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Violeta Serrano: «El racismo se construye de las élites hacia abajo»

En 'Poder migrante', la escritora y profesora reflexiona sobre por qué ahora, más que nunca, es necesario repensar cómo estamos gestionando el fenómeno migratorio | Foto: Alejandra López

Violeta Serrano vive desde 2013 con un pie en cada lado del charco, entre Buenos Aires y Madrid. Leonesa de origen, estudió en Barcelona Filología hispánica y francesa y un máster en creación literaria. Y, como tantos otros jóvenes, se fue de España al terminar sus estudios para buscar oportunidades de trabajo que finalmente encontró en Argentina. Actualmente, Violeta es codirectora del posgrado internacional Escrituras en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y profesora de la Universidad internacional de Valencia. En Buenos Aires fundó la revista cultural Continuidad de los Libros y publicó el poemario Camino de ida.  En este extraño 2020 y entre dos mundos que ella siente como propios, ha vuelto de nuevo a la poesía con Antes del fuego y acaba de publicar el ensayo Poder migrante, en el que venía trabajando hace tiempo y donde no solo reflexiona sobre el concepto de migrar sino que ofrece una mirada esperanzada hacia este mundo cambiante.

Aunque tú misma hayas migrado, tanto la estructura del libro como el punto de vista desde el que se narra no parecen apuntar hacia esa experiencia. ¿De dónde parte, entonces, tu reflexión?

Efectivamente, no es un libro en el que cuento mi experiencia como migrante. Sí es cierto que la reflexión parte de ahí y mis anécdotas personales están siempre que sirven a la exposición de lo que quiero decir, pero el problema de las migraciones y de las identidades transnacionales en un mundo global no puede restringirse a una única historia de vida. Por eso, además del desarrollo de unas ideas respecto al tema, también me preocupé por incluir voces de diversas perspectivas que pudiesen dar una visión transversal del complejo tema que se trata. Creo que los libros no tienen que ser crípticos: como autores debemos facilitar la lectura. No quiere decir que haya que escribir fácil, para tontos, todo lo contrario. Lo que debemos hacer es buscar la manera de que quienes nos lean disfruten mientras se introducen en aquello que queremos transmitir y saquen a partir de ahí sus propias conclusiones. Ese ha sido mi objetivo y por eso, según me dicen, el libro se lee como quien toma un vaso de agua y sacia su sed en un momento en el que nos estamos haciendo tantísimas preguntas sobre nuestro presente y nuestro futuro.

En el prefacio adviertes que «Poder migrante es un libro escrito antes de que el mundo se parase y la transformación digital se apoderase de casi todo». Pero precisamente en este contexto que estamos viviendo tus reflexiones acerca del aislamiento y la incertidumbre cobran mucho sentido.

Desde luego. La pandemia no ha hecho sino poner la lupa sobre problemas que ya estaban en nuestras sociedades antes de que esta desgracia nos cayese encima como una losa. La democracia en Occidente no estaba pasando por su mejor momento y la pandemia nos puso a prueba otra vez. Es un momento oscuro, difícil, desde luego, pero es también una gran oportunidad para repensarnos y reorientar la nave que, creo, venía bastante mal dirigida.

Nos conviene empezar a pensar en primera persona de plural

El libro parte hablando del miedo al otro como algo natural.

Lo es. Hay un capítulo dedicado a la neurociencia en el que me apoyo en las tesis del catedrático de la UPF, Fernando Giraldez, cuyo trabajo recomiendo muchísimo. Él explica que los seres humanos somos prejuiciosos por naturaleza: no dejamos de ser animales, al fin y al cabo, y un animal no puede dudar si quiere sobrevivir. Todo aquello que no encaja en nuestros compartimentos mentales es molesto, nos desconcierta, y es muy fácil entonces que ciertas narrativas políticas utilicen como palancas estas figuras que nos parecen extrañas. Por eso el primer capítulo del libro se titula: ‘Los negros te huelen mal’. Seamos honestos y enfrentemos esto con la seriedad que precisa. Un inmigrante que proceda, por ejemplo, del África negra, te puede molestar ya desde su propia apariencia física o desde su olor corporal, porque no encaja con tu mundo conocido. Asúmelo. Es así. Igual que tú no le encajas a él. Pero eso no quiere decir que si nos miramos a los ojos no seamos igual de humanos y capaces de cooperar para salir adelante en un mundo en crisis. No nos dejemos entonces engañar por discursos facilistas que usan algo tan básico como esto para generar odios que no llevan a ningún sitio, y menos en un momento de urgencia como el actual.

