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Mirando hacia atrás con ira

Alberto Torres Blandina recoge el espíritu de los 'Angry young men' en su novela autobiográfica 'Jávea' | Foto: Candaya

Si hubo una vez una ficción capaz de reflejar todo el clima anímico y social de una generación entera enfadada con la supervivencia de las barreras de clase social y las falsas promesas de movilidad meritocrática esa fue sin duda la obra teatral de John Osborne, llevada luego al cine por Tony Richardson, Look back in anger (Mirando hacia atrás con ira, 1959).

Tanto Osborne como Richardson formaban parte de los Angry Young Men, los jóvenes airados o iracundos, un grupo de autores británicos de finales de los años 50 empeñados, frente al escapismo literario o cinematográfico del momento, en entrecruzar críticamente las proyecciones sentimentales y el peso de las marcas del pasado. La fuerza literaria de ambos (también podíamos incluir ciertas obras de Kingsley Amis y Alan Sillitoe) conseguía expresar la amargura de las clases que hoy nos autodenominamos acríticamente «trabajadoras» respecto al hipócrita sistema sociopolítico de su tiempo.

Candaya

Algo de eso pervive en el trasfondo de Jávea (Candaya, 2020), la última novela de Alberto Torres Blandina (Valencia, 1976). Jávea es una localidad costera en la provincia de Alicante, en la Comunidad Valenciana, o para que los periodistas y lectores del resto de España lo comprendan mejor: «de Levante». Pero, Jávea es aquí un locus metafórico, un símbolo de estatus asociado no solo al poder adquisitivo, sino sobre todo, a esa serenidad rayana en la indolencia que el protagonista parece echar intermitentemente en falta en su pasado y que encuentra un precedente mitológico en ese río que los antiguos griegos llamaban Ameles: fluido de la despreocupación.

Torres Blandina compone un retrato de sí mismo (o de alguien muy parecido a él) a través de un personaje situado en un impreciso espacio exterior que se expresa en una primera persona de distintos registros (todos coloquiales pero no todos auto-ficcionales) y en el que pronto destaca su lucidez para detectar ese tipo de distanciamientos en el origen y de contradicciones sobrevenidas que, aplicadas al gran teatro social, debemos llamar imposturas (los jóvenes desahogados que juegan a ser hippies, los vulgares turistas de toda la vida disfrazados de Bruce Chatwin, los neo-pijos que se hacen fotos metafóricas con la droga).

Poco a poco esta historia mínima capta la atención —lo hace a costa de una amalgama discontinua de otras cosas indistintas a cuya confusión podría contribuir el recurso a la narración interrumpida—, y entonces nos encontramos con un narrador tan valiente como solvente capaz de entrar también él en lo que observa y una lectura de la obra que no solo arroja luz sobre un estado de ánimo y una autoconciencia muy explícita (junto a cierta intención de no ocultar nada a al lector) sino sobre todo el proceso de construcción artística. Dejó escrito W. H. Auden —a propósito, precisamente de la crítica— que el hombre que ha alcanzado la autoconciencia implícita en el deseo de pintar su propio retrato, casi siempre desarrolla también una conciencia del yo que lo pinta pintándose.

Al igual que el Jimmy Porter de Mirando hacia atrás con ira, el narrador de Jávea parece caer en algunos momentos en la autocompasión pero el escritor valenciano es lo suficientemente inteligente para ponerle remedio, lo hace bien acudiendo a distintas voces como el diálogo materno-filial (en mi opinión lo mejor de esta novela), bien salpicando la trama de detalles más o menos escabrosos (de distinto gusto), bien haciendo uso de una ironía que bebe mucho del monólogo de la stand up comedy y que resulta francamente divertida. La envidia, y eso Torres Blandina debe saberlo bien, es también una forma de optimismo, un tipo de ingenuidad esperanzada, pues cree que no es la vida en general, sino la vida que uno lleva en particular lo que está mal.

El autor no evita del todo la alternancia de luces y sombras dramáticas en algunos pasajes en los que quizás haya algunos excesos de sordidez (la proto-manada, el sexo grupal con la muchacha) y se eche de menos una mayor profundidad en la investigación emocional (por ejemplo, acerca de la extendida —y peligrosa— sensación de que la vida nos debe algo) o en ese compromiso social que tan bien pudo expresar el joven Albert Camus. No obstante, predomina un tono clarividente y desencantado cuya sutilidad se agradece, una inflexión que apenas decae en los pasajes más combativos, por así decir, y al final quedan las luces, la sabia disquisición de Torres Blandina sobre los primeros conatos del rencor, el absurdo de la dopamina pero también de la serotonina, el fino escepticismo sobre otro locus del último artificio del espíritu: la India; el desigual impacto del dolor en el cuerpo como manifestación más insoportable de la fractura social, distintos epítomes del tiempo del narcisismo y la vacuidad, el temprano impacto de la enfermedad mental en los ojos del niño, la salud «de segunda», la salud «de tercera» y la salud de la que se goza al otro lado de la bahía.

Caen también del lado de los grandes aciertos de esta pequeña historia las finas diatribas contra el mundo circundante —de la endogamia hospitalaria al nuevo fetichismo de la mercancía—, el packaging para crédulos, la crítica a la versión más ingenua de la meritocracia como discurso imperfecto (a menudo perverso) de la movilidad social vertical, las risas a costa de la estulticia y del familiarismo, el dibujo casi pulp de personajes de la escena literaria local muy reconocibles (el short cut de la heroína), la necesaria deconstrucción de las formas más vulgares de la masculinidad, la vista de pájaro aguzadísima que se asoma en ligeras digresiones acerca de la asimetría global y de la asimetría local, la fuerza con que las barcas siguen arrastradas hacia el pasado de acuerdo con la famosa imagen de Scott Fitzgerald.

¿Recuerdan aquel consejo que daba el escritor de Descubriendo a Forrester, el film de Gus Van Sant, al joven Jamal? Torres Blandina parece lo suficientemente perspicaz para compartir con los lectores más inteligentes la sabia intención de no ser grande sino de ser capaz de llegar a formular con un estilo sencillo pero singular la más grande (y antigua) de las preguntas.

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico (Valencia, 1969) es profesor universitario, crítico de cine y escritor. Colabora con críticas culturales y literarias en distintos medios y es autor de los ensayos 'Chéjov en la calle 42: mérito y decepción' y 'La tortura: aspectos sociales y estético-culturales', el libro de narrativa breve 'Una casa holandesa' y la novela 'Singular'.

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