Sin muerte no hay Delibes

La obsesión por el fallecimiento que el gran autor español confesó tener en una famosa entrevista, atraviesa toda su obra | Foto: Fundación Miguel Delibes, WikiMedia Commons

Si bien es cierto que las constantes literarias de la obra de Miguel Delibes (1920 — 2010) son la infancia, el prójimo y la naturaleza, no es menos verdad que todas sus novelas gravitan en torno a una idea obsesiva que ya desde la más tierna infancia acompaña al autor vallisoletano: la muerte, tal y como él mismo reconoció en una entrevista concedida a Soler Serrano.

Cuando es el propio autor el que saca a la luz una obsesión y el que admite que todos los escritores son seres de una sola idea que, de una u otra forma, se reitera a lo largo de su obra, se antoja imprescindible determinar si la frecuencia admitida es cierta, así como desentrañar la importancia que la muerte cobra en sus novelas.

Con ánimo de no desligar ambas variables, se puede afirmar que la habitualidad de las referencias a personajes muertos es coherente con la importancia de dichos decesos. Tanto es así que a lo largo de sus 26 novelas se citan explícitamente 364 muertes, de las que 15 conciernen al personaje principal. Es decir, que en más de la mitad de las obras muere el protagonista. Y cuando no es el protagonista el que muere es alguien tan cercano a él que el nudo se antoja imposible sin dicho fallecimiento, tal y como sucede, entre otras, en La sombra del ciprés es alargada, Mi idolatrado hijo Sisí, Cinco horas con Mario, Madera de héroe, Señora de rojo sobre fondo gris o El hereje.

Si el aspecto cuantitativo es coherente con el cualitativo, las constantes temáticas (infancia, prójimo y naturaleza) no se ven menoscabadas por la presencia omnipresente de la muerte, sino que se enmarcan en ella. Y es que en la obra delibesiana la muerte, más que un recurso temático, es el elemento aglutinador de todo lo demás. Así, en la mayoría de las ocasiones, las historias de los personajes que inundan las páginas no son más que senderos vitales de los que se sirve el autor para justificar la presencia constante de la muerte. Porque la infancia, el prójimo y la naturaleza son simples parapetos tras los que Delibes esconde una obsesión que, tarde o temprano, de una manera o de otra, termina por ser el epicentro de la trama. O, lo que es lo mismo: la muerte es el asidero al que Delibes se encomienda para justificar un comienzo, para finalizar una historia o, sencillamente, para idear unos hechos a los que dar forma.

Así, tras las obras en las que la infancia centra el argumento, se vislumbra una querencia patética hacia el fin prematuro de los niños. Ya el propio Delibes admitió esta realidad cuando en una conversación con Alonso de los Ríos observó como esa confluencia de infancia y muerte era tan habitual que no podía justificarse alegando mera casualidad. Y es que son 23 los niños que fallecen a lo largo de la obra delibesiana. Y, además, dichos decesos no se centran en unas pocas novelas, sino que se distribuyen de forma homogénea a lo largo del corpus del autor, muriendo al menos un niño en 15 novelas. Y podían haber sido más de llevar a cabo los propósitos que Delibes manifestó al editor Josep Vergés, cuando le comunicó su intención de terminar con la vida de Quico:

«Tan pronto regrese de América me pondré con la segunda parte de El príncipe destronado. Este pequeño príncipe tiene que morir, y su madre ­—indecisa y sin definir— encontrar el camino en esa muerte. ¿Por qué tengo que acabar siempre matando a mis héroes, grandes o pequeños? Te confieso que a este Quico le tengo una enorme simpatía, y me duele en el alma sacrificarlo».

Sin embargo, aunque cuantitativamente la mortalidad infantil es relevante, se antoja necesario analizar la vertiente cualitativa para determinar si la importancia novelística de dichas muertes merece atención o, por el contrario, son meros accidentes argumentativos que bien podrían eliminarse sin menoscabo de la trama. Y es precisamente esta segunda hipótesis la que se corrobora a tenor del análisis de cada deceso infantil. A saber, los menores que fallecen son, por orden de aparición: Manolito García y Alfredo (La sombra del ciprés es alargada), el hijo de la Germana y el hijo de Irene (Aún es de día), Germán el Tiñoso (El camino), el hermano de Cecilio y un desconocido (Mi idolatrado hijo Sisí), Raulito (La partida), Mele (Diario de un cazador), Tomasita Espeso (La hoja roja), Paquito (Las ratas), cinco hijos (Los nogales), dos hermanos de don Floro (La barbería), un desconocido (Las guerras de nuestros antepasados) y Gallofa (El hereje).

