Tanatostories. Respecto a «Los muertos», de Jorge Carrión

Los muertos. Jorge Carrión
Mondadori (Barcelona, 2010)

3) «—¡Corten! Buen trabajo, muchachos, no hace falta repetir. Amanda, has estado genial, a partir de ahora estás muerta, ja ja… Puedes recoger tus cosas y te llamamos para posproducción. Y para el estreno, claro…»

1) «Esperaron con respeto que terminara y entonces le dijeron, sus caras desapareciendo lentamente en la penumbra: Mira, te soltamos si nos dices qué significa fire.

Fuego, soltó, incapaz de contenerse.

Óscar____»

2) «Ella alzó la cabeza y le miró. La cara arrugada. Váyase el cuerno, dijo. Se queda ahí plantado diciendo que lo siente. Mi marido está muerto. ¿Es que no lo entiende? Como diga otra vez que lo siente le juro que voy a por la pistola y le pego dos tiros.»

Hola. En las tres micronarraciones anteriores alguien muere o ha muerto. La 1) corresponde a La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz; la 2) a No es país para viejos, de Cormac McCarthy; y la 3) me la acabo de inventar. Se parecen en que todas ellas son falsas, quienes mueren son personajes de ficción, creados para entretenernos pero también para hacernos sentir algo cuya dimensión excede la brevedad de lo expuesto. Difieren en que mientras 1) muestra el momento de la muerte del personaje, con ese espacio intermedio en blanco donde se cuenta lo incontable, y esa última larga raya que representa la ausencia de latido, en 2) se describe mediante un magnífico despliegue narrativo un momento íntimo de duelo, de shock, y 3) se introduce entre las bambalinas del acto creativo, meta-literaturizando la muerte ficcional, desmitificándola y añadiéndole una, a mi juicio, necesaria pátina humorística propia de la literatura cínico-irónica de nuestros días.

Bien. ¿Y si los hiciéramos revivir a los tres (a Óscar, a Moss, al personaje de Amanda —sea éste quien sea—)? ¿Y si los resucitáramos en un mundo donde todos sus habitantes fueran personajes muertos en la ficción, dándoles así una segunda oportunidad, esta vez eterna, al menos en apariencia, para desarrollar una historia alternativa a la en su momento imaginada y puesta en escena por sus creadores? Esto es lo que ha hecho Jorge Carrión en su novela Los muertos.

Tanatocracia

El personaje de Amanda y el personaje Óscar podrían acoger al personaje Moss, hasta que éste, que inicialmente no puede recordar nada de su anterior vida de ficción, abandonara el aturdimiento y pudiera comenzar a introducirse en los principios y reglas que rigen esa tanatocracia que es Los muertos, y en donde la memoria de lo que fueron en la imaginación de los otros, de sus creadores pero también de quienes asistieron a su desarrollo espectacular, de algún modo, aunque escondida, es posible sacarla a flote, convocarla, decodificarla. Pero Los muertos es igualmente ficción, y el lector asiste a todo un desarrollo basado en hipótesis, legibles entre las líneas de la narración, sobre la praxis organizativa y política de una sociedad así formada.

Una sociedad que replica las fórmulas discursivas de su reflejo original y, por tanto, igualmente sus fallas y sus quiebras. Aquí, por ejemplo, también es necesario matar. No los cuerpos, sino la memoria, antes de que brote.

Tanatología

¿Qué significa estar muerto para alguien que no existe? Tanto en las narraciones compuestas a partir del canon planteamiento-nudo-desenlace como en las, así llamadas, abiertas, morir dentro de ellas implica no asistir al final de las páginas, de los capítulos, de los planos, perderse el The End —aunque en algunas ocasiones sea la muerte la precedente del último fundido al negro—, ser excluido de la posterior diversión de los demás personajes —o ahorrarse los detalles del propio entierro, del duelo por uno mismo—, abandonar el escenario para desmaquillarse, cambiarse de atuendo, saludar a los pocos fumadores que haya en el foyer, y salir al frío de la calle, directos a vivir otras vidas, o a soñarlas, o a dormir. (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?).

Tanatofilias

Y los espectadores, ¿qué? Conozco a unos cuantos que lloraron el atropello de la portera parisina de La elegancia del erizo; a muchos más que aún conservan las legañas que les dejaron las lágrimas vertidas por el congelamiento de Jack, el protagonista de Titanic; a unos pocos que todavía llevan la espina clavada por la desconexión de HAL9000. Qué decirles a ellos, cómo aliviar su pena.

Sólo la imaginación del hombre puede resucitar lo que ésta creo a fin de matarlo.

