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La encrucijada de la identidad entre lo individual y lo colectivo

En 'El país de los otros' Leila Slimani mira a través de la cultura y la religión, el género y la raza, para plantear la pregunta que recorre toda la novela: ¿qué nos hace libres como sujetos? | Foto: Heike Huslage-Koch, WikiMedia Commons

Cabaret Voltaire publica El país de los otros, primera entrega de una saga, escrita por Leila Slimani, de quien ya editaron sus anteriores novelas, El jardín del ogro, Canción dulce, y su ensayo Sexo y mentiras. Una obra ambiciosa que puede ser la primera pieza de un proyecto de gran relevancia.

El país de los otros comienza en 1945 y termina en 1955; las dos siguientes partes, a priori, abarcarán de 1971 a 1981 y de 2005 a 2015. Para esta primera pieza, Slimani se aleja de los espacios contemporáneos de sus anteriores novelas y se basa en historias y recuerdos que contaba su abuela, quien, como Mathilde, la protagonista de la novela, abandonó su país y marcho a Meknes para vivir con su marido marroquí. Un punto de partida para componer una obra que se mueve entre lo individual y lo colectivo, entre la Historia y la historia familiar, entre el relato realista y la fabulación onírica, y que dialoga con los grandes relatos y las novelas río en busca de establecer una mirada singular sobre elementos narrativos que más o menos pueden resultar reconocibles. Porque en El país de los otros anida esa ambición literaria de construir una ficción que se adentre en el pasado para relatarlo a través de historias individuales que resulten cercanas y a través de las cuales ir conformando un marco contextual muy particular, en este caso, el período que va desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta las revueltas de Marruecos que acabaron en 1956 con la consecución de su independencia política.

Cabaret Voltaire

Unos años cruciales para el país que Slimani sitúa como fondo para la historia de la joven alsaciana Mathilde, quien en 1944 se enamora de un marroquí, Amín Belhaj, que ha luchado con el ejército francés durante la guerra. Tras el fin de la contienda regresa a Meknes, en Marruecos, donde se instalará en una granja en el campo. A partir de su llegada, Mathilde deberá cumplir y adaptarse a diferentes costumbres, cultura, religión, geografía y clima; deberá relacionarse con su nueva familia política, pero también establecer, sobre todo con su hermana, una relación a distancia que tiene su país como un horizonte muy lejano.

“Su estatura, su piel tan blanca, su condición de extranjera, la mantenían alejada del centro de las cosas, de ese silencio que te confirma que estás en tu casa”.

Slimani crea una historia de diez años que, a pesar de las fugas narrativas a modo de flashbacks, avanza con elipsis constantes a través de un elaborado trabajo literario con el que logra que aquello que no explicita se cuele entre las páginas de manera sutil. Hay concreción cuando es necesario, pero también pasajes en los que la escritora se detiene para introducirnos en largas conversaciones o pasajes que, a priori, parecen intrascendentes y que, sin embargo, contienen la esencia de una historia abierta a diferentes lugares. Porque si bien Mathilde es el personaje alrededor del cual gravita la historia y el resto de los personajes, también estos surgen como formas imprescindibles de una historia en la que la épica de lo individual, de lo íntimo e, incluso, de lo aparentemente banal, explica el contexto y se relaciona de tal manera que Slimani explica lo general mostrando cómo afecta a lo singular.

“Temía que algún día, al envejecer en esta tierra extranjera, no poseyera nada, no hubiera realizado nada en la vida”.

Mathilde se encuentra en un país que poco a poco va desarrollando una lucha de resistencia contra el colono, a quien ella representa. Es la otra para ellos; y ellos son los otros para ella. En medio de un proceso de independencia y descolonización, y a pesar de su vida más o menos cómoda, deviene en desarraigada: cuando regresa a su país tras la muerte de su padre se encuentra tan fuera de lugar como lo está en el país que la ha acogido. Slimani introduce a Mathilde en un proceso de pérdida de identidad en busca, precisamente, de conseguir una, a la par que Marruecos lucha por desligarse de quienes colonizan sus tierras para asentar su identidad nacional. Dos procesos que confluyen de manera magistral en las páginas de Slimani hasta conseguir, avanzada la historia, que seamos testigos de varios procesos de enajenación, tanto explícitos como sugeridos, que son producto de esa ausencia de claridad hacia la concepción del yo. Además, Mathilde debe luchar con su lugar en su nueva familia y sociedad en tanto a mujer, otro proceso que hará que llegue a sentirse extraña en su interior.

“Ella le demostró que guardaba dentro algo inasible, algo sucio, y que él no era quien lo había ensuciado. Una negrura de la que ella era dueña y que él nunca entendería”.

El país de los otros pone en el centro de su relato la cuestión identitaria a través de la raza, el género, la nacionalidad y la religión como forma de mostrar un proceso de autoconocimiento mucho más profundo. A través de una reflexión sobre estos aspectos, Slimani se cuestiona sobre qué es lo que hace que seamos quiénes somos, tanto para nosotros como para los demás; sobre cómo nos construimos como sujetos en un contexto de zozobra y de lucha; si somos producto de una historia, de un país y de unas tradiciones o, por el contrario, si estas en realidad son herencias de las que podemos deshacernos sin que importe realmente la impronta que nos han dejado; si estamos sujetos a una constante interpretación de unos roles asignados que hacemos propios y de los que no queremos deshacernos por comodidad, por sentirnos seguros; y, finalmente, qué es en verdad aquello que nos hace libres como sujetos, es decir, qué hace en verdad que podamos decidir nuestro sino sin que nuestras decisiones estén condicionadas y contaminadas por constructos y sin dañar a los demás. Slimani logra que todas estas cuestiones surjan en una novela de una enorme profundidad que puede ser tan etérea como árida, tan sensual como violenta, tan bella en su mirada como hiriente en sus conclusiones. Porque, como sucedía en sus anteriores obras, ninguno de sus personajes tiene una sola cara: el mundo es siempre poliforme y complejo. Y todo es tan aparentemente amable en su forma y violento en su fondo. Y a la inversa.

Israel Paredes

Israel Paredes (Madrid, 1978). Licenciado en Teoría e Historia del Arte es autor, entre otros, de los libros 'Imágenes del cuerpo' y 'John Cassavetes. Claroscuro Americano'. Colabora actualmente en varios medios como Dirigido por, Imágenes, 'La Balsa de la Medusa', 'Clarín', 'Revista de Occidente', entre otros. Es coordinador de la sección de cine de Playtime de 'El Plural'.

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