Así, a pesar de que en la mayoría de los textos delibesianos se cita el deceso de algún menor, la relevancia del suceso resulta irrelevante en el conjunto de la novela. O lo que es lo mismo: la muerte infantil es habitual en las obras de Delibes, pero no relevante cualitativamente. Excepción hecha del fallecimiento por hemoptisis de Alfredo y de la caída y posterior muerte de Germán, el Tiñoso, el resto de personajes infantiles muertos desempeñan un papel exclusivamente simbólico o anecdótico en la trama. Por supuesto, en el caso de los dos niños que mueren en sueños, la irrelevancia del hecho llega a sus cotas más altas por no ser ni siquiera real.

Quizás por esto, García Domínguez, biógrafo de Delibes, aunque apunta que la infancia y la muerte están “asociadas, imbricadas”, en textos como El camino, La mortaja, Diario de un cazador y Mi idolatrado hijo Sisí, reconoce después que “no siempre, sin embargo, va la infancia asociada a la muerte en la narrativa de Delibes”. Este hecho se agudiza si se tiene en cuenta que una cosa es que la muerte se relacione con la infancia, y otra distinta es que dicha muerte afecte de manera directa a un niño. O lo que es lo mismo: No es igual que un niño sea el sujeto activo de la muerte que el pasivo. Así, aunque es cierto que ambos extremos están íntimamente relacionados en La mortaja (por seguir el ejemplo de García Domínguez), dicha relación no implica el deceso del niño (Senderines), sino el de su padre (Trino) que, eso sí, repercute directamente en el niño protagonista de la novela, que actúa como sujeto pasivo de la muerte de su progenitor. Aquí, por tanto, infancia y muerte estarían relacionadas, pero más por una causa indirecta que directa.

Por lo expuesto, sorprende que el propio Delibes admitiese la frecuente aparición de la muerte de niños en sus novelas cuando en realidad este hecho es más anecdótico que sustancial, sobre todo si se analiza la entidad que los infantes desempeñan en la trama de la novela. Así, es necesario recalcar que aunque no es desdeñable que en 16 de las 26 novelas al menos se cite la muerte de un menor, es inexcusable hacer hincapié en que, salvo en dos casos (La sombra del ciprés es alargada y El camino), el deceso infantil es un hecho que pasa de puntillas sobre la narración, por lo que la mayoría de las obras en las que Delibes termina con la vida de un niño no perderían un ápice de su sentido si se omitiera dicha muerte.

En otras ocasiones, cuando Delibes se centra en la figura del prójimo, tanto en el sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española de “persona, considerada respecto de cualquier otro ser humano en tanto que parte de la humanidad”, como en el sentido más puramente delibesiano de desfavorecido o perdedor, la muerte se presenta de muy diversas formas (enfermedad, accidente, suicidio…), pero destaca, por su crudeza, los crímenes que sirven para restablecer una justicia social vilipendiada por una injusticia previa evidente. En este sentido, conviene recordar que la balanza delibesiana siempre se inclinaba hacia el lado de los más necesitados:

Ante el dilema que plantea la sociedad contemporánea, y frente a esa misma sociedad, yo, sin caer en dogmatismos políticos, he tomado parte por lo débiles, los oprimidos, los pobres eres marginados que bracean y se debaten en un mundo materialista, estúpidamente irracional. Esto implica algo terrible, imperdonable desde un punto de vista literario, a saber, que yo, como novelista, he adoptado una actitud moral, hecho que, por otra parte, nunca he desmentido, puesto que a mi aspiración estética —hacer lo que hago lo mejor posible— ha ido siempre enlazada una preocupación ética; procurar un perfeccionamiento social.

Esta idea de perfeccionamiento social se manifiesta en su más alto grado de crudeza cuando es la muerte quien valora los antecedentes y dicta sentencia ante un hecho que menoscaba la dignidad de un personaje cuya integridad ha sido mermada. Esto sucede en Las guerras de nuestros antepasados, Las ratas y Los santos inocentes.