Rebelión en la granja

Hablaba sobre política en el mundo de Los muertos. Una política que, por supuesto, dista de ser utópica. Ser consciente de estar muerto, y de no poder morir de nuevo. He ahí la primera piedra para edificar una torre de violencia sin fin, y sin posible castigo ejemplar. Sólo la condición pretérita determina si se hará uso de ese poder no-morir en beneficio propio —una especie de determinismo del pasado—. Y el Gobierno, para mejor apuntalar una mínima pax pública, tratará de impedir la formación de núcleos, comunidades basadas en el recuerdo de lo que se fue, de lo que se hubo sido, porque en toda unión late un conato de rebeldía ante lo establecido, de sublevación frente a la mera existencia de unas reglas escritas por quienes ni siquiera comprenden cuál es el objetivo de estar ahí, su porqué.

Second Life

Todo esto es un juego, y el libro de Carrión un ensayo novelado sobre la deriva ontológica de una sociedad volcada hacia el espectáculo —una novela que recomiendo leer, si no no reflexionaría sobre ella—. En los corrillos se habla de ficciones, hablamos de mentiras, reseñamos y criticamos falsedades. El mercado del entretenimiento se interpone entre el espectador y la realidad. Pagamos por asistir a la falacia, a la invención, sin hacer más preguntas que el nombre del productor —el director, el escritor— o de sus marionetas —los actores—. Los hechos tergiversados nos atraen mucho más que la realidad desnuda, que los acontecimientos desprovistos de ese atrezzo que la imaginación, y no el azar o la causalidad implacable, les otorga, los hace dignos de verse, de captar esa atención que sistemáticamente cambia de acera cuando aquella realidad aparece en escena. Por mucho que nos joda, somos revisionistas por naturaleza.

Pero además llevamos una vida de infiltrados, semiocultos tras avatares que reflejan nuestras filias, que dan cuenta de nuestro amor a unos falsos vivos, o a unos falsos muertos. Es admisible, pues, pensar que una iniciativa que permitiera el revival personalizado —a gusto del consumidor— de personajes desaparecidos gozara de gran popularidad, necesitando incluso de normativas excéntricas que evitaran el acopio indiscriminado de los avatares más deseados, la acumulación de personalidades ficcionales. Un multitudinario baile de máscaras, un carnaval perpetuo en el que nuestras caretas fueran exclusivas y permitieran una segunda vida a nuestros más queridos muertos. Una fiesta dolorosa en la que los pasos serían sustituidos por pics and nicks reconocibles en el ámbito secular de la ficción.

Más allá de Los muertos

Caben algunas reflexiones adicionales, pienso, sobre la muerte de las ficciones. No sólo se muere de verdad y en las historias, también está muerto lo que se olvida o se termina y acaba en el contenedor del olvido, ese cuyo destino no es precisamente el reciclaje.

Primero, pongámonos de acuerdo sobre si cuando de una obra —un cuadro, una escultura, una canción, una película, una novela— no se habla, no se escribe, ésta muere. Aclaremos si basta con que pase a formar parte del acerbo cultural, entendido éste como resultado de la acumulación —el almacén de un museo, una fonoteca pública, la lista de películas más vistas, la hilera de libros oculta tras la primera—, para que su nombre, su carácter, su espíritu pervivan. Si nos vale o no la mera referencia a ella para convocar su rescate. Si es suficiente con el apunte en un índice, un sumario, un compendio o la electricidad caprichosamente compartida de nuestro cerebro para suscitar su recuerdo y, con éste, su resurrección. O si, por el contrario, cada vez que embalamos el cuadro, o la escultura, apagamos el reproductor, o la televisión, o cerramos el libro —o lo olvidamos—, éstos cruzan, acompañados de Tánatos, de una manera no violenta, la frontera que separa a los vivos de los muertos.

¿Y sus personajes? Aquellos representados en las obras, en esas ficciones, tan vivas algunas, que nos acompañaron durante unos días, semanas e incluso meses, cuya vitalidad era tan manifiesta cuando las observábamos o las leíamos, ¿qué pasa con ellas cuando la serie acaba, cuando se termina el libro? Es decir, ¿no tenían tanta vida, o eso nos parecía? ¿Adónde fueron? ¿Murieron?

Preguntas absurdas, ¿no? Planteamientos de vertebrado en posición horizontal, alimentado a base de literatura y sus ficciones, dedicándose al onanismo mental sobre la vida del arte —de sus derivados— después de su muerte. Recreémosla para darle algo de vida, para impedir que muera. Oremos.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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