Ariel

Da la sensación de que hay una voluntad expresa por tu parte de rescatar y resignificar la palabra migrante, no solo para contrarrestar las «narrativas del odio» como expones en el libro, sino también para responder a «por qué necesitas aliarte con lo que temes».

Exacto. El miedo no suele construir nada bueno, más allá de que nos sirve como alerta, claro. Es decir, somos humanos y, por tanto, si detectamos que algo puede hacernos daño, nos ponemos en guardia y tratamos de eliminarlo de nuestro camino. Cuando ciertas narrativas políticas usan las figuras del migrante para encarnar en él ese miedo, estamos cometiendo un error. Los seres humanos han cooperado para llegar hasta donde estamos, se han avisado de posibles peligros a través del lenguaje, de la comunicación, se han aliado para avanzar, para desarrollarse hasta niveles increíbles y ejecutar hazañas maravillosas. Somos una especie fascinante, pero a la vez tenemos algunas fallas, claro, que nos hacen vulnerables y peligrosos, incluso. El miedo es un arma de doble filo: puede ayudarte a sobrevivir pero también te puede detener y no dejarte avanzar. Lo que digo es que no se debe poner el foco en lo que nos frena: hay alertas brutales para este mundo en crisis que creo que pasan más por la desigualdad económica imperante que por temer a alguien que está tan asustado o más que nosotros tratando de buscarse la vida de la mejor manera posible. El racismo, no lo olvidemos, se construye de las élites hacia abajo, y no al revés.

A juzgar por el panorama político actual en España y en Europa, estas narrativas del miedo están teniendo recepción…

Tanto en España como en Europa hace tiempo que venían apareciendo partidos políticos de extrema derecha que utilizaban la figura de los vulnerables para generar odio entre quienes son a la vez vulnerables, esto es, nosotros, los votantes, que queremos que nos cuenten un cuento y volver a vivir en el país de la piruleta donde el Estado del bienestar nos alcanzaba a todos. Esto se está desmoronando y en esos grises nacen monstruos. Tenemos en las manos la posibilidad de reconstruir una Europa que respete los derechos humanos y sea el estandarte de esto para el mundo o, por el contrario, perder nuestra razón de ser y convertirnos en una vieja pieza de museo. Nos interesa reposicionarnos a nivel geopolítico de otro modo y precisamente con la gestión de las migraciones tenemos una gran oportunidad.

Tu reflexión pone el acento en que no se trata solo de derechos humanos.

Europa es un continente envejecido, de huesos longevos, como digo en el libro. Esto implica que su población suele ser más temerosa, más mayor, más conservadora. Necesita población joven que tenga fuerza de trabajo y capacidad de emprender y de generar una economía que permita volver a ese Estado del bienestar: las pensiones, por ejemplo, no se van a sustentar en España si no legalizamos, para empezar, a las miles de personas que proceden de Latinoamérica, por ejemplo, y que trabajan de manera ilegal, en una economía sumergida que no sirve de nada para recaudar impuestos. Recomiendo para estas tesis económicas sobre el desaprovechamiento de las migraciones al economista Gonzalo Fanjul: para quien no quiera ayudar a los migrantes por puro respeto a los derechos humanos, que lo haga por puro utilitarismo. Porque ya no es que los queramos aquí o no: es que sencillamente los necesitamos.

Tenemos en las manos la posibilidad de reconstruir una Europa que respete los derechos humanos

Centrándonos en la experiencia de migrar, en el libro hablas de que conlleva una «traducción constante […]. [Donde] el escenario es uno mismo». ¿Hay alguna renuncia en este proceso de traducción?

No debería. La construcción de un migrante en su cultura de llegada debe ser una página en blanco donde, poco a poco, la mezcla entre su cultura de origen y la nueva se vayan amalgamando para crear una nueva identidad, una suma. El aprendizaje en ese sentido es maravilloso y puede aportar grandísimas lecciones a las sociedades de acogida. Justamente caemos en conflictos sociales, como está pasando en Francia últimamente, cuando hay obligación de adaptarse a la cultura de llegada, supuestamente mejor, dejando atrás la de origen, supuestamente inferior. Eso es un error que estamos pagando caro porque hay organizaciones que saben utilizar de una manera muy inteligente esta mala gestión de las identidades migrantes.

Cuando hablas de las características del duelo migratorio, me ha dado la sensación de que tienen mucho que ver con las emociones que nos provoca la sociedad actual y más todavía en este contexto de pandemia. 

Así es: dejar todo atrás implica incertidumbre y arrojo, las dos cosas. Ahora sentimos incertidumbre, lo que necesitamos es el arrojo, el atrevimiento, el empuje para salir a flote. Lo haremos. Y para eso deberíamos mirar la experiencia migrante como un ejemplo valiosísimo. Son maestros.

Se trataría entonces de ser conscientes de nuestra vulnerabilidad. ¿Es eso lo que puede hacer que cambiemos el ellos por el nosotros?

Ya lo hemos hecho. Todos queremos huir de nuestro presente. Es un gran ejercicio de empatía. Impuesto, desde luego, y además a nivel global. No hay dónde huir porque todos estamos en el mismo barco que se hunde: nos conviene solucionarlo de manera global o el problema persistirá. Con las migraciones pasa lo mismo. Es imparable: nos conviene empezar a pensar en primera persona de plural. No son ellos. Migrantes SOMOS.

Otro de los conceptos clave del libro es «la identidad trasnacional». ¿Cómo ha cambiado el sentido de pertenencia y la formación de identidad?

Es que la forma de comunicarnos ha cambiado y eso lo cambia todo.

¿Te refieres a las redes sociales, por ejemplo? ¿Qué papel juegan en la formación de esta identidad transnacional?

Las redes tienen muchas cosas negativas pero también generan movimientos sociales a nivel mundial que están teniendo consecuencias políticas importantes. El #BlackLivesMatter es el más reciente. Pero ya ocurrió cuando el #NiUnaMenos arrancó: un movimiento transversal y transnacional que unía identidades y emocionaba hacia un camino específico entre personas que quizás no tenían mucho que ver entre sí. La comunicación en red global permite que desarrollemos más afinidad con una persona que puede vivir a miles de kilómetros de donde nos encontramos que con nuestro propio vecino/a. Esto es maravilloso. La pertenencia a una patria o una bandera única empieza a no tener demasiado sentido.

Aunque en el libro hablas, sobre todo, de qué significa migrar como concepto, no has querido prescindir de testimonios reales. ¿Qué querías destacar al exponer distintas experiencias?

Cada migrante es un mundo, porque cada persona lo es. Me preocupaba mucho atender a esa multiplicidad de manera responsable. No se puede hablar de este tema de manera generalizada porque estamos tratando de vidas humanas en las que cada construcción de identidad es importante y tiene unas consecuencias específicas para la persona y su entorno. Por eso quise tomar varios testimonios, no sólo de migrantes, sino de personas cuya vida está dedicada a ellos de alguna forma. Es el caso del Guardia Civil de la valla de Melilla, o de la profesora que trabaja en el instituto público de Santa Coloma, o del responsable del centro para menores no acompañados que fue atacado no hace mucho.

Tu reflexión en el libro acaba con un mensaje esperanzador.

Estamos viviendo un momento de extrema incertidumbre que nos acerca de una manera casi idéntica a lo que siente una persona que se va, que deja todo atrás y empieza a hacer camino lejos de su zona de confort. Vivir ese espejo en carne propia es muy potente: nuestra memoria nos alerta de que nos conviene aliarnos con lo que hasta ahora temíamos, porque nunca es tarde para caer del otro lado. En las grandes catástrofes, hay oportunidades sociales. Ya pasó, por ejemplo, tras la segunda guerra mundial. Gracias a ese desastre nos pudimos entender bastante bien y creamos grandes cosas como la UE y su Estado del Bienestar.

¿En qué confías para que se dé ese cambio?

Tengo mucha confianza en las nuevas generaciones. Nosotros estamos identificando ahora mismo, mientras sucede, que la manera que tenemos de comunicarnos a través de internet y sus redes sociales en un mundo global puede generar tremendos problemas para la democracia que se basa, sobre todo, en el diálogo. Las cámaras de eco son su antítesis. Sin embargo, los jóvenes ya saben cómo funciona esto cuando entrar a jugar: tienen ventaja porque pueden estar alerta. Además, tienen una sensibilidad medioambiental fuera de lo común y los valores de la solidaridad en ellos son muy fuertes. Confío en el futuro porque un mundo viejo se muere y es el momento de que empiece uno nuevo y mejor. No es tan difícil porque veníamos muy mal y estamos pagando ya las consecuencias: nuestra memoria sobre la última desgracia global -la pandemia- es muy reciente y cuando eso ocurre, hay posibilidades de cambio.

Olga Jornet

Olga Jornet (Girona, 1977) es profesora de los cursos de Narrativa y de Cuento en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, coordinadora de 'Revista de Letras' y del curso de Periodismo cultural de Escuela de Letras.

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