En el primer caso se trata de dos crímenes que devienen tras sendos delitos de sangre. En concreto, el Buque mata a su mujer embarazada y el Capullo al Caminero. Tanto uno como otro terminan muertos a balazos por los centinelas al intentar evadirse de la prisión, uno al lado del penal y otro cuando ya está a punto de escapar. Esta justicia retributiva se manifiesta de forma más cruda si cabe en las otras dos novelas en las que Delibes se sirve del asesinato para hacer justicia en su sentido más humano. En Las ratas, el Ratero se deshace de Luis, el de Torrecillórigo, y en Los santos inocentes el Azarías hace lo propio con el señorito Iván. El paralelismo entre ambos crímenes no solo se circunscribe a la estructura narrativa, sino también al trasfondo moral. A la estructura porque los asesinatos sirven, una vez más, para finalizar la novela y, por ende, para justificarla. Y a la moral porque se obvia el bien o el mal de la acción para centrarse en las razones que lo justifican; razones que a todas luces están más cerca de la justicia social que de un crimen desdeñable.

En ambos casos Delibes se vale de dos varones con cierto retraso mental para poner énfasis en el carácter de justicia retributiva que los hombres primitivos usaban para defender a los suyos.

Si los dos asesinos son hombres con la capacidad de raciocinio cuando menos alterada, los asesinados son dos jóvenes déspotas y superficiales que desprecian la dignidad de las vidas ajenas; que desprecian, en fin, al prójimo. En Las ratas, el Ratero acaba con la vida de Luis, un cazador ocioso que invade el coto natural del Ratero y al que no le tiembla el pulso para cazar por diversión los roedores que sirven de sustento alimenticio al ratero y a su sobrino. En Los santos inocentes, el señorito Iván, en un arrebato de impotencia después de un mal día de caza, dispara a la milaña que el Azarías había criado y a la que tanto quería.

Tanto en un caso como en otro un mantra se repite hasta la extenuación a modo de advertencia: “Las ratas son mías” y “milana bonita”. Las ratas son del Ratero. La milana del Azarías. Luis mata a las ratas por diversión. Iván dispara a la milana por un enfado pueril… Y la advertencia se materializa de forma brutal… Y se justifica precisamente por esa justicia social que llevan a cabo los hombres primitivos que, inmediatamente después del crimen, aseveran: “Las ratas son mías” y “milana bonita”. Porque es precisamente esa reiteración la que justifica el asesinato.

Aunque Las ratas finaliza con un crimen, Delibes deja la puerta abierta a sucesivos asesinatos justificados también por el quebrantamiento de la propiedad privada. Si el Ratero, tras múltiples advertencias, mata al vecino que pretende quitarle las ratas que habitan en su cauce del río, ¿qué impide pensar que no va a matar a aquellas personas que pretenden quitarle la cueva en la que vive aunque eso le lleve a la cárcel?:

«El niño señaló con el dedo al muchacho de Torrecillórigo y dijo:

—    Está muerto. Habrá que dejar la cueva. El Ratero sonrió socarronamente:

—    La cueva es mía — dijo.

El niño se levantó y se sacudió las posaderas. Los perros caminaban cansinamente tras él y al doblar la esquina del majuelo volaron ruidosamente dos codornices. El Nini se detuvo:

—    No lo entenderán — dijo.

—    ¿Quién? — dijo el Ratero.

—    Ellos — murmuró el niño.» (Delibes, 2008a: 773—774)

Si personajes como Luis o el señorito Iván son indeseables por sus comportamientos, no lo es menos Cecilio Rubes (Mi idolatrado hijo Sisí), típico burgués urbanita de vida farisaica, petulante y con fachada sin fondo cuyo único objetivo es la búsqueda de placer y su egoísmo tan atroz que le impide tener más de un hijo para que su confortabilidad no peligre (Alonso de los Ríos, 2010). Una vida tan miserable merece el mismo desenlace que la de Luis y el señorito Iván, si bien en este caso a Delibes le basta con tirar a Cecilio y su conciencia por la balaustrada de la ventana después de que cada acción, cada omisión, le acercasen más y más al trágico desenlace. Al fin y al cabo, tal y como reconoció a su biógrafo:

Cecilio Rubes había de quedar física y moralmente aniquilado por su propio egoísmo. Al concluir la novela, me sentí satisfecho. Y no hablo ahora de literatura. Se me hacía que el problema quedaba resuelto de acuerdo con las estrictas normas de la moral católica.

