Revista de Letras
12 años de Periodismo Cultural

Sobre el rugby, por Àlex Reig

20 febrero 2012 Crónicas

Una de las frases más oídas entre los aficionados al rugby es la que dice que mientras que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos, el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros. Dicho esto, el seguidor del rugby levantará ligeramente la cabeza, de tal manera que podamos percibir en su expresión un intenso grado de autocomplacencia, de honor. El honor. Para muchos el honor es exactamente esto: una ética de juego. Un código moral. Cabe decir además dos cosas: la primera es que esta frase se oye en cualquier círculo de amantes del rugby al menos una vez por reunión, especialmente si hay en el lugar algún profano; en segundo lugar, destacar cómo la inclusión de una ética en un juego bruto pretende reinventar la percepción que de éste se tiene. Hablar de ética en un deporte es incurrir en una gran paradoja por el grado de descontextualización que en este acto se advierte, por la problemática evidente que se establece entre forma y contenido, entre lo que se dice que algo es y lo que verdaderamente es.

"The Spirit of Rugby" (ilustración: Michael Olivier, 2009)

Es frecuente acercarse a los deportes más minoritarios o más controvertidos, aquellos en los que la línea entre lo deportivo y lo violento es especialmente tenue, desde el análisis filosófico, elogiando una serie de cualidades abstractas que no se encuentran de por sí en el juego sino que son el resultado de una elucubración intelectual con cierta tendencia al romanticismo. Pienso por ejemplo en el boxeo y en las aproximaciones que a él han hecho varias figuras destacables del mundo literario. En aquellos que han visto en él aspectos míticos y épicos: la lucha por la supervivencia o el cuerpo a cuerpo como un intento de transcender la miseria inherente a nuestra condición y alcanzar la gloria. Se ha construido alrededor de este tipo de deportes, conflictivos para un público masivo o para una sociedad sensibilizada, un relato que permite consumirlos desde otra óptica más amable (irreal por la condición de externalidad que ejerce el discurso frente al objeto, no hace falta mencionarlo). La intelectualización del juego permite en cierto modo justificarlo y reivindicarlo delante de posibles detractores, frentes aquellos que consideran que el boxeo es una salvajada. Aunque bajo esas capas discursivas que rodean la esencia del deporte, sigue escondiéndose intacto lo violento, lo arcaico y lo a veces absurdo de un deporte que desafía las bases de lo civilizado.

Sin embargo, este aspecto, el de una violencia implícita y primogénita, es interesante como fenómeno; no son pocos quienes pueden encontrar en este tipo de deportes una emoción única, situada en la frontera que separa el bien y el mal en nuestra consciencia. Es interesante ver por lo tanto como surgen esos discursos que pretenden principalmente redimir nuestra pasión por lo animal. Guardamos dentro de nosotros una secreta pasión por lo violento, por lo irracional, y lo irrefrenable, por aquello que no ha pasado por el filtro de lo cultural, por nuestros rasgos más instintivos. Hay algo en ello del todo humano. Humano en su esencia.

Lo que me parece más interesante es, sin embargo, ese revestimiento de dignidad en deportes como el rugby. No dudo de ella (entendiendo que el mismo término “dignidad” debería ser definido), sino más bien del código ético sobre el que quiere apoyarse, pues al fin y al cabo creo que, pese a preferirlo al fútbol, es este último intelectualmente más sincero. Puestos a convertir deportes en filosofías, hagámoslo consecuentemente. Mi interpretación por lo tanto es y será siempre una sobreinterpretación, por cuanto hablo de un deporte en términos ajenos a los que le son propios y abordo sus principios desde una disciplina que no le es familiar. En cierto modo, cometo un error. Una inadecuación. Pero, por el contrario, pienso que esa misma inadecuación está, por distintas razones, del todo presente en la realidad deportiva de la que voy a hablar, por lo que no es del todo absurdo utilizar aquí una herramienta como la filosófica para desprestigiar las virtudes que se le atribuyen al rugby en comparación al fútbol.

Destacar, antes que nada, que uno de los aspectos más tristes con los que me he topado en el mundo del rugby, pero que es habitual y que halla su generalización más allá de sus pequeñas fronteras, es la repetición constante de la máxima a la que nos hemos referido en el inicio. Se oye constantemente en modo headline, es decir, sin ninguna consciencia real de su significado. Como excusa para seguir tirándose por el suelo y partiéndose los dientes. Oí en una ocasión a un jugador de rugby decir lo maravilloso que era ver como todo aquello que hacías de pequeño –pegarte, empujar, correr, caer- era considerado en el mundo adulto un deporte.

