
Tierra inhóspita. Desierto. Pueblos fantasmas. Petróleo y gas. Carreteras largas y rectas donde no hay ni un alma. Cuando Charles Darwin llegó a la Patagonia allá por los años treinta del siglo XIX, escribió en su diario: “Sobre esta tierra pesa la maldición de la esterilidadâ€, y parece que nada ha cambiado desde entonces. MarÃa Sonia Cristoff (1965), que conoce bien la zona pues nació en Trelew, sigue notando una calma falsa, de la que huyó en cuanto pudo. Allá no habÃa suficientes libros. Sin embargo, dos décadas después, vuelve a adentrarse en aquella tierra sin bibliotecas para construir un viaje al interior de lo interior, al núcleo de la desolación.

Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasmas de la Patagonia es una crónica de viajes que puede leerse como una novela coral de aquellos que han ido a parar a la meseta donde todo es excesivo. Literatura de no ficción escrita con una prosa correcta, incisiva, algo seria, a la que entreteje con citas y notas de prensa de los primeros pobladores, estas interesantÃsimas, pues le otorgan una dimensión histórica a la zona que adquiere, mientras leemos, capas sucesivas de tiempo. Un tono con el que MarÃa Sonia Cristoff consigue transmitir el ambiente de la región, atrayente, abúlico o aterrador según quién nos cuente la experiencia. Nadie elige vivir allÃ, al menos eso deducimos, en la tierra de lo extremo. Escenario de luchas sangrientas, de saqueos continuos, de conquista del desierto, de nuevos pobladores inmigrantes, la Patagonia aún sigue raptada por la dificultad. El clima no da tregua; las distancias se agigantan a poco que lo pienses:
“El transporte y el telégrafo fueron dos obsesiones de los primeros blancos que se asentaron en el Sur: los necesitaban para exportar, para sobrevivir, para huir. Curiosamente hoy, más de treinta años después, las cosas no han cambiado mucho. Moverse dentro de la Patagonia es difÃcil, caro, incómodo, irregular.â€
Los jóvenes se aburren, como se aburrÃa ella:
“Si no se suicidan, encuentran otras formas de arrancarse, de convertirse en marionetas: consumen sustancias que los dejan estupefactos de por vida o se embarazan para diluirse en otro.â€
Pero esta constante sensación de pesadez en nada se contagia a la hora de la lectura. A pesar de todo, recorremos fascinados estos parajes yermos donde predomina el aislamiento en todas sus facetas. Un esquizofrénico que es dueño de un quiosco; un aviador que perdió a su hijo; los roces entre la iglesia evangelista, la católica y el culto popular al Maruchito; perros hambrientos acechando en la plaza a la hora de la siesta; descendientes de mapuches antaño canÃbales y sus competencias con los descendientes de sirio-libaneses por hacerse con el comercio de la zona; tejedoras indÃgenas que recuperan las tradiciones y, al tiempo, se empoderan como mujeres; trabajadores del petróleo y el gas de empresas extranjeras; la mujer suicida cuya historia es verdaderamente escabrosa; una secta relacionada con la loterÃa que les cuenta cuentos a los jóvenes y a saber si les lava la cabeza, pues la racha de suicidios es llamativa. La lucha por la supervivencia se enardece a veces, otras se traduce en pura apatÃa. Sin duda Cristoff no nos habla de la Patagonia turÃstica:
“¿Cómo se ensambla esta falta de horizonte que evidencian los informes, me pregunto, con la idea del horizonte sin lÃmites al que hacen referencia continua los folletos sobre la Patagonia?â€
Pero quizá lo más interesante del periplo por la Patagonia sea que a la vez que Cristoff viaja por tremenda inmensidad explora, en parte, su propia experiencia del Sur. Además, identifica al cronista con el canÃbal, con el intruso, con el cautivo, es decir, empatiza y hasta se mimetiza con lo que le cuentan los demás. Y leemos también la historia del paÃs y la construcción de la identidad argentina; revisitamos los relatos de Darwin, de Hudson, de Sarmiento.