Si Delibes aparta de la sociedad a un personaje engreído como lo es Cecilio Rubes para dotar de coherencia al trasfondo de la novela, no sucede lo mismo en los otros nueve personajes que se suicidan. Del total de suicidios, tan solo el descrito en Mi idolatrado hijo Sisí afecta a un personaje principal, mientras que seis se refieren a personajes secundarios y el resto (tres) a personajes meramente citados.

Aunque el amor no es un tema recurrente en la obra delibesiana, en las ocasiones en las que aparece, su mezcla con la muerte se diluye de tal manera que es prácticamente imposible discernir cuál es el ingrediente dominante en la novela: el amor o la muerte. Porque, ¿Cinco horas con Mario o Señora de rojo sobre fondo gris son novelas de amor o de muerte?

En la primera, Carmen Sotillo vela a su marido después de que familiares y amigos abandonen la sala en la que descansa el cuerpo de Mario. Durante cinco horas, la viuda, sentada al lado del cadáver, rememora su vida en común. El amor, que se presume en la condición de viuda; y la muerte, que se subsume en la figura del cadáver, se antojan excusas necesarias para criticar el modo de vida hipócrita de una parte de la pequeña burguesía franquista. Sin embargo, la relación entre ambos protagonistas no es precisamente un dechado de amor, sino más bien una relación convencional, casi rutinaria. En este sentido, Neuschäfer advierte que “la relación entre los esposos —a pesar de su solidez externa—, no se puede calificar, evidentemente, como la mejor”. Tanto es así que el monólogo entero se encamina por suntuosos caminos de idas y venidas hasta llegar a una confesión que más parece un pretexto para reprochar la vida coherente de su marido: la infidelidad que ella no se atrevió a reconocer cuando Mario aún estaba vivo.

Si el amor es un tema puente en Cinco horas con Mario, lo mismo sucede con la muerte. No en vano, fue el propio Delibes quien admitió que comenzó a escribir la novela con el protagonista vivo, pero al percatarse de que de esta forma el texto no pasaría la censura, cambió de idea y vislumbró la solución: Matar a Mario para que sus opiniones saliesen a la luz por boca de su mujer, cuyos juicios eran oficialmente plausibles. Así, aunque la muerte es más accidental que causal, esta se presenta como parte fundamental de la obra. Una vez más, Delibes se sirve de la muerte para catalizar la trama de una de sus novelas.

Aunque en Señora de rojo sobre fondo gris el nudo narrativo varía un poco respecto a Cinco horas con Mario, en tanto aquella es más lineal, el amor y la muerte se presentan también en esta como excusas para contar una historia: la de la enfermedad de Ana. En este caso, el amor se plasma en la desolación del marido al rememorar los años de enfermedad de su “mejor mitad”, mientras que la muerte se manifiesta en la figura de una mujer joven que se da de bruces con un tumor que terminará con su vida. En este caso el amor no es una relación convencional, sino el soporte vital de un personaje, Nicolás, que ve como la persona que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir” se muere día a día.

En ambas novelas, aunque de formas distintas, la muerte centra la escena de la obra, si bien no parece que pueda afirmarse que se trate de novelas cuya temática central sea la muerte. En Cinco horas con Mario Delibes mata al protagonista para esquivar la censura en una obra cuya temática principal no es tampoco el amor, sino la crítica a las costumbres sociales de la época. En Señora de rojo sobre fondo gris, por su parte, Delibes se sirve de la muerte para plasmar el amor.

No es posible encasillar La hoja roja ni en una temática amorosa ni en una mortuoria y, sin embargo, la omisión de cualquiera de estas dos variables haría imposible la historia porque ambos extremos están presentes en el subconsciente de la novela. No se puede entender La hoja roja sin un personaje protagonista (Eloy) que vive en soledad y al que el papel rojo le ha alertado de la cercanía de la muerte que su mujer murió de una “menopausia repentina” bastantes años antes; como tampoco puede entenderse la novela sin la tormentosa relación de Desi con Picaza, un maleante que termina en la cárcel o sin, por supuesto, el amor entre Desi y el viejo Eloy.

De igual manera, no es posible obviar que, aunque la muerte no se ceba con ninguno de los personajes principales, su guadaña se vislumbra desde la primera hasta la última página. O incluso antes: Ya el título3 deja a las claras las intenciones del autor, que incluso barajó la posibilidad de titular La antesala o La sala de espera porque resumen también la idea del texto. Ya en el primer párrafo, cuando el viejo Eloy se erige en protagonista por celebrarse el acto público de su jubilación, recuerda que esta no es sino “la antesala de la muerte”, mientras que en el último diálogo del texto la joven Desi acepta la generosa propuesta de matrimonio del viejo Eloy para heredar los “cuatro trastos” que queden tras su fallecimiento.

Así, la amenaza de la muerte en esta novela se torna en atmósfera densa que olfatean todos cuantos viven porque, de una manera o de otra, les toca de cerca. Tanto es así que tan solo El hereje supera las 33 muertes de La hoja roja.

Si en ocasiones la importancia de la muerte en las novelas de Delibes se centra en el aspecto cualitativo, en el caso de El hereje lo que hace que esta sea un elemento fundamental es principalmente la cantidad. Porque en la última novela del autor vallisoletano los fallecimientos se suceden por doquier a lo largo del texto. Así, aunque el asunto central de la trama sea el Valladolid inquisitorial del siglo XVI, Delibes hace de la muerte un elemento imprescindible sin la cual difícilmente podría comprenderse la novela. Dicha importancia se constata en cantidad y en cualidad. En cantidad en tanto que en sus 356 páginas deambulan 42 muertes: una cada ocho páginas. Y en cualidad porque además de que su protagonista, Cipriano Salcedo, es condenado a morir en la hoguera, la muerte ronda desde el principio a todos aquellos que se reúnen en secreto en los conventículos para profesar su luteranismo y que, coherentemente, terminan sus días en la hoguera o atados de manos y pies con el cuello en la cogotera.

Y es que, incluso en aquellas novelas en las que la muerte no es el asunto central, esta se torna inseparable de la trama principal, ya sea como elemento catalizador de todo lo demás, ya sea como accesorio indispensable de lo esencial. Porque la muerte no es un accidente en las obras de Delibes, sino el motivo que las justifica.

Que el camino del Mochuelo se vea truncado por las aspiraciones de su padre, que Carmen eche en cara a Mario su idealismo, que don Eloy se sirva de su librillo de papel de fumar para medir el tiempo o que, en fin, Cipriano se acerque al luteranismo no son más que pretextos de los que se sirve Delibes para traer la muerte a colación. Porque, ¿cómo imaginar La sombra del ciprés es alargada sin la hemoptisis que acaba con la vida del joven Alfredo? ¿Cómo El camino sin la caída de Germán, el Tiñoso? ¿Cómo Mi idolatrado hijo Sisí sin el suicidio de Cecilio Rubes? ¿Cómo Las ratas sin el asesinato de Luis a manos del Ratero? ¿Cómo Los santos inocentes sin el crimen del Azarías? ¿Cómo La mortaja sin el amortajado, Cinco horas con Mario sin Mario o Señora de rojo sobre fondo gris sin Ana? No se puede imaginar por la sencilla razón de que los vaivenes de los personajes de Delibes no son más que parapetos tras los que se esconde lo que, de una manera o de otra, termina por ser determinante en la trama: la muerte.

Porque la idea obsesiva de Delibes por la muerte va más allá de una temática recurrente: La muerte es necesaria en sus novelas porque el autor crea un personaje para matarlo, y en los casos en los que esto no sucede, la muerte ocupa un papel tan determinante en la obra que no podría omitirse sin menoscabo de la trama. La literatura le sirve de escape a la obsesión. Sin muerte no hay Delibes.

Íñigo Salinas Moraga

Íñigo Salinas Moraga (Bilbao, 1979) es profesor en la Universidad Internacional de La Rioja. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Cardenal Herrera-CEU, Graduado en Español: Lengua y Literatura, licenciado en Derecho y en Periodismo. Es experto en la figura de Miguel Delibes, sobre quien ha publicado numerosos artículos académicos. Es, además, autor de varias novelas.

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