Portada de la revista "The Country Gentlemen" (Ilustración: John N. Howitt, 1931)

El hecho por el que se considera que el rugby es un deporte de caballeros es porque promulga una ética de respeto absoluto hacia el rival y hacia las decisiones arbitrales durante el juego. Éste cuenta de dos partes de 45 minutos, como el fútbol, y de una parte suplementaria –el tercer tiempo- en el que ya fuera del campo, los dos equipos que hasta hace poco se enfrentaban en el césped, comparten un aperitivo y no pocas cervezas. Esta última tiene como objetivo favorecer el compañerismo entre rivales y superponerlo a la competición deportiva. Crea dos dimensiones, delimita dos realidades, separa el enfrentamiento y lo banaliza, enmarcándolo en el contexto del ocio. Convierte lo que en otros deportes es el quid del juego –la victoria- en una intranscendencia. Ganar o perder se convierten en valores relativos. El marco verdadero subyacente al tercer tiempo es el de un encuentro entre compañeros que llevan a cabo la práctica de un deporte.

El respeto absoluto por las decisiones arbitrales es, sin lugar a dudas, uno de los valores que más enorgullecen a los defensores de este deporte, y probablemente el hecho por el que se le considera un deporte noble. Tal como le he oído a varios entrenadores, el rugby es un deporte noble, como también lo es el jugador que lo practica. Las decisiones del árbitro durante el partido deben de ser acatadas y jamás cuestionadas. Esta es la ética con la que comulga el jugador de rugby: el acatamiento a la autoridad supone nobleza. Y es este aspecto el que me parece más débil intelectualmente ya que esconde, en mi opinión, una moral del esclavo. Filosóficamente, el jugador de rugby es un débil en términos nietzscheanos. Tal como se planteaba en relación con el cristianismo, allí donde se quiere ver la fortaleza o la virtud, yo veo el defecto, la flaqueza.

Lo más perverso es la proyección que de esta idea de nobleza se desprende en todos los otros ámbitos fuera del estrictamente deportivo. Es nuestro mismo modelo ciudadano. De aquí la existencia de un código legal y de unas instituciones autoritarias que velan por el acatamiento de las leyes que en él se promulgan: nuestra sociedad se basa precisamente en el acatar, y es en ese saber acatar  a ciegas que el rugby encuentra su virtud moral. Lo que para mí es cuestionable –en filosofía todo debe ser cuestionable- para los jugadores de rugby está fuera de cuestión. Esta ética del todo anti-humanista convierte al individuo en peón, lo subyuga a un poder absoluto. El que se cree noble es paradójicamente el esclavo. La ideología que rodea la figura del ciudadano perfecto halla su perfecta metáfora en la ética que supuestamente ennoblece el rugby, pero también en el modelo ciudadano que nos llega desde la Europa del norte. Es habitual en la actualidad el elogio a los ciudadanos intachables de Alemania o Francia, aquellos para los que la ley es cuestión de todos, casi algo personal. A los países mediterráneos se les critica la falta de rigor, la despreocupación, el querer entender la ley siempre a su medida, la flexibilidad, la picaresca, y probablemente, lejos de ser esto una negatividad a mi parecer, es por el contrario una declaración de libertad que nos vuelve más individuos que otros integrantes de la unión europea.  Al fin y al cabo nous ne sommes pas de citoyens mais des individus.

Es por esa razón por la que el fútbol, a diferencia del rugby, me parece un deporte más noble intelectualmente: por su cuestionamiento constante de las decisiones tomadas por la autoridad; porque asume que aun siendo el poder el que manda, existe el derecho a manifestar nuestra disconformidad, aunque no sirva para nada. El deber de la filosofía es, sin embargo, el rechazo sistemático de toda autoridad; la universalización del concepto de “disconformidad”.

Dicho esto, quitarle leña a la cuestión: decir que dudo seriamente que cuando un jugador de fútbol se queja ante el árbitro y le grita, sea consciente de que está reivindicando su propia condición de individuo frente a un poder que no le tiene en cuenta. Eso sería alejarse de la realidad, aunque inconscientemente sea eso lo que esté ocurriendo. De la misma manera, dudo que un jugador de rugby tenga en cuenta las premisas subyugantes que se esconden tras ese código supuestamente noble que existe en este deporte, pero es el deber de la filosofía leer los hechos y extraer sus propias conclusiones. También el afirmar que los deportes no llevan en sí nada parecido a una nobleza, estando esta categoría además fuertemente impregnada ya de una ideología muy concreta. La nobleza es una construcción épica que no necesariamente tiene que ver con el objeto al que se le pretende aplicar.

Àlex Reig

Etiquetas: Épica, Boxeo, Fútbol, Honor, Nobleza, Rugby, Violencia deportiva

Sobre el autor

Àlex Reig

Àlex Reig (Barcelona, 1989). Es poeta y vive en Barcelona.

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