sea, hoy en día, uno de los más populares intelectuales mexicanos.

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Nicolás de Chamfort

El suicidio es, en muchos casos, una cuestión de persistencia. Tomemos dos ejemplos: el revolucionario Nicolás de Chamfort y el cantante Mike Brant. El primero de ellos, Chamfort, fue un partidario entusiasta de la Revolución Francesa, lo que no le libró de ser condenado a la guillotina durante el tiempo del Terror. Decide ser él mismo el que ponga fin a su vida, disparándose una bala en la cabeza. Resultado: se queda tuerto del ojo derecho y su nariz queda completamente maltrecha. El segundo intento es un acto en el que lucha, también, contra sí mismo. Evitaremos reproducir los efectos que le causó el manejo de una navaja. Demasiado ensañamiento. Ahora entendemos una de sus últimas frases: “Viviendo y viendo a los hombres, hace que el corazón se rompa o se endurezca”.

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El segundo de esos casos es el de Mike Brant. En 1974 se arroja al vacío desde el quinto piso de un hotel de Ginebra. No muere, así que al año siguiente se lanza desde un sexto, esta vez en París y con más suerte.

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Muchos han sobrevivido. Después de tan terrible experiencia, algunos, incluso, están dispuestos a dar gracias a la vida, como Violeta Parra. (Sí, después de su intento frustrado de suicidio, sale del hospital y compone su famosa canción. La letra pequeña sería: poco tiempo después vuelve a intentarlo, y muere).

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La actriz neoyorkina Anna Thomson intenta suicidarse a los nueve años. Se arroja por la ventana del piso que sigue ocupando hoy día. Cae en una terraza y es recogida por los vecinos. En 1999, en una entrevista, declara que sus vecinos la miran mal desde entonces.

José María Arguedas

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Siguiendo las indicaciones de Carlos Janín, varios son los suicidas agónicos, es decir, aquellos que sufren el martirio de la espera. Van Gogh se dispara un tiro en el pecho, aunque vuelve a la pensión por su propio pie y se acuesta en la cama. Tarda dos días en morir. José María Arguedas, cuatro días. Si hacemos caso a Vargas Llosa, Arguedas, que murió en el baño de una universidad limeña, eligió el viernes por la tarde para no perturbar el funcionamiento del claustro. El récord, no obstante, lo tiene el novelista ruso Leónid Andréiev: muere 28 años después, víctima de un disparo que le dejó la mano tullida.

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¿Fue Chateaubriand o un personaje suyo al que se le encasquilla la escopeta cuando tiene el cañón en la boca? ¿O fue Raymond Chandler? ¿O Carson McCullers? ¿O Joseph Conrad? ¿O Emilio Salgari? ¿O Maria Schell? ¿O Roberto Arlt?

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¿Osamu Dazai? Tras varios intentos de suicidio -dos, antes de los veinte años -, se arroja a un canal del río Tama junto a su amante. Atan sus cuerpos con una cuerda, roja, según algunas notas que he leído. Claro que, también según algunos, él no muere. Sólo su amante.

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Kostas Karyotakis

Una de mis historias preferidas es, en este sentido, la del poeta griego Kostas Karyotakis. Enviado a una pequeña ciudad de provincias, este funcionario ministerial sufre por doble motivo: la agobiante atmósfera de la ciudad y el contagio de sífilis. En 1928 decide arrojarse al mar, pero después de diez horas es devuelto a la orilla. Debió olvidarse de que, además de poeta suicida, era un buen nadador. A la vuelta, se compra una pistola y, sentado en un café, redacta una nota de suicidio, cuya posdata habría que guardarla en la mejor antología de literatura universal: “Aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, siempre subía a la superficie. Seguramente alguna vez, cuando tenga oportunidad, escribiré las impresiones de un ahogado”.

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W. G. Sebald, en Austerlitz: “¿qué puede haber peor que errar el final de una vida ya de por sí desgraciada?”.

Álex Chico
Barcelona, junio de 2011
Blog Isla de Elca

(Todas las fotos e imágenes, excepto en las que se indica, son promocionales o de dominio público).

Etiquetas: Amanece que no es poco, Anna Thomson, Austerlitz, Billy Wilder, Carlos Janin, Carlos Monsiváis, Carson McCullers, Chateaubriand, El apartamento, Emilio Salgari, En picado, Fresa y chocolate, José Luis Cuerda, José María Arguedas, Joseph Conrad, Julio Medem, Kostas Karyotakis, La ardilla roja, Leónid Andréiev, Leopoldo María Panero, Maria Schell, Mike Brant, Nick Hornby, Nicolás de Chamfort, Osamu Dazai, Raymond Chandler, Reinaldo Arenas, Roberto Arlt, Senel Paz, suicidas, suicidio, Tomás Gutiérrez Alea, Vincent van Gogh, Violeta Parra, W.G. Sebald

Sobre el autor

Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Autor del poemario 'La tristeza del eco' (Editora Regional de Extremadura, 2008), y de las plaquettes 'Nuevo alzado de la ruina' (Vebo Blues Ediciones, 2005) y 'Las esquinas del mar' (Vitolas del Anaïs, 2004). Crítico literario en 'Ínsula', 'Falsirena' y 'La prensa de Zamora', sus relatos y poemas han aparecido en 'Papers de Versàlia', 'Letra Clara', 'Contra Tiempo', 'Papel Salmón', 'La plaza humana' o 'Nadadora'. Codirige la revista de Humanidades 'Kafka'.

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