Montpellier | Foto: Albert Lladó

Notas desde Montpellier

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Montpellier | Foto: Albert Lladó
Montpellier | Foto: Albert Lladó

En una placa, escondida tras una blanca flor (¿por qué sabremos tan poco de la blanca flor?), leemos un extracto de Paul Valéry. Dice algo así: “Iremos lentamente por las callejuelas pedregosas y tortuosas de esta vieja ciudad, a ese antiguo jardín donde todas las gentes de pensamiento, de preocupaciones y de monólogos bajan por las tardes”. Estamos en el Jardin del Plantes de Montpellier, enfrente de la Escuela de Medicina más antigua del mundo occidental. Siglo XIII. Por allí pasaron personajes tan singulares como Ramon Llull, Arnau de Vilanova, Rabelais o Nostradamus.

Es esta ciudad, antigua y acogedora, una hermosa polifonía de cafés, terrazas y bicicletas. Los tranvías se deslizan bajo un interminable tiralíneas de cables milimétricamente colocados. Es una ciudad de estudiantes que leen en los parques el anhelo de una táctil y pretérita universalidad.

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Jardin del Plantes | Foto: Albert Lladó

Una mujer, proponiendo una pintura a Sorolla, está refugiada bajo un ciprés, con sombrero y bolso de paja a juego. Y es que en Montpellier, capital de la región de Languedoc-Rosellón, lo que le apetece a uno es hacer un picnic hasta que la tarde diga basta, provisto, por supuesto, con el correspondiente mantel a cuadros, la botella de rouge, un buen camembert y una terrina de foie gras. No hagamos caso a esa infantil locución de “al agua pato”. Tinto, y de catorce grados.

Las hojas de un otoño claramente anticipado se han dispuesto igual que los pétalos imaginarios de American beauty. Una alfombra rojiza, pues, se instala en la Place Royale du Peyrou, donde Luis XIV trata de arrancar su caballo dormido (sirva la mítica frase del copiloto de Carlos Sainz a todas las figuras ecuestres, tratemos de arrancarlos).

La ciudad, cuando el sol baja sus armas, se refugia en un salón de té, de la misma manera que en el Paseo con la negra flor (¿por qué sabremos tan poco de la negra flor?) de Radio Futura. “Un salón de té / ¿Con esa mala leche un salón de té?”. La pregunta sigue abierta.

Y así, entre canciones descontextualizadas y pinturas vivientes, vamos improvisando promenades.

Ahora, el olor de una cerilla en un restaurante acampado en la falda de la iglesia de Saint Roch, el santo patrón. La cerilla, como si fuéramos un Proust algo pirómano, nos traslada a la niñez, al olor a caramelo quemado de aquellas piruletas en el mármol de la cocina. La primera magia del fuego en el cromañón que somos aparece, sin avisar, justo cuando buscamos dónde cenar.

Al este de la plaza de la Comédie, auténtico corazón de Montpellier (no diremos centro neurálgico porque el adjetivo siempre nos ha sonado a migraña), tras sortear unas galerías comerciales, llegamos a Antigone, un barrio entero que el arquitecto catalán Ricardo Bofill se ha ido sacando de la manga por fases, vía encargo municipal, desde 1977. La criatura, de un cemento beige y adornado con cadenas de pizzerías, se extiende hasta el río Lez. Inmutable como la estatua que es, nos encontramos en el camino a Dionisio, tocando la flauta, aburrido de tanto neoclasicismo.

No sabemos si esta Antigone nos convence o nos horroriza. Por un lado, el dibujo de la construcción permite que entre luz con toda la fuerza en las calles colindantes. Y los espacios públicos consiguen, es cierto, una suerte de mayéutica llena de ágoras, gradas, y hasta una piscina olímpica (calidad de vida, le dirán). Pero algo extraño hay allí, un tetris hecho de piezas robadas del TNC barcelonés, piezas repetidas hasta la saciedad, en lo que es la homogeneización de un barrio entero. Desde Goya sabemos que el sueño de la razón produce monstruos, y las ventanas abiertas (cerradas, son un inmenso juego de espejos) de la plaza Europa, una Plaza de San Pedro pero con más humanos que santos, parecen los nichos desocupados de un gran cementerio urbano. Ay el cemento, tan mortal y rosa, que toma el nombre de la hermana de Polinices, cuya condena fue precisamente ser abandonado en las afueras de la ciudad. ¿Antígona, también aquí en el nombre estará la cosa?

En Palavas-Les-Flots, a poco más de diez kilómetros, la plage, la plage. El agua no cubre a los bañistas, y entonces leemos con la sal hasta la cintura, tal Moisés con sus tablas de tapa dura. Pero aquí no hay ejército egipcio al que ahogar, sino unas gaviotas que posan creyendo que Hitchcock está observándolas a la vuelta de la esquina. La orilla es una marina de casas de veraneo ocupadas (la Historia va de ocupaciones en Francia) por jubilados alemanes.

Todos, está claro, somos el sur de algo. Y de alguien.

Albert Lladó

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Es autor, entre otros títulos, de 'Malpaís' y 'La travesía de las anguilas' (Galaxia Gutenberg, 2022 y 2020) y 'La mirada lúcida' (Anagrama, 